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Revista Haroldo

Diálogo con el pasado y el presente

26 de mayo de 2018

El testimonio que llega desde EEUU

Sobreviviente de la última dictadura, Eduardo Pulega era obrero de la Ford cuando fue secuestrado dentro de la planta. Ante el tribunal que juzga a directivos de la compañia por delitos de lesa humanidad, habló de su cautiverio durante cinco meses y denunció que a partir de 1975 se aceleró la producción de autos: en la jornada de ocho horas de trabajo pasaron de fabricarse 80 a 120 unidades.

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Pulega en la cámara del celular de uno de sus excompañeros de la Ford

Eduardo Pulega sintió el abrazo contenedor de sus ex compañeros a la distancia. Ex obrero de la Ford y secuestrado durante la última dictadura en la misma planta automotriz, declaró desde Estados Unidos, donde vive hace 19 años, ante el Tribunal Oral Federal 1 de San Martín que juzga los delitos de lesa humanidad cometidos contra trabajadores de la compañía.

Pulega entró a trabajar a fines de 1972 o principios de 1973 con 22 años en la compañía de capitales estadounidenses en el sector de Subarmado, donde se hacían las terminaciones del auto, se colocaba el logo, los faroles, el capot. Luego lo asignaron a cargo del teletipo, que establecía el número de autos que debían producirse en un día. Por ocupar ese puesto notó que a partir de 1975 pero con más fuerza en los primeros meses de 1976 se aceleró muy fuerte la producción: en la jornada de ocho horas de trabajo pasaron de fabricarse 80 a 120 unidades.

Si bien no fue delegado estaba “empapado en la cosa gremial”; ayudaba a relevar las fichas de afiliación al Sindicato de Mecánicos y Afines del Transporte Automotor (SMATA). Así conoció a Pedro Troiani y Adolfo Sánchez, entre otros trabajadores sobrevivientes y querellantes en este juicio.

“A partir del 24 de marzo de 1976 la fábrica se llenó de militares. Antes había gendarmes o algo por el estilo. Me enteré de las detenciones de mis compañeros e intentamos hacer reuniones para liberarlos pero éramos muy inocentes. Los directivos de la fábrica amenazaban con que nos iban a meter presos, hablaban con ironías: nos preguntaban si estábamos con Dios y con el diablo. No había que salirse de las líneas de producción”, contó Pulega a través de una videoconferencia a los jueces desde la embajada argentina en Washington.

Con 26 años al momento de su secuestro, fue uno de los últimos trabajadores en caer: lo llevaron desde la planta el 20 de agosto de 1976, a las 7 y media de la mañana, recordó con precisión.

En los cinco meses que transcurrieron entre el golpe y su detención, Pulega identificó nuevo personal en la compañía que simulaba hacer tareas de maestranza pero eran “chivos expiatorios” que controlaban los movimientos de los trabajadores. En ese tiempo, aumentó la cantidad de inspectores que revisaban la producción. Había órdenes de pintar los Falcon de azul cobalto y verde musgo. El azul era el color utilizado por integrantes de los equipos de Investigación de las Fuerzas de Seguridad y el verde era el auto con que los grupos de tareas concretaban los secuestros. Pulega apuntó además que una cantidad considerable de trabajadores renunciaron en ese período.

Según su testimonio, un espacio que se transformó completamente tras el golpe de Estado fue el quincho de la Ford. Hasta el 24 de marzo de 1976 era un lugar de esparcimiento, donde los trabajadores jugaban al fútbol o hacían asados. Desde ese día se convirtió en una “base militar”, apuntó.

 “Cuando me detuvieron (Héctor) Sibilla estaba ahí. Los encargados del sector, en particular un capataz general de apellido Luna, me dijeron que me tenía que presentar en Personal. Me hicieron entregar. Me esposaron en el pasillo y me empezaron a pegar. Nunca me explicaron cuál era el motivo de mi detención. Perdí la noción de la ubicación y el tiempo. Yo conocía a Sibilla porque él solía estar en la puerta 2 de Montaje”, respondió ante la consulta del presidente del Tribunal, Diego Barroetaveña. A Pedro Müller, gerente de Manufactura, también lo conocía porque lo veía pasar cuando recorría la planta. Ambos están imputados en este juicio, junto al jefe militar de Campo de Mayo, Santiago Omar Riveros.

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A Pulega lo secuestró, dentro de la oficina de Personal la Ford, personal de civil que -intuye-respondía a Sibilla, por entonces jefe de Seguridad de la Ford. Estaban armados con revólveres y lo metieron dentro de una camioneta con lonas. Lo trasladaron a la comisaría de Tigre.

“En esa comisaría, (el ex director de la Escuela de Ingenieros, el militar retirado Antonio Francisco) Molinari me dijo que estaba detenido por sabotaje industrial a Ford, bajo el Poder Ejecutivo. En ese momento no sabía qué significaba eso”, recordó.

En Tigre, donde pasó días sin comer y sin beber, compartió cautiverio con dos obreros de los astilleros Astarsa. En diciembre de 1976 lo trasladaron a la cárcel de La Plata. Al llegar lo encerraron en una celda de máxima seguridad.

Consultado por la abogada querellante Elizabeth Gómez Alcorta sobre las condiciones de detención, señaló que además de los malos tratos infringidos por los guardiacárceles, estaba prohibida la comunicación con otros presos. “El diálogo era a través de los inodoros. Tenía que ser rápido porque el guardiacárcel revisaba la mirilla cada 15 o 30 minutos”, indicó.

“En la parte emocional [mi detención] me costó horrores... estoy bajo manos de psicólogos y con ayuda de integrantes de Human Rights Watch. Por los golpes y las quemaduras no pude tener hijos. Tengo rayas, quemaduras y arañazos por todo el cuerpo”, aseguró. Tras unos meses en la cárcel de La Plata lo trasladaron a Devoto. Allí compartió celda con el “Cura” Cantelo. Lo liberaron el 23 de marzo de 1977.

Durante los siete meses de su cautiverio, su padre y su hermano intentaron sacar sus pertenencias de Ford, incluso su auto marca Fiat. El hermano también hizo gestiones para cobrar la quincena que le adeudaban. “Pero le dijeron que yo no tenía nada que cobrar. Mi padre sacaba dinero de dónde no tenía para llegar a Molinari. No teníamos derecho a nada”.

La compañía, al igual que a otros de sus compañeros, decidió extinguir la relación laboral. A los cinco días de su secuestro recibió un telegrama de despido por faltar. Una vez liberado de su secuestro, permaneció, como otros trabajadores, bajo un régimen de libertad.

 “¡Gracias por tu valentía, compañero!”, lo saludó Troiani al terminar el testimonio.

Afuera, en tanto, hubo abrazos y fotos. En esta oportunidad con el protagonista a través de la cámara del teléfono celular.

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