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Revista Haroldo

Diálogo con el pasado y el presente

19 de abril de 2018

"Ford nos mandó a detener"

Así lo manifestó en la audiencia del último martes Roberto Cantello, delegado de la Ford hasta diciembre de 1975, quien fue detenido cuando ya no trabajaba en la compañía de capitales estadounidenses. Fueron a
buscarlo a su casa con la credencial que utilizaba para ingresar a la automotriz. Estuvo detenido en las comisarías de Maschwitz y Tigre y en las cárceles de Devoto y La Plata.

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Roberto Cantello entró a trabajar en la Ford en diciembre de 1970 en el sector de Subarmado, donde se soldaban las cajas de las camionetas y se reparaba todo lo que se había roto en otras etapas de la producción para que vuelva a la línea de montaje. Al ingresar en la compañía, Cantello –que venía de trabajar en otra automotriz- alertó sobre la necesidad de usar traje de amianto en el estómago y los testículos por los rayos ultravioleta que surgen de la soldadura.

En marzo de 1976, tres meses después de acogerse a un retiro voluntario que ofreció la empresa, fue secuestrado por las fuerzas de seguridad en la puerta de su casa. Le exhibieron su credencial de trabajo, con su nombre, apellido y otros datos personales. La misma que había usado para ingresar a la planta de Pacheco todos los días, durante cinco años, y que había devuelto en su último día como operario de Ford, junto con las herramientas de trabajo. En los cinco años que se desempeñó en la Ford, sus reclamos por las condiciones de higiene y salubridad fueron una constante. Tanto, que se convirtió en referente y en 1974, 35 de sus 36 compañeros de sector lo eligieron delegado.

“El tema del plomo era gravísimo. Todos los meses los médicos de la empresa nos sacaban sangre para hacer un seguimiento. En determinado momento yo descubrí de casualidad unas actas del Ministerio de Salud en las que se detallaban las enfermedades que podían producir las líneas de trabajo y establecían recomendaciones que no se cumplían, es decir descubrí un delito”, manifestó Cantello, quien producto de sus años de trabajo en Ford perdió el 80% de la audición de un oído por los ruidos de las pulidoras, todas neumáticas. “Cuando uno cuando entra a la empresa tiene que estar Ok y después lo destruyen y lo cambian por otro”, expresó.


Chapista de profesión, Cantello se fue informando con el correr de los años sobre las consecuencias de trabajar con plomo: “El plomo en sangre se adquiere y no se va más. El cuerpo lee plomo y lo deposita en los huesos, así como el calcio. Produce impotencia sexual, somnolencia de día e imposibilidad de dormir de noche”.

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Detrás de una barandilla, en la primera fila lo escuchaban los trabajadores y también sobrevivientes Pedro Troiani, Carlos Propato y Vicente Portillo, entre otros, que ya declararon ante el Tribunal Oral Federal 3 de San Martín. 

A partir de su labor como delegado Cantello -a quien apodaban “el cura” porque había estudiado para sacerdote- mantuvo reuniones con directivos de la Ford, entre ellos el encargado de seguridad quien, ante una queja por los ruidos molestos en la planta, le respondió: “Usted sabe que estas cosas pueden ser molestas pero no dañinas”.

Los directivos de Ford tenían una línea de gestión y acción muy clara. Ya al ingresar en la compañía, el gerente de personal que lo entrevistó le preguntó si convenía a la Argentina “el sistema comunista o un sistema democrático”. Para 1975 el clima de trabajo era hostil. Ese año había tenido lugar una marcha multitudinaria de los trabajadores del cordón interfabril de Zona Norte por la paritaria. Y eso repercutía en el control de los capataces, que, entre otras medidas, entregaban un papel amarillo cada vez que un trabajador quería ir al baño para controlar el tiempo que se ausentaba de su puesto. Para ese año, la Ford contaba con unos 110 delegados. Meses después, a partir del mismo 24 de marzo de 1976, casi un 25% de ellos (28) fueron secuestrados.
En diciembre de 1975, “harto” por la falta de respuesta de la compañía a sus reclamos, aceptó un retiro voluntario. A través de un vecino, consiguió pronto un nuevo empleo en la empresa Atkinson, que elaboraba productos de higiene personal. El 28 de marzo de 1976, tres meses después de su renuncia, lo detuvieron en su casa, en el barrio porteño de Saavedra.

“Estaba en la puerta haciendo trabajos de chapa y mi señora me avisó que estaba la Policía. Abrí la cortina y un tipo me mostró mi credencial de Ford, que había devuelto el día que renuncié a la empresa. Me dijeron que me iban a llevar a Campo de Mayo. En casa, además de mi mujer, estaban mis dos hijos de 5 y 7 años. Me subieron a una Ford rural Falcon y me preguntaron por [Rubén] Manzano”, relató Cantello, hoy de 80 años.

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- ¿Le explicaron por qué tenía que acompañarlos?, preguntó el juez Diego Barroetaveña.

- No. Yo sabía que estaban deteniendo a los delegados [de Ford].

-¿Se identificaron como integrantes de alguna Fuerza de Seguridad?

- No. Eran tres hombres, con ropa de particular. Dijeron que eran de “Coordinación Federal”.


Una vez que levantaron a Cantello, la patota siguió a la casa de Manzano, también delegado de Ford, a quien detuvo. Les vendaron los ojos. En la ruta, pasaron por un control, donde les hicieron bajar las cabezas para no ser reconocidos.

“El cura” estuvo detenido ilegalmente durante 9 meses y medio. Al igual que muchos de los trabajadores y ex trabajadores de la Ford, estuvo unos 10 días en la comisaría de Ingeniero Maschwitz, 50 días en la comisaría de Tigre, casi tres meses en el penal de Devoto y luego otros tres meses en la Unidad 9 de La Plata, de donde fue liberado en enero de 1977.

En Tigre, en un momento en que logró sacarse la venda de los ojos, alcanzó a ver a Juan Carlos Amoroso y a “Tortuga” Sánchez, compañeros de Ford. Eran tres en una celda para uno. Cuando preguntaban por su suerte, los policías les decían que en cuanto les tomaran declaración iban a salir en libertad porque no eran “subversivos”. Para ir al baño, siempre los acompañaba un guardia a punta de pistola. Cantello recordó hoy ante el Tribunal los gritos de un compañero, que después supo que era Guillermo Francisco Perrota, delegado del Departamento de análisis de costos de material e inventarios del área de finanzas. También dio cuenta de las torturas que le infligían a un hombre de apellido Ferreira, que era delegado de Terrabusi.

Recordó que los visitó un teniente coronel de apellido Molinari y otro hombre con puesto jerárquico en la Policía, que después supo que era Ramón Camps, quien a partir de abril de 1976 estuvo a cargo de la Policía Bonaerense.

Detenido en la comisaría de Tigre, el día de Pascuas le dio un cólico renal. “En el momento no supe qué era. Estaba partido de dolor y entró al calabozo un policía que llamó a una ambulancia y me atendieron. Me daban los remedios, pero cuando ellos querían”, contó.

Tanto en las comisarías de Maschwitz como en la de Tigre no pudo ver ni a su esposa ni a sus hijos, aunque ellos fueron hasta allí e intentaron visitarlo. Con su esposa recién pudo reencontrarse cuando lo trasladaron a Devoto y con sus hijos en La Plata. Estuvo medio año sin verlos. Gómez Alcorta quiso saber más sobre las condiciones de reclusión en Devoto. Castello indicó que en las requisas los “tocaban” en distintas partes del cuerpo, les desarmaban los colchones. “Era muy humillante. En las visitas, cuando a las mujeres las requisaban, las tocaban muchísimo”, afirmó. En Devoto, por azar, pudo leer un expediente con su nombre: "Detenido por presunta (acentúa la palabra) conexión con Montoneros".

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-¿Militaste en Montoneros?, preguntó la querella.

- Jamás, dijo “El Cura”.

-En Devoto, ¿Alguna autoridad les dijo por qué estaban detenidos?, preguntó el juez Barroetaveña.

- No. Tampoco había abogados. Nos llamaban presos ‘comunoides’. Estuvimos cerca de Dardo Cabo. También fuimos testigos de una golpiza a un juez que había escrito sobre ‘aberraciones penales’ y le quebraron las costillas. El juez Barroetaveña quiso saber el nombre de ese hombre pero Cantello no lo recordaba.

-¿Su familia hizo alguna presentación judicial?

-No.

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La estrategia de los abogados de Héctor Sibilla y Pedro Muller, ex directivos de Ford, es endilgar responsabilidades a los militares y no a sus defendidos. En esa línea el abogado de Sibilla le preguntó a Cantello por qué creía que las fuerzas policiales que lo detuvieron “necesitaron el auxilio de Ford”. “Yo no creo que Ford le haya dado mis datos, sino que nos mandó a detener”, sostuvo el ex operario para no dejar margen de duda sobre la responsabilidad de la empresa.

“Mi detención ilegal impactó muchísimo en mi matrimonio y en mis hijos. Cuando salí de Devoto, me siguieron vigilando. Yo hace años me dedico a visitar enfermos. Cuando veo una cárcel y rejas no dejo de pensar en mi detención y vuelve todo. Cuando uno se pone viejo dice ‘pucha yo pasé todo esto’. La fe me ayuda a superar los odios pero las consecuencias fueron bravas. Después soñé muchas veces que estaba preso.  Yo pienso que no sólo se tortura con picana sino que hay muchas formas de hacerlo”, cerró su testimonio Cantello y luego de despedirse de abogados y jueces salió al patio a fundirse en un largo abrazo con sus compañeros.

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