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Revista Haroldo

Diálogo con el pasado y el presente

25 de julio de 2017

El exilio obrero

Una de las formas de destierro menos explorada es la de los trabajadores, la mayoría de los cuales se vio obligado a trasladarse fronteras adentro con el mismo efecto de desarraigo que quienes debieron abandonar el país. Otros lograron, como el caso de Raimundo Ongaro, desarrollar una actividad de denuncia en el exterior y otros muchos recién pudieron irse una vez liberados de prisión. Trazos de un pedazo de la historia argentina en la que todavía falta indagar, escribe la investigadora.

 

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"Paz, Pan y Trabajo", San Cayetano, 7 de noviembre de 1981.

En el campo del exilio se refleja la tendencia más general de una aún incompleta y tensa vinculación entre dimensiones políticas, económicas y sociales y en particular la dificultad de conectar el campo rico y amplio de producción sobre la historia de los trabajadores y sindicatos con la mirada predominantemente política sobre las dictaduras. Al tiempo que existen escasos estudios académicos sobre exilio obrero y sindical, los abordajes sobre sindicatos y clase obrera durante la dictadura se concentran predominantemente en lo sucedido en la Argentina, en la mayoría de los casos sin explorar lo sucedido en ámbitos internacionales. El difícil abordaje del tema exilio y trabajadores puede quizás deberse tanto a dificultades y desafíos de las fuentes, como a las características del fenómeno en sí, que vuelven difícil su seguimiento y análisis 1. Sin embargo, exploraciones preliminares hechas sobre este tema, parcialmente reflejadas aquí, parecen sugerir que la historia de estos trabajadores que salieron del país en el marco de la política represiva y de persecución ilumina aspectos nuevos e importantes de la historia de la dictadura en general, y del exilio en particular.

La diversidad y heterogeneidad presente en el conjunto del exilio argentino de los años ´70 también estuvo presente en este grupo en particular. Un primer grupo dentro de estos desterrados es el caso de los sindicalistas de corrientes más ortodoxas o conciliadoras que se radicaron en el exterior durante la dictadura (o aquellos que se encontraban en el exterior en el momento del golpe y decidieron no retornar) para evitar la persecución represiva. Un caso paradigmático en este sentido es el de Casildo Herreras, trabajador y dirigente textil que en el momento del golpe ocupaba el cargo de Secretario General de la CGT y era también miembro titular del consejo de administración de la OIT. Herreras se encontraba en Uruguay cuando el golpe fue llevado a cabo, fue detenido y luego asilado en la embajada de México, para terminar exiliándose en Madrid. La Confederación Internacional de Organizaciones Sindicales Libres lo sostuvo económicamente durante su tiempo de exilio.

Aunque Herreras dictó charlas y conferencias sobre el sindicalismo argentino y siguió participando de las reuniones de las organizaciones sindicales internacionales, no hay evidencias de tareas de denuncia de la dictadura, tan presente en la mayor parte de los exiliados “combativos”, ni de solidaridad con otros exiliados.

En contraposición a este primer tipo de exilio cuyo objetivo parece haber sido principal o únicamente la preservación frente a la represión, y que no se caracterizó por el desarrollo de una actividad militante, existieron algunas figuras del mundo obrero y sindical que desarrollaron una actividad de denuncia especialmente destacada, convirtiéndose en articuladores de diversos grupos en el seno del exilio. como el caso de Raimundo Ongaro, trabajador y dirigente gráfico, y una figura sindical de relieve nacional e internacional desde que fuera elegido Secretario General de la CGT de los Argentinos en 1968, articuladora del polo sindical combativo.

A pesar de haber sido recluido en prisión alrededor de 14 veces, Ongaro se resistió a abandonar el país hasta que su hijo, Alfredo Máximo, fue asesinado por bandas policiales en 1975, cuando él estaba en la cárcel. Este hecho y una sucesión de amenazas sobre el resto de su familia lo decidieron a partir del país, y vivió en el exterior entre 1975 y 1984, cuando la vuelta a la democracia le permitió retornar a la Argentina.

Durante su estadía en Lima (hasta 1976), París (hasta 1977) y Madrid (desde 1977 a 1984), la militancia de Ongaro se desarrolló en dos vías paralelas y complementarias: por un lado, encaró una intensa tarea de denuncia y concientización sobre el caso argentino, y particularmente la situación de los trabajadores y sindicalistas bajo la dictadura. Por otra parte, llevó adelante importantes intentos de organización de los exiliados, colaborando en la conformación de dos agrupamientos principales: el Centro Sindical por los derechos de los trabajadores en Argentina y Latinoamérica y el grupo de Trabajadores y Sindicalistas Argentinos en el Exilio, estableciendo vínculos significativos con las centrales sindicales mundiales y sosteniendo frentes de denuncia en distintos ámbitos, incluida la Organización Internacional del Trabajo.

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"Paz, Pan y Trabajo", Plaza de Mayo, 30 de marzo de 1982.

En forma paralela a estos intentos de articulación entre trabajadores y sindicalistas de manera independiente de partidos y organizaciones políticas, existieron también campañas de denuncia sindical ligadas a las fracciones de las estructuras de las organizaciones político-militares que lograron sobrevivir a la represión.

Una trayectoria clave que permite aproximarse a la actividad desarrollada en este sentido es la de Gonzalo Chaves, ex trabajador telefónico y militante de Montoneros, que dirigió la Rama Sindical de dicha organización en el exilio. Chaves, perteneciente a una familia de larga identidad peronista, había logrado escapar de un comando de la Triple A que buscó asesinarlo en su ciudad natal de La Plata, y que logró asesinar a su padre, el suboficial Horacio Irineo Chaves, de destacada actuación en la resistencia peronista, y a su hermano Rolando, el 7 de Agosto de 1974. A partir de ese momento Gonzalo Chaves debió escapar de La Plata y militar en la clandestinidad.2

El de Chaves constituye un caso atípico, ya que vivió aproximadamente la mitad de la dictadura en el país, en forma clandestina, y la otra mitad en el exterior, saliendo y entrando del país cuatro veces, siempre acompañado de su familia. Otra característica particular es que su exilio estuvo dirigido y sostenido por la organización a la que pertenecía, Montoneros, que definía los destinos y las actividades que debía realizar.3

En 1977 Chaves se dirigió con su familia a Roma, por unos meses, y luego a Madrid, donde residió aproximadamente un año, para luego retornar a Argentina hasta 1980, momento en el que salió del país nuevamente hacia Cuba, y luego a México, de donde volvió al país nuevamente después de la derrota de la guerra de Malvinas en 1982. Por razones de seguridad, Chaves y su familia mantuvieron condiciones de clandestinidad no sólo durante su estadía en Argentina, sino también en su residencia en el exterior.

A diferencia del exilio “organizado” ejemplificado por el caso de Chaves, en la gran mayoría de los casos la salida del país se hizo con muy escasa infraestructura y soporte. Un ejemplo interesante en este sentido es el de Alicia Fondevila, una pionera del sindicalismo argentino, trabajadora gráfica desde sus 13 años, e hija a su vez de un trabajador gráfico.

Fondevila fue elegida desde su muy temprana juventud repetidas veces delegada por sus compañeros, y ocupó distintos puestos de responsabilidad en la representación sindical, llegando a ser elegida, en 1973 Secretaria General de la Federación Argentina de Trabajadores de las Artes Gráficas (FATAG), uno de los puestos más altos jamás ocupados por una mujer en el sindicalismo argentino de aquella época. Muy cercana a Ongaro y su familia, Fondevila y un grupo de obreros gráficos sufrieron un intenso hostigamiento por parte de las fuerzas represivas a partir de 1974. Luego del asesinato del hijo de Ongaro en 1975, Fondevila salió del país junto con la esposa de Ongaro, su hijo menor y otros compañeros con destino a Perú, a lo que luego siguió la salida del país del propio Raimundo Ongaro.

El 31 de julio de 1975 comenzó para ella la etapa del exilio, que se desarrolló primero en Lima y luego en Venezuela y se extendió hasta 1984. El exilio de Fondevila y de un grupo de trabajadores ligados a los trabajadores gráficos presenta características diferentes a los de otros casos, ya que, sin excluir una militancia que llevó adelante iniciativas de solidaridad y denuncia, la tarea de garantizar la supervivencia ocupó un lugar muy predominante al menos durante el tiempo inicial.

Existieron también trabajadores y sindicalistas que se dirigieron al exilio en forma tardía, una vez que fueron liberados de prisión. Este fue el caso de algunos de los muchos trabajadores industriales encarcelados en 1975, previamente al golpe, cuando se desató la represión en el cordón industrial desde la zona norte de la Provincia de Buenos Aires a Rosario, y cientos de trabajadores fueron acusados de participar de un supuesto complot terrorista con epicentro en la localidad de Villa Constitución. Uno de ellos fue Néstor Correa, quien en ese momento era trabajador metalúrgico (de oficio tornero matricero) y miembro de la comisión interna de la empresa Electromecánica Argentina en la localidad de Vicente López, además de miembro de los grupos originarios que luego conformaron el Partido Obrero. Luego de reiteradas amenazas a la comisión interna, todos los representantes fueron detenidos por realizar tareas de solidaridad con los trabajadores de Villa Constitución. Correa estuvo preso desde el 8 de julio de 1975 hasta el 20 de noviembre de 1978, en las cárceles de Coronda, Resistencia y Rawson.

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"Paz, Pan y Trabajo", San Cayetano, 7 de noviembre de 1981.

Durante su prisión fue secuestrada, delante de sus hijos pequeños, su esposa, miembro del Movimiento de Familiares de Detenidos y Desaparecidos por Razones Políticas, quien permaneció detenida ilegalmente por 14 días.4

En el marco de una intensa campaña internacional por la liberación de los presos políticos, que reivindicaban de manera particular a los detenidos en los conflictos sindicales de 1975, Correa fue liberado con libertad vigilada en 1978, y cinco países le otorgaron visa de residencia, pero el gobierno le negó el derecho a opción de salir del país. Ante la reiteración de asesinatos de ex presos en libertad vigilada y de las recomendaciones por parte de organismos de derechos humanos, Correa decidió salir ilegalmente del país con su esposa y sus hijos, rumbo a Brasil. Una vez allí decidieron quedarse en América Latina, y no dirigirse a Europa, aunque allí podrían acceder a mayores seguridades materiales. Aunque en un comienzo atravesaron una situación de precariedad, la solidaridad tanto de organizaciones brasileñas como de otros exiliados les permitió instalarse, y una beca del Servicio Universitario Mundial, administrada por Naciones Unidas, les permitió trabajar y estudiar.

En lo que se refiere específicamente a los trabajadores metalúrgicos de Villa Constitución, algunos de los que fueron puestos en libertad durante el período dictatorial partieron luego al exilio en Europa u otros países de América Latina. Fue el caso de Pascual D´Errico, exiliado en Italia, adonde murió un tiempo más tarde, y Angel Porcu, exiliado en México. Fue también el caso de Victorio Paulón, quien había llegado a Villa Constitución después del Villazo, un movimiento popular y obrero que tuvo lugar en 1974 en dicha localidad, y Zenón Sánchez. Ambos habían sido detenidos en 1975, en el marco de la represión parapolicial y militar desatada a lo largo del cordón industrial, y llevados a la cárcel de Coronda. Estos dos trabajadores tenían militancia política (Paulón militaba en la columna José Sabino Navarro y Sánchez en el PRT-ERP), habían sido miembros del Comité de Lucha que había llevado adelante la huelga en protesta por las detenciones del 20 de marzo de 1975, y fueron detenidos por las fuerzas de seguridad 40 días más tarde.

Luego de ser trasladados a diferentes cárceles y de sufrir todo tipo de privaciones fueron puestos en libertad, Zenón Sánchez en 1979 y Victorio Paulón en agosto de 1981. Zenón Sánchez, quien fue liberado por su condición de salud extremadamente crítica debida a los reiterados maltratos, fue inmediatamente expulsado del país y enviado a Noruega, adonde le habían otorgado la residencia como refugiado. Victorio Paulón fue obligado a pasar ocho meses en libertad vigilada en Villa Trinidad, un pueblo al noroeste de Santa Fe, después de lo cual pudo partir hacia Francia a reunirse con su compañera y sus hijos, en abril de 1982.

Una vez en Europa, Zenón Sánchez desarrolló una fuerte campaña por la liberación de todos los presos sindicales y obreros junto con Amnesty International, demandando la liberación de sus compañeros de Villa Constitución, entre ellos Victorio Paulón, a quien, a pesar de no tener una causa penal en su contra, le habían negado repetidas veces la opción constitucional de abandonar el país. En el marco de esta campaña, y como forma de presión a la dictadura, se logró que el gobierno noruego estableciera un boicot al intercambio comercial con Argentina.

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"Paz, Pan y Trabajo", Plaza de Mayo, 30 de marzo de 1982.

Aún durante el relativo debilitamiento de la dictadura militar y la anticipación de la transición que se vivió luego de la derrota en la Guerra de Malvinas, ambos, en conjunción con muchos otros compañeros en el exilio, desarrollaron una incansable actividad de denuncia y concientización respecto de la represión en Argentina y de la reiterada violación a la libertad sindical, y tomaron contacto con otros grupos políticos y de derechos humanos que habían estado funcionando durante todos los años previos.

Fundamentalmente establecieron conexiones, no sólo con otros grupos de trabajadores y sindicalistas exiliados, como aquel de Raimundo Ongaro en Madrid, sino también con centrales sindicales y trabajadores europeos. En el caso de Sánchez, con la central sindical Noruega y los trabajadores metalúrgicos, y en el caso de Paulón con las diferentes centrales sindicales francesas (CGT, de orientación Comunista, CFDT, de orientación social-cristiana y FEN, la Federación de Maestros), así como con organizaciones políticas y sociales. Otros trabajadores de Villa Constitución, aunque no tuvieron residencia en el exterior, sí realizaron viajes de denuncia de la situación en Argentina, en conexión con redes de exiliados y otros vínculos construidos por ellos, como en el caso de Alberto Piccinini, líder histórico de los metalúrgicos de Villa, quien habiendo sido encarcelado en marzo de 1975 fue puesto en libertad en julio de 1980 después de una intensa campaña internacional.

El análisis de estas trayectorias tiene una gran importancia y potencialidad para visibilizar formas de organización y activismo en el exterior, que interactuaron y se complementaron con las locales. Esto amplía tanto los estudios sobre activismo obrero y sindical, como los de la campaña internacional contra la dictadura, tradicionalmente muy restringida al campo de los derechos humanos, y sin ampliarse a los derechos laborales y sindicales en forma más comprensiva.

Al mismo tiempo, pueden resultar útiles para abrir el análisis de otros impactos del exilio, como el establecimiento de redes de cooperación e intercambio, la configuración de vínculos con instituciones regionales e internacionales y un proceso de aprendizaje que surgió de poder observar y tomar contacto con transformaciones estructurales, como el proceso de reconversión industrial, que primero tuvieron lugar en los países centrales y luego en Argentina, donde intentó aplicarse parte del aprendizaje logrado en instancias previas.

Estas trayectorias, sin embargo, no deben ocultar que, debido a limitaciones de recursos y a dificultades para disponer de redes, la posibilidad de salir del país no estuvo abierta para una gran cantidad de sectores trabajadores, que no tenían acceso a los recursos, contactos y redes necesarios para conseguir la salida del país. El exilio interno, también denominado “insilio” parece haber sido, entonces, una de las opciones más utilizadas por los trabajadores para eludir la represión. En ocasiones el traslado se realizaba hacia lugares cercanos, otras veces consistió en una mudanza de barrio, y en el abandono de los círculos habituales, y en otras involucró viajes muy extensos a regiones completamente alejadas de sus lugares de origen.

Sin duda, el análisis en profundidad del desplazamiento en el interior del país que, sin involucrar la salida del país, trajo aparejado, de todas formas, el efecto de desarraigo y pérdida de todas las relaciones sociales características de la comunidad de origen, es una asignatura pendiente del campo de estudios sobre trabajadores, militancia sindical, dictadura y exilio.

*Este artículo, adaptado por la investigadora del CONICET y del Área de Economía y Tecnología de FLACSO para la Revista Haroldo, está basado en “Una aproximación al exilio obrero y sindical”, publicado en Exilios. Destinos y experiencias bajo la dictadura militar, Buenos Aires: Libros del Zorzal, 2007. 

  • 1. La historiografía sobre exilio coincide en la enorme dificultad que presenta la realización de un análisis ocupacional o social de los exiliados, no sólo debido a problemas de las fuentes sino también en términos conceptuales y metodológicos. A pesar de las dificultades que presenta esta caracterización socio-ocupacional, la mayor parte de los estudios recientes sobre exilio coincide en que indicadores cualitativos parecen demostrar que la gran mayoría pertenecían a la clase media. Por ejemplo, Marina Franco sostiene que “en forma muy general puede decirse que se trata de un proceso que afectó mayoritariamente a grupos de clase media con niveles educativos medios y altos, no forzosamente con militancia política, y cuyos destinos privilegiados fueron México y España, y en menor medida Suecia, Francia, Venezuela, Brasil, Bélgica, Holanda, Estados Unidos.” https://alhim.revues.org/414Nota al pie 7
  • 2. Para más información biográfica y política sobre Gonzalo Chaves, consultar Chaves, Gonzalo Leónidas y Lewinger, Jorge Omar, Los del ´73. Memoria montonera. La Plata: Editorial de la Campana, 1999.
  • 3. Cabe destacar que el sostén económico consistía en el equivalente al salario mensual de un obrero metalúrgico con diez años de antigüedad, lo que se destinaba íntegramente a la supervivencia del grupo familiar. Entrevista de la autora con Gonzalo Chaves (Buenos Aires, Mayo 2006). 
  • 4. Parcero, Daniel, Helfgot, Marcelo y Dulce, Diego, La Argentina exiliada. (Buenos Aires: CEAL, 1985), 39.

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