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Revista Haroldo

Diálogo con el pasado y el presente

14 de julio de 2019

Oscar Masotta, mi maestro

“¿Quién se constituye en maestro?”, se pregunta Norma Tortosa. Y ensaya una respuesta: “Sólo aquel que es capaz de dejar algo en el otro, una marca que señalará la dirección de un camino del cual uno intuye que ya no se va a separar, o al menos no se desea apartar”. Tortosa, psicoanalista, estudió con Masotta en Buenos Aires entre fines de la década de 1960 y principios de 1970 y se reencontró con su maestro en 1976 en España, donde ambos se vieron forzados al exilio.

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Oscar Masotta y un grupo de amigos en la playa, 1966

Cloe Masotta y Susana Lijtmaer / Gentileza del Parque de la Memoria

En los años setenta tuve la enorme suerte de ser discípula de algunos de los que fueron los grandes maestros del Psicoanálisis de la Argentina, una feliz coincidencia con el tiempo de florecimiento de lo que sería mi dedicación, mi tarea cotidiana y mi pasión para el resto de la vida.

Esta nota es en realidad un acto de agradecimiento a Masotta, pero también a los excelentes profesores de diversas disciplinas de los grupos de estudio a los que asistí, así como a la UBA que me brindó una carrera maravillosa ya que en ese contexto cultural contaba con docentes de sólida formación; también a mi querido país de aquel entonces, aún cuando a causa de él tuve que emigrar a España hace más de 42 años y, como no, a mi amada Madrid que aunque al principio ciudad huérfana de padres psicoanalistas, me dio la oportunidad de desarrollar mi profesión hasta hoy.

Emprender la difícil tarea de reconstruir los recuerdos ligados a alguien muy apreciado y tener que hablar a través de mi propia experiencia es como hablar de mí misma, cuando mi intención es que sea Oscar Masotta el protagonista. De todos mis maestros, él dejó una huella imborrable que se sostuvo a lo largo de mi experiencia como psicoanalista. Mi maestro, cuyo saber -lo que vivía de él en mí- aún dirige mi deseo tanto en el encuentro con mis pacientes, con mis alumnos, con las instituciones controvertidas a las que pertenezco, así como con las audiencias que me escuchan en los ámbitos de transmisión donde participo. Transmisión por la que sigue estando presente en mí su pensamiento.

Decía Masotta, preocupado porque su enseñanza calara en cada uno de nosotros: “Se puede enseñar o escribir del modo más elemental sobre los temas más elementales de un pensamiento que no lo es y ello sin dejar uno mismo de pensar”.

¿Quién se constituye en maestro? Sólo aquel que es capaz de dejar algo en el otro, una marca que señalará la dirección de un camino del cual uno intuye que ya no se va a separar, o al menos no se desea apartar. Este “acto” representa haber hecho la opción de pensar en un determinado sentido, que iluminó mi búsqueda al principio y sigue presente en la reflexión teórica que orienta mi escucha.

Aún hoy manoseo de vez en cuando aquellos apuntes, ya amarillos por el paso del tiempo, o reviso sus libros y me sorprendo en alguno de mis Seminarios donde soy yo la maestra, empleando expresiones y cierto estilo que de pronto se imponen a mi reflexión por boca de Masotta. Expresiones algunas argentinas que después de tantos años en España, ahora hasta me rechinan.

“Oscar Masotta, mi maestro” - Revista Haroldo | 1

En aquel entonces pude y supe estar en esa etapa fecunda de ebullición de la cultura y del desarrollo del psicoanálisis en Argentina. Estuve en el lugar adecuado, en el momento oportuno y supe aprovecharlo.

Siendo yo alumna de la Primera Escuela Privada de Psicología Social - en la cual estuve cinco años entre 1967 y 1971- estudiando Grupos Operativos, Pichon Rivière, con admiración y respeto, invitó a Masotta y le dio oportunidad de introducir el pensamiento de Jacques Lacan en su nueva Escuela, por segunda vez. Fueron dos clases sucesivas en el mes de noviembre de 1970 que aún conservo.

Paradojalmente -ya que tenía otra línea de pensamiento- Pichon Rivière, psicoanalista kleiniano y miembro fundador de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA), había sido su iniciador en 1964 cuando le cedió la revista “La Psychanalise”, que incluía textos de Lacan y le propuso dar una clase sobre “Lacan y el inconsciente en el fundamento de la filosofía”, en su Escuela de Psiquiatría Social [1].

Muy pronto Masotta creó los “Cuadernos Sigmund Freud”, éstos reunían artículos de autores que exponían las ideas lacanianas. Además, a principios de los años setenta fueron traducidos al castellano los Escritos de Lacan. Este campo propicio constituyó el inicio del movimiento lacaniano que organizó Masotta y dio lugar, en 1974, a la fundación de la Escuela Freudiana de Buenos Aires basada en el modelo de la Escuela Freudiana de París.

Oscar Masotta y Pichon Rivière en algo se parecían, generalmente no respondían a lo que se les preguntaba, a veces espetaban o sentenciaban. Por ejemplo en una de sus clases, ante una pregunta excesivamente larga, compleja y con gran despliegue para el lucimiento personal, Pichon Rivière, después de un largo silencio dijo ceremoniosamente: “el que pregunta es porque sabe”. Quizás “el maestro” respondiera desde ese saber no sabido del que hablamos los analistas. Los dos, sin duda, sabían situarse en el lugar del Sujeto que se supone que sabe.

Masotta había profundizado en la fenomenología de Sartre y de Merleau-Ponty, fue un estudioso de la lingüística de Saussure, así como de la antropología estructural de Levi-Strauss, sin dejar de lado el arte y la literatura. Por su parte Pichon Rivière transitó por el surrealismo, la pintura moderna, el cine, se había interesado por Georges Bataille, un escritor y antropólogo que renegaba de su condición de filósofo. Tuvo un interés apasionado por “Los cantos de Maldoror” así como de la biografía de su autor Isidoro Ducasse, Conde de Lautrémont. Estos estudios le llevaron a introducirse en el tema de lo siniestro, del fenómeno del doble y la imagen en el espejo, animado por su profundo interés por la locura desde su sólida formación psiquiátrica.

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Se podría pensar que fue Masotta quien realizó el sueño de Pichon Rivière de excluir a la medicina como condición obligada para llegar a ser psicoanalista. Esa era precisamente la propuesta de formación de la APA. También Masotta rechazaba la formación universitaria clásica, por eso al formar grupos de estudio -una lectura de Freud desde la propuesta lacaniana- hizo una apertura a terapeutas no médicos, psicólogos, intelectuales y hasta a psicoanalistas de la APA.

Paradójicamente, fue Pichon Rivière quien pudo revelar a Masotta un saber que él desconocía, del mismo modo que Charcot[2] le había indicado a Freud el camino del descubrimiento del psicoanálisis, algo en lo que él, en absoluto, podía pensar.

No será por casualidad que a la muerte de Pichon, Masotta lo nombrara como su único maestro.

Así, escribe en su libro “Ensayos lacanianos” editado en Barcelona en 1976: “Conocí a Pichon poco antes del quebranto de su salud. De su biblioteca que no era avara ni rencorosa salen como los conejos de la galera, seminarios mimeografiados de Jacques Lacan, dedicados de Lacan a Pichon, a los que un mortal -quien habla- jamás habría podido ni soñado, haber accedido algún día y de otra manera.”

Si tuviera que hacer una semblanza de la personalidad de Masotta, podría decir que tenía un aire indiferente y un aspecto un tanto descuidado que se reflejaba en su postura corporal, y en cuanto a sus modos, cierta falta de cortesía. Pero si bien se expresaba con espontaneidad, a veces era como le salía. Sin embargo asombraba su implicación con lo que decía, se podía advertir una ética implícita en el acto de tomar la palabra.

Mi segundo encuentro con Masotta ocurrió en Madrid. Él había llegado a Barcelona un año antes que yo, en 1975, habiendo pasado primero un tiempo en Londres. Pronto comenzó a viajar a Madrid para darnos clase a un grupo de psicoanalistas que residíamos allí, o, aquí… donde sigo estando. Llegó en el momento adecuado a rescatarnos de la desolación del páramo psicoanalítico en el cual vivíamos. Fue mi salvador intelectual, como algún otro argentino que en otro aspecto, también lo fuera al enviarme mi primera paciente, una chica chilena. Así recuperé mi condición de psicoanalista y pude empezar a “ganarme la vida” en un nuevo país ejerciendo mi profesión, sobre todo cuando el psicoanálisis casi no se conocía en España.

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Tres caricaturas de Oscar Masotta en Conjetural, Revista Psicoanalítica, Nº51, agosto de 2009, Buenos Aires.

Miguel Rep / Gentileza del Parque de la Memoria

Fuimos muchos los exiliados, “trabajadores de la salud mental” como se nos decía en Buenos Aires. Masotta era una protección contra otras soledades y desolaciones que aún continúan.

Oscar, con su pasión por el psicoanálisis nos salvó a muchos de nosotros del aplastamiento mental que sentíamos aquí en ese momento, recién muerto Franco.

Salí de Argentina un 8 de octubre de 1976, pude tener la suerte de irme en barco ya que me permitía llevar un metro cúbico de equipaje en la bodega, lo que para mí consistió en un metro cúbico de libros, mis libros de psicoanálisis. Es evidente que intuía que gracias a ellos podría respirar, trabajar y comer. Aunque no tenía ni remota idea de cómo sería mi vida en España, ni con qué me iba a encontrar… otra vez no me equivoqué, me cubrieron muchas ausencias y fueron mi alimento y mi compañía.

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Oscar Masotta

Rodrigo Alonso / Gentileza del Parque de la Memoria

Quizás sólo tenga dos o tres recuerdos personales significativos acerca de Masotta, incluso graciosos.

Recuerdo una anécdota que luego se convirtió en el tema latente de una clase, algo que resultó útil para comprender en acto, la función del dinero en psicoanálisis. Llegábamos al apartamento donde él daba el seminario (en la calle Princesa 3 de la Plaza de España). A medida que íbamos entrando, era lo acostumbrado que cada uno le entregara el pago correspondiente a las cuatro horas de clase, sábados de 10 a 14. Una compañera, muy ufana, le comentó naturalmente a Oscar que no había traído el dinero para pagarle y prometió que lo haría la próxima vez. Dicho esto, se sentó en torno a la mesa en la que estábamos todos pero Oscar, sin inmutarse, le dijo que si no le pagaba debía retirarse ya que él daba palabras por dinero, ante la perplejidad de todos nosotros por la contundencia de la observación. Enseguida comenzó la clase como si nada hubiera sucedido… fue para todos una lección psicoanalítica sobre el valor simbólico del dinero.

Masotta, descuidado también con las formas discursivas, a veces no podía ser prudente, como si no conociera las maneras adecuadas para comunicarse con los demás. No obstante, traslucía una intención de preservar el lazo de individuo a individuo, por lo que conseguía crear en el seminario un clima de amable complicidad, aunque había pocas intervenciones. Esto último, dejaba al descubierto que el auditorio no conocía del todo bien las cartas con las que Masotta jugaba.

Sin embargo, estos seminarios en Madrid se desarrollaban en un clima íntimo y cercano, él hablaba poco acerca de sí. Hablaba en su argot, transmitía un saber que al principio estaba construyendo en voz alta, con sus propios alumnos. En el buen sentido, él “actuaba” la palabra con quienes lo escuchábamos.

Comenzaba a resurgir el feminismo en España con la democracia del primer gobierno socialista. Digo resurgir -después de 40 años de franquismo- porque estaba presente en la memoria colectiva la lucha contundente de las milicianas de la guerra civil y luego, de las mujeres que batallaron por la igualdad de sus derechos llegando hasta obtener el acceso al mundo laboral, el derecho al divorcio, al aborto, logros conseguidos entre la Primera y Segunda República. Esas que también supieron dejar huellas, transmitir la defensa de la mujer a las generaciones posteriores que supieron y pudieron recuperar sus ideas.

Esa aparente salida de tono de Masotta con aquella alumna, lo era aún más si se quiere, considerando el momento de eufórico renacimiento de las libertades y los derechos ciudadanos que traía el cambio político y social del que disfrutábamos.

Otra anécdota, quizás intrascendente pero que de alguna manera retrata a Masotta, ocurrió otro sábado en un pequeño descanso de la clase. Parecía que Oscar había desaparecido… pero estaba en la cocina. Entré para saludarlo porque nos conocíamos de Buenos Aires y lo ví comiendo de pie unas fetas de jamón ibérico apoyadas en un papel que sostenía con una mano en el aire. Lo primero que hizo fue invitarme insistentemente, era algo ligero para comer que le dejaba una colega, la misma que le cedía el sitio para dar sus clases. Yo no lo podía aceptar aunque de buen grado lo hubiera hecho, porque sentía que se quedaba sin almuerzo. Pero él, que estaba empeñado en compartirlo, me decía “si hay mucho, es demasiado para mí” a la vez que me ofrecía un vaso de vino. Estaba muy interesado en saber cómo me encontraba yo en Madrid y en preguntarme por Buenos Aires, ya que la echaba de menos. Nunca pude introducir el tema por el que me había acercado a él en ese momento…

Oscar Masotta se había marchado de Argentina poco antes del golpe de Estado del General Videla. Después de una breve estancia en Londres se instaló en Barcelona en 1976 y comenzó a dictar sus seminarios. Editó varios libros e introdujo el pensamiento de Lacan en España coincidiendo con el fin del franquismo y la entrada en la democracia. Desarrolló una importante actividad institucional que culminó con la fundación, en 1977, de la Biblioteca Freudiana de Barcelona. A la vez que realizaba seminarios en varias ciudades entre las cuales estaba Madrid.

Poco tiempo duró su febril y productiva actividad, porque dos años más tarde cuando sólo tenía 49, murió afectado por un cáncer de pulmón.

Muchas veces nos hemos interrogado sobre los motivos por los que el Psicoanálisis atrajo tanto a los argentinos. Buenos Aires reprodujo la pasión freudiana europea, como en Viena, Budapest, Zurich, Berlín, París, etc., y llegó a convertirse en un fenómeno característico de la sociedad porteña en un principio, para luego extenderse al resto del país.

Parecería que lo que se buscaba era el enigma de los orígenes, al ser una sociedad que recibió una enorme emigración europea que además tenía muy poca información acerca de su procedencia. Muchos de nuestros padres no sabían siquiera donde habían nacido sus propios padres, eran sujetos anónimos.

Así el Psicoanálisis procuraba alguna respuesta acerca de nuestra oscura identidad, permitía acceder a nuestras raíces imaginarias en el afán por superar la soledad y la angustia que siempre acompañan a la interrogación sobre sí. Lo sorprendente fue que en Argentina representó un fenómeno universal hasta ahí desconocido pues convocó a las clases medias en general.

El deseo de desenmascarar el enigma subjetivo justifica la búsqueda de un inconsciente que parece dar la esperanza de reencontrarse a sí mismo y aparecer a la luz.

Como quiera que sea, el Psicoanálisis sigue vivo para los argentinos a pesar de las devastadoras crisis económicas y las sangrientas dictaduras.

Notas

  • Nota al pie 1: Pichon Rivière fundó primero la Escuela de Psiquiatría Social que comprendía tres años de estudio y que luego pasó a ser su Primera Escuela Privada de Psicología Social, que ya incluía cinco años de formación.
  • Nota al pie 2: Freud asistía deslumbrado a las lecciones clínicas de Charcot, representante de la psiquiatría dinámica. Desde el principio sintió admiración por su forma de pensar la histeria y llegó a decir “Nunca ningún humano me afectó tanto”. El rechazo con que fue recibida su teoría de la sexualidad, le hizo reconocer que Charcot -para quien el problema de los histéricos “c´est toujours la chose génitale, toujours, toujours”- le había trasmitido un saber que sin embargo no tenía. Fue Freud quien descubrió el inconsciente constituido a partir de fuerzas sexuales ocultas a la conciencia. El psicoanálisis sólo pudo tener origen gracias a estos encuentros.

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