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Revista Haroldo

Diálogo con el pasado y el presente

04 de mayo de 2016

Entrevista a Haroldo Conti

Chacabuco, el pueblo mágico

El 5 de agosto de 1971 el bisemanario Chacabuco publicó un reportaje en el que el escritor habla sobre su novela En vida, que acababa de publicar y, en especial, sobre su ciudad natal. Así, evoca personajes y lugares que hasta ese momento no habían aparecido con fuerza en su obra y que, pocos años más tarde, ocuparon un lugar central en los cuentos de La balada del álamo carolina.

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El grabador paseaba gratis, en lluviosa tarde de otoño, el cartelito Chacabuco, por la Florida en remiendos. La lluvia fría, suave, sin avisos, mojaba la ropa de los paseantes mudos. En su cruce con Corrientes, seguí la masa, que entre tablones, giraba hacia la izquierda. Al cuatrocientos, piso sexto. Filmes publicitarios. Haroldo Conti. Un hombre alto y un grande hombre, a la vez. Su cabellera escasa, es señal familiar para la identificación rápida. Casado, con dos hijos, Alejandra y Marcelo, Haroldo Conti es un joven de cuarenta y seis años que con su conversación ágil y amena, en franco imperio, hace silenciar pronto el ruido de máquinas y gente que seis pisos más abajo se apretujan en lucha intranquila. Haroldo Conti habla de su mundo, de su pasado, de su futuro, de ese Chacabuco suyo... Del nuestro.

¿Cuál es su actividad diaria?
Está repartida entre la docencia, la filmación de películas y por supuesto la literatura. En la docencia, a nivel secundario y por problemas políticos, ahora sólo dicto unas modestas clases de latín. En cortometrajes estamos haciendo publicitarios de tipo documental, institucionales para empresas. Y en largometrajes estoy trabajando con Nicolás Sarquis, un director muy joven que hizo, con acierto, el film Palo y Hueso.

¿Qué plan de trabajo tiene para escribir?
No tengo ninguno. Soy trabajador, empeñoso, porque me cuesta mucho escribir, sobre todo la novela, ya que requiere un trabajo de laboratorio muy intenso. Imaginate que esta última (En vida) me llevó cinco años hacerla. Trabajo mucho por día sobre la novela; pero me rinde muy poco. No pasaré de quinientas palabras diarias, lo que es muy poco.

¿Qué le sirve de inspiración?
Todo. Aunque sobre todo el paisaje humano, la gente.

¿Esto no se contradice con Sudeste, donde lo que pesa es el pasaje?
No. Porque el de Sudeste es un paisaje muy antropomoformizado, muy humano o humanizado. Es decir, paisaje y gente en una misma cosa. Es el río que se convierte en personaje protagonista de toda la novela. Pero ya en Alrededor de la jaula, de los cuentos de Con otra gente, y en esta última novela, creo que lo que interesa es la gente.

Sólo en un cuento suyo, Los novios, se descubre a un Conti chacabuquense. ¿Por qué, aparentemente, Chacabuco no es inspiración para usted?
Aparentemente sí, es cierto. Pero sin dudas ha ido reviniendo, de manera un poco casi fantasmal, en mi memoria toda la vida en él. Así es que en este último libro ocupó mucho lugar. Es más, lo fui a terminar allí, en julio del año pasado, en la casa de mi abuelo. Pero indirectamente siempre Chacabuco está presente. En todos mis libros hay personajes de allí, con otros nombres, por supuesto. Inclusive el personaje principal de En vida se llama Oreste, refiriéndose a un pariente mío, Oreste Provenzano, un ser un poco incorporado a la mitología de Chacabuco, como el Viejo Nardi y otros seres místicos de allí.

"No recuerdo cuando dejé Chacabuco. En realidad lo dejé varias veces. La última fue cuando yo tenía veinte años. Aunque siempre vuelvo. Necesito volver". 

¿Qué diferencias encuentra entre el Chacabuco de hoy, y el de sus libros, el de su adolescencia?
Sin dudas ha cambiado mucho. Pero claro, yo cuando llego allí, llevo una carga de pasado e indefectiblemente voy ansioso a buscar el Chacabuco que yo dejé, ese mágico de mi infancia, con personajes como los Cuñartes, los Alori, y tantos otros de los que no sé qué será.

¿En qué año dejó Chacabuco?
No recuerdo. En realidad lo dejé varias veces. La última fue cuando yo tenía veinte años. Aunque siempre vuelvo. Necesito volver. Con mi padre nos vemos cada tanto; pero nos hemos separado hace tiempo a pesar de que hay una gran afección entre ambos, la vida de hechos nos separó. He convivido muy poco con él. Eso tal vez me haya llevado a inventar un poco, en la literatura, a un padre o a un hermano de tamaño fabuloso.

¿Una alegría de Chacabuco?
Algo que me alegro mucho fue el haber recibido el primer premio por el cuento La Causa, en el cual describo a Chacabuco. El personaje principal, Pedro Romita, es mi padre. Este cuento fue editado en Estados Unidos. Chacabuco, se llama Rinconcito, lo ocupa todo, desde el principio. Hablo de esas dos torres de la Iglesia que viniendo del lado del cementerio se ven apuntar sobre los árboles y van creciendo como a los empujoncitos.

¿Una tristeza?
Seguramente debe haber sido una muerte. Sí. El día que murió mi abuela Adela Conti. Yo me fui a despedir de ella. Estaba en cama sí, pero no sabía que iba a morir después. En el momento que extiendo la mano, ella abre los ojos, y en una plena lucidez, alcanza a verme y muere.

¿Un recuerdo?
De Chacabuco, miles. Generalmente recuerdo paredes, luces, las afueras, algunas personas, el cine. Recuerdo cuando iba al cine, los miércoles; daban películas de terror que me hacían estremecer hasta los huesos. Siempre juraba que no iba a volver. Y entrando en un plano confesional, todas las noches invariablemente, recuerdo la Iglesia y dentro de ella la imagen de la Inmaculada que está a un costado, mirando hacia el altar hacia la derecha. Es en cierto modo un resumen iconográfico de todo Chacabuco.

¿Un hombre?
Recuerdo muchos. Recién te mencioné a Nardi. Era un hombre fuera de serie. Fue amigo mío, me brindó su amistad. Era un poco retraído. Sin embargo, y tal vez desde entonces empecé a desarrollar yo esa especie de habilidad, sí lo es, fui como un cazador oculto, con gran paciencia, fui acercándome a esa especie de animalito que era el viejo Nardi, tan aprehensivo para la gente, y me introduje en su mundo. Un mundo muy particular. Nos hicimos muy amigos. Ahora en mi memoria, el viejo Nardi, es nada más que esa especia de hombre llama, una cosa adedada, gris, con unos tremendos mostachos y unos ojos cargados de bondad. Debe haber muerto, ¿no? También recuerdo a Peliche. A aquel vagabundo que murió al aire libre... que linda muerte. A Marsiletti, a quien en varios cuentos menciono. Incluso tengo una novela inédita que se la iba a dedicar Al maestro grande Don Bimbo Marsiletti.

¿Una mujer?
¿Hablando de mujeres etéreas y mayores? A la Vieja Julia. Era medio maga, vivía en las afueras, profetizaba cosas. Vivía en dirección a la Estación. Me acuerdo que una vez le pedí un crucifijo muy antiguo que tenía. Me dijo: Mirá, todos los que me lo han pedido han muerto antes que yo. Así que cuanta carta escribía a Chacabuco preguntaba por la suerte y estado de salud de la Vieja Julia. Y siempre, invariablemente, la respuesta era que gozaba de perfecta salud. Eso me traía temor. Un día murió... No sé si eso me entristeció o me alegró... Pero le gané.  

"En vida, tiene un sentido de ironía. Cuando hablamos de alguien como un ser limitado, terminado o muerto, decimos que en vida era tal cosa. Así es Orestes Antonelli, el personaje de mi novela".

¿Qué significa En vida para Conti?

La novela que más se complica con mi vida. Me decía ayer en una carta Mario Vargas Llosa: Es una novela excelente; pero la más triste y melancólica que he leído alguna vez. Se justifica, es el resultado de cinco largos años de soledad. Fueron cinco años que estuve atornillado a un escritorio y a una silla. Cinco años de hartazgo de soledad. Por eso ahora me dedico a otra cosa, no puedo estar encerrado mucho tiempo. En vida, tiene un sentido de ironía. Cuando hablamos de alguien como un ser limitado, terminado o muerto, decimos que en vida era tal cosa. Así es Orestes Antonelli, el personaje de mi novela.

¿Qué es 1971 para usted?
Un año bastante bueno. Se cumplieron todos los pronósticos más allá de la cuenta. Todos los años hago un plan de cosas por hacer, de proyectos, y siempre me desespero por cumplirlos; hasta que llega fin de año y al hacer la revisión solo veo que no he cumplido ni la mitad de la mitad. Este año ya en julio se han cumplido todos mis planes. En fin, algún año planearé mi muerte. Entonces sí que me voy a demorar en cumplirlos.

El ascensor indicó salida. Caminé por Corrientes entre la gente que en murmullos se empujaba. Solo los autos y las máquinas hacían ruido. Adelante el zonzo Obelisco, troncado, perdía su punta en la niebla. Me sentí extraño, estaba triste. Recordé Chacabuco húmedo. Miré Buenos Aires hacia adelante, pero la capa blanca, u oscura, no sé, cubría este mundo. Pensé, en mi miopía, que más allá estaría mi ciudad. Y en alguna parte de él, vivos o no, la vieja Julia, el viejo Nardi, la Iglesia... Todo ese mundo de Conti. Pensé en aquel joven de aparente herida que quedaba atrás. Veía su rostro neutro, invariable... Sentía su tristeza, la de sus libros.
Parapetado en el alero de un comercio cualquiera, con trabajo saqué el librito que llevaba en algún bolsillo. "Ahora oscurecía a las seis y media y el verano parecía más lejos que nunca. En realidad, parecía que nunca hubiese existido el verano". Leí la tapa: "Con Otra Gente" - Haroldo Conti.
Una gota hizo punto redondo sobre aquella i. Llovía... ahora ya en la noche.

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