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Revista Haroldo

Diálogo con el pasado y el presente

04 de mayo de 2016

Entrevista a Marta Scavac

“Mascaró es nuestro primer hijo”

Marta Scavac es la segunda mujer de Conti. Estuvo con él al momento de su secuestro. Con la pena a flor de piel, en esta entrevista recupera aquellos tiempos y recuerda que la ausencia es para ella pura presencia. "Haroldo ha sido irremplazable", dice. 

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Ella tenía 27 y él 43. Marta Scavac estaba cursando la secundaria de noche y Haroldo Conti era su profesor de latín. No le gustaba ni un poco ese hombre malhumorado que le daba clases. Fue la lectura de Alrededor de la jaula la que cambió todo para siempre. “Me enamoré del autor de la novela”, dice ahora desde el otro lado de la línea telefónica. “40 años después suena ridículo, pero fue así. Estaba aterrorizada, me estaba separando, tenía dos nenas y en esa época pensar en una nueva relación era difícil. Además, él también estaba en pareja y tenía dos hijos” (Alejandra y Marcelo).

La inédita sensación no se iba y decidió encararlo: “Tengo que hablar con usted”, le dijo a su profesor, con la idea de confesar lo que parecía inconfesable, “borrarse” y dar las materias que le quedaban libres.

Se encontraron. Fueron al Tigre, en el camino Haroldo comenzó a hablar de su proyecto de escribir Mascaró. Pero le estaba costando. Después de la novela En vida (1971) había quedado con un gusto amargo. Hacía cinco años que no escribía nada. Comió un lemon pie. Marta estaba embelesada y ya se había olvidado del porqué de la cita.

-¿Para qué me quería ver?, preguntó el profesor.

“Yo quería salir corriendo. Me quedé muda, hasta que le dije que me había enamorado. Yo creo que casi se desmaya, se quedó sorprendido. Y entonces le dije que iba a dejar de asistir a las clases y que no lo iba a ver más. Me llevó a casa y en la puerta me dijo: Quiero que sepa una cosa: ahora que la encontré no la voy a perder”.

Un mes después él la fue a buscar y empezó la historia de amor. “Lo que nos unió de una manera muy fuerte, muy sólida fue la literatura. Haroldo siempre decía: “Nuestro primer hijo fue Mascaró”.

“Estoy tocando el timbre y por suerte el agregado cultural que era muy amigo nuestro estaba en el hall y me ve por la cámara. Abre la puerta y le digo: me están persiguiendo y apenas pongo un pie, la frenada de tres Falcon en la puerta. Los cubanos me tiraron para adentro. Yo no lo podía creer. Tuve que sentarme porque me temblaban las piernas. Me volví a salvar otra vez”.

¿Cómo se siente 40 años después todo esto que pasó?

Se siente el peso de los 40 años. Pero por otro lado es como si todo hubiera pasado ayer. Y si me paro ahí sigo sin entender. Nunca lo acepté. No sólo en mi caso personal, sino todo lo que ocurrió con miles y miles de personas, que yo quería mucho, que formaban parte de un grupo que éramos familia. Hay mucho vacío, mucho dolor. Las ausencias están presentes permanentemente en mí.

¿Cuándo mirás para atrás, hay algo que te reproches? ¿Podría haber sido de otra manera?

Sí, eso es inevitable. Pasa el tiempo. Uno va cambiando, acumulando experiencias, algunas muy duras como el exilio, que a muchos nos pareció un castigo. A otros no les pasó lo mismo. Cada uno se defendió como pudo. Pasado todo esto pienso que podrían haberse dado las cosas de otra manera. ¿Qué pudo haber significado? El plan de exterminio de estos criminales nadie lo hubiera frenado, pero si nos hubiésemos expuesto un poco menos, tal vez mucha gente se hubiera salvado. Nosotros habíamos tomado una decisión que era luchar por cambiar determinadas cosas y de eso no me arrepiento. Sigo siempre en la misma vereda. El tema que más pesa es el de los hijos. Eso sí. La carga de culpa que a uno le queda. Es tan grande el dolor que sienten, las han pasado tan duras… Eso me angustia mucho, porque se podría haber manejado de otra manera. Pero así fue.

Aquella madrugada trágica está presente en vos en cada detalle. ¿Se puede olvidar?

Le decía a una de mis hijas hace unos días; ¿cómo puede ser que después de tantos años yo recuerde detalles tan precisos? Es impresionante. Está todo presente. Yo no me olvido de ninguno de los compañeros que perdí, no me olvido de los hijos de esos compañeros que han tenido una situación tremenda, que fueron a parar a cualquier parte. Perdí a mi compañero que fue el amor de mi vida; mi hijo Ernesto tenía tres meses y se crió sin su padre. Son cosas muy fuertes que te siguen, te persiguen y te acompañan el resto de tu vida. No se olvida.

¿De qué manera está presente Haroldo en tu vida?

Permanentemente. Yo había perdido todo, pero la gente generosamente me fue alcanzando recortes, fotos. Entonces, como dicen mis hijos, mi casa parece un museo de Haroldo. Está en todas partes. A tal punto que mi nieto de 4 años habla de su abuelo Haroldo como si lo hubiera conocido y me pide que le cuente historias. Hay una complicidad entre él y yo con respecto a su abuelo. Y yo siempre estoy largando cosas de Haroldo, porque lo tengo adentro. Yo estaba absolutamente enamorada de su alma. Haroldo ha sido irremplazable.

La huída

Haroldo Conti fue secuestrado el 5 de mayo a las 0.05 de la madrugada en su casa de la calle Fitz Roy. La pareja llegaba del cine: venía de ver El padrino. Adentro, debían haber estado durmiendo Ernesto, el bebé de ambos de tres meses, y Miriam, hija de Marta que entonces tenía 7 años. La mayor, Vivian de 14, se salvó de aquella tragedia: estaba con su padre preparando un examen de matemáticas. Fueron seis horas de terror. Una patota se apoderó de la casa, de los cuerpos, del dinero, de la vida de los Conti. Marta alcanzó a despedirse de Haroldo con un beso, que él pudo darle en el huequito de piel que quedaba al aire entre las camisas que le habían puesto para taparle los ojos. Nunca más se vieron. De Haroldo se supo que estuvo en los centros clandestinos de Campo de Mayo y El Vesubio.

Una mano de Dios la salvó a ella y a sus dos hijos aquella madrugada, que fue el principio de una huída que duró mucho tiempo. Y que empezó cuando pudo escapar por la ventana de su propia casa con los dos chicos a cuestas.

“Si pudimos salvarnos fue porque después de 45 días de estar de un lado para el otro, buscando a Haroldo, haciendo denuncias terminé en la embajada de Cuba. Ellos nos protegieron durante un año y medio”.

Marta recuerda que llegó a la embajada del barrio de Belgrano de manera azarosa. “Otra mano de Dios, digo yo. Estaba en la casa de mis viejos, en la avenida Santa Fe, pero sabía que los estaba comprometiendo mucho. Me buscaban por todos lados. Eduardo Galeano trataba de conseguirme un pasaporte. Un día llegué y vi a los costados del edificio a dos tipos. Me di cuenta que me estaban esperando. Pero tenía que sacar a mi hijo que estaba con mis padres. Logré escabullirme y entré para sacar a Ernesto”.

“Lo que siguió fue de película”, dice Marta. Para salir, su papá, militante peronista (“De ahí viene la cosa”, piensa), la ayudó a tomar un taxi, burlando a los hombres que hacían guardia. Esa fue la última vez que vio a su papá, que murió a los pocos años de cáncer.

Llegó boquiabierta con el bebé en brazos y una muda de pañales a la embajada, a donde Haroldo -dos días antes de su secuestro- le había dicho que debía recurrir si algo le pasaba.

“Estoy tocando el timbre y por suerte el agregado cultural que era muy amigo nuestro estaba en el hall y me ve por la cámara. Abre la puerta y le digo: me están persiguiendo y apenas pongo un pie, la frenada de tres Falcon en la puerta. Los cubanos me tiraron para adentro. Yo no lo podía creer. Tuve que sentarme porque me temblaban las piernas. Me volví a salvar otra vez”.

“Mascaró es nuestro primer hijo”- Revista Haroldo

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La presa del sexto piso

El embajador la llamaba “la presa del sexto piso”. Le armaron un cuarto y ahí se quedó, con las persianas bajas y sin más contacto que un viejito macanudo que le llevaba la comida, la secretaria del embajador y un médico. “Fue jodido. Fue una etapa muy dura, porque mis chicas habían quedado afuera, mi gente querida estaba afuera, yo tenía que seguir luchando para que lo largaran a Haroldo, yo no me conformaba con estar ahí. Además, tenía los helicópteros que sobrevolaban la terraza, frenazos de autos…. era una persecución psicológica. Lo que me salvó fue escribir”.

De todo eso que tecléo en aquel encierro obligado de un año y medio y que siguió escribiendo en Cuba, en México y en Suecia, sus destinos del exilio, no quedó nada. “Cuando vuelvo de Suecia, hay en Roma un atentado en el aeropuerto, en la oficina de las valijas. Yo llevaba tres y perdí dos, en una de las cuales estaba todo el material y todos los dibujos y cuadernos de Ernesto, muchos dedicados a su papá. Perdí todo”.

El 27 de diciembre de 1977 logró salir del edificio de Belgrano para Cuba, donde vivió tres 3 años. Luego se fue a México, donde trabajó con Angeles Mastretta (“una mujer extraordinaria que me apoyó muchísimo”) y en febrero de 1982 llegó a Suecia.

Volvió al país el 1 de julio de 1985, pero hacía un año que intentaba dejar aquel país. El embajador argentino –un resabio de la dictadura en democracia- le pedía “que aparezca el padre, que firme la autorización de Ernesto y ahí puede salir”.

“Son muy perversos estos tipos, muy perversos, muy perversos”, repite recordando aquella experiencia. La tardanza en otorgarle la autorización para dejar Suecia no le permitió volver a ver a su mamá, que murió en febrero de ese año. 

Cuando llegó a Buenos Aires, ya no tenía su casa. El título de propiedad de Fitz Roy había sido adulterado y quedó en manos de la ex mujer de uno de los captores. Hizo juicio por doce años pero lo perdió.

"Entonces le dije que escribiera, que se sacara ese dolor que estaba sintiendo. Y ahí surgen los cuentos y ya estaban escritos los doce títulos de la segunda parte de La balada. ¡Tenía un embale para escribir!  Se ha perdido mucho con la falta de Haroldo porque él estaba en su mejor momento, con una polenta, con una vitalidad, con una genialidad…"

La pérdida

Haroldo nació en Chacabuco, provincia de Buenos Aires, el 25 de mayo de 1925. Además de uno de los mayores escritores argentinos, fue periodista, seminarista, piloto de avión, navegante, guionista de cine, militante político y docente. Su primera novela fue Sudeste (1962).

¿Leés a Haroldo?

No. No lo leo…. desde entonces. Me acuerdo perfecto de todo, es una literatura que la tengo conmigo. Con Mascaró, el cazador americano (Premio Casa de las Américas, 1975) trabajamos a dos máquinas: Haroldo escribía, yo corregía y pasaba en limpio las hojas. Era una etapa de preocupación, estaba la Triple A, habíamos tenido que dejar la casa de Fitz Roy por un tiempo y nos habíamos ido a un campo. Estábamos apurados por terminarla, abocados a ella, nos llenaba la vida. Un día apareció con un ejemplar: ¡Mirá lo que te traje”, me dijo mientras me levantaba en brazos. Fue una alegría inmensa. No soy la más objetiva para hablar de su producción… Alrededor de la jaula (1966) es una joyita y hay cuentos que son geniales, como La balada del álamo carolina (1975). Me acuerdo que nos encerramos en la casita del Tigre (hoy convertida en museo) y que lo escribió en dos semanas.

Después de Mascaró había quedado muy embalado y quería escribir una segunda parte. Pero en el mientras tanto murió su tía Haydée de Chacabuco que él quería mucho. Se encerró en el escritorio, estaba muy mal. Entonces le dije que escribiera, que se sacara ese dolor que estaba sintiendo. Y ahí surgen los cuentos y ya estaban escritos los doce títulos de la segunda parte de La balada. ¡Tenía un embale para escribir!  Se ha perdido mucho con la falta de Haroldo porque él estaba en su mejor momento, con una polenta, con una vitalidad, con una genialidad…

...

En el 2009, el general retirado Jorge Olivera Rovere fue condenado a prisión perpetua por el secuestro de más de un centenar de personas y la muerte de cuatro ocurridos durante la dictadura cívico-militar. Entre las víctimas estaba Conti.

En 2014, el Tribunal Oral Federal N° 4 condenó a prisión perpetua a Gustavo Adolfo "el francés" Cacivio, Néstor Norberto "Castro" Cendón, Federico Antonio Minicucci y Jorge Raúl Crespi por los crímenes de lesa humanidad cometidos en el ex Centro Clandestino de Detención, Tortura y Exterminio "El Vesubio". 

Los imputados fueron condenados por la privación ilegítima de la libertad de 203 víctimas, entre ellas el dibujante y guionista Héctor Oesterheld, Conti y el director de cine Raymundo Gleyzer.

En septiembre de ese mismo año, el Ministerio de Educación de la Nación reparó el legajo docente de Haroldo: se cambió “abandono de cargo" por  "desaparición forzada". En el sumario de fecha 27 de junio de 1979 una resolución del entonces ministro Juan Rafael Llerena Amadeo declaraba cesante a Conti por las ausencias sin aviso como docente del Liceo Nacional 7 y del Liceo 11 desde el 5 de mayo de 1976, unas horas después del secuestro.

¿Sirve como reparación?

Lo vivo como algo que tiene que hacerse. Yo di mi testimonio ante el Tribunal Oral Federal 5 y lo veo como un avance positivo entre tanta tragedia. En ese sentido puede ser una reparación, pero en lo personal no me sirve.

Marta habla claro. Narra como quien ha masticado su historia a lo largo de 40 años. No hay muchas dudas en su relato, tampoco demasiados silencios. Hay, sí, las pausas de alguien que piensa las palabras y recuerda con ganas, pero con dolor.

La charla por teléfono no permite ver sus movimientos: qué hace con las manos, sus gestos, si se toca el pelo… Con todo, es posible imaginarla chiquita y enorme, como cuando dice: “Yo creo que lo que me serviría es poder recuperar a Haroldo de alguna manera, y llevarlo a Chacabuco, que es lo que él quería”.

 

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