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Revista Haroldo

Diálogo con el pasado y el presente

26/09/2023

Héctor Anabitarte: un activista, mil vidas

Somos lo que no olvidamos

“Me resulta injusto e imposible separar una memoria que es de varios y sobrevive como puede en un arroyo correntoso, entre ellos y yo”, dice Alejandro Modarelli para reponer la historia de Héctor Anabitarte, gay, militante, activista, inquieto, incansable, solidario lúcido y contemporáneo eterno, protagonista de “una vida que es mundo, un árbol que se abre y desde el que mira perplejo”.

Cuando habla o escribe sobre su arborescente activismo homosexual (a nadie se le ocurra llamarlo carrera activista), nunca dice “yo era”; dice siempre “éramos”. Se resiste a la primera persona, como si esa centralidad ejerciera alguna violencia contra el resto o amputase parte de un cuerpo común.

Abomina de la propia publicidad y no comprende aquello del “narcisismo de las pequeñas diferencias” en el activismo de estas últimas décadas, corroído por épicas individuales mal ocultas en épicas colectivas, a medida de que el espejo devuelve imágenes de glotones liderazgos teñidos de manías y de mañas. En fin, nada de esto es ajeno a la mutación de las sociedades selfies, de la que casi nadie escapa. Por eso la voz de los antiguos líderes, como Héctor Anabitarte, advienen de un estado anterior, edénico -basta con mencionar a dos o tres en el movimiento lgtbi- que el tiempo dejó como legado ético cuando lo comunitario está amenazado, tanto como el progresismo liberal.

"Cuando los del FLH se entrevistaron con los jóvenes peronistas del 73, estos los miran con asombro". 

Conversando con Anabitarte, no encuentro en él nostalgia por los afanes revolucionarios de los años setenta. Y es así porque cree en el reformismo; en España se afilió al PSOE, que lo agasajó hace poco en su ciudad, Aranjuez, aunque para una parte de los jóvenes argentinos que recorren la aventura del Frente de Liberación Homosexual (FLH), sigue asociado a una izquierda heroica de la que abdicó bastante antes de huir de Buenos Aires en 1977, en un barco de bandera italiana.

En la introducción a su libro Nadie olvida Nada, que publicó en el 2005 aunque fue escribiendo a través de varios años, ensaya una apretada biografía en la que cabe un aleph. Una biografía en tercera persona, en la que uno se pierde en los pasillos de un universo de entresijos, esa casa que quiere abrir para la posteridad y que es la suya pero a la vez no tanto, porque dejó entrar demasiada historia ajena. Alucinada lectura, por cierto. Hasta se hace responsable de ser la mano que escribe los recuerdos estallados por el Alzheimer de Adelaida Gigli, la amiga adorada, intelectual del Grupo Contorno, cercana más tarde a Montoneros donde militaban sus hijos y a ella le temían por friqui e indisciplinada. 

Exiliada, Adelaida quema memoria sobre los rieles de la enfermedad, echa lo que queda en cartas prodigiosas a Héctor, que en el libro se funden en un mismo tejido de voces. Sin que nadie la conozca desde antes en ese pueblo italiano donde se refugió en la dictadura, Recanati, amasando obras en cerámica y un duelo imposible por los hijos asesinados. La baza a la que recurre Adelaida es la única puta en funciones. Está convencida de que las aldeas jerárquicas precisan ser sacudidas de toda modorra; y la lleva del brazo a todos los actos cívicos. Muy italiano eso de las putas, las iglesias y las plazas de chimentos. Los Gigli tienen fama en Recanati; Lorenzo, el padre, fue el mayor pintor y escultor. Hace poco fue ella la homenajeada.

En carta a Anabitarte, exige que nadie se apropie de la muerte de los hijos, que concibió con David Viñas, como lo hicieron antes los genocidas con sus cuerpos. No quiere saber nada de los símbolos heroicos ni ternuras institucionales, menos de quienes buscan romantizar a las víctimas. Detesta la compasión: sus hijos no habían sido pollitos mojados. No quiere que se los rebaje al despiste. En todo caso, habían crecido escuchando diatribas de intelectuales de izquierda, clase media y sobremesa, y en un momento decidieron traducirlas, con valentía, en acción armada. Corrieron el riesgo y perdieron. Que nadie hable en su nombre, y menos en la misma lengua que usaron sus verdugos. El No de Adelaida (no hay una palabra, como viuda, que designe a la madre que pierde a un hijo) fue inapropiable.

Piensa en una carta en la hipótesis de un triunfo de aquella izquierda masculinista, rígida, que le dejaba siempre esperando en una esquina equivocada (no era de fiar): “Si mis hijos ganaban seguro que le prohibían a mi nieta que me escribiera, abuela decadente, burguesa liberal"...Héctor acuerda. Ya sabemos que la izquierda de entonces no nos quería. Como en El beso de la mujer araña, se suponía que una loca era apretable, puro derroche incapaz de servir a la causa. Cuando los del FLH se entrevistaron con los jóvenes peronistas del 73, estos los miran con asombro -"tendrán ayuda psiquiátrica"- imagínense: "Yo era una señora con hijos, para aquella abogada no había dudas. A Néstor (Perlongher) lo miraban con estupor, tan leído y con esos pelos grasosos insoportables. A vos (Héctor) te miraban pensando que eras recuperable, sancionado por el Partido Comunista, delegado sindical, clase media baja":

"Mis hijos no eran míos, su muerte tampoco pero exijo respeto, respeto para mi silencio. Su muerte fue injusta. Ante mi dolor, silencio. No quiero palabras, las conozco, las he usado y gastado con convicción, hasta con entusiasmo, pero a mí no me sirven. Hubo un tiempo y ese tiempo ha desaparecido...Solo mi dolor es mío y no quiero compartirlo con nadie.Es un pan amargo, duro, pero es el mío".

La historia de estos militantes parece como un tren que arrancó a toda velocidad, repleto, pero fue perdiendo en el camino a los pasajeros. Los que sobrevivieron a la derrota de entonces, como Héctor (del sindicato de Correos y el PC al FLH),  como Ricardo Lorenzo (su pareja cuando huyeron juntos del país, y su compañero hasta ahora), como Néstor Perlongher (del trostkismo al FLH), como la íntima Adelaida, que solía decir “en la década del sesenta empezamos a entender que cada uno es muchos”. Impensable una gesta particular. Cada uno que bebió de la militancia experimentó la resaca de diferentes maneras. Los que mencioné, salvo Perlongher, en exilios urgidos por las amenazas de muerte de la dictadura. Perlongher, en cambio, se consideraba un exiliado expulsado por la mano de obra antisexual. La calle era un tránsito a la comisaría, y una aventura de alcoba y porro la vía rápida a la cárcel. La prisión duró unos meses y ahí edificó un sueño nómade que tomaría la forma de estallido literario, ya en San Pablo.

La memoria de Héctor Anabitarte es desde hace mucho también la de Adelaida cayendo al fondo de sí para buscar lo que quedó de la masacre; no son testimonios sino legado. Ricardo Lorenzo le recuerda lo que le da pereza recordar. Todavía conviven, matrimoniados por facilidad burocrática, llevan medio siglo sin separarse aunque cada uno haya tenido sus parejas.

Me resulta injusto e imposible separar una memoria que es de varios y sobrevive como puede en un arroyo correntoso, entre ellos y yo (a Adelaida es como si la hubiera conocido). Por carácter transitivo, la recupero una y otra vez. Esta es la razón de este escrito.  

Portada de "Sexo y revolución", el manifiesto que el Frente de Liberación Homosexual publicó en 1973.  


Dejalo, este es de los que no hablan.    

En el prólogo a su libro Estrechamente vigilados por la locura (Editorial de Parado, 2022) reproduje un antiguo intercambio epistolar con Héctor de cuando preparaba un artículo para Página 12 sobre el significado de envejecer siendo gay. El título del libro, los breves relatos del libro, extraordinarios; lo que me remite en mail, una joya:

"A los setenta años, querido Alejandro, si uno tiene controlada la envidia, los celos, y más o menos hay salud, la vejez puede ser una etapa agradable. Y es el momento de ejercer la generosidad con lo acumulado...No hay que caer en la negación del presente, porque uno queda en una dimensión paralela. La amistad, la relación con el entorno es algo que hay que cultivar desde joven. Participo en asociaciones de ayuda a inmigrantes, en política".

Rescato la última frase: en la vejez, Héctor a los ochenta sigue donando su tiempo, lo que le resta de fuerzas, a los siempre olvidados. La asociación que refiere en su mail es “Hombro con Hombro”, con la que colaboró desde 2004 en Aranjuez hasta cuando le dio el cuerpo; había europeos del Este, latinoamericanos, subsaharianos sobrevivientes de las pateras. La presidenta era una búlgara que casi no hablaba castellano: "viene con su hijo de diez años, a quien pregunta por el significado de algunas palabras. Un día, tarde, dice 'me tengo que ir, mi diccionario tiene hambre' y se fue".

En una foto para envidia de cualquier político progresista, aparece rodeado de una decena de migrantes, me dice senegaleses que buscaban cruzar la frontera hacia Francia, que lo observan como a un cristo. Desde la crisis de 2008 se abren bancos de alimentos, y aún quedan. La crisis de hipotecas, desahucios y desempleo deja torres vacías mientras auxilian con lo mínimo a los caídos del sistema. Su paso cada vez más lento lo conduce siempre a los lugares de activismo, también la Cruz Roja y en su momento la Plataforma contra la guerra de Irak; es su naturaleza. Lejos de mí la figura de una Teresa de Calcuta: Héctor no ama la pobreza, la combate. No defiende la diferencia: se mestiza. Hace unos años salió de garante de unos jóvenes musulmanes en busca de instalar una nueva mezquita. Consiguió sustraaerlos del influjo de un clérigo ortodoxo reseco. 


Es que desde que ganó su primer sueldo siendo adolescente, en el Correo (su padre trabajaba también ahí), nunca dejó de ser muchos, como en la foto con los senegaleses. El hermano menor, en la presentación de Estrechamente vigilados por la locura, en el auditorio del Haroldo Conti, estuvo encendido en lágrimas (sí, hay lágrimas que encienden ojos) cuando contó que con ese primer dinero Héctor llegó a la casa feliz, pero más feliz estaba cuando lo repartió entre sus vecinos pobres del barrio obrero. Todavía no era sindicalista, no era comunista, no había tomado conciencia de una identidad sexual.

Cuando en 1977 llegó a España, perseguido por una lista negra, se dedicó a ayudar a los refugiados. Muchos piensan que su exilio fue determinado por su papel en el FLH. En todo caso, ese era un agregado menor, que no engrosaba su prontuario judicial pero sí las razones para aniquilarlo. La revista El Caudillo, vinculado a la Triple A, ya había amenazado con eso de que "hay que acabar con los homosexuales" (la polisemia del significante da para Lacan). Lo cierto es que estaba marcado como elemento antisocial, peligroso (ay, cuesta encontrarle un mínimo gesto de arrogancia, ni con bastón puede), un zurdo quilombero. En  una de las varias entradas a la comisaría, en épocas de sindicalismo sesentero, fue salvado de la tortura por un comisario que yo imagino fascinado por sus ojos celestes. Le dijo al torturador: "dejalo, este es de los que no hablan". Amor a primera vista, dijo Adelaida.

Otros apuntes para el prontuario juvenil: viajes a la Unión Soviética como dirigente de las Juventudes del PC (el partido lo mandó a un psiquiatra y lo "promovió" a interlocutor de católicos de base cuando supieron que era un peligro homosexual; seguro que entre curas pasaría con mayor disimulo), forma parte de la agencia de periodismo DAN, del PC, es fichado en las manifestaciones en solidaridad con Cuba, Vietnam, arroja panfletos contra multinacionales, lo acusan de la muerte de un policía, pero el juez lo libera a los pocos días.

En fin, como verán, había mucha tela para cortar con él cuando llegó la dictadura, y el FLH había ya pasado a la clandestinidad. Siempre me sorprende su audacia sin ambiciones; salir del closet cuando a nadie le daba el piné. Frente a la familia, ya eso solo era un vía crucis, aunque en su caso no tanto, pero frente al aparato del PC, y sobre todo en el prostático sindicalismo argentino, una locura. Reunir a las locas del Correo para fundar Nuestro Mundo en 1967, tener ganas de emancipar el cuerpo sexuado ante la sociedad represiva cuando a nadie le daba la gana. En fin; a veces me da la sensación de que las audacias fueron en él como las uñas, le crecían sin que reparase mucho en ellas.

Héctor Anabitarte en plena militancia callejera. Foto: Sebastián Freire.

España, de nuevo. Promediaban los años ochenta y el Sida. Por todas partes, el Sida y los ochenta. Calcuta no queda en España. Héctor, supongo, detestaría el régimen de morideros de la santa amiga de Reagan y de Thatcher, donde se preparaba a los moribundos para partir con la culpa de haber cometido actos que culminaron en cuerpos desastrados: “Dios no lo haría, pero lo dejaría suceder, como las inundaciones en el Antiguo Testamento... con sufrimientos como éste, la gente se da cuenta de que no está bien lo que está haciendo”. En otro momento, la monja afirmó que el sida se podía entender como una bendición de Dios, porque servía para poner la caridad en marcha.

Ante el amor al sufrimiento ajeno de Teresa, la decisión de Héctor de instar al Estado a políticas públicas ante la pandemia, de que se rompa el silencio, de asistir a las víctimas.  En un momento en que en España prosperaba la negación fundó, en 1984 con un grupo de amigos, el primer Comité Anti-Sida de Madrid, la primera “sede” fue el Bar Comercial de la glorieta de Bilbao. Al principio, los camareros se negaban a que se repartiesen folletos de prevención y números de auxilio. Luego algunos contrajeron el virus y la batalla se redujo a meras advertencias, pronunciadas por lo bajo, de no incomodar a las familias con el nombre prohibido. Tras ese período, se convirtió en el Secretario General de la Fundación Anti Sida España (FASE), por diez años. Ya en Aranjuez, formó junto a otros -y se vuelve coordinador-  (“¿porqué no?”), el Grupo de Acción Anti VIH-Sida: no aspiran a ser reconocidos por el Estado para poder dar curso a todo tipo de denuncias, incluso las que incomodasen al poder. Sin subvenciones ni infraestructura, activan. Este dato nos regresa a algún párrafo del principio de este artículo.

Una vida que es mundo, un árbol que se abre y desde el que mira perplejo. Lo que ve, lee, piensa, es siempre urgente y la necesidad lo pone de inmediato en acción. Héctor todo lo anota, obsesivamente, como si precisara la eternidad para dar cuenta de la historia en la que le tocó poner el cuerpo, la palabra sobre todas las grandes y pequeñas historias (las pequeñas también merecen ser contadas) que sucedieron y le sucedieron, porque él es muchos. Como cuando siendo un niño, en 1955, ve a los aviones bombardear la Plaza de Mayo y una señora cuenta que explotó un trolebús lleno de pasajeros, y por un momento él se sintió dentro del trolebús.          

Alejandro Modarelli

Escritor, periodista, colabora en el Suplemento SOY del diario Página 12, en Radio 10 y en Revista Anfibia. Anteriormente, hasta 2001, en Sección Cultura del diario La Nación, de Buenos Aires. Coautor de Fiestas baños y exilios, los gays porteños en la última dictadura (Sudamericana 2001, colección Página 12, en 2019), autor de Rosa Prepucio -crónicas de sodomía, amor y bigudí (Mansalva 2011) y La noche del mundo (Mansalva 2016, crónicas). Participó de diversas compilaciones, entre ellas Otras Historias de Amor -gays, lesbianas y travestis en el cine nacional- (LEA Comp. Adrián Melo 2008); Un cuerpo: mil cuerpos -Intersexualidades (Topía Comp. Jorge Horacio Raíces Montero 2010), y Memorias, Identidades y experiencias trans. (In)visibilidades entre Argentina y España (Biblos, Editores Jorge Luis Peralta y Rafael M Mérida Jiménez. Antes del orgullo. Recuperando la memoria gay (Jorge Luis Peralta, ed. 2018), en el que también participa. Este año en Pedro Lemebel, belleza indómita (Luciando Martínez editor. Instituto Internacional de literatura Iberoamericana, Universidad de Pittsburgh). En 2014 se presentó en el histórico teatro independiente Payró su primera pieza como dramaturgo, inspirada en el universo homosexual durante la última dictadura militar: Flores sobre el Orín, con puesta y dirección de Jesús Gómez. 

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