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Revista Haroldo

Diálogo con el pasado y el presente

02/12/2022

De la historia a la película

1985: el regreso al origen de lo que nos salió bien

¿Qué hay detrás del éxito de Argentina, 1985? La película de Santiago Mitre renovó el interés por una parte central de nuestra historia reciente: el Juicio a las Juntas, extrañamente poco tematizado por el cine nacional hasta ahora. Los responsables de la investigación histórica para la película cuentan cuál fue el punto de partida para pensarla y reflexionan sobre el impacto que el film causó en la Argentina actual.

Viajar a los comienzos de la democracia argentina recuperada es también viajar al inicio de una voluntad, de una épica de la clase media argentina (de una parte de ella) que encarnó en Alfonsín la promesa de un país que salía del encierro y la masacre y caminaba hacia la democracia. Una democracia de walkmans y pulóveres punto inglés, de ciudadanía más que de trabajadores, construída bajo la utopía alfonsinista de derrotar a la vieja Argentina corporativa, razón necesaria para la construcción de “los 100 años de democracia” que prometía. Para esa Argentina fue su 17 de octubre: los mocasines en la fuente.

Entonces, enjuiciar a los militares era la cara de un prisma con otras caras, entre las cuales estaba la Ley Mucci, diseñada para desguazar el poder sindical peronista y el intento inicial (probablemente la derrota que el alfonsinismo más rápidamente aceptó) que aspiraba a gobernar la economía sobre el establishment financiero y los “capitanes de la industria”. El discurso alfonsinista era expansivo: no se sabía el límite donde terminaba esa Argentina corporativa. Y se abría en esa expansión un mesianismo: la idea de “tercer movimiento histórico” que sobrevoló la cabeza de Alfonsín y que nació subestimando la capacidad del peronismo de mutar. ¿Tenía el peronismo capacidad pragmática de “ser otro”, de reconstruirse de cara a la sociedad después de 1976 (el golpe que apuntó los cañones a su estructura) y la derrota electoral de 1983 (la victoria radical que cortó su “invicto”)?  

La década que empezó convocando multitudes y desplegando primaveras se ahogó, sin embargo, en una sucesión de traspiés rápidos: no gobernó la economía, no gobernó la cuestión militar ni la cuestión sindical, la imagen final de ese gobierno es atroz: es la imagen de los saqueos. Pero en el corazón crédulo de los arrabales de Caballito, siempre habrá un lugar al que volver en esos años de utopía ciudadana. 

Empezamos por el principio para poder pensar el final: el fenómeno de público y de discusiones alrededor de Argentina, 1985, la película de Santiago Mitre.

El juicio a las Juntas Militares quedó en manos de la Cámara Nacional de Apelaciones en lo Criminal y Correccional Federal de la Capital Federal, integrada por los jueces Jorge Torlasco (presidente de la Cámara), Ricardo Gil Lavedra, León Carlos Arslanián, Jorge Valerga Araoz, Guillermo Ledesma y Andrés J. D’Alessio.

Ver la película en el cine es una experiencia de lo más particular. Muchos de quienes lo hacen terminan viendo dos pantallas: la que proyecta la película y, del otro lado, la imagen del público con sus emociones (lo oímos: “fui con mi novio y lloramos”, “llevé a mi abuela que nunca se metió en política y aplaudió”, etcétera). Como en “La aguas bajan turbias”, de Hugo del Carril, en los años 50, la gente aplaude y canta vivas en el cine. En aquel entonces el aludido era Perón, ahora, es el fiscal Strasera. No nos tocó ser testigos de cómo los espectadores veían en la venganza de los mensú la cifra de su propio presente, allá en 1952, pero podemos sospechar algún hilo secreto que los une con los feligreses que salen lagrimeando del cine, recordando aquel 1985. Grandes energías argentinas.

¿Qué significó trabajar en la “investigación histórica” para la película? Aceptando la polisemia de la frase nominal “investigación histórica”, se trató más de un trabajo de puesta al día, de un “estado del arte” de los debates y discusiones alrededor del juicio y de la época, que de una investigación en función de reconstruir los acontecimientos. Nosotros trabajamos en un momento muy primigenio de la construcción de la película, cuando aún no había definiciones centrales acerca de qué forma iba a tomar la historia que se quería contar. No sabía en ese entonces el propio Mitre cuánta ficción haría falta.

Una primera “pedagogía”, si se quiere, en ese instante, fue que la escena misma de juicio, y no la época, era aquello que debía tener el centro de la escena. ¿Por qué? Porque el Juicio a la Juntas es una de las escenas fundantes de nuestra democracia, y no cualquier escena (aunque extrañamente poco narrada en la vasta historia del cine sobre el período). Y porque a través de ella era posible regresar  a ese origen de nuestra vida institucional reciente. Es decir, lo interesante no era contar una película cuyas acciones sucedieron mientras el juicio se hacía, sino contar el juicio mismo. 

Se puede decir: la democracia argentina empieza el día que un empleado judicial dice “señores, de pie” y a Massera, Videla o Agosti no les queda otra que pararse. Esa coreografía, esa métrica de la nueva época que puede medirse en los segundos que tardan en pararse, tiene para Argentina el ruido sordo con el que se mueven los continentes. Había que contar ese momento, trabajar con esa materia sensible. ¿Cómo fue posible esa orden breve y esa imagen que se proyectará al futuro?

Julio César Strassera (a la derecha, con bigote), durante el Juicio a las Juntas de la dictadura argentina, celebrado en Buenos Aires en 1985. Foto: STR (AFP)

En los acuerdo sociales que allí se construyeron estaba el germen de algo que, en esos meses de asedio y peligro (el Juicio era a los militares que estaban ahí, que habían perdido en Malvinas pero estaban ahí), se estaba escribiendo secretamente para las próximas generaciones.

Sobre esta premisa es que trabajamos la investigación (¿histórica?, ¿periodística?) que tuvo como objetivo ser el insumo matriz con el que después Santiago Mitre construyó la película.

Las largas entrevistas con muchos de los miembros de la fiscalía y con el propio Luis Moreno Ocampo revelaron tempranamente el extraordinario material narrativo y dramático que había allí mismo protagonizado por hombres y mujeres que, tras narrar con fruición esos hechos sucedidos hace casi 40 años, nos repetían: “desde entonces vivo sabiendo que lo más importante de mi vida me pasó cuando tenía menos de 35 años”. Es decir: no había que ir lejos a buscar “la historia”. La conformación del equipo de la fiscalía, la manufactura de la acusación y la vida interna del equipo encierran de por sí claves suficientes.

Un estado del arte de los debates sobre el Juicio y unas entrevistas energéticas y conmovedoras sobre el antes y el durante del juicio. Con esas herramientas arrancó esa quimera que aún era Argentina, 1985.

La película camina por una senda angosta y escarpada y hace su camino con éxito. Satisface al mismo tiempo dos dimensiones a priori antagónicas: trabaja problemas complejos de la historia argentina, propone una versión de los hechos que consigue desestabilizar eficazmente los relatos más osificados sobre el juicio, ordena las tensiones políticas de los años 80 con astucia y síntesis; y al mismo tiempo es un producto de multitudes, construida sobre un  relato cinematográfico clásico, que funciona y atrapa. Es una película de juicio, de fiscales, de esas que hemos visto decenas de veces, es la historia de un funcionario gris y desencantado al que se le presenta la oportunidad de su vida: convertirse en héroe. Y es el relato híper transitado del veterano que no cree en nada pero que se va energizando con la sangre de un grupo de jóvenes que creen en él y en su causa; es todo eso pero es algo más.

Porque Argentina, 1985 usa el género a su favor, se recuesta allí para volverse eficaz y popular. En esa búsqueda del género, la política alcanza más profundidad y no menos. Por eso su masividad, por eso los debates que despertó, por eso esas lágrimas de madres e hijas a la salida de los cines de Flores. En su convencionalismo está su secreto. Y con eso logra, además, en la “Argentina, 2022” volver popular un tema que parecía en retirada. 

 Los militares acusados Videla, Massera, Agosti, Viola, Lambruschini, Rubens Graffigna, Galtieri, Anaya y Lami Dozo.

¿Qué activa la película para volverse así de masiva? La película vuelve a un origen para, en estos tiempos en que la democracia parece estar nuevamente bajo asedio, ofrecer una mirada sobre “algo que nos salió bien” y sobre lo que también está fundado nuestro orden. Ninguno artefacto cultural puede medir el impacto de su recepción con anterioridad ni ser objeto de esos cálculos. Dicho esto, la película parece caer en el momento justo. Esos millones de espectadores que la convirtieron en algo mucho más vasto que “una película sobre el Juicio a las Juntas en la que actúa Darín” nos dice algo sobre el presente. 

Argentina 1985 es un rayo en un instante de peligro. La democracia que arrancó prometiendo demasiado en la voz vibrante de Alfonsín no sólo dejó de convocar esa épica sino que presencia como nunca la aparición de discursos que juegan a colocarse deliberadamente fuera del pacto democrático. En ese vacío, la película propone el regreso al yacimiento con el que se construyó la vida en común. El pacto democrático no es algo firmado, no fue una ceremonia única, es un sedimento de cosas, pero acaso también “el Juicio” nos dote de una escenificación más definitiva. 

¿Qué otra dimensión activa? Una reapropiación social del “tema” derechos humanos por fuera del enfrentamiento entre legitimidad y apropiación que marcó las últimas dos décadas. No es una película tragada por “la grieta”, ese género periodístico. Así, lo más político de la película entra por lo menos político: por Amazon, por su factura industrial, por su convencionalismo. Diríamos, exagerando el argumento, que paradójicamente el mercado le devuelve los derechos humanos a la sociedad. Al menos en este capítulo, que es el punto de partida de la Justicia en democracia. Y cuando decimos que devuelven a la sociedad, lo decimos sin desconocer la historia política, pero sí el riesgo de estatalización, de “historia oficial” fosilizada, de uso partidario, de ajenidad que sobreviene con los años. Porque a la primera política osada de Néstor Kirchner de avanzar contra la impunidad que habían dejado los indultos y las llamadas “leyes del perdón”, sobreviene cierta sobre-narración. Si la promesa democrática de (“se come, se cura, se educa”), cumplió sus mínimos, no podíamos por el incumplimiento perder todo. Hasta lo mínimo acordado: dentro de la democracia todo, fuera de la democracia nada. 

No es casual, entonces, la reacción articulada entre quienes postulan a la película como “un relato k de los derechos humanos” que invisibiliza la relación del radicalismo con el Nunca Más, de un lado; y del otro, quienes ven en el personaje de Strasera protagonizado por Ricardo Darìn, un panegírico a un fiscal modélico que vendría a jugar su apoyo al partido judicial en las causas que enfrenta la vicepresidenta. Contra esta reacción “espalda con espalda” oponemos la imagen de los miles y miles que llenaron las salas y que en su masividad proponen involuntariamente a la política algo que vale la pena: tener más preguntas que respuestas. 

 

Martín Rodriguez y Federico Scigliano

Martín Rodirguez es editor de la revista Panamá, columnista del programa "Gente de a pie" de Radio Nacional y columnista dominical en Diario.ar. Publicó los libros de  ensayo "Orden y progresismo" y "La grieta desunda" junto con Pablo Touzon. Federico Scigliano es periodista, guionista y productor audiovisual. Trabajó, entre otras producciones documentales, en "Ser/estar",  "Eva, el camino del pueblo" y "Universo conurbano". Ambos fueron responsables de la investigación histórica para la película Argentina, 1985.   

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