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Revista Haroldo

Diálogo con el pasado y el presente

27/09/2022

A 90 años del nacimiento de Víctor Jara

Yo no canto por cantar

La singular trascendencia de su música, que enhebró con maestría con sus convicciones políticas, fue resultado de una intensa actividad de investigación artística también en otros campos, como el teatro, en el que Víctor Jara fue una referencia incluso antes que con sus canciones. Parte de esa historia se recorre en el texto que sigue, que lo rescata como el verdadero artista integral que fue.

Este año 2022 y el próximo se conmemoran noventa años del nacimiento de Víctor Jara y medio siglo de su asesinato. Sus orígenes son más o menos conocidos: su madre, Amanda Martínez, era una cantora campesina, que dejó una marca en el niño Víctor, que aprendió ese arte desde temprano; en la canción ‘Te recuerdo Amanda’ puede verse parte de ese aprendizaje. Su muerte también es conocida: después del golpe de Estado, que destituyó al Presidente Salvador Allende, fue detenido y llevado al Estadio Chile (hoy Estadio Víctor Jara), donde fue torturado y asesinado.

Según Luis Narváez, periodista chileno avecindado en Buenos Aires que ha seguido el caso del asesinato por más de diez años, los responsables del crimen fueron identificados hace tiempo, pero la novedad actual “es que a 49 años aún no hay justicia. La sentencia no está ‘a firme’, porque aún falta que lo vea la Corte Suprema”. La sentencia de la Corte de Apelaciones de Santiago es del 23 de noviembre del 2021 está caratulada como “Episodio Víctor Lidio Jara Martínez y Littré Abraham Quiroga Carvajal”, y establece que fueron ocho ex uniformados los “autores de los delitos de homicidio calificado en las personas de Littré Abraham Quiroga Carvajal y Víctor Lidio Jara Martínez, ilícitos ocurridos en la ciudad de Santiago el 15 de septiembre de 1973”.

Quiroga, director general del Servicio de Prisiones de Allende, y Jara fueron detenidos el mismo día y llevados al Estadio Chile. Allí quienes tenían figuración pública eran separados del resto de los detenidos y recibían una atención especial de parte de los militares, que consistía en agravios y golpes. La sentencia estableció además que “entre los días 13 y 15 de septiembre de 1973 se practicaron interrogatorios ilegales a los detenidos al interior del Estadio Chile, sin que ellos obedecieran a procedimientos judiciales y/o administrativos previos”. El 16 de septiembre se decidió trasladar a estos dos detenidos al Estadio Nacional, y para ello fueron llevados a los camarines, donde en vez de subirlos al vehículo que estaba preparado para ello fueron ejecutados: Quiroga recibió 23 impactos de bala, Víctor Jara 44. 

Luego los cadáveres fueron dejados en la calle. Un día después de su muerte el cuerpo de Víctor, quien iba a cumplir 41 años, fue recogido por una camioneta sin patente y llevado al Servicio Médico Legal, donde, tal como cuenta su viuda Joan Jara en el libro Víctor Jara: Un canto truncado, al verlo a su esposo tuvo la impresión de que estaba vivo, pero al examinarlo más pudo observar los impactos de bala en el pecho, una herida abierta en el costado y las manos hinchadas. La misma posición del cuerpo que describe Joan en la biografía fue la que usó Mateo Iribarren en el inicio de su obra Víctor Jara: Una ventana que busca la luz en 1999. La diferencia es que en la obra efectivamente no está muerto, sino durmiendo y despierta en la actualidad y comienza a dialogar con un joven que lleva una remera con su rostro.

Su compañea, Joan Jara, sostuvo en el tiempo el reclamo de justicia por el asesinato de Víctor. 

Joan no ha parado de pedir justicia por Víctor. Pero además con su biografía reinstaló en el imaginario cultural trasandino y mundial quién había sido realmente su esposo, destacando su faceta de director de teatro, que había quedado relegada en desmedro de su faceta de cantante. Para Joan, la dedicación casi exclusiva a la música fue producto de una conversación que Víctor tuvo con la directiva del Partido Comunista. La masividad que podía encontrar en la música no la iba a encontrar en el teatro, y en su arte musical iba a estar presente la visión política de los cambios que se vivían durante fines de los 60 y sobre todo durante el gobierno de Allende.

En 1956, Víctor comenzó como mimo profesional en la compañía de Enrique Noisvander, quien era un discípulo de Alejandro Jodorowsky. Al año siguiente se matriculó en el Instituto de Teatro de la Universidad de Chile (ITUCh), donde fue compañero de los actores Nelson Villagra y Bélgica Castro, además del dramaturgo Alejandro Sieveking, pareja de Castro. Por esos años, gracias a su vínculo con el grupo de investigaciones musicales Cuncumén ya había empezado su investigación sobre la chilenidad, que no tenía nada que ver con el criollismo, sino con algo vinculado a una identidad más profunda y de carácter popular.

A poco andar ocurrió algo inesperado, tal como contó Sieveking en una entrevista: “Estábamos invitados a un festival de teatro a actuar con una obra con más de diez actores y Víctor aún no pensaba en dirigir, pero surgió un problema; se podría decir que todo falló y al final para participar en el festival Víctor tuvo que dirigir Parecido a la felicidad”. Esa fue la primera obra de Sieveking y la primera dirección de Víctor. Hablamos de 1959. La obra se inspiró en una experiencia de la que el propio Víctor había sido testigo: una adolescente se va de su casa aprovechando que su madre está en Argentina para encontrarse con su amante, pero la madre llega antes de lo anunciado y comienza a buscarla. Sieveking desarrolló la historia y al final la obra tuvo un impacto generacional y recibió buenas críticas: un éxito, pese a que aún estaban en la universidad. Un alumno de esa época recordó así la reacción que tuvo luego de ver esta obra: “¿Eso fue lo primero, estás seguro? ¡Puta madre, qué increíble!”.

Joan Jara era inglesa y estaba casada con el coreógrafo chileno Patricio Bunster, pero un día asistió a una de las funciones de la obra y su vida dio un giro radical. Con los años escribió sus impresiones: “Cuando llegué aquí, encontré el teatro tan acartonado, tan antiguo. Ese fue un montaje fresco de verdad. Era natural, sin esa retórica”. Parecido a la felicidad fue puesta en la cartelera oficial del ITUCh y luego se fue de gira por Latinoamérica. En Buenos Aires, Víctor se paseó en auto con Tita Merello y Luis Sandrini. “Tita Merello”, recuerda la actriz chilena Bélgica Castro que interpretaba a la madre, “quería mi papel en la obra en Buenos Aires”. En algunos países que visitaron, aparte de la presentación de la obra en un teatro, se hacía otra en televisión. El diario La Nación de Costa Rica consignó una opinión sobre esta obra: “Hay que dar la voz de alarma a los lectores. El Nuevo Teatro de Chile es el acontecimiento teatral más excepcional que nos haya llegado en muchos años”.

La relación de Víctor Jara con el teatro fue tanto o más intensa que con la música. 

De vuelta en Chile, Víctor decidió abandonar la actuación e ingresar formalmente a la carrera de dirección, titulándose a los 29 años con otra obra de su amigo Alejandro Sieveking, Ánimas de día claro, que abordaba más directamente la chilenidad, porque estaba escrita con un lenguaje que imitaba el habla campesina, y porque los personajes cantaban y bailaban. Podría decirse que guardaba alguna semejanza con el sainete criollo argentino, pero también con los musicales estadounidenses, en los cuales Víctor incursionó años después.

Ánimas de día claro reclutó a los mejores actores de su época y estuvo en cartelera siete años seguidos. Con esta obra Víctor Jara ya era un director consolidado: en 1965 obtuvo el Premio de la Crítica. Pero no se cansa: continúa montando obras de autores chilenos e internacionales. Dos de ellas son Dúo, del joven cineasta Raúl Ruiz, que eran dos piezas breves, y Entertainning Mr. Sloane, del conocido dramaturgo inglés Joe Orton, por la que recibió el Premio Anual de la Crítica del Círculo de Periodistas.

Ya casado con Joan y con una hija (Manuela), en 1968 Víctor viaja a Estados Unidos e Inglaterra. En este último país visita la Royal Shakespeare Company, y allí conoce, entre otros, a Ben Kingsley (Gandhi y La lista de Schindler), quien años después lo recordó de la siguiente manera: “Todos nos sentimos muy tocados y convulsionados por su muerte, por lo que organizamos varios conciertos para crear conciencia sobre lo que estaba ocurriendo en Chile, para recaudar dinero, para enviar cartas, para pedirle al parlamento inglés que interviniera y para ayudar a los refugiados chilenos que llegaban a Inglaterra”. De esta experiencia inglesa Víctor montó el musical Vietrock, de Megan Terry, y Antígona, de Sófocles. Hace años en una entrevista a Bélgica Castro, señaló que Víctor “poseía una sofisticación extraordinaria. Era por así decirlo como un director europeo, con un talento inigualable para dirigir”.

A fines de los 60, Víctor Jara no sólo se perfilaba como uno de los mejores directores de teatro del momento, sino también de la historia de las tablas chilenas. Pese a ello, dejó de lado el teatro y pasó a dedicarle más tiempo a la música, aunque las experiencias de Cuncumén (1957-1962) y de director artístico del grupo Quilapayún (1966-1969) no pueden obviarse. Hay que entender que Víctor era un animal político y, como tal, consideraba que un gobierno del pueblo electo democráticamente ameritaba hacer algunos sacrificios, y dentro de esos sacrificios estaba el teatro. Al recordar este abandono, Bélgica Castro señaló que “fue lamentable, porque Víctor estaba conectado con lo que estaba pasando en casi todo el mundo”.

Pero no abandonó por completo el teatro, esta interpretación surge más bien de la biografía de Joan y tiene su explicación en que la música lo llevó a la política, entonces lo que pasó fue que toda su actividad artística fue teñida por ella, y en este sentido lo que hay es un modo de mirar la creación. Y esto lo demuestra el hecho de que siguió conectado con el teatro: de hecho, en 1970 vino a Buenos Aires para el Primer Congreso de Teatro Latinoamericano. Jorge Hacker, actor y uno de los testigos de esa venida, recordó hace años su paso: “Uno no se imaginaba lo que se venía; en Buenos Aires estábamos muy entusiasmados con lo que estaba pasando en Chile con Allende y los cambios sociales y políticos. En ese sentido Víctor era un informante muy valioso, y en esa época todos los actores éramos muy politizados”. Es decir, Allende y Jara eran expresión de un mismo anhelo de cambios.

Recientemente se publicó en Chile el libro Política y estética en la obra musical de Víctor Jara, de Nicolás Román González, que entrega algunas luces sobre cómo la política fue fundamental en su concepción artística. Y no sólo la política partidista, sino también el trabajo de Violeta Parra, que inauguró “la reivindicación de voces críticas en torno al patrimonio cultural campesino”. En este intersticio encajó su quehacer musical desde el grupo Cuncumén en adelante. En una entrevista publicada después de su muerte en la revista Casa de las Américas dijo: “Cuando un pueblo empieza a reconocer su identidad, significa que empieza a recobrar su propia música”. En este sentido la Nueva Canción Chilena, movimiento al que adscribió, fue clave, porque interpeló a la realidad sociocultural. Las creencias, los usos y costumbres, fueron retratados por este movimiento, dejando constancia de la existencia de esos marginados sociales que eran los pobres.

Para Román González, la experiencia de pertenecer a una familia campesina asentada en el sur de la Región Metropolitana sirvió para canalizar la estética de su música. El primer disco solista de Víctor fue Geografía y data de 1966. Si bien hay un testimonio autobiográfico en varias de sus canciones, su “obra captó la mutación de la cultura chilena y la politización de la música popular”, pero además puede decirse que es la perfecta sincronía entre la canción campesina y ciertos ecos de la canción de protesta urbana. Para este autor, todas las investigaciones que hizo Jara –en Cuncumén y en solitario– desembocaron tanto en la creación teatral como también en la musical: “Víctor propone una mezcla de la tradición de los saberes populares, que se combina con su formación ilustrada en las artes profesionales”. En suma, la militancia, el teatro y la música son para él una misma cosa, cada una de ella retroalimenta a las otras.
    
Víctor Jara grabó seis álbumes como solista, con más de ochenta canciones; dirigió varias obras de dramaturgos chilenos y extranjeros. Cuando lo sorprendió el golpe de Estado, se encontraba preparando La virgen del puño cerrado, que había sido escrita por su amigo Alejandro Sieveking, pero como sabemos no pudo ser. Los militares tenían planeado otro destino.

Gonzalo León

Es escritor y periodista chileno. Ha publicado las novelas Serrano, Cocainómanos chilenos, Vida y muerte del doctor Martín Gambarotta y los ensayos La caída del jaguar: crónica del estallido social en Chile y Espejo converso: crítica, arte pop y peronismo en la poesía argentina. Desde 2011 vive y trabaja en Buenos Aires.

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