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Revista Haroldo

Diálogo con el pasado y el presente

01/04/2022

A 10 años del fallecimiento de Eduardo Luis Duhalde

Modelo para armar

Eduardo Luis Duhalde fue un protagonista importante de nuestra historia reciente. Abogado de presxs políticxs, escritor, historiador, periodista, incansable militante por los derechos humanos, juez y Secretario de Derechos humanos del Gobierno de Néstor y Cristina Kirchner, fueron algunas de sus actividades más destacadas. A diez años de su fallecimiento lo recordamos publicando el Prefacio de su libro póstumo Asesinos sin fronteras, en el que investiga el secuestro y el asesinato de Noemí Esther Gianetti de Molfino, en 1980, y el funcionamiento del Batallón de Inteligencia 601 y sus vínculos con la Central de Inteligencia de Estados Unidos. Tratar de encontrar y alumbrar, al menos, los rastros y huellas del siniestro accionar del terrorismo de Estado fueron constantes en la vida y obra de Duhalde.

Este libro nació con el propósito de tratar de iluminar una de las operaciones terroristas más audaces que la dictadura argentina realizó en el exterior del país y que comenzó con el secuestro de tres argentinos en Lima en 1980 y concluyó un mes después en Madrid, con el asesinato de uno de ellos, la señora Noemí Esther Giannetti de Molfino, madre de una detenida desaparecida y de otro hijo condenado por un Consejo de Guerra en la Unidad 9 de La Plata. Su saldo fue de cuatro muertes, puesto que a los secuestrados debe sumarse otro detenido-desaparecido que fue llevado a Lima para ser utilizado para capturar a los exiliados vinculados a Montoneros y que nunca más apareció.

La complejidad del tema y la necesidad de abordarlo entrelazando los datos de esta operación celosamente guardada por el Ejército argentino, que asesinó con premeditación y alevosía a una Madre de Plaza de Mayo, exigió plantearlo en una permanente remisión a los distintos escenarios que comprendieron cinco países –Argentina, Perú, Bolivia, Brasil y España– y en donde la inteligencia militar y policial de todos ellos actuó solidariamente con la dictadura militar argentina para ocultar la dimensión del crimen. A la vez, he querido que el lector, frente a cada escorzo de esa realidad múltiple, vaya acompañando deductivamente la recreación del escenario general de este horrendo episodio.

Esta acción criminal motivó, asimismo, una de las acciones colectivas más intensas del exilio argentino, encabezada por la Comisión Argentina de Derechos Humanos (CADHU) para tratar infructuosamente de salvarles la vida a los secuestrados, que permitió contrarrestar el efecto buscado por el terrorismo de la dictadura de Videla de ocultar los crímenes. Me pareció indispensable recordar aquel esfuerzo colectivo.

Integrantes de la Asociación Gremial de Abogados de Buenos Aires llegan a Trelew tras la fuga del Penal de Rawson y realizan una conferencia de prensa afuera del estudio de Mario Abel Amaya y David Patricio Romero. De izq a der, Pedro Galin, Miguel Angel Radrizzani Goni, Rodolfo Ortega Peña, con microfono en la mano el periodista de JORNADA Hugo Hernando, los de atras S.i., Carlos Gonzales Gartland, Eduardo Luis Duhalde y Rodolfo Mattarollo. Los demas S.i. Foto: Diario Jornada / Archivo Nacional de la Memoria

A lo largo del magro tiempo disponible para la elaboración de este texto frente a las largas jornadas cotidianas que me caben en la gestión pública, advertí la imposibilidad de encararlo sin comenzar por centrar el tema ubicando su verdadero protagonista, un actor esencial del Estado Terrorista que, al menos en su dimensión pública, no ha alcanzado aún su verdadero nivel de importancia: el papel cumplido por el Batallón 601 de Inteligencia del Ejército en la represión ilegal interna, y en la articulación de la exportación de las prácticas criminales fuera del territorio argentino que tuvieron un carácter estructural y sistemático, puesto que llegó a conducir desde Honduras, durante dos años, la lucha contrarrevolucionaria en Nicaragua, actuando con igual intensidad en El Salvador, Guatemala, Costa Rica y Panamá, donde el narcotráfico y la CIA aparecen como su sustento necesario. Ello les permitió reimpulsar el Plan Cóndor con nuevas acciones de secuestros de argentinos en Perú, Bolivia, Paraguay, Brasil y Honduras, que se sumaron a las de años anteriores en el intercambio criminal de la coordinación represiva en el Cono Sur, que dejó como resultado millares de militantes asesinados en los distintos países, y también un saldo de fracasos operativos contra exiliados argentinos en México, España y Francia.

Es preciso aclarar que la mencionada dependencia del Ejército fue mucho más allá que ser un órgano de inteligencia e información, y desde antes de la ejecución del golpe de Estado de marzo de 1976, constituyó una fuerza operativa estructurada en grupos de tareas.

Y tuvo, por propia decisión de la Junta Militar, el papel coordinador y supervisor de las prácticas del terrorismo de Estado en todo el país y con jurisdicción sobre las tres armas y las fuerzas de seguridad nacionales y provinciales. El GTE (Grupo de Tareas Exterior) fue la culminación de aquella acción diversificada en lo interno, que al igual que su actividad contra la llamada “subversión económica” (secuestros extorsivos de empresarios) combinó su mesianismo político con la avidez de enriquecimiento ilícito sin medida.

Sobrevivientes ingresan a la ESMA el 19 de marzo de 2004 junto con el entonces presidente Néstor Kirchner y el secretario de Derechos Humanos, Eduardo Luis Duhalde. Foto: Página/12

El Batallón de Inteligencia 601, entonces, es el hilo conductor de este relato como elemento indispensable para comprender en toda su dimensión al Estado Terrorista como modelo específico dentro de la tipología de Estados de excepción, que no implica simplemente el ejercicio ilegal de la violencia, sino que importa la adopción de prácticas genocidas y la utilización de las mismas a partir del espacio concentracionario como modo de control y desestructuración de las relaciones sociales, para su sustitución por otras acordes a los planes de dominación colectiva de los usurpadores del Estado.

La inteligencia militar argentina, por las concurrentes razones que se exponen en este libro, pensó la proyección continental de su experiencia terrorista nacional. De allí es que he dedicado un análisis pormenorizado a la llamada “Operación Calipso” u “Operación Hoja de Parra”, distintas denominaciones con que se bautizó la acción criminal desarrollada en Centroamérica.

También en lo que hace al Batallón 601 de Inteligencia militar, he buscado mostrar algunos de sus personajes, especialmente los agentes civiles secretos, que son los que menos suelen aparecer corporizados en la trama judicial que investiga los crímenes del terrorismo de Estado en nuestro país, y que muestran a flor de piel el nivel psicopático de perversión y de sadismo que caracterizó el accionar de esos hombres.

Debiendo acotar de todos modos este trabajo, he omitido el análisis específico del Plan Cóndor y de los crímenes cometidos en su ejecución en suelo argentino contra ciudadanos de otras nacionalidades anteriores a la creación del GTE-BI 601, ya que tanto en nuestro país como fuera de él existe buena literatura esclarecedora. La documentación existente prueba, entre otras cosas, que no fue el general chileno Manuel Contreras, jefe de la DINA, el que proyectó el plan sistemático de exterminio con el nombre de Cóndor, sino que fue Richard Helms, cuando era director de la CIA, y su mano derecha David Atlee Phillips, jefe de la División del Hemisferio, quienes alentaron su creación al represor chileno y a sus pares de los países finalmente involucrados[1].

Resulta por demás elocuente el memorando S/S 7621263, del 8 de octubre de 1976, dirigido a Henry Kissinger por Harry Shlaudeman, secretario de Estado Adjunto para Asuntos Interamericanos, titulado “Operación Cóndor”. En este documento, al igual que muchos otros, se reconoce formalmente la activa participación del gobierno de Estados Unidos en esta iniciativa y el papel crucial de la dictadura chilena en su coordinación regional.

Libro "Asesinos sin fronteras". Foto: Paula Lobariñas

A su vez, está claro que el gobierno de EEUU conocía y aprobó la represión ilegal y masiva en la Argentina. En junio de 1976 Kissinger recibió en su despacho al ministro de Relaciones Exteriores de la Junta Militar argentina, almirante César A. Guzzetti, a quien le dijo: “Si hay cosas que tienen que hacerse, háganlas rápido y regresen lo antes posible a los procedimientos normales"[2].

Por su parte, el ex subsecretario para Asuntos Hemisféricos, William Rogers, en otro de los documentos desclasificados por el gobierno de EEUU, había anticipado en los prolegómenos del golpe de Estado: “Pienso que tendremos que esperar bastante represión, probablemente muy pronto, mucha sangre en la Argentina. Pienso que tendrán que castigar duro, no solamente a los terroristas, que también a los disidentes sindicalistas y a sus partidos”.

No hubo, por cierto, desconocimiento ninguno por parte del gobierno de EEUU. Otro de sus funcionarios, Maxwell Chaplin, dice en uno de aquellos documentos, haciendo el balance de los cuatro primeros meses de la dictadura terrorista: “El número de los que han sido ilegalmente detenidos ronda los miles y muchos han sido torturados y asesinados”[3].

Ese conocimiento no se tornó en censura crítica, por el contrario, el gobierno de Gerald Ford, a través de su embajador Robert Hill, dio respaldo y tranquilidad a Videla, siguiendo el consejo de Kissinger: “Todos esperamos que la Argentina tome el control del terrorismo rápidamente, pero háganlo de manera de provocar el mínimo daño a su imagen y a la relación con otros países”, advirtiéndole:

Tenemos legislación que establece que ningún país considerado culpable por graves violaciones a los DD.HH. puede ser elegido para brindarle ayuda de cualquier tipo, ya sea económica o militar. Le expliqué qué pasaría si se invocara la enmienda Harkin en contra de la Argentina. Le dije que sin embargo, por el momento eso se había evitado. EEUU votaría por un préstamo para la Argentina en el BID [4]

Ese conocimiento por el gobierno de EEUU del carácter masivo y homicida de la represión ilegal, no sólo no alteró el apoyo financiero a la dictadura terrorista, sino que fue mucho más allá: propició la “Operación Cóndor” en el Cono Sur.

Por ello, y por todo el contexto de la alianza gobierno de EE.UU-dictadura terrorista argentina, me resultó imposible seguir los hilos de las acciones criminales del Batallón 601 de Inteligencia sin, a su vez, ubicar aquellas en el papel cumplido por la Central Intelligence Agency (CIA) de EEUU, como en un juego de cubos donde en forma decreciente uno cabe dentro del otro. El Grupo de Tareas Exterior del 601-BIcia. no hubiera podido convertirse en una legión de asesinos sin fronteras sin el consentimiento, impulso y apoyo de la CIA. Por propios dichos de los jefes de la represión ilegal del terrorismo de Estado argentino, uno de sus principales modelos criminales fue el “Programa Phoenix” estructurado por la central americana durante la guerra de Vietnam.

A su vez, resulta necesario, al recrear el rol de la CIA, hacer referencia al papel de las otras agencias internacionales de espionaje, en particular el Mossad y el FBI.

También es preciso señalar que en esta obra no se analiza con particularidad el papel jugado por el Ejército francés y el Ejército norteamericano en el diseño e instrucción de los militares argentinos en las llamadas doctrinas contra-subversivas, ni en las prácticas genocidas en que fueron formados. En este sentido, me remito a la valiosa bibliografía señalada al final de este trabajo.

De este modo, este ensayo, que profundiza y particulariza el esquema general del Estado Terrorista argentino expuesto en mi obra sobre el tema editada en 1983 y ampliada considerablemente en 1998, superó en su gestación el simple propósito inicial de centrarlo exclusivamente en el asesinato en Madrid de la señora Noemí Giannetti de Molfino.

Ese relato primigenio no ha desaparecido sino que se ha enriquecido en su comprensión. Como una suerte de hilo de Ariadna, la CIA y el Batallón de Inteligencia 601 nos van llevando por el laberinto de los crímenes de lesa humanidad cometidos por ese organismo militar a lo largo del territorio de América Latina, mediante el despliegue de políticas de gran envergadura, hasta llegar al apart-hotel de Madrid donde fue asesinada la señora de Molfino.

Todo ensayo de investigación implica la suma de esfuerzos de personas e instituciones que han aportado datos y denuncias a lo largo de los años, como en este caso, convirtiendo a esta obra en un resultado de autoría colectiva. Es justo reconocerlo, pero ello no implica que rehuya la responsabilidad personal por los nombres propios de militares y civiles que se mencionan en este trabajo como formando parte de la represión y de los hechos que se les imputan, puesto que, como ha sido norma de toda mi vida a partir del libro de denuncia sobre el secuestro y desaparición de Felipe Vallese –que escribí con Rodolfo Ortega Peña hace 45 años– siempre he estado presto a ratificarlos ante la Justicia.

Mi especial agradecimiento a Laura, mi esposa, como siempre crítica rigurosa de mis textos, quien además debió sobrellevar mis obsesiones cuando me adentré en la narración de esta historia, tan fuerte y cercana, y quedé atrapado entre sus páginas.

Por último, mi reconocimiento a los amigos que con solvencia intelectual y larga experiencia militante han aportado valiosas sugerencias a los originales de esta obra, y al Equipo de Investigación del Archivo Nacional de la Memoria por su permanente acompañamiento en la búsqueda de más datos.

Eduardo Luis Duhalde, febrero de 2010

Paula Ribas/Télam

Eduardo Luis Duhalde

Eduardo Luis Duhalde nació en Buenos Aires el 5 de octubre de 1939. Estudió abogacía en la facultad de Derecho de la UBA, donde conoció a Rodolfo Ortega Peña. A partir de 1964 defendieron ad honorem más de 5.000 casos de ocupaciones fabriles. Luego defendieron presos políticos de  todas las organizaciones: Montoneros, FAR, ERP, entre otras. El 31 de julio de 1974 la Triple A asesinó a Ortega Peña. A partir de ese momento, Duhalde y su familia pasaron a la clandestinidad y luego se exiliaron en España, donde permanecieron hasta 1984. En Madrid presidió la Comisión Argentina de Derechos Humanos (CADHU), organismo que coordinó la denuncia internacional, tanto en Europa como en América, contra la dictadura argentina y la de los países del Cono Sur. En 1983 se editó primero en España y luego en Argentina “El Estado terrorista argentino”. A su regreso a la Argentina fue juez de Tribunal Oral hasta que en 2003 Néstor Kirchner lo nombró Secretario de Derecho Humanos de la Nación, cargo que ejerció hasta su muerte en abril de 2010.

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Notas

[1] Richard Helms, quien dirigió la CIA cuando planificó el asesinato de Fidel Castro y el golpe militar en Chile contra Salvador Allende, falleció a los 89 años en octubre del año 2002. La CIA, al informar su muerte, expresó en el comunicado oficial: “Estados Unidos ha perdido un gran patriota”, en una declaración escrita por el director de la agencia, George Tenet, en la que agrega: “Los hombres y mujeres de los servicios de inteligencia de EEUU han perdido un gran maestro y un verdadero amigo”.

[2] National Security Archive (2004). Electronic Briefing Book No. 133. Disponible en: http://nsarchive.gwu.edu/NSAEBB/NSAEBB133/

[3] http://prensa.cancilleria.gov.ar/noticia.php?id=19259680. [Nota del editor: No es posible acceder al enlace, consulta: febrero de 2017. Sin embargo, puede encontrarse la cita de referencia en: Baron, A., “Buscan probar que los EEUU apoyó financieramente al golpe”, Clarín, 15 de diciembre de 2009. Disponible en: www.pressreader.com/argentina/clarín/20091215/283235914143900].

[4] Resumen de la entrevista de Hill con Videla, 21 de septiembre de 1979. La documentación se encuentra en el National Security Archive, Electronic Briefing Book Nº 133, en donde se transcriben las 13 páginas de las minutas extraídas de esa conversación. Op. Cit.

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