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Revista Haroldo

Diálogo con el pasado y el presente

16/12/2021

El 2001 como potencia y creatividad popular

Los autores afirman que “a partir de 2001, las calles volvieron a ser el lugar de disputa, de enfrentamiento, de defensa y de conquista de lo público”. Y se preguntan: “¿Qué fue el 2001? ¿Un Argentinazo, una revuelta, una rebelión popular, un acto insurreccional? ¿Fue un golpe palaciego, una victoria popular?”. En el texto, algunas claves para pensar esta fecha central para nuestro presente con aportes de Matías Cambiaggi, María Pía López, Sebastián Scolnik, Verónica Gago y Pablo Solana.

El 19 y 20 de diciembre de 2001 funcionaron durante mucho tiempo como una alarma social, que resonaba en las diversas acciones del Estado. Eran una suerte de “chicharra”, nos resumía Horacio González, en una entrevista que le hicimos hace diez años para nuestro libro “2001. Relatos de la crisis que cambió la Argentina”. Había ciertas cosas que no se podían hacer más después de 2001 (y del 26 de junio de 2002): no se podía reprimir de forma salvaje la protesta social; no podíamos seguir cruzándonos con genocidas en las calles; no podíamos seguir con el neoliberalismo del uno a uno, el hambre y la desocupación; no se podía recibir a los enviados del FMI con pleitesía; y, mucho menos, declarar el Estado de sitio. A partir de 2001, las calles volvieron a ser el lugar de disputa, de enfrentamiento, de defensa y de conquista de lo público. De tanto en tanto, especialmente a partir de 2015, algunos daban por acabado el “fantasma” de 2001, pero otros consideraban que estaba agazapado y en guardia.

En 2001 hubo cinco presidentes en unos días, devaluaciones, corralitos, corralones, deuda externa impagable, bonos denominados cuasi monedas en la mayoría de las provincias argentinas, más del 56% de la población por debajo de la línea de la pobreza, más del 20% de desocupación. Y una clase dirigencial en retaguardia aparente, que se reconstituyó rápidamente con Eduardo Duhalde elegido presidente por asamblea legislativa en enero de 2002. Pero la pregunta que sigue abierta y en disputa es: ¿Qué fue el 2001? ¿Un Argentinazo, una revuelta, una rebelión popular, un acto insurreccional? ¿Fue un golpe palaciego, una victoria popular? ¿Es el momento al que no hay que volver o es una suerte de magma que contiene toda la potencia y la creatividad popular que aún llega hasta nuestros días? El 2001 ahí está: vigente y acechante, chicharra frente a lo impopular.

Es necesario hacer una aclaración ahora mismo: el 19 y el 20 de diciembre de 2001 no fueron dos días aislados; por el contrario, representaron la cristalización de un largo proceso de resistencia, de una crisis múltiple, agravada por las decisiones de un aparato estatal desvencijado. El 19 y 20 comenzó a sentirse mucho antes en el cuerpo. Insinuando una genealogía, podemos mencionar a los fogoneros y los primeros grupos piqueteros que luchaban contra las privatizaciones; los movimientos de desocupados; las organizaciones sociales, barriales, vecinales y políticas “vinculadas” a la CTA; y a algunas agrupaciones y partidos políticos de izquierda. Sí fueron dos días de épica, que marcaron a fuego la biografía política de quienes éramos jóvenes. De quienes éramos jóvenes en ese momento. ¿Y ahora?

El 2001: tan lejos, tan cerca. En un panel que se realizó este mes en el Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti, la socióloga y ensayista María Pía López señaló: “El 2001 es algo que está tan lejos y, al mismo tiempo, a la vuelta de la esquina, porque está en mi propio cuerpo, en mi memoria, está en mi experiencia y en mi palabra de modo permanente. Pero también está lejos porque pienso que era en otro país, significativamente diferente, porque no había ocurrido esa experiencia política que es el kirchnerismo. En ese sentido, el 2001 produce una nueva superficie en la que es posible el kirchnerismo, pone en tensión aquellas formas previas de hacer política. Pero a la vez no está tan lejos, porque habita en nosotres, es un acontecimiento que produce una huella vital”.

Pablo Cuarterolo / Fototeca ARGRA

Ese 19 y 20 de diciembre que empezó en los años noventa, culminó como proceso con la masacre del Puente Pueyrredón. Un lapso en la historia argentina. Un impasse. Muchos interrumpieron sus rutinas diarias para constituirse como sujetos políticos. Fue la subversión del orden establecido y la discontinuidad de la vida cotidiana. ¿Es una fecha histórica? Es una pregunta: ¿Dónde estabas vos el 19 de diciembre de 2001? ¿Y el 20?

Sociólogo y autor de los libros “El aguante: la militancia en los 90” y el reciente “Generación 2001”, Matías Cambiaggi se pregunta: ¿Por qué se piensa como tragedia y no como victoria popular? “El 2001 fue una insurrección popular sin conducción ni programas definidos, que transmitió parte de sus contenidos a la que sucedió luego con la gestión de Néstor Kirchner”. Y abre un planteo que es el nudo de su último libro: ¿En qué medida los años 90 son parte de esta generación para gestionar hoy el Estado? “Las juventudes de la década del 90 entendieron que había que vincularse a los sectores más humildes para transformar la política”, resume. O nosotros intentamos resumir lo que dice Matías. Y agrega: “Al 2001 no se le asigna el estatus que tienen otras luchas populares, como el 17 de octubre de 1945 o el Cordobazo. Desde los medios de comunicación y ciertas clases dirigenciales se lo ve como “una tragedia”, similar a lo que sucede con la fenomenal huelga en los talleres Vasena de 1919, que hoy se recuerdan como la Semana Trágica”.

¿Por qué sucede esto?, le preguntamos. Y Matías propone algunas lecturas posibles, ligadas a la ausencia de la participación en las manifestaciones del 19 y 20 de las organizaciones de izquierda y los sindicatos más tradicionales. “La sociedad había superado a las organizaciones. Creo que eso genera aún hoy un límite en la posibilidad de los partidos políticos y las organizaciones sociales y sindicales de analizar lo que sucedió y lo que generó el 2001”, dice. Desde acá recomendamos leer sus libros.

Está claro: en 2001 no hubo una agenda única, ni referentes claros. Pero fue un round, al menos un round, ganado por el pueblo a esa democracia de la derrota que habían dejado los responsables empresariales, políticos y militares de la dictadura y el neoliberalismo de los 90. Mucho surgió o se potenció a partir de aquellos días: miles de colectivos políticos, sociales, de economía popular, artísticos, comunicacionales, sindicales, barriales, deportivos, vecinales.

Volvemos a escuchar a María Pía López en ese panel del Conti: “No se puede pensar 2001 sin pensar qué significa ese sujeto plebeyo, piquetero, desocupado que aparece en primer plano. A partir de 2001 supimos con claridad que los modos en que los sindicatos organizan a los trabajadores formales no alcanzan, de que los modos en que los partidos políticos representaban a los ciudadanos tampoco alcanzaban. Y la aparición de los feminismos masivos también implican una reconfiguración muy fuerte y fundamental”.

Pablo Cuarterolo / Fototeca ARGRA

El 2001 dejó una marca generacional. Sociólogo y en aquellos años integrante del Colectivo Situaciones, Sebastián Scolnik acaba de publicar su libro “Nada que esperar: historia de una amistad política”, coeditado por Tinta Limón, Lobo Suelto y Cordero Editor. Allí relata un encuentro con el filósofo italiano Paolo Virno, quien comenta: “Solo se tiene una experiencia política una vez en la vida”. Todo lo demás, lo que viene después -según el filósofo italiano-, ya está teñido por aquello que viviste y modificó tu sensibilidad. ¿Será así?

Otra integrante del Colectivo Situaciones en aquellos años, Verónica Gago, actualmente es investigadora del Conicet, docente en las universidades de Buenos Aires y de San Martín y milita en el colectivo Ni Una Menos y en Tinta Limón. Su último libro es “Una lectura feminista de la deuda”, que escribió junto a Luci Cavallero. Ante nuestras consultas acerca de 2001, sostiene que lo “perturbador” de este momento de “conmemoración” del 2001 es que “nos obliga a recordar algo que estamos viviendo”. De allí que el 2001 no pueda quedarse quieto en museos ni confinarse a balances del pasado. “La omnipresencia de la crisis económica, los lineamientos políticos dictados por el FMI y la pregunta una y otra vez sobre las dinámicas de la crisis y la política desde abajo ponen una actualidad incluso no calculada al cumplirse dos décadas. La trama de diferencias, contrapuntos, genealogías y eventos posteriores al estallido social que refieren al 2001 es tan frondosa que confirma, una y otra vez, que la marca del 2001 no ha sido conjurada. Mas allá de las fórmulas que buscaron reducirlo al infierno o la conspiración, insiste y es anuncio de que la política está siempre abierta. Por eso mismo, es una temporalidad que está mirando más al futuro que a lo que ya fue”, dice.

Desde nuestro punto de vista, el 2001 dejó un campo popular mucho más rico, diverso y plural en un país que volvía a reconocerse latinoamericano. También dejó el dolor por los muertos. Y el despertar de la creatividad colectiva y la fraternidad, la alegría de estar junto a las otras y los otros. Todo así: mezclado y caótico, impreciso y dinámico, vitalidad que resurge cuando se anunciaba el fin de la historia (que también podría pensarse como la muerte del presente).

Luego del 19 y 20, cientos y cientos de movimientos y organizaciones siguieron un camino o comenzaron una manera de construir la vida cotidiana; buscando nuevas formas de producir, trabajar, estudiar y reproducir los lazos y vínculos sociales, políticos, culturales y económicos. Gran parte de la sociedad y la clase política reconoció luego que Néstor Kirchner fue quien hizo la mejor lectura de ese proceso. Tomó nota de la revuelta en todo sentido. De la agenda que se fue construyendo, anclada en los derechos humanos, las políticas sociales, las políticas culturales, la comunicación, la independencia del FMI, el mirar hacia América Latina, el poder transformador de la política y del Estado. Y de lo que significó el poder destituyente de la revuelta popular; y del poder político en las sombras. Más tarde, el macrismo vino también a tomar parte de los discursos de 2001. La anti política, el que se vayan todos, la negación de los procesos políticos y culturales, la meritocracia de los CEOS. Con la vuelta al FMI, las políticas neoliberales en estado puro y hasta Federico Sturzenegger, Hernán Lombardi y Patricia Bullrich en primera plana.

Pablo Piovano / Fototeca ARGRA

Pasaron los años: ya veinte. Y se fue instalando desde diferentes usinas de pensamiento el temor a diciembre, el miedo al 2001. El infierno y el fantasma. Dos figuras que son utilizadas constantemente por los sectores políticos, económicos y comunicacionales para referirse a esas fechas. Los sectores dominantes demonizaron al 19 y 20 de diciembre de 2001 como el lugar al que no debemos volver. Incluso algunos dicen “Nunca más”. Otra parte de ese mismo sistema de ideas directamente lo borra de la historia y lo sintetiza en un problema económico-financiero. “Ah, el corralito”.

Los 39 asesinados de esos días son los más anónimos de la historia de las luchas populares en la Argentina. Hasta hay quienes confunden los asesinatos del 19 y 20 de diciembre de 2001 con los del 26 de junio de 2002. Duele todavía el 19 y 20 de diciembre de 2001. Duele y no está resuelto como sociedad. Una gran parte no lo quiere ver, otra no lo quiere digerir, otra lo descarta. Otra lo recuerda. Posiblemente no se resuelva como tantos otros momentos y hechos históricos, y tenga que ser releído.

Pero volvemos a un punto: ese “llamado” que fue el 2001 vino a romper los discursos posmodernos y cínicos del fin de la historia y de la caída de los grandes relatos sociales y políticos. Entonces, a partir del 2001, podríamos contestar: ¡Y, sin embargo, se mueve! Las luchas del feminismo lo demuestran, los movimientos sociales crecieron, miles salieron a la plaza en 2017 para decir NO al 2x1 a los genocidas que pretendió instalar la Corte Suprema de Justicia.

Pablo Solana es uno de los autores -junto a Florencia Vespignani, Nadia Fink y Martín Azcurra- del libro “2001, no me arrepiento de este amor”, que publicaron de forma reciente la Editorial El Colectivo y Chirimbote. “Los veinte años nos motivaban a hacer una recuperación histórica del 2001, desde una mirada reivindicatoria del proceso de rebelión, más que del estallido del 19 y 20, porque entendemos que cruza un periodo más amplio de resistencia al menemismo, y que reúne a los movimientos piqueteros, las asambleas barriales, las fábricas recuperadas, entre otras manifestaciones de dinámica y creatividad popular que surgieron en aquellos años”, señala. En aquellos años, Pablo había sido uno de los fundadores del Movimiento de Trabajadores Desocupados de Lanús.

¿Qué queda del 2001? “La potencia de la rebelión popular se comienza a cerrar con la masacre de Avellaneda, pero no se agota. Y quedan legados, como los anticuerpos sociales contra los autoritarismos, que se vieron tanto en el amplio repudio social ante las muertes de Darío Santillán y Maximiliano Kosteki como en las plazas del No al 2x1 en mayo de 2017. Pero también ese legado se muestra en que muchas organizaciones y colectivos reconocen que el 2001 es fundamental para su nacimiento, como la Unión de Trabajadores de la Economía Popular (UTEP), la Unión de Trabajadores de la Tierra (UTT), la fábrica recuperada Zanon en Neuquén o los feminismos populares”.

¿Cómo venimos de esos anticuerpos en estos tiempos en que la ultraderecha adquiere estatus legislativo? Solana responde con una convocatoria abierta: “Es necesario volver a discutir, valorar, criticar el 2001; mantenerlo latente para que nuevas prácticas no adormezcan esos anticuerpos”.

Decimos entonces: El 2001 es una cristalización, un punto alto de enlace, una muestra potente de luchas sociales que pueden parecer acalladas, que pueden circular por los subsuelos de los medios, pero que en algún momento estallan y emergen. Muchas veces aquellas revueltas que parecen fracasos no lo son, porque transformaron las relaciones sociales, como dice Immanuel Wallerstein. El 2001 tal vez no cambió nada, pero para muchos fue un movimiento. Un antes y un después. Alguna vez Claudia Acuña nos dijo que el límite de un proceso es el punto inicial del otro. Hay un enlace, un saber, algo que conecta eso que uno hace -pero también lo que deja de hacer- y que ayuda o conspira para que una época cambie. Hay luchas que se encadenan. Y esa potencia, dinámica y creatividad popular aún queda resonando, como un eco tal vez lejano, pero siempre latente. El 2001 sigue siendo una épica que se arroja al futuro.

Manuel Barrientos

Periodista y licenciado en Ciencias de la Comunicación en la UBA. Escribió los libros “2001. Relatos de la crisis que cambió la Argentina” y “Quién construye qué agenda: espacio público, comunicación y política”. Sus artículos son publicados en Página/12, So-compa y la revista Haroldo, entre otros medios. Es docente de periodismo de investigación en TEA y en la UCES.

Walter Isaía

Estudió Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Buenos Aires. Trabaja en el Ministerio de Desarrollo Social de la Nación. En esa cartera, fue coordinador territorial de la Comisión Nacional de Microcrédito y formó parte del equipo de la Dirección Nacional de Educación Popular. Es conductor de un ciclo radial en FM La Tribu. Integra la cooperativa de comunicación Huvaití.

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