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Revista Haroldo

Diálogo con el pasado y el presente

16/11/2021

Día de la militancia

Los años conmovidos. Retrato de un escritor

Guillermo Korn reconstruye la figura de Luis Horacio Velázquez, autor del libro Pobres habrá siempre, a quien define como “un novelista proletarizado y un poeta persistente”. Con seudónimo, Velázquez escribió el texto Carne de frigorífico, producto de su trabajo como peón, en su adolescencia. En 1950 asumió como presidente de la Comisión Protectora de Bibliotecas Populares y convocó a un congreso, en abril de 1954, que contó con la presencia del presidente Juan Domingo Perón y más de dos mil bibliotecarios de todo el país. Radiografía de un escritor.

“¿Qué extraño puede ser entonces el que, desde muchachos, hayamos puesto nuestra capacidad al servicio de los desheredados de la tierra? ¿A quién podría extrañarle que nos hayamos enrolado en la gran Revolución nacional argentina desde sus albores, fieles a nuestros ideales de redención humana?”  
Luis Horacio Velázquez

Del mundo del trabajo provienen las figuras en las cuales Raúl Scalabrini Ortiz congregó la fe y la hermandad de un grito común. La movilización del 17 de octubre y el subsuelo de la patria sublevado. El trabajo fabril, el artesanado, el campo y la industria asumían formas singulares: el peón de campo de Cañuelas y el tornero de precisión, el fundidor mecánico de automóviles, la hilandera y el peón. Polifonía multiforme que se congregaba en un acontecimiento que partió las aguas de la política argentina. Arriesgar otras lecturas fue la tarea a cargo más de los ensayistas, los analistas y los escritores que de los propios protagonistas. Ellos estaban más preocupados por no abandonar la escena, traducirla en la eficacia de reponer un nombre propio y ser parte de los hechos que de ponerlos en palabras. 

Hubo quienes estuvieron tanto en la movilización como en el intento de dejar su testimonio por escrito. En una novela publicada en 1954, se lee: “¡A la Plaza Mayor! Y los cantos otra vez, como si el canto en coro fuera un rezo en común, una promesa que hiciéramos a la eternidad. Era la misma chusma de antes y de siempre: sudorosa, agitada, atrevida y vengadora, llena de temeridad cuya conciencia sabía que en esa insurrección se jugaba su vida sin vacilaciones ni remordimientos. En aquel grito que quemaba en la boca y que llenaba de frío el ánimo de los timoratos: ¡el gobierno al pueblo!... ¡A la horca los cipayos!... ¡Muerte a los traidores!” En esta versión los ánimos se templan desde una arenga imperialista que reconoce antecedentes en las luchas precedentes. Lo nuevo emerge, sin omitir la historia previa: “era la misma chusma de antes y de siempre”. Esta narración explicita las impurezas. No se atenúa la amenaza que significaron esos cuerpos desgreñados en las calles. En la novela El juramento el narrador afirma que “no nos era dable discernir que estábamos escribiendo historia viva. Sólo alcanzaba nuestro entendimiento a saber que cumplíamos un deber sagrado con un idealista combatiente y con esta tierra amada que nos comprendía en nuestros sueños y deseos más hondos. Porque éramos argentinos hasta lo más profundo de nuestra alma”.

Revista Mayoría, 2 de julio de 1959.

El autor del libro, Luis Horacio Velázquez, sabía que la historia se escribía en la calle. A mano, con tizas, o con pintura y también a través de los libros. Por ello fue premiado, junto a Raúl Scalabrini Ortiz, en diciembre de 1950, por el gobernador de la Provincia de Buenos Aires. La distinción a la “labor creadora de los intelectuales, investigadores y artistas bonaerenses” le fue otorgada por su novela Pobres habrá siempre. En el agradecimiento reclamó la sanción del Estatuto del Escritor y reivindicó la función social de la literatura.

¿Quién era este escritor en el cual convivía un mensaje cristiano, humanista y transformador? Luis Horacio Velázquez nació en La Plata el 24 de agosto de 1912. Estudió en el Colegio Nacional, dependiente de la Universidad Nacional de La Plata y de adolescente trabajó como peón en un frigorífico de Berisso. “Viví como todos los obreros, comí sus comidas, vestía como un trabajador más, tuve contacto con muchas colectividades extranjeras y asistí a la fiesta de las naciones”. El revés de trama implica algo poco festivo si tenemos en cuenta la estafa “que hacían a nuestros trabajadores los tremendos monopolios internacionales, sin patria ni bandera, y el despojo de la riqueza argentina realizado impunemente con la complicidad de los gobiernos cipayos”. Esa experiencia militante le permitió conocer y describir, como pocos, el mundo laboral del frigorífico.  Héctor Balcarce fue el seudónimo con que Velázquez firmó el folleto Carne de frigorífico, donde desgranó las labores, la vida forjada alrededor de las fábricas, el destino de las ganancias de la riqueza ganadera y la acción de las potencias imperialistas y las condiciones de explotación, maquinización y del régimen del standard. Al publicar el folleto tenía poco más de veinte años. En las líneas de presentación aparece mencionado como el “camarada Balcarce”. El activismo del Partido Comunista en la década del 30 se reflejaba en este tipo de publicaciones pensadas para agitar en las fábricas, denunciar las malas condiciones de trabajo y combatir al capital inglés y norteamericano. El folleto tuvo en Lisandro de la Torre un lector de privilegio. El senador santafesino estuvo al frente de la comisión investigadora que protagonizó el debate parlamentario sobre las carnes, iniciado el 11 de junio de 1935. Aquel texto original, con elementos autobiográficos, formó parte de un complejo esquema de transposición literaria y cinematográfica. Primero como folleto de combate de 1935, unos años más adelante reescrito como una novela –Pobres habrá siempre– que se publicó por entregas en el diario Noticias Gráficas, al haber ganado un premio en una convocatoria del vespertino. Fue editada como novela por la editorial Claridad, en 1944 y reeditada en 1952 con algunas modificaciones. El periplo se completó con una versión fílmica a manos del director Carlos Borcosque. Su guión tuvo varios contratiempos. Fue rechazado –en primer lugar– por Raúl Alejandro Apold, a cargo de la Subsecretaría de Informaciones durante el primer peronismo. Del calificativo de incendiaria y comunista pasó a ser considerado peronista, por la Revolución Libertadora. Se estrenó finalmente el jueves 27 de noviembre de 1958. En las distintas versiones que el escrito fue adoptando, algunas cuestiones quedaron inalterables: las alteraciones de los cuerpos de los operarios maquinizados por el régimen del standard, la deshumanización y las condiciones de control de los establecimientos fabriles, la narración sobre las distintas actividades, los perfiles de algunos obreros –los “alcahuetes” incluso– y los empresarios ingleses.

Portada de la novela Pobres habrá siempre publicada en 1944 por editorial Claridad, reeditada en 1952.

Velázquez fue un novelista proletarizado y un poeta persistente. Algunos analistas lo consideraron como un advenedizo de la cultura, sin percibir que ofrecía otra concepción intelectual: el que sistematiza una experiencia política: agitador, escritor, hombre de la gestión pública, surgido de estamentos populares y que vincula su trabajo como obrero con la militancia y la escritura. En poesía escribió El continente de la esperanza (1942); Territorio de infancia (1947, con adaptación lírica de Aurora Venturini); Salmos del siglo XX (1950) y Ámbito del hombre (1953). En sus versos sencillos, de aire lírico, fraguó un himno para hacer “cantar las multitudes, / las ciudades / los campos… mil historias sin nombre…”. A otras historias las convirtió en biografías: como las que dedicó al escritor Guillermo Enrique Hudson, a la religiosa Ludovica D’Angelis y a Juan Esteban Pedernera, vicepresidente de la Nación y presidente provisional en el siglo XIX. En un pequeño libro describió las tareas realizadas por la Fundación Eva Perón. Junto a un pequeño número de escritores, Velázquez había compartido algunas veladas en las que se discutía de política, arte y poesía junto a Evita, en una peña que se realizaba en el Hogar de la Empleada.

Izq.:Folleto Carne de frigorífico, firmado bajo el seudónimo Héctor Balcarce. Der.:Plan de gobierno para la Provincia de Buenos Aires, 1946-1950, proyecto elevado para consideración del Partido Laborista por L.H. Velázquez.

Velázquez desplegó distintas tareas en la función pública. En todas impulsó la difusión de la lectura para los distintos ámbitos. Fue uno de los organizadores del Sindicato de Escritores de la Provincia de Buenos Aires, entidad que presidió. En los años del primer peronismo fue vocal de la Comisión Nacional de Cultura y presidente de la Comisión Protectora de Bibliotecas Populares, desde 1950. Desde esta entidad convocó, en abril de 1954, a un congreso que contó con la presencia del presidente Perón y más de dos mil bibliotecarios de todo el país. En ese Primer Congreso Argentino de Bibliotecarios la propuesta era discutir cuestiones relacionadas con la formación técnica, pero también humanística, como la de pensar el libro al servicio del pueblo, las ediciones a bajo costo en grandes tiradas, la creación de la Hemeroteca Nacional, la eximición de impuestos a las bibliotecas, la necesidad de edificios para albergar libros, medidas protectivas para la industria argentina. Afirmar la cultura nacional era el sentido, de allí surgió la iniciativa de crear un Instituto del Libro Argentino.

La actividad pública no fue un impedimento para seguir escribiendo. Velázquez distinguía dos ciclos en su tarea: “En la primera etapa de mi vida de escritor, entendí que debía estar al servicio de la causa del pueblo y en defensa de sus derechos. Dos de los títulos de mis producciones de aquella etapa, son definidores: Carne de fábrica y Pobres habrá siempre. Y cuando digo la primera etapa puede entenderse que ya pienso de distinto modo”. En esa entrevista a un diario platense, en 1948, sostenía que habiendo superado los problemas económicos, el pueblo “se encuentra en la otra etapa –la segunda–, que es la de la cultura, y que es por añadidura, la etapa del escritor-artista cuya obra, para que perdure, debe contribuir a que el pueblo se eleve en su nivel cultural para que, de tal manera, lo comprenda y se beneficie, por lo mismo, con la belleza de su arte. No es que no crea que el escritor deba estar embanderado en las grandes causas. Creo –eso sí– que no debe estar sometido a ninguna traba que pueda significar obligación que cierre sus caminos. El escritor honesto –consigo y con el pueblo para el cual escribe– debe interpretar su alma para llegar a lo universal y eterno”. Ese cambio no significaba modificar las posiciones ideológicas del escritor, sino que su compromiso con el pueblo lo obligaba a preguntarse por la especificidad de sus necesidades a cada coyuntura. Velázquez seguía siendo un intelectual de izquierda –aquel que se había proletarizado en los años 30– pero pensaba una serie de políticas culturales desde el Estado peronista, asumiendo un fuerte compromiso con este ideario.

Con el golpe de 1955, Velázquez debió abandonar su presidencia en la Comisión Protectora de Bibliotecas Populares. La Guía de bibliotecas argentinas –uno de los mayores logros de su gestión– apenas había podido enviarse a las bibliotecas. Cerca de 200 ejemplares remitidos a algunos establecimientos fueron rastreados y retirados de circulación para su destrucción, como sucedió con casi toda la tirada. Las casi dos mil páginas habían significado una titánica tarea de investigación en la que se reseñaba sistemáticamente el trabajo de las bibliotecas públicas y privadas de todo el territorio. Pero el retrato del ex presidente significó un salvavidas de plomo para el libro. Tras el golpe ejerció otras tareas para la subsistencia. Fue asesor editorial de Peuser y funcionario en la Caja de Subsidios Familiares del Personal de la Industria. En 1973, con el regreso de Perón volvió a retomar su labor en la Comisión de bibliotecas populares. En una entrevista que le hace Gustavo García Saraví, en esos años, dice que Velázquez es de los contados escritores que escriben “de la pobreza o de revolución, precisamente desde la revolución y la pobreza”.

Sus últimos años transcurren entre La Plata y el barrio de San Telmo, donde colaboraba con la Junta histórica de ese barrio. Luis Horacio Velázquez falleció el 4 de marzo de 2006. Pocos meses antes se había realizado el Encuentro Nacional de Bibliotecas Populares, organizado por la Conabip. Por segunda vez, un presidente de la Nación asistía a un evento de esas características. Néstor Kirchner eligió leer un poema del militante desaparecido Joaquín Areta, que dice así: “Quisiera que me recuerden junto a la risa de los felices/ la seguridad de los justos/ el sufrimiento de los humildes”.

Luis Horacio Velázquez

Guillermo Korn

Ensayista y sociólogo. Autor de Hijos del pueblo. Intelectuales peronistas: de la Internacional a la Marcha y coautor, junto a Javier Trímboli, de Hugo del Carril/Alfredo Varela: un detalle en la historia del peronismo y la izquierda.

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