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Revista Haroldo

Diálogo con el pasado y el presente

20/12/2020

El trabajo de ser invisible en la búsqueda de un represor

Toni Hervida es un periodista argentino radicado en Berlín. Hace algunos años supo que la fiscalía de Mar del Plata había pedido, en 2015, la extradición del represor Luis Esteban Kyburg, acusado por delitos de lesa humanidad cometidos durante la dictadura en esa ciudad. Logró identificarlo y a partir de allí documentar sus movimientos y “ser invisible” a sus ojos. Crónica de una búsqueda tenaz, cuya resolución judicial aún deben dilucidar los tribunales argentinos y alemanes.

Foto: © toni hervida/df-pressedienst/Berlín

 

¡A Kyburg no lo encontré caminando por una calle de Berlín!

“…A los comunistas se los mata de un balazo en la nuca”, repetía muy seguido mi padrastro a principios de 1975. Poco después, en las oficinas de la petrolera donde él trabajaba en la ciudad de Neuquén, explotaba una bomba.

A partir de ese momento cambió todo y comenzamos a vivir la realidad, que de vez en cuando se acercaba más a nuestro día a día.

El 20 de julio de 1976 el diario Río Negro anunciaba en su portada que Mario Roberto Santucho había sido abatido y que el Viking I había llegado a Marte.

Más tarde, en 1982, comenzaba la aventura alcohólica del criminal (Leopoldo Fortunato) Galtieri: la “guerra de Malvinas”. Un hecho que gran parte de la sociedad continúa reivindicando y del cual se sigue enorgulleciendo, a pesar de haber sido (por) fuera del orden constitucional. 

Durante la guerra de Malvinas, perdieron la vida 649 ciudadanos argentinos. Habían sido obligados a combatir contra uno de los ejércitos profesionales mejor entrenados y pertrechados del mundo.

En esa época y ya incorporado en el marco del Servicio Militar Obligatorio al Batallón de Comunicaciones del Comando 101 en la Guarnición Militar de Campo de Mayo, durante una de las jornadas de guardia en el Polígono de Tiro, me tocó asistir a una sesión de práctica de tiro de la famosa “patota”.

Me acuerdo muy bien de sus caras y del diálogo con el “cabo de cuarto”, el suboficial a cargo de la guardia ese día, que confirmaba mi sospecha. Luego, mientras se alejaban en dirección al polígono, se acerca cuidadoso mirando en dirección al grupo:

- ¿Qué te dijeron? -preguntó en confianza. ¿Que están haciendo una película? ¿Sabés quiénes son estos? -preguntó nuevamente. Me miró en silencio unos diez segundos, dio media vuelta y se fue. 

Todavía hoy, luego de tantos años, me acuerdo de lo que decían, de cómo alardeaban de quién sacaba de la parte interna del pantalón la Ballester-Molina 11,25 con mayor destreza y velocidad, o de quién era más hábil con los FAL-Para y de la charla junto a la barrera de ingreso al polígono.

Eran cinco tipos: uno bastante alto con ojos rasgados; otro más bien obeso, pelado, era el que conducía el “Falcon verde”. Ellos dos usaban camperas “duvet Malvinas- Isrex – Israel”. Otro era rubio, el más bajo del grupo de jean claro o blanco, descuidado, mal afeitado. El cuarto llevaba un abrigo de cuero marrón, era el que más ginebra tomaba, desaliñado, pelo negro, mal afeitado, rostro aindiado, voz grave supongo por la tos y el tabaco, rastros de viruela. Estos dos últimos eran muy ordinarios, a diferencia de los dos primeros, que daban la impresión de ser los superiores. Hicieron ejercicios de tiro durante toda la jornada hasta ya entrada la tarde, cuando se retiraron cansados y tambaleando por la ginebra en un “Falcon verde”.

***

 

 

Foto: © toni hervida/df-pressedienst/Berlín

 

Desde que me propuse esta búsqueda, pasaron por mí mente muchas veces las imágenes de aquella “patota”. El hecho de buscar al prófugo de la justicia argentina Luis Esteban Kyburg para confrontarlo con su pasado y con la orden de captura internacional ha sido sin duda, más allá de la larga búsqueda en el marco de mi trabajo periodístico, un reclamo de justicia que personalmente contrasta con la acostumbrada cantinela del desinformado mediopelaje argentino, que ataca con el gastado “vos no podés hablar si no vivís en Argentina”.

La verdad es que sí, que puedo y debo hablar, la distancia -no a todos lógicamente- nos hace ver las cosas con otra óptica, con menos estridencia de orquestas con clarinetes que desafinan.

Lo cierto sobre Kyburg es que mucho antes de que yo lo encontrara ya el Estado argentino estaba en conocimiento de su presencia en Berlín. A Kyburg lo descubrió la gente de su entorno y en base a esta información, la fiscalía de Mar del Plata pidió la extradición el 23 de marzo de 2015. Esto queda de manifiesto en un mensaje que recibí luego de la publicación de nuestro informe en Bild TV:

“Me pongo en contacto con usted… resulta que unos amigos y yo, en febrero de 2014, ya sabíamos dónde vivía. Lo que le voy a contar quizás no le aporte demasiado a estas alturas. Pero en todo caso, si sirviera de algo para poder actuar contra ese miserable, me daría por satisfecho. Un amigo me contó que en 2014 coincidió con Kyburg en un Deutschkurs (curso de idioma alemán) de la Volkshochschule (sistema de escuelas públicas para formación de adultos). Descubrió su identidad porque el tipo no tenía cautela en ocultar información personal. Charlando tranquilamente con otros compañeros de clase, Kyburg reveló a mi amigo que había sido militar en los ’70, que había dejado atrás a su familia en Buenos Aires y se había marchado a Berlín a buscarse la vida. A mi amigo le pareció rarísimo. Indagó un poco y encontró en Internet la orden de búsqueda y captura. En febrero de 2014, mi amigo se puso en contacto con el Ministerio de Justicia de la Argentina, ofreciéndoles la información que él tenía. Ya en aquel momento (y quizás hasta el día de hoy, no lo sé) su dirección era R…..Straße. 15, en Prenzlauer Berg. Un año después mi amigo se mudó fuera de Berlín, y me pidió comprobar si el tipo seguía viviendo por allí. Efectivamente, en 2015 Kyburg seguía en el mismo domicilio. Lo comprobé en febrero y también en agosto de ese año, que fue cuando tomé estas fotos del portal: ya en ese momento quizás Kyburg trataba de ocultar su nombre (había pegado con celofán en el portero automático otro nombre distinto; bajo ese papel se encontraba su nombre). O quizás, simplemente se mudó a otra dirección, no lo sé. Desconozco completamente si en algún momento Kyburg se sintió inseguro, o con la posibilidad de ser detenido. Pero me he quedado perplejo cuando he visto que, al día de hoy, se siente absolutamente tranquilo, paseando por Berlín. Tal como le he dicho, si esta información le pudiera servir de algo, o si quiere ponerse en contacto con mi amigo (que conoció personalmente a Kyburg hace seis años) no dude en escribirme. Atentamente, Juan” - (nombre cambiado por la redacción).

 

Foto: © toni hervida/df-pressedienst/Berlín

 

Mientras preparábamos el informe, mi coautor Peter Hell -Chefreporter de Bild-TV- durante una de las tantas entrevistas que realizamos, me preguntó varias veces qué es lo que yo sentía cuando me encontraba con el prófugo Kyburg. Yo trataba de que entendiera que yo no estaba ahí como el “cazador” sino como periodista. Que no sentía nada, ni odio ni lástima ni nada, para mí el prófugo Kyburg era un tipo más, buscado por la justicia y que solo un juez debería decidir sobre su situación.

Como bien dijo hace pocos días el jefe del Gabinete de Ministros Santiago Cafiero “al odio se lo combate con democracia, al odio se lo combate con justicia”. Pero nunca ensañándose, no importa lo que se haya hecho.

En todas las discusiones previas a la emisión trataba de que todos entendieran y sobre todo luego en las redes sociales, de que en Alemania, el prófugo Luis Esteban Kyburg estaba sospechado y sólo sospechado de delitos de lesa humanidad.

Hasta que pudimos confrontarlo con la orden de captura internacional y con los hechos de los que se lo sospecha y acusa a la vez, fueron muchas horas de espera; muchos días, semanas, meses. Recuerdo estar en un bar, cercano a la casa de Kyburg, desde donde se divisaban las ventanas de su departamento. Durante esa larga espera yo pedía a cada rato cualquier cosa, sólo para no estar parado en el frío del invierno berlinés, que por suerte ya no es el de los primeros días cuando llegué a Berlín, cuando era usual soportar entre 26 y 28 grados bajo cero. Desde ese lugar y en solitario, fue que lo pude identificar y comparar con las fotos que disponía; era él, ya no había ninguna duda. Había encontrado a “Analía” (1).

De ahí en más solo me quedaba documentar sus movimientos, seguirlo por el parque, ver adónde iba, dónde compraba los cigarrillos -que hasta hace poco consumía de manera asidua- y sobre todo, “no existir”, ser invisible.

 

 En la foto Fabian Matzerath / Marco Zitzow / L. E. Kyburg / Karl Keim / Peter Hell / Jochen Blum. Foto © toni hervida/df-pressedienst/Berlín

 

Contrariamente a lo publicado en varios medios, esto no fue un trabajo donde: “…En forma paralela un periodista y camarógrafo, de apellido Hervida, recolectó material para documentar mediante entrevistas con los protagonistas de esta historia” (2). Acá no hubo ningún “paralelo” sino que, luego de haber investigado por espacio de casi tres años, como ya expliqué y desconociendo la denuncia anterior de “Juan”, fue cuando con la información del domicilio y cuantioso material fotográfico y fílmico me dispuse, recomendado por el arquitecto Luis Tomé, recurrir al Centro Europeo por los Derechos Constitucionales y Humanos (ECCHR, por sus siglas en inglés), que dirige el abogado Wolfgang Kaleck.

En el centro (ECCHR), ahora ya todo en manos del abogado Simon Rau, quien falleció poco después, comenzamos a madurar la estrategia para movilizar de nuevo a la fiscalía berlinesa y lograr repercusión mediática, como herramienta de presión y apoyo para avanzar en la causa, de la forma que fuera. Desde el centro, junto a Andreas Schüller y Silvia Rojas Castro, también del ECCHR, se pusieron en contacto con Anahí Marocchi, a quien luego entrevisté en la ciudad de Mar de Plata hacia fines de 2018.

La mayor parte del tiempo fue un trabajo de investigación en solitario en donde no podía hablar prácticamente con nadie sobre lo que estaba haciendo. En ese tiempo hubo dos viajes a la Argentina, uno de los cuales incluyó un accidentado paso por Mar del Plata. Digo accidentado porque fui amenazado en la estación de trenes de Mar del Plata por un grupo de civiles, que respondían sin duda a alguna fuerza ya que sabían que venía de Alemania.

Decían por ejemplo “este ya viene con problemas desde hacía varios días”. Pocas horas antes había estado grabando frente a la Base Naval Mar del Plata donde se encontraba el Centro Clandestino de Detención de la Agrupación Buzos Tácticos de la denominada FUERTAR 6 (Fuerza de Tareas 6).

Yo estaba en ese momento acreditado como periodista de Alemania cubriendo la cumbre del G20 y nuestros informes fueron más críticos de lo que esperaban. Me insultaban y me decían “te estoy grabando hijo de puta” y amenazaban con sacar mis cosas del tren e impedirme el viaje de retorno a Buenos Aires.

En esa oportunidad realicé las entrevistas con Anahí Marocchi y César Sivo, y gracias a la invalorable ayuda de María Díaz-Hermelo y Oscar Worschitz pude entrar en contacto con Ana Pecoraro. Ella me abrió las puertas del Espacio para la Memoria y promoción de los Derechos Humanos Ex CCD ESIM, conocido como Faro de la Memoria, que justo ese día estaba cerrado, para poder filmar las escenas que luego se vieron en el informe documentando los lugares del horror.

Conté también con la ayuda de María Rosenfeldt y Alejandra Naftal del Museo Sitio de Memoria ESMA, donde pude grabar mucho material y recabar información mientras mi productor, Horacio Vite, les explicaba que estábamos en medio de una investigación pero que no podíamos decir de qué se trataba. Ahora solo queda esperar que pase la pandemia del Covid-19 para poder seguir avanzando en este reclamo. Porque estoy convencido que será justicia, ¡le pese a quien le pese....!

 

Foto: © toni hervida/df-pressedienst/Berlín

 

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Notas

(1)   Analía fue el nombre con el que el autor de esta nota mencionó a Kyburg cuando enviaba correos a Buenos Aires o a BildTV para no nombrarlo. Era el nombre del proyecto.

(2)   Adriana Meyer/Pagina12/18.07.2020

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