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Revista Haroldo

Diálogo con el pasado y el presente

10/12/2020

Día de los Derechos Humanos

Viaje al fin de la noche

En el Día de los Derechos Humanos Haroldo entrevista a Patricia Feeney, una de las integrantes de la misión de Amnistía Internacional a la Argentina en noviembre de 1976, a solo ocho meses del golpe de Estado. La comisión denunció en marzo de 1977 el estado de terror bajo el que gobernaba la Junta y, en un enorme esfuerzo, dio a conocer la primera lista de desaparecidos. Cómo se gestó la visita al país, quiénes participaron, qué vieron, con quiénes se reunieron, cómo se movieron y qué información recolectaron: detalle de una visita que, a casi 45 años del golpe de 1976, permanece prácticamente inédita.

 

Conferencia de prensa de la Delegación Amnistía, 1976

 

Patricia Feeney creció en Watford, en las afueras de Londres. Su interés en la cultura hispana y su vocación por los Derechos Humanos la condujeron a su primer trabajo en el departamento de investigaciones de Amnistía Internacional. “Al igual que la mayoría de los jóvenes de aquel momento”, explica, “me sorprendió la violencia del golpe de estado en Chile y, en 1975, después de terminar mis estudios de posgrado en la Universidad de Londres, solicité y tuve la suerte de encontrar trabajo en Amnistía Internacional. Quería marcar una diferencia en el mundo. Para la generación de posguerra, la propagación de golpes militares en América Latina y el resurgimiento de la tortura sistemática para aplastar cualquier tipo de oposición o protesta fue algo profundamente inquietante”. Al poco tiempo de haber comenzado a trabajar en Amnistía, su vida quedaría inexorablemente ligada a la historia más oscura de nuestro país: Patricia fue uno de los miembros que integró la misión que Amnistía envió a la Argentina en noviembre de 1976, tan sólo seis meses después del golpe cívico-militar del 24 de marzo. Si bien mucho se ha hablado de la posterior visita de la CIDH, lo cierto es que la misión de Amnistía fue la primera visita in situ a la Argentina por parte de un organismo internacional. Por esta misión, y el informe posterior publicado en marzo 1977 que condenó abiertamente a la Junta Militar por sus crímenes, Amnistía Internacional recibió el Premio Nobel de la Paz y definió los parámetros del debate internacional en torno a la Argentina durante el gobierno del «Proceso».


 

En su informe anual para 1975-1976, Amnistía Internacional apuntaba que, si bien al momento de su redacción -junio de 1976- era difícil evaluar los posibles efectos del golpe del 24 de marzo en la ya preocupante situación de los Derechos Humanos en la Argentina, las medidas iniciales tomadas por la Junta Militar estaban lejos de ser prometedoras: “el Congreso ha sido disuelto, todos los partidos políticos han sido suspendidos, la organización sindical central ha sido puesta bajo control militar, el estado de sitio continúa vigente, se ha establecido la ley marcial, todo el poder judicial ha sido suspendido”. Sin embargo, el hecho más preocupante de aquellos meses iniciales bajo el gobierno militar, alertaba el informe, eran “los actos de terror contra la población”, por lo que el “empeoramiento de la situación política en Argentina hace que este país sea una nueva prioridad [de la organización]”.

Poco tiempo después, las preocupaciones sentadas por escrito se confirmarían en los hechos: Amnistía comenzó a recibir una gran cantidad de información por parte de exiliados argentinos, al igual que de víctimas y familiares, quienes se acercaron a la organización y detallaron la terrible represión desatada por la Junta Militar. En este contexto, Amnistía Internacional envió una comitiva de tres miembros a la Argentina, cuyo mandato era entrevistarse con las autoridades militares y observar lo que sucedía en nuestro país. Los miembros de la misión fueron Robert Drinan, congresista norteamericano, Lord Avebury, miembro del parlamento británico, y Patricia Feeney, de la oficina argentina del departamento de investigaciones de Amnistía Internacional.

“La misión de Amnistía a la Argentina tenía la intención de seguir el modelo exitoso de aquella que había sido enviada a Chile poco después del golpe de 1973. Pero el caso de Argentina fue muy diferente”, comenta Patricia Feeney. La Junta Militar hostigó permanentemente a los delegados de Amnistía y trató por todos los medios disponibles de obstruir su trabajo; a través de su control de la prensa, lanzó una campaña mediática durante los diez días que la misión estuvo en el país, en la cual sus miembros fueron repetidamente presentados como «agentes del marxismo internacional» que simpatizaban con la «guerrilla»; y, cuando pudo, amenazó abiertamente a los delegados, llegando incluso a detener a familiares y amigos de detenidos-desaparecidos que se acercaron a hablar con ellos. Asimismo, la delegación pronto comprendió la gravedad del caso argentino: la siniestra práctica de las desapariciones constituía «el» modus operandi de los militares argentinos. “Al principio”, explica Feeney, “no pensábamos que las personas necesariamente hubiesen «desaparecido» para siempre; supusimos que algunos de los desaparecidos aparecerían en detención preventiva después de ser interrogados y torturados. No fue sino hasta que la delegación puso un pie en Argentina que se hizo evidente todo el horror de lo que estaba sucediendo”.

Los detalles de la misión enviada a la Argentina quedaron consignados en un informe que Amnistía publicó en marzo de 1977. La fecha no fue elegida al azar: a un año exacto del golpe, Amnistía denunció el estado de terror bajo el que gobernaba la Junta, y, en un esfuerzo sobresaliente, dio a conocer la primera lista de desaparecidos. Amnistía proporcionó un documento único a la comunidad internacional, una fuente excepcional de información que daba cuenta de uno de los regímenes represivos más virulentos del mundo occidental durante la segunda posguerra, un régimen que había transformado la tortura, las desapariciones y el asesinato político en una política de Estado: “por mera sospecha de subversión, un ciudadano puede ser arrestado o secuestrado, detenido en calidad de incomunicado por un largo período, torturado y aun muerto”, concluía el informe de la misión. Apoyándose en este dictamen, Amnistía lanzó una campaña internacional para ejercer presión sobre la Junta Militar; su objetivo era desarmar el mito construido por los militares argentinos de que habían tomado el poder para terminar con la escalada de violencia entre grupos de extrema izquierda y derecha.

 

 

 

 

Presentación del informe en el Times de Londres, a un año del golpe. 1977.

 

 

Desde su estudio en Oxford, Inglaterra, Patricia Feeney conversó con Haroldo acerca de la crucial misión enviada a la Argentina en noviembre de 1976 y su aporte a la creciente lucha y consolidación de los Derechos Humanos. “Cuando Argentina descendió a sus momentos más oscuros durante la llamada «Guerra Sucia», el concepto de los derechos humanos todavía no era bien entendido. Con todo, durante este período, Estados Unidos y Europa Occidental se volvieron más abiertos y progresistas, menos obsesionados con las animosidades y rivalidades de la Guerra Fría, y esto significó que las familias de los desaparecidos tenían un lugar al que acudir incluso en sus momentos de mayor desesperación. La misión de Amnistía, con su enfoque desapasionado y legalista al momento de documentar las desapariciones y otras violaciones de los Derechos Humanos, fue muy influyente. En los dos primeros años posteriores al golpe, el trabajo de Amnistía definió los parámetros del debate internacional en relación a la Argentina”.

 

 

¿Por qué Amnistía Internacional decidió enviar una misión en noviembre de 1976 a examinar la situación en la Argentina? ¿Cómo fueron los arreglos para poder entrar al país?

Creíamos necesario ir a la Argentina (o al menos a Buenos Aires) para intentar verificar los inquietantes informes que recibíamos diariamente sobre secuestros, torturas y asesinatos. Yo estaba recibiendo llamadas telefónicas incluso en medio de la noche sobre secuestros y desapariciones. Esperábamos que una visita nos ayudaría a aumentar la credibilidad de estos testimonios, los cuales estábamos haciendo públicos, y que, por supuesto, una visita de este tipo aumentaría la presión internacional sobre la Junta Militar y pondría fin a los peores abusos de las fuerzas de seguridad.

Amnistía solicitó una misión a través de los diplomáticos argentinos en Londres: en ese momento no había embajador. A medida que avanzaban las discusiones, se impusieron ciertas condiciones a la misión, las cuales Amnistía Internacional aceptó porque pensábamos que era importante ir y presenciar en primera persona lo que estaba sucediendo. Después de negociaciones prolongadas y de la presión ejercida a través de los gobiernos de Estados Unidos y de Gran Bretaña, se llegó a un acuerdo. La delegación debía ser de «alto nivel» (esto es, debía tener el perfil de una misión diplomática) y los delegados serían recibidos por las autoridades locales a título personal y no como miembros de una misión de Amnistía. Un absurdo para salvar las apariencias, pero que permitió a Amnistía entrar al país.

 

Usted estuvo acompañada por Robert Drinan y Lord Avebury. ¿Cuáles eran los perfiles de estos otros dos miembros o delegados de la misión?

Dada la influencia estadounidense sobre la Junta Militar, era lógico seleccionar un delegado estadounidense. Los miembros norteamericanos de Amnistía sugirieron a Robert Drinan, un sacerdote católico progresista, proaborto, que había sido elegido diputado en 1970 por su oposición a la Guerra de Vietnam. La elección de Lord Avebury (Eric Lubbock) fue más fácil; era amigo personal de Martin Ennals, el Secretario General de Amnistía, y anteriormente había estado en una misión de Amnistía en Sri Lanka. Eric se oponía al apartheid y fundó la Comisión Parlamentaria de Derechos Humanos del Reino Unido en 1976. Cada uno, a su manera, formaba parte de la élite política de su país, y, sobre todo, ambos eran francos y estaban comprometidos de manera crucial con los Derechos Humanos.

 

¿A qué autoridades argentinas entrevistó la comitiva?

Habíamos solicitado reuniones por adelantado con funcionarios clave del gobierno, entre ellos el Ministro de Relaciones Exteriores Guzzetti, el Ministro del Interior Albano Harguindeguy y el Jefe del Estado Mayor del Ejército, Viola. Después de llegar a Buenos Aires -unos días antes de que llegaran Drinan y Lord Avebury- el gobierno argentino informó que las reuniones se realizarían con funcionarios de segundo nivel, una jugada calculada, y decidió que no me recibiría, sino que acordaría reunirse con Drinan y con Lord Avebury (en su calidad de miembros del Congreso estadounidense y de la Cámara de los Lores británica, respectivamente). Cuando me dijeron esto, casi cancelé la visita -todo parecía altamente irregular. Así, se celebraron dos reuniones oficiales, una el 8 y la otra el 10 de noviembre, con el Subsecretario de Relaciones Exteriores: Capitán de Navío Don Gualter Allara; el Subsecretario de Justicia: Dr. Laureano Álvarez Estrada; por la Cancillería: Juan Carlos Arlia, Rodolfo Fischer, Francisco Muro; por el Ministerio del Interior: Eduardo Andujar y Ricardo Flouret; por el Ministerio de Justicia: Luis Riggi.

Pero, en última instancia, las maniobras de los militares argentinos tuvieron el efecto contrario al que buscaban. Aunque estaba profundamente enojada porque no se me permitió asistir a ninguna de las reuniones oficiales, en retrospectiva está claro que fue un error colosal por parte de la Junta Militar: al excluir a Amnistía de las reuniones oficiales, la Junta sólo logró instalar la misión en el corazón de la política exterior de los Estados Unidos y del Reino Unido. Los funcionarios de las embajadas participaron en las reuniones y tuvieron que interpretar para los delegados de la misión. Esto significó que las mentiras, las evasiones y la hostilidad de los funcionarios argentinos a las preguntas razonables pero directas que el equipo de Amnistía les formulaba -sobre el número de prisioneros y su paradero, sobre las denuncias de tortura y la responsabilidad de las desapariciones- se transmitieron directamente por cable diplomático a los niveles más altos en los gobiernos de los Estados Unidos y del Reino Unido. Creo, entonces, que ambos gobiernos empezaron a darse cuenta de que estaban ocurriendo graves violaciones a los derechos humanos en una escala masiva, y que ya no era suficiente esperar a que Videla y los «moderados» poco a poco pudieran controlar la situación.

 

¿Tuvo la oportunidad de conocer y entrevistarse con otras personas? 

En los aproximadamente diez días que estuve en la Argentina, debo haber conocido a docenas de personas -la mayoría de ellas familiares angustiados de personas desaparecidas. Mientras Drinan y Avebury estaban en las reuniones oficiales, seguí otras pistas e hice contactos donde pude. Tenía algunos números de teléfono y un pequeño grupo de contactos para guiarme -principalmente periodistas, corresponsales extranjeros y abogados. También conocía a los familiares de algunos detenidos y personas desaparecidas. La gente en general estaba desesperada por comunicarse con nosotros y contarnos sus desgarradoras historias. Incapaces de conocer gente en nuestro hotel o en sus hogares, a menudo teníamos reuniones improvisadas o espontáneas -por ejemplo, mientras caminábamos por las calles de Buenos Aires. Estaban dispuestos a correr el riesgo de posibles represalias por parte de los inquietantes grupos de policías vestidos de civil, quienes seguían cada uno de nuestros pasos. Fueron acosados e interrogados y algunos fueron brevemente detenidos. Recuerdo vívidamente estar paseando por la calle Florida con Emilio Mignone y su esposa, mientras notábamos nerviosamente que nos estaban siguiendo.

 

 

Artículo The Guardian 16 de Noviembre de 1976.

 

 

¿Podría resumir para nuestros lectores los principales descubrimientos realizados por la comisión?

En esencia, la misión pudo confirmar que la Junta Militar tenía la intención de eliminar a cualquiera que considerase «subversivo», lo que abarcaba a casi cualquier persona que tuviera convicciones y simpatizara con ideas de izquierda (desde estudiantes secundarios hasta sindicalistas) o aquellos que pudieran oponerse u objetar los métodos empleados por el nuevo gobierno: políticos, sacerdotes, periodistas y abogados. Después de desmantelar las salvaguardas legales, la Junta estableció un sistema que sería impermeable a las interferencias humanitarias externas: un sistema descentralizado de secuestros, desapariciones, torturas y asesinatos por los cuales podrían negar su responsabilidad. Esto era evidente por el pequeño número de personas que fueron detenidas formalmente después del golpe y la creciente lista de centros de detención clandestinos como la ESMA. La evaluación original de Amnistía fue, básicamente, correcta, y nuestros hallazgos fueron confirmados posteriormente por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y por la CONADEP.

 

El informe de Amnistía Internacional sobre la situación en la Argentina, publicado en marzo de 1977, señala que la comitiva fue intimidada varias veces y enfrentó varios obstáculos durante su vista; incluso se menciona la campaña en contra de la misión lanzada por la prensa argentina, lo que condujo a que se emitiera un comunicado formal desmintiendo la información publicada en los medios locales. ¿Podría comentar estos hechos?

Para la Junta Militar y las fuerzas de seguridad, Amnistía era el enemigo -y para algunos, incluso un posible objetivo del Plan Cóndor. Pero incluso los militares más violentos y exaltados tuvieron que mostrar moderación, dado el cambio de clima en Washington después de la elección de Carter. Así que hicieron lo que pudieron para presionar a la delegación, incrementando el nivel de intimidación durante nuestra estadía y tratando de obstruir nuestro trabajo tanto como fuera posible.

Se estableció todo un operativo de seguridad («Operación Navideña») para mantener a la misión de Amnistía bajo vigilancia constante. Hombres armados en los notorios Ford Falcons nos seguían dondequiera que fuéramos. Cuando intentábamos encontrarnos con personas en cafés o restaurantes, en cuestión de minutos la policía o las fuerzas de seguridad fuertemente armadas irrumpían y asaltaban el lugar. En uno de los famosos cafés de Buenos Aires, Eric y yo conocimos a una pareja que había venido a darnos información sobre sindicalistas detenidos y desaparecidos. Después de que se fueron, regresaron rápidamente. Se habían dado cuenta de que la policía estaba afuera en la calle y temían ser arrestados. Nos rogaron que los escoltáramos al subte. Hicimos lo que nos pidieron y vimos cómo abordaron un tren segundos antes de que llegara la policía.

Muchas veces nos amenazaron abiertamente, incluso en el hotel. Lord Avebury atrapó a un grupo de policías vestidos de civil mientras registraban su habitación del hotel. Uno de los peores momentos fue la noche del 8 de noviembre. Tras la primera reunión oficial, el Almirante Massera y el General Guzetti salieron en la televisión denunciando la campaña internacional que se estaba realizando contra la Argentina (un ataque implícito a Amnistía); más tarde, cuando regresamos al hotel después de un día difícil y emocionalmente agotador, nos enfrentamos a un grupo de unos veinte policías vestidos de civil, con trajes azul brillante, quienes afirmaron que estaban allí para protegernos. Hubo un acalorado intercambio, se negaron a presentar su identificación y les dijimos que se fueran. La atmósfera se puso muy tensa, sentimos su aguda hostilidad y el peligro real de que se atrevieran a secuestrar a una delegación internacional. En la tarde del 12 de noviembre, la embajada del Reino Unido nos envió un mensaje para advertirnos que no regresáramos al hotel porque una multitud de manifestantes nos estaba esperando. Un grupo que se autodenominaba «Movimiento Patriótico Nacional» se había reunido fuera del Hotel Presidente gritando consignas tales como: “¿Cómo es posible que la Iglesia permita al sacerdote Drinan defender a asesinos y extremistas?” o “Fuera de nuestro país, servidores del comunismo”. Sorprendentemente, en un momento en que todas las manifestaciones políticas estaban prohibidas, ningún policía intervino.

En los medios de comunicación, en su mayoría controlados por el Estado, se nos describió como ingenuos, incautos, entrometidos, apologistas de la guerrilla y como parte de una conspiración comunista internacional. Los periódicos progubernamentales más serviles incluso se burlaron de la vestimenta y del comportamiento de la delegación. Lord Avebury fue apodado el «Señor Rojo» (porque usaba medias rojas) y se burlaron de él por usar camisas «estampadas y afeminadas». Drinan, que vestía trajes oscuros con el cuello clerical, fue apodado «El Cuervo». Debo admitir que me desanimó mucho el aluvión de desinformación mediática que se utilizó como arma para desacreditarnos. Con algunas excepciones notables, como Jacobo Timmerman y Robert Cox, nadie me había preparado para el veneno y la hostilidad de la prensa. En nuestro último día, organizamos una conferencia de prensa -en el ruidoso y abarrotado café del Hotel Presidente- y emitimos un descargo por escrito para intentar aclarar las cosas. Pero no creo que un solo periódico argentino haya publicado nuestra declaración. Todavía conservo un recorte amarillento de The Guardian con fecha del 17 de noviembre de 1976 que informaba sobre la conferencia de prensa.

 

 

Robert Drinan, Lord Avebury y Patricia Feeney en el Hotel Presidente,  Bs. As.,  Noviembre de 1976.

 

 

En retrospectiva, ¿cuál es su recuerdo más vívido de aquellos días en la Argentina? 

El momento que viví en Córdoba el 13 de noviembre. Había insistido en ir a pesar de la fuerte oposición de la embajada británica; los funcionarios nos habían advertido que Córdoba era el feudo del General Menéndez y que no podrían ayudarnos si nos metíamos en dificultades. El Hotel Crillón donde nos alojamos estaba completamente vigilado por los servicios de inteligencia. Tres hombres que parecían oficiales militares de alto rango (uno de los cuales podría haber sido el hijo de Videla) vinieron a verme a mí y a Drinan por la noche. Parecían dolidos y exigieron saber qué tenía Amnistía contra la Argentina y las Fuerzas Armadas. No podían entender por qué no los apoyábamos en su heroica lucha contra el terrorismo. Después de que se fueron, quedé sola en el vestíbulo (Drinan había quedado alterado por la conversación y se retiró a dormir). De repente, un grupo de hombres con aspecto de sicarios, que afirmaban ser abogados de derechos humanos, intentaron obligarme a salir del hotel con ellos. Fue muy intimidante. Poco después, apareció una joven estudiante, Josefa Martínez. Teníamos un conocido mutuo en Londres que me pidió que le diera a Josefa unos U$20 para su madre anciana. Más temprano en el día había invitado a Josefa a cenar conmigo en el hotel. Recuerdo que estaba cansada y preocupada por un examen que tenía al día siguiente. Las dos nos pusimos cada vez más nerviosas por la atmósfera en el hotel y ella se fue rápidamente. Un par de horas después, su familia llamó para decir que Josefa no había llegado a casa. Obviamente, había sido secuestrada simplemente por hablar conmigo; fue liberada un mes más tarde, tras una intensa presión diplomática.

Después de evadir los intentos de los policías vestidos de civil para sacarme del hotel, haciéndose pasar por abogados de derechos humanos, y convencida de que podría ser secuestrada como Josefa Martínez, recuerdo haber ido a la habitación de Drinan y darle todo el dinero que tenía para la misión en caso de que me llevaran. En medio de la noche, alguien empezó a empujar folletos «subversivos» por debajo de la puerta de mi habitación. Estaba convencida de que en cualquier momento entrarían hombres armados y me arrastrarían del hotel. Así que pasé una larga noche sin dormir, destruyendo todos los papeles y tirándolos por el inodoro. A la mañana siguiente, había acordado ver a la esposa de René Salamanca (un líder sindical que había desaparecido); dado lo que había sucedido la noche anterior, le supliqué por teléfono que no intentara verme. Ella también fue detenida brevemente. Drinan y yo salimos hacia el aeropuerto, ambos nerviosos y apagados. Tenía miedo por mí misma y me sentía culpable por Josefa.

 

¿Cómo le afectó su visita a la Argentina?

Los diez días que estuve en Argentina me marcaron profundamente. Salí del país en un estado de agotamiento nervioso tras haber temido por mi vida en Córdoba, estresada después de haber mantenido un contacto diario con familiares y amigos de personas que habían sido violentamente secuestradas y que estaban desesperados, y aterrorizada por el cordón de seguridad que me apretaba como una soga. Fue casi abrumador. Si en ocasiones me sentía vulnerable y que no estaba a la altura de la tarea, también me resultaba evidente que Amnistía poseía cierto poder, dada la forma incoherente en la que el gobierno trataba a la misión: un minuto dado fingían que sólo se estaban reuniendo con un Congresista norteamericano y un miembro de la Cámara de los Lores británica en calidad de individuos y no estaban recibiendo a Amnistía Internacional; al minuto siguiente, alentaban a la prensa a difundir información errónea sobre la misión de Amnistía y su trabajo. De hecho, después de la misión, algunos de los prisioneros cuyos nombres estaban en la lista que habíamos preparado antes de la visita (como Juan Méndez y Patrick Rice) fueron liberados. Pero el destino de muchos otros siguió siendo desconocido -pasaron a engrosar las filas de lo que en el informe de la misión llamamos «el ejército fantasmal de los desaparecidos». Estaba decidida a utilizar todos los recursos disponibles para sacar a la luz lo que realmente estaba sucediendo.

 

 

Poster del  Libro de Amnistía Internacional. 50 años. Change this world! 50 years of posters for Amnesty International 1961-2011.

 

 

Luego de la visita a la Argentina, Amnistía inició una campaña internacional para presionar a la Junta Militar por sus violaciones a los Derechos Humanos. ¿Podría comentar sobre el alcance, los objetivos y el desarrollo de esa campaña?

En la primavera de 1978, Amnistía lanzó una campaña internacional cuya prioridad consistía en detener los secuestros mediante el desmantelamiento del mito de que no tenían nada que ver con el gobierno y que eran el resultado de grupos extremistas fuera de control. Si no estaba en nuestro poder poner fin a las violaciones de los derechos humanos, al menos podíamos dejar constancia de lo que estaba sucediendo a través de nuestros informes. Podíamos enumerar a los desaparecidos y publicar testimonios de tortura. El objetivo era presionar a la Junta para que reconociera a los desaparecidos como detenidos y revelara su paradero. Para los presos detenidos sin cargos (bajo el PEN), el primer imperativo era mantenerlos a salvo, el segundo asegurar su liberación o permiso para salir del país. Sobre todo, queríamos brindar nuestro apoyo a las familias afectadas y reforzar el incipiente movimiento de derechos humanos del país (en ese momento sólo existía la Asamblea Permanente).

Al año siguiente (febrero de 1979), después de meses de negociaciones secretas (los mensajes fueron transmitidos por un intermediario de confianza, un piloto de Aerolíneas cuyo hijo, Ricardo Chidichimo, había desaparecido), tuvo lugar la primera de una serie de visitas al extranjero de las Madres de Plaza de Mayo organizadas por Amnistía. ¡Nuestros cuidadosos arreglos se vieron sacudidos cuando cuatro Madres llegaron a Londres en lugar de las dos que habíamos presupuestado!

 

Por último, ¿hay algo más que le gustaría agregar?

Me enorgullece el hecho de que Amnistía haya desempeñado un papel importante en estos logros históricos. Su misión contribuyó a establecer la agenda por los Derechos Humanos en un momento crítico y socavó la narrativa auto exculpatoria de la Junta, según la cual sus acciones no eran más que una respuesta legítima a una guerra civil entre grupos de izquierda y elementos paramilitares rebeldes. También creo que los fuertes lazos que Amnistía forjó con las familias de los desaparecidos sentaron las bases para el floreciente movimiento de derechos humanos en la Argentina.

A lo largo de los años, a medida que más y más víctimas de la Junta Militar y las familias de los desaparecidos se acercaban a Amnistía en Londres, nuestra comprensión del sistema represivo aumentó. En mi estudio aquí en Oxford guardo cartas y fotografías de viejos amigos, los padres de jóvenes desaparecidos, la mayoría de los cuales nunca tuve la oportunidad de conocer. La angustia, la frustración y el sentimiento de pérdida de aquellos años fueron mitigados por la convicción de que algún día prevalecerían la justicia y la verdad. Los juicios militares y el reencuentro de las Abuelas con los niños robados, son testimonio del poder de esos ideales compartidos y del valor de nuestra lucha común y continua en defensa de los Derechos Humanos.

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