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Revista Haroldo

Diálogo con el pasado y el presente

19/11/2020

Apretá que no se abolla

Presentamos el prólogo a la edición de "Todos los días parecen domingo. Memorias Conurbanas de la Pandemia", proyecto de escritura realizado entre integrantes de la comunidad de la UNPAZ (Universidad Nacional de José C Paz), agrupados en el taller de crónicas La Mirada Errante, coordinado por Sebastian Russo.

Burzaco, Zona Sur, Buenos Aires, 2018.

Foto: Nicole Szostik Lazos / @phnicoleszostik

Presentamos aquí el texto que prologará la edición de "Todos los días parecen domingo. Memorias Conurbanas de la Pandemia", proyecto de escritura realizado de Marzo a Julio 2020 entre integrantes de la comunidad de la UNPAZ (Universidad Nacional de José C Paz), agrupados en el taller de crónicas La Mirada Errante, coordinado por Sebastian Russo. Formaron parte del taller Flor Baez, Darío Triscali, Oscar Miño, Analía Delgado, Patrica Del Pilar, Cesar Bellati y Fernanda Maldonado. El taller forma parte de las actividades del proyecto MUPE/UNPAZ y comenzó a realizarse en Febrero del 2020 en el Museo Histórico José Altube de José C. Paz. Parte de los textos y del diario del taller pueden encontrarse en la ultima edición de la revista Contornos del NO, revista de las Tecnicaturas en Industrias Culturales de la UNPAZ https://publicaciones.unpaz.edu.ar/OJS/index.php/ic/article/view/748/693

“Apretá que no se abolla” - Revista Haroldo | 1
Burzaco, Zona Sur, Buenos Aires, 2018.

Foto: Nicole Szostik Lazos / @phnicoleszostik

Apretá que no se abolla 

Crónicas para la conurbación de nuestra lengua

Por Andrés Racket

 

 

“Insisto en general en la posibilidad de «decirlo todo»
como derecho reconocido en principio a la literatura.”
J. Derrida
 
πῆμα κακὸς γείτων, ὅσσον τ' ἀγαθὸς μέγ' ὄνειαρ
Hesíodo. Trabajos y días, v. 346

 

Si la literatura es la posibilidad de decirlo todo —una rosa de cobre, una esfera en el sótano de la casa de Beatriz Viterbo que contiene el universo, el diablo monstruosamente blanco que obsesionó a Ahab, una presencia innominada que invade una casa, una flor del futuro igual a cualquier otra flor—, ¿cómo narrar el conurbano bonaerense?

Ítaca fue, según Homero, una patria pobre. Escarpada, pedregosa, asediada por el mar, esa tierra yerma que no tenía la riqueza de otros reinos tuvo como hijo predilecto a Odiseo, el hombre de las mil trampas, el que ganó Troya con ardides. Hay algo quizá de ese anhelo desesperado de Odiseo por regresar a su hogar en quienes habitamos en el conurbano. No es, sin embargo, el mismo anhelo, sino el de un hogar que no se tuvo del todo nunca, el de una patria siempre un poco ausente. Enorme, áspero, populoso, el conurbano se nos escurre, permanece como la potencia de una nación posible que todavía no fue erigida, pero que se adivina arrogante. Compartimos, no obstante, con Odiseo, las mil astucias del barrio, los recursos aprendidos de la carencia.

Unas casitas de aspecto irreparablemente familiar, quizá algún terreno baldío, la verdulería, la señora de la otra cuadra que arregla ropa, por allí cerca la plaza del barrio y su iglesia, el kiosquero que vende tortas para los cumpleaños, los viejos en la cancha de bochas que les hizo la Municipalidad, el suelo hecho de hojas en otoño. Una esquina de San Miguel me parece a veces igual a otra de Vicente López. Casi igual. Una calle de José C. Paz podría ser tal vez una que recuerdo de San Martín. Vagamente similares. Hay algo perturbadoramente laberíntico en los barrios del conurbano. Los paisajes, a veces fabriles, a veces con sus casitas, sus árboles y sus negocios, las avenidas centrales, la gente rigurosa que vive y se muere en el barrio, las barreras con sus alarmas que advierten el paso del tren, las cortadas, las bocinas insólitas con las que los colectivos se saludan, se repiten una y otra vez hasta donde llega la mirada errante. Si observara detenidamente cada uno de los elementos que conforman cada una de esas escenas, serían diferentes, pero extrañamente la composición es similar. Todo parece siempre un poco gastado, en todo hay la misma severidad. No importa mucho dónde va cada cosa: quizá el baldío esté un poco más aquí o más allá, o los árboles más o menos crecidos. Es un mosaico de variaciones que no apuntan a ningún original y que se extiende así, desparramado hacia todas partes sin alzarse en la búsqueda de un sentido. Mientras la Ciudad se afana, pretenciosa y banal, en elevarse como una torre de Babel, la Provincia duerme indiferente como caída de la Historia.

“Apretá que no se abolla” - Revista Haroldo | 2

Luis Guillón, Zona Sur, Buenos Aires, 2018.

Foto: Nicole Szostik Lazos / @phnicoleszostik

En el barrio vivía un loco que se creía policía bonaerense. Se paraba en el puente de hierro rojo de la estación de tren con un uniforme que había conseguido vaya uno a saber cómo y unos anteojos espejados que le tapaban la cara, y miraba firme desde ahí durante horas. Los que no lo conocían se sentían seguros. Una noche tormentosa yo volvía muy tarde de lo de un amigo. Era bastante pibe. Me bajé del colectivo en la avenida y, después de caminar media cuadra, me quedé debajo de un techo porque el agua subía a la vereda y caía como una cortina. No se veía prácticamente nada. Lentamente fui divisando la vereda de enfrente y, justo en línea recta desde donde estaba parado, la vidriera rota de un negocio. Era un pequeño negocio de fotografía, de esos en donde se revelaban rollos de fotos y se sacaban fotos carnet y que cerraron cuando todo se volvió digital. No sé cómo tomé conciencia de una presencia oscura a un lado de la vidriera rota y concentré la vista en ese lugar. De a poco esa presencia fue adquiriendo forma y a través de la tormenta distinguí al loco, con su uniforme puesto y un rifle que sostenía con las dos manos. Me miraba ahí parado, atento, como agazapado. Cuando vio que lo vi agarró el rifle fuerte y yo corrí. Recuerdo correr las seis cuadras que me separaban de mi casa por el medio de la calle inundada levantando muy alto las rodillas para poder avanzar en medio de la tormenta y sin animarme a mirar si el loco venía detrás mío con el rifle. Llegué a mi casa empapado y asustado. Al otro día tocó el timbre la señora Irma, la madre del loco. Habló con mi madre. Afirmaba que el rifle era de juguete. Nunca lo supimos. Irma era buena gente. Mi madre pasó después por la casa de fotografía. El dueño le dijo que me conocía del barrio, que se quedara tranquila. Ya que estaba, le pidió unas paltas del árbol del patio de mi casa, y mi madre se las llevó contenta, otro día que fue hasta la avenida. Tiempo después hubo un asesinato en el barrio y, luego de varias horas en la escena del crimen, los policías descubrieron que uno de ellos no era policía, a pesar de que vestía uniforme. La señora Irma tuvo un lío grande y el loco no volvió a salir vestido de la bonaerense.

El conurbano es como un bosque en esa reiteración despiadada de lugares, personas y paisajes similares que, sin embargo, son siempre otros. Es una extensa zona intermedia entre la vanidad de la Ciudad y el desierto del campo y, como en todos los territorios intermedios, las cosas se desdibujan, las normas pesan poco o se distorsionan y acaecen ilusiones en las que nada es lo que parece. Tras su aparente sosiego es suelo de pasiones agudas, de crímenes, de obsesiones, de enamorados. Todo aquello que es rechazado por las superficies tersas, pulidas y brillantes de la Ciudad aquí arraiga. Todos los patios tienen yuyos en el conurbano. Las rejas suelen estar un poco desvencijadas y los muros despintados. Los pibes ponen monedas en las vías para ver qué pasa desde sus bicicletas. Si tu novia te da un beso en una esquina desde un camión alguien grita: ¡Apretá que no se abolla! Hay una señora obsesionada con que el árbol de paltas le va a romper las tejas del techo del que hace unos meses se colgó su marido, cansado de vivir. Todo el mundo tiene perro. Los vecinos de las cuadras cercanas te conocen desde siempre y te saludan. Una chica joven que estudió Bellas Artes y que una madrugada se entregó de frente al tren desesperada de amor. Una explosión de gas en una escuela que mató a Sandra y a Rubén. Una mujer trans que pedía cientos de turnos en el hospital porque los pobres no tienen donde pasar las horas. Un viudo que algunas noches sube a la terraza de su casa y alzando los brazos al cielo le recrimina a su esposa a viva voz que lo dejó solo. Los amantes, los iracundos, los perversamente oscuros, los desesperados, los solitarios, los que no saben si tener esperanza, todos ellos y cualquier otro poseído por esas pasiones que nos transfiguran y nos hacen andar perdidos en un sinsentido implacable son los habitantes de este bosque lleno de gritos sigilosos.

En estos textos que amorosamente curó Sebastián Russo, producto de un taller, La Mirada Errante MUPE/UNPAZ, junto a estudiantes durante la pandemia, hay algo con la respiración. Como si de pronto pudiera costar respirar. Hay también cierta falta de sorpresa, no ante la pandemia, sino ante lo tremendo, pues al fin y al cabo en el conurbano pasan cosas tremendas todos los días. Hay una preocupación angustiante por el dinero frente a la que se debe templar el carácter. Hay familias, porque si de algo están hechos los barrios es de madres, padres, hijas e hijos. Hay un reconocerse con alegría en otro en un evento de la propia historia, el hallazgo de una voz y obsesiones absurdas. Hay crónicas magníficas, lo que no debiera ser una sorpresa. Una universidad que representa posibilidades que otros no tuvieron, peligros, enfermedades, preguntas y alguien que saluda desde la ventanilla de un coche que no arrancaba.

“Apretá que no se abolla” - Revista Haroldo | 3
 Monte Grande, Zona Sur, Buenos Aires, 2019.

Foto: Nicole Szostik Lazos / @phnicoleszostik

Enlaces relacionados al Taller La Mirada Errante (MUPE/UNPAZ)


Publicaciones
https://publicaciones.unpaz.edu.ar/OJS/index.php/ic/article/view/748/693
Blog
https://mirada-errante.blogspot.com/
Video
https://www.youtube.com/watch?v=FVaMIMEsYi0

Entrevista radial
Mañanas inconcientes. Radio Sputnik. Palma de Mallorca. España
https://m.facebook.com/story.php?story_fbid=482765332523011&id=638205269605421


Participaciones
La Criatura-20. Una nueva Anormalidad. 25 de Julio 2020
Caña con Ruda. Festival de Coonurbana Comunicación - El ojo negro. 1 de Agosto 2020

“Apretá que no se abolla” - Revista Haroldo | 4

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