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Revista Haroldo

Diálogo con el pasado y el presente

14/11/2020

Sacar fotos

El 7 de noviembre de 2020 falleció Víctor Basterra, obrero, militante político, secuestrado-desaparecido durante la última dictadura, sobreviviente de la ESMA y testigo en los juicios de Lesa Humanidad. En base a una entrevista realizada en el Archivo Nacional de la Memoria, disponible para ser visualizada, en esta nota se recorre parte de su vida, una condensación de la lucha del pueblo argentino. 

Víctor Basterra, sobreviviente de la dictadura cívico militar, detenido desaparecido en la ESMA.

El 10 de agosto de 1979, Víctor Melchor Basterra tiene 35 años. Está sentado en la silla del patio de su casa mientras se recupera de una operación de hernia. Va por el quinto mate cuando se levanta con un mal presentimiento. Su casa está ubicada en Valentín Alsina, una ciudad de casas bajas del partido de Lanús, en la zona sur del Gran Buenos Aires. De repente, toda la cuadra quedó en silencio, como si la Tierra hubiera dejado de respirar. Y en un minuto, queda todo dado vuelta. Entran por los techos. Varios tipos. La paliza la recordaría por décadas como "terrible". Mientras ellos le pegan, él los ve llevarse a su compañera y a su beba. Sin orden de detención o allanamiento escrita, antes de meterlo en uno de los autos, le dicen: "Ni se te ocurra gritar 'Viva Perón' porque te metemos un tiro en la cabeza acá nomás". Él sólo piensa: "Tienen a mi hija".

Casi 40 años después, se presenta con voz áspera: "Soy obrero gráfico, hijo de una obrera textil y de un albañil". De tez oscura, su piel cuarteada se apropió de un linaje de dolor y hambre; pero también de la crueldad que las estructuras socioeconómicas de Latinoamérica reservan al proletariado. Las peores marcas fueron las que lo caracterizan como sobreviviente; o como él prefiere, "testimoniante".

Su vida condensa la historia de la Argentina.

Segundo hijo de un albañil y una obrera textil, en 1946, Víctor Basterra era un bebé que conocía la hostilidad antes de aprender a hablar. "Mi padre murió cuando yo tenía un año". De ahí en adelante, con golpes cada vez más duros, se iría moldeando este "rebelde con causa", como se definiría a los 74 años.

Su infancia se movió entre barrios rurales del Gran Buenos Aires y el barrio porteño de Boedo. "Yo me siento de Boedo, por eso soy hincha de San Lorenzo". El peronismo en el Gobierno le daría de mamar la realidad con una visión colectiva. Luego de cursar primero inferior y primero superior, ingresó a un colegio de monjas en el barrio Marinos de Fournier, en Villa Madero, una ciudad del partido de La Matanza, en el Gran Buenos Aires. Eran 30 varones y 300 mujeres. Y allí estaba con 10 años cuando bombardearon la Plaza de Mayo en 1955.

"Yo tenía procedencia de familia peronista. La disputa con la Iglesia, estudiando en una institución religiosa, venía haciendo flaquear mi fe. Mis dudas terminaron con los bombardeos. Sobre todo, al saber de los aviones con una Cruz por encima de una 'V', lanzando la consigna 'Cristo Vence' impresa en las bombas". Aquél niño se paró entonces en un banco de la escuela y gritó: “¡Muera Cristo Rey!”. Y cerró los ojos como esperando un rayo divino que lo partiera al medio. "El cachetazo de una monja me volvió a la realidad y me dejó tirado en el piso". Lo expulsaron, pero una gestión de su hermana mayor le permitió terminar ese año allí. "Fue la primera rebeldía fuerte contra una institución que recuerdo". Al año siguiente, volvió a su escuela rural originaria.

Al terminar la primaria, su tía Elba le consiguió trabajo en una imprenta pequeña que tenía mucho trabajo. Y estaba Arturo Frondizi en la Presidencia cuando, en 1958, se desató el conflicto “Laica o Libre”, entre quienes apoyaban o rechazaban la intención del Gobierno de subsidiar universidades privadas y autorizarlas a emitir títulos habilitantes. A este debate Basterra llegaba ya reconociéndose agnóstico y comenzó a participar activamente en las movilizaciones. "Con el tiempo, mi pertenencia obrera fue mi forma religión, una postura clasista de procedencia peronista que me fue formando", recordó Basterra.

 

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Tapa del diario La Voz del mundo donde aparece Basterra en tapa con las fotos que pudo rescatar durante su cautiverio para luego aportar como parte de su testimonio, agosto de 1984.
Foto: Archivo Nacional de la Memoria 

El seno familiar le aportó sus primeros condicionamientos de clase. "Hacía poco que laburaba; tenía 14, y mi vieja que, aunque le gustaba mucho la poesía, era analfabeta, me dio una clase inolvidable: 'Nunca subas al coche del patrón', me dijo. Con el tiempo entendí. Soy policlasista[1]. Y el patrón puede tener su buena empresa y su lindo chalet; pero la vida de uno es otra cosa. La pelea es una de las bases para conquistar derechos, lograr beneficios laborales y darle una mano al compañero que se tiene al costado, en comunión, con confianza".

Hacia 1964, luego del Servicio Militar Obligatorio, un aviso en un diario lo llevó a Don Torcuato, 24 kilómetros al norte de la Ciudad de Buenos Aires. Comenzaba a trabajar en la imprenta Ciccone (entonces era Ciccone hnos y Lima) de los socios Nicolás y Héctor Ciccone y don Fernando Lima Rubio. A este último, Basterra lo recuerda como a un "antiguo fascista español" que había formado parte de la Legión Azul y había estado en los escuadrones que Franco había mandado a Hitler para combatir en Rusia. "Me decía en tono gallego: 'A mí me gushta dishcutir contigo, Víctor, tete a tete o vis a vis'" (y sonríe por la picardía de la imitación). La empresa, que abarcaba todo tipo de trabajos gráficos, sorprendió a Basterra transformándose exclusivamente en una empresa de valores bancarios. Ahí se familiarizó con trabajos más exigentes y con incidencia legal. Fue cuando comenzó a acercarse a la Federación Gráfica Bonaerense, un gremio combativo, donde su rebeldía adhirió a la causa gremial. "No como sindicalista de un sindicato determinado sino de una clase, dando más importancia a la base que a la superestructura. Eso hizo que luego me volcara a organizaciones que levantaban esas banderas: primero, el Peronismo de Base; y luego las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP), que se nutrían entre sí", remarca.

Pasó varios años frente a máquinas de hierro y tinta como minervista[2], ponepliego y frente a las máquinas offset agudizando su visión crítica en la calidad de impresión. Y pasó también: su militancia en las FAP, su trabajo por varias compañías y su aparición en listas negras como "activista".

Estaba de licencia médica por la operación de una hernia cuando lo secuestraron y llevaron a la ESMA, junto con su compañera, Dora Laura Seoane, y su hija, María Eva, que tenía 2 meses y 3 días. Lo sentaron atrás, en un auto de civil, un Ford Falcon. En el trayecto, la mujer del carnicero de su cuadra lo identificó y quedó espantada por los golpes que tenía en la cara. Unas cuadras después, le colocaron una capucha, le dijeron que se tirara al piso del auto y lo taparon con un sobretodo. “Tienen a mi hija”, se repetía él y era lo único que tenía en mente.

En un momento, el auto se detuvo. Víctor Basterra escuchó abrirse una puerta de hierro y luego la orden: "Este va a la huevera". Lo bajaron del auto a patadas y lo empujaron por la escalera que llevaba al sótano. La huevera, supo allí, era la principal sala de torturas. "Me tuvieron mucho tiempo; más de lo que uno puede soportar. Era joven y muy resistente. Yo había hecho mucho boxeo, mucho deporte, entonces, me la bancaba. Nunca me pudieron desmayar. Fue muy duro". Sufrió dos paros cardíacos y escuchó al médico que lo ascultó decirle a sus torturadores que estuvieron a punto de quebrarle la columna. Él tenía la sensación de que no había tiempo, no había horarios. No había nada. "¡Lo que nos va a cobrar SEGBA de luz!", decían ellos.

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Fotos de represores que actuaron en el centro clandestino ESMA que se utilizaban para falsificar documentos, tarea forzada que le hicieron hacer a Victor Basterra durante su cautiverio y que luego fue parte de la prueba presentada ante los tribunales.

Foto: Archivo Nacional de la Memoria 

Las palizas eran permanentes. A los secuestrados, les aflojaban los músculos a garrotazos. Los torturadores se turnaban. Había cuatro equipos: uno de la Prefectura, uno de la Armada, uno de la Policía Federal, uno de Servicio Penitenciario. “Cada grupo pegaba durante una hora y pico. Después se iban. Se hartaban. Venía otro grupo. Era así, permanentemente. Al que caía lo destrozaban. Buscaban algún tipo de información. No había una temática particular en la que se enfocaran; pero sí insistían mucho con temas como plata y propiedades”.

Basterra cuenta que querían quedarse con las pertenencias de los secuestrados. “Boludo, hablá ¿No hay una casa que vos conozcas?”, decía al oído el que hacía de “policía bueno”. Ese era un gran negocio. Supo que habían montado una “inmobiliaria” en la ESMA. Y que también acumulaban muebles y ropa de sus víctimas, como quedaría probado tiempo después. Cada secuestro, recuerda, era como en una mudanza: levantaban todo.

Era duro, pero en un momento cantó. Habían pasado más de 20 horas de tortura. “En un momento, uno me dice: ‘¿Te creés muy duro? Te vamos a dar máquina con tu beba en el pecho’. Abren una puerta y escucho el llanto de un bebé. ‘¡NO,LACONCHADETUMADRE!’, pensé. Y sólo atiné a darles datos mezclados para que les tomara más tiempo cruzarlos”. Por esa información, caería Juan Carlos Pepe Anzorena. Después sabría qué era “Capucha”, y también que liberarían a su esposa e hija una semana después.

“Capucha” era el techo o altillo en forma de mansarda o buhardilla de un edificio de tres pisos que era el Casino de Oficiales de la ESMA. Con una distribución en forma de "L", la escasa iluminación natural la aportan pequeños ventiluces horizontales instalados a más de dos metros del piso que apenas permitían la circulación del aire. Reafirmando la sensación de encierro, se sumaban a la imagen las enormes vigas de hierro que eran el esqueleto de la mansarda exterior. Una escalera metálica con un guardia armado controlaba el acceso a Capucha. Ahí tenían a los prisioneros engrillados las 24 hs, “tabicados[3]” que es como se referían al hecho de taparles los ojos con una venda o capucha de tela gruesa, y sobre una colchoneta roñosa y finita puesta sobre el piso de cemento alisado. Una frazada gris de la Armada a la que le habían recortado el símbolo de la Armada completaba la escena, dentro de paneles de un metro de alto por 2mts de largo y 0,70mts de ancho sostenidos con unos herrajes en “T” para que no se cayeran. "Eran ataúdes sin tapa", recuerda Basterra. El frío y el calor eran más intensos en Capucha. En el mismo piso estaban los baños y el "pañol", el espacio donde acopiaban perfectamente ordenado y clasificado el botín de los secuestros y la ropa que sacaban a los “trasladados”[4]. Ropa y calzado pero también muebles, heladeras, cocinas, estufas, de todo y en cantidades obscenas. También estaban en ese piso la "pieza de las embarazadas" y la “pecera”, una serie de pequeñas oficinas, armada al año del golpe, adonde sometían a algunos prisioneros a trabajo esclavo. Trasladaron desde el sótano el archivo de prensa y la biblioteca. Un archivo de prensa y una biblioteca estuvieron en distintos tiempos en el sótano y en el altillo. En la planta baja estaba el Salón Dorado donde realizaban la inteligencia y la planificación de los operativos de secuestro. Y en el sótano, celdas, el laboratorio fotográfico, habitaciones que funcionaban como oficinas de finanzas o prensa, la huevera (llamada así por estar recubierta de maples de huevos que reducían los gritos) y la sala de tortura. El cinismo de los oficiales bautizó “Avenida de La Felicidad” el pasillo que unía estos espacios. Desde Capucha, en el altillo, por una escalera de hierro controlada por un guardia, se podía acceder a un segundo altillo mucho más chico: “Capuchita”. Dos salas de tortura y el mismo sistema de hacinamiento que en Capucha pero en peores condiciones.

En septiembre de 1979, la visita a Buenos Aires de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) incomodó a los marinos. Entonces, trasladaron a los secuestrados-desaparecidos por un mes a una isla en San Fernando, que era de la cúpula de la Iglesia y que llevaba por nombre El Silencio[5]. Eran 60. A Basterra lo pusieron junto a otros debajo de una casa palafitada[6] a la que habían cegado y que tenía sólo una puerta y una ventana muy pequeñas. Basterra recuerda: “No entraba luz. No había agua corriente. Todo era un rincón infecto y maloliente". Los guardias no entraban. Él pasaba todo el día tabicado.

En El Silencio, otras dos secuestradas les preparaban de comer. “Me pasó algo con la comida”, revive Basterra y trata de explicar. Mientras estuvieron en la ESMA, y antes de ir a la isla, recibían cada mañana un trozo de pan con mate cocido, y al mediodía, un sanguchito con una carne negruzca, extraña. Lo mismo en la merienda y cena. Pero en la isla, Blanca Firpo "la Betty" y "la tía Irene", que era Thelma Jara de Cabezas[7], cocinaban para los "Capuchas" unos churrascos a los que Basterra todavía recuerda como "hermosos". Al regresar a la ESMA, volvieron al régimen original. Ese mediodía, él descubrió que ese "bife naval", como le llamaban los genocidas, no tenía gusto, olor, ni textura a nada conocido. "Y se me dio por pensar que era carne humana; de los compañeros. Desde ese instante, me negué a comer".

Aunque no lo dijo, sus compañeros se enteraron. Comenzaron a acercarle naranjas. "Las recuerdo como un río de oro que llegaba a mis manos". Pero un guardia se dio cuenta de que sólo se alimentaba con esa fruta y dijo que el bife naval era carne de vaca, que estaba en las cámaras mucho tiempo, medio podrida, por eso estaba negra y no tenía sabor a nada conocido, porque generalmente se descarta la carne en esas condiciones. “Recién ahí volví a comer el bife naval”, reconoce Basterra.

Un día de marzo de 1980, frente al pedido de asistencia de un compañero, un guardia le permitió ver a otros compañeros y abrazarlos. Entre ellos estaba Néstor Ardeti, conocido como “el Gordo Ramón”, un histórico de FAP. En el abrazo le dijo: “Negro, si zafás de esta, que no se la lleven de arriba”. Un mandato que desde aquél día Víctor Basterra tuvo siempre presente.

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Basterra en una de las presentaciones de las fotos que rescato de los detenidos desaparecidos en la ESMA.

En 1980 el sistema de documentación en la Argentina se modificó. Adquirió elementos de seguridad que ya se usaban en las impresiones de valores bancarios. "De alguna forma, eso me salva la vida. En un momento determinado me dicen: 'trabajás o te morís'. Un tipo me dice…Recuerdo que tenía una pistola. Yo estaba encapuchado. Me hizo levantar la capucha así…veo el escritorio. TRACK. 'Trabajás, o te morís' (traga saliva); ¿Qué necesitan?; ¿esto, esto y aquello?; Bueno, si puedo…; ¿Sabés de fotografía?; Sí. Y los otros compañeros que ya venían haciendo trabajo esclavo me empezaron a enseñar todo. Lo demás, lo aprendés como sea. Estaba la vida en juego. 'Trabajás o te morís'". Pero no todos quisieron comprenderlo así con la vuelta de la democracia.

"Yo no podía negociar; no estaba en condiciones. Pero siempre presente, el mandato: 'No se la tienen que llevar de arriba'. Y eso es lo que sucedió". Sabedores de que Basterra conocía los elementos, revelar y sacar fotos, y que había manejado la impresión de documentación, lo pusieron a falsificar documentos en el área Documentación y fotografía. "Quienes estaban en el Grupo de Tareas G.T.3.3.2 de la Armada operaban con documentación falsa. Iban a un edificio de propiedad horizontal e ingresaban con documentación falsa, credencial policial falsa. Se movían en automóviles con documentación falsa, y si paraban un vehículo en la ruta para control vehicular, era con credencial falsa. Si hacían una operación en el exterior, era con pasaporte falso. Todo era falso; porque era clandestino. La ESMA era un Centro Clandestino de Detención, por lo tanto, todos sus movimientos eran clandestinos. Y por eso necesitaban documentación falsa".

A Basterra, esa tarea también le serviría evitar el contacto con los captores y evitar los gritos que se escuchaban en los pasillos. Aislado de todo, empezó a armar su mundo. En el '81, Basterra notó que por algunas horas se quedaba solo. Conocía los tiempos. No sabía bien cómo ni para qué, pero se había decidido comenzar a esconder una copia de las fotos que hacía, burlando los controles.

En 1982, le llegó la posibilidad de sacar al exterior una parte de ese material. "En algún momento debo haberles parecido inocuo, y me llevaron a ver a mi familia. Periódicamente hacían eso con algunos prisioneros. Era algo raro, porque la alegría de ver a un familiar era también una preocupación. Te mostraba que los tipos sabían todos sus movimientos, que entonces también eran rehenes".

Un día se decidió. Guardó unas copias entre sus partes íntimas. Le revisaron el bolso y todo lo habitual. Pasó. Ya en su casa, se encontró por primera vez yendo al baño, revisando las fotos 4x4 y escondiéndolas en un hueco del placard. Un procedimiento que repitió una y otra vez.

El 2 de diciembre de 1983, una semana antes de la asunción de Raúl Alfonsín y de la vuelta de la democracia, lo liberaron. Pero siguió con un régimen de visitas semanales sorpresivas en su domicilio -hasta agosto de 1984- por parte de su torturador a cargo, Jorge Manuel Díaz Smith, alias "Luis". Sus vecinos le habían advertido que cada vez que salía lo estaban siguiendo. Y el propio Basterra lo confirmaría más adelante, cuando declaró que recibía mensajes contándole en qué lugar, a qué hora había estado y con quién. En democracia, esas fuerzas seguían operando en la impunidad.

Con el tiempo y en secreto, iría armando un álbum que una madrugada llevó al Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS). En mayo del '84, lo presentó en la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP)[viii] y luego en el Juicio a las Juntas[9]. La CONADEP fue una comisión de 18 “notables” o personalidades de una multiplicidad de profesiones y casi un centenar de “no notables” que eran colaboradores jóvenes de una franja etaria entre 19 y 29 años creada por el flamante Gobierno democrático para investigar la desaparición forzada de personas durante la dictadura. Las investigaciones conformarían el Informe "Nunca Más", publicado en septiembre de 1984, y sería la base para el Juicio a las Juntas[10], aquél donde la justicia civil juzgó a los responsables de los actos genocidas de la dictadura.

A las 15.30 del 22 julio de 1985, Basterra -que ya tenía 40 años- se presentó en el Juicio a las Juntas. Declaró por más de seis horas: detalló nombres, sosías y apodos sin un solo balbuceo. Contó su historia y las de otros detenidos.

Allí, también pidió públicamente disculpas a Juan Carlos Pepe Anzorena, a quien habían secuestrado por un dato que él confirmó en su tortura, a quien pusieron un tiempo a su lado en Capucha, y que hoy continúa desaparecido. “Tranquilo, Víctor –le había dicho entonces- si me hubieran hecho lo mismo que a vos, también cantaba cualquier cosa”.

Aquél día, entre las figuras que presenciaban su testimonio, estaba Jorge Luis Borges[11]. El escritor se retiró antes de que Basterra terminara su exposición, por el espanto que le produjo el testimonio. El texto Lunes, 22 de julio de 1985[12] imprimió la experiencia del escritor de aquella jornada: "no juzgar y no condenar el crimen sería fomentar la impunidad y convertirse, de algún modo, en su cómplice”.

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Notas

[1] Para algunas posturas ideológicas, el peronismo se define por la intensión de constituir una alianza de clases (policlasista) entre la burguesía local y el movimiento obrero. Para otros, como John W.Cook, el Movimiento puede ser policlasista pero su ideología no. Tal como revisa el filósofo José Pablo Feinmann: La ideología del Movimiento es: 1) O la ideología reaccionaria o reformista de la burguesía; 2) O la ideología revolucionaria del proletariado (ver: https://www.pagina12.com.ar/especiales/archivo/peronismo_feinmann/CLASE36.pdf )

[2] Minervista es quien maneja la Minerva, una máquina tipográfica de pequeñas dimensiones.

[3] En el ámbito de los Centros Clandestinos de Detención se denominaba tabique a una venda gruesa que tapaba los ojos de los secuestrados.

[4] Hablaban de “traslado” dando a entender un procedimiento que implicaba ser llevado a cárceles legales pero en realidad, luego de ser drogados con Pentothal, eran subidos a camiones que los llevaban a un avión desde donde serían arrojados vivos al Río de la Plata. Fueron los llamados Vuelos de la muerte. http://www.desaparecidos.org/nuncamas/web/ccd/e/esma10.htm

[5] Isla en el Tigre que era propiedad del Arzobispado de Bs As donde la Marina llevó a los secuestrados de la ESMA en 1979 durante la visita de la CIDH. Ver: http://www.laretaguardia.com.ar/2015/02/el-largo-regreso-la-isla-el-silencio.html

[6] Viviendas edificadas sobre pilares o estacas por la posibilidad de que una crecida del agua pudiera afectarles.

[7] Thelma Jara de Cabezas estuvo cautiva en la ESMA entre el 30 de abril y diciembre de 1979. Junto a otros familiares había iniciado la Asociación de Familiares de Desaparecidos y Detenidos por Razones Políticas ante la desaparición de su hijo menor, Gustavo, de 17 años. Estando secuestrada fue obligada a dar entrevistas falsas (Ver: https://www.bbc.com/mundo/noticias/2014/12/141218_argentina_falsa_entrevista_parati_irm) .

[8] http://www.derechoshumanos.net/lesahumanidad/informes/argentina/informe-de-la-CONADEP-Nunca-mas.htm

[9] https://www.youtube.com/watch?v=mOzvHQg17XI

[10] https://vimeo.com/77879236

[11] https://www.escritores.org/biografias/439-jorge-luis-borges

[12] https://www.lainsignia.org/2004/diciembre/cul_041.htm

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