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Revista Haroldo

Diálogo con el pasado y el presente

23 de septiembre de 2020

Aniversario del voto femenino

La sanción de una ley

El 23 de septiembre de 1947 se promulgó en Argentina la Ley 13.010 que instituyó el sufragio femenino. En este aniversario, Haroldo publica un fragmento del libro Eva y las mujeres. Historia de una irreverencia, de Julia Rosemberg, donde la autora repone el debate parlamentario en su contexto y destaca el papel de Eva en la sanción de esta ley que estableció un cambio revolucionario: los derechos y responsabilidades políticas del hombre y la mujer pasaron a ser los mismos a partir de entonces. 

Mujeres votando por primera vez. Foto: Colección Museo Evita / Archivo Nacional de la Memoria

Cuando comenzó el gobierno peronista, varios legisladores presentaron proyectos de ley del sufragio femenino. El proyecto que se debatió en agosto de 1946 en el Senado fue el proyecto presentado por el senador por Mendoza, Lorenzo Soler, quien decía representar la voluntad del presidente. De profesión médico, había sido radical y luego, cuando surgió el peronismo, se sumó en sus filas. El 21 de agosto se procedió a la votación de ese proyecto que en verdad era más amplio que el sufragio, más exactamente, se trataba de los “derechos políticos de la mujer”, es decir que a la vez que la habilitaba a votar, también le permitía a las mujeres ser electas para cualquier cargo público. El cambio era revolucionario y en algún sentido más profundo que el derecho al voto: la mujer podía pasar a ser dirigente política. Los derechos y responsabilidades políticas del hombre y la mujer pasaron a ser, sencillamente, los mismos. Aunque no hay registros fehacientes, se cree que ese día Eva estuvo en el recinto. El bloque de senadores peronistas era mayoría absoluta por lo que se sabía de antemano que el proyecto iba a aprobarse sin dificultades, como finalmente sucedió. Y si bien no hubo grandes debates, es interesante repasar algunos pasajes de las intervenciones para entender cuál era el clima de ideas de la época. 

En más de una ocasión se hizo referencia al contexto internacional, es decir, a la cantidad de países en el mundo en los que las mujeres ya votaban (Estados Unidos desde 1919, Gran Bretaña en 1928, España en 1931, Brasil desde 1933). Por otro lado, otra cuestión compartida entre muchos legisladores era una lectura biologicista de lo que significaba ser mujer, y esto tiene que ser entendido dentro del contexto histórico en el que se dio este debate. Más o menos explícito, para todos ellos las mujeres tenían determinadas características, como por ejemplo, el ser “sensibles”. Algunos como el senador por San Juan, Pablo Ramella, sostenía que con esta ley las mujeres podrían votar pero su lugar en la sociedad no cambiaría: “de ninguna manera implica sustraer a la mujer de su función primordial, de su función podría decirse fundamental en la sociedad, que es la de ser madre de familia.

Quizás el que más se alejaba de estas posturas era el propio Soler, quien tenía un discurso más igualitarista. En su proyecto original, en el artículo 1º, iba mucho más allá de los derechos políticos y pedía por la igualación de la mujer al hombre “con todos sus derechos y deberes, vale decir, los políticos, económicos, sociales y humanos que acuerda a éste la Constitución y las leyes argentinas. El proyecto original fue reformulado, acotándolo, y su debate en el Senado manifestó la heterogeneidad de puntos de vista dentro del propio peronismo. Lejos de ser un espacio homogéneo, se trataba de un espacio político en construcción, diverso, con contradicciones. En sus intervenciones, quedaba claro que Soler era uno de los legisladores que más lejos quiso llevar esta ley: “no me extraña que muchas mujeres argentinas no quieran que se les dé este derecho y esta libertad. ¿Por qué? Porque hay también algunos presos que no quieren tampoco la libertad, como hay algunos pájaros que si se les abre la puerta de la jaula, no quieren salir, pero no porque la libertad sea mala, sino porque tienen miedo del uso que van a hacer de la libertad; pero una cosa es tener miedo del uso y otra cosa es tener miedo a la libertad. La libertad jamás ha hecho mal a nadie, la libertad lo único que ha podido hacer, y que seguirá haciendo, es darle al ser humano el verdadero rol de dignidad que debe tener dentro de la clase humana”. Y también afirmó que de no sancionarse la ley se ponía en cuestión el propio término “democracia”: “Jamás podrá haber un pueblo democrático si no se incorpora a la otra mitad del género humano a la expresión de su libre voluntad. Por eso es que no concibo que podamos hablar aún de democracia cuando hemos estado desvirtuando esa palabra al no permitir que la mitad del pueblo pueda elegir y ser elegida. Desde hoy en adelante esperamos que la palabra democracia sea interpretada fielmente en su sentido integral”.

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Mujer votando por primera vez Foto: Colección Museo Evita / Archivo Nacional de la Memoria

Quien más reparos puso en el debate fue el senador por Santa Fe, Armando Antille, que quiso retrasar la votación, a pesar de ser también parte de la bancada peronista. Decía que era un tema muy importante y no se había estudiado bien y que había que indagar mejor la experiencia de San Juan y ver sus resultados. Le respondieron varios senadores pidiéndole que decline su idea, y que se vote ese día, tal como habían establecido. Quien más detenidamente le contestó fue Soler que tuvo una larga intervención. Haciendo un recuento histórico de las desigualdades entre el hombre y la mujer, dijo que en las “sociedades primitivas” en lugar de patriarcado había matriarcado: “Pero el hombre, egoísta, profundamente egoísta, ha querido seguir manteniendo su supremacía en los hogares y mantener a la mujer en un estado de semiesclavitud o de esclavitud, con la única diferencia que en vez de usar el látigo de la antigüedad, ha tratado de usar el buen decir, el afecto, dominando sus pasiones, bajo la acción de su cultura, y manteniendo a la mujer en una falsa posición de libertad, que no es el principio de la igualdad que tratan de darle ahora las leyes fundamentales de la Nación. Retomó además los nombres de varias de las pioneras de la lucha por el sufragio femenino desde principios de siglo.

Más adelante, el senador Antille volvió a plantear sus dudas: “Por ejemplo, en el artículo 1ro que es la base fundamental de este proyecto, se equiparan los derechos políticos de la mujer a los del hombre. Pero nuestra Constitución exige en su artículo 74 que el presidente de la República debe ser un ciudadano. Si la equiparación es absoluta, tendríamos la posibilidad de que una mujer fuera presidente de la República contra lo que dispone, en mi concepto, la Constitución”. 

Quien le respondió fue el senador Ramella: 

-“Yo entiendo que en el texto constitucional, al emplearse las expresiones en género masculino, lo ha sido por una razón gramatical, porque siempre -y como también parece que la gramática la han hecho los hombres- se indica a los seres por el sexo masculino y no por el femenino. Indiscutiblemente que de acuerdo con la ley que consideramos una mujer podría llegar a ser presidente de la República.”

Antille: -¡Y vicepresidente! ¡y presidir nuestros debates desde el sitial que ocupa hoy el doctor Quijano!

Ramella: -Considero que no habría ninguna dificultad de orden práctico en eso, debido a que la historia nos ha dado suficientes ejemplos de mujeres que han estado al frente de Estados en épocas pretéritas, por ejemplo Isabel la Católica.

Antille: -En los imperios pero no en las repúblicas.

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"Mujeres de mi patria: recibo en este instante de manos del gobierno de la Nación la ley que consagra nuestros derechos cívicos".
Discurso de Eva Perón ante una Plaza de Mayo repleta de mujeres anunciando la promulgacion de la Ley 13.010 de voto femenino, 23 de septiembre de 1947

La discusión siguió, pero finalmente Antille se vio rodeado. Tuvo que dar marcha atrás en su pedido de postergación e incluso votó a favor del proyecto. El 21 de agosto, entonces, la ley de los derechos políticos de la mujer obtuvo media sanción. Un año más tarde llegó al recinto de la Cámara de Diputados. La demora en parte tuvo que ver con el viaje de tres meses, de junio a agosto, que Eva hizo por diferentes países de Europa, entrevistándose con los diferentes mandatarios. Ella siguió de cerca los pasos de esta votación, por eso pidió estar presente cuando se diera el debate en la otra cámara, para la sanción definitiva. Y es que en ese lapso de tiempo, entre la media sanción en Senadores y el debate en Diputados, la figura de Eva fue cobrando cada vez más relevancia e influencia. 

En Diputados tampoco hubo grandes oposiciones, pero como suele suceder en esa cámara, hubo discusiones y chicaneos. Un grupo de los radicales, por ejemplo, intentó aplazar la discusión para más adelante ya que creían que había temas “más urgentes”, y en este sentido quisieron “pedirle un pequeño sacrificio” a las mujeres y postergar el debate sobre sus derechos. Pero el debate prosiguió, y mientras los diputados peronistas enaltecían a Eva, los diputados opositores respondían criticándola. La oposición, si bien estaba a favor de que la ley salga, no había agilizado el tratamiento porque temía que la mayoría de los votos femeninos favorezcan en las próximas elecciones al peronismo

Al igual que en el Senado, la mayoría de los legisladores, sin distinción ideológica, insistieron en atribuirle a la mujer ciertas características como la de ser sensitiva, pacificadora, equilibradora, moderadora, moralista, sacrificada, entre otros muchos estereotipos, muy comunes en la época. Y no sólo eso, sino que la mujer era presentada como novia, esposa, hija, hermana. Es decir, siempre definida a partir de su relación con el hombre. 

Muchas décadas antes de que apareciera el inclusivo, el tema del lenguaje ya se prestaba a discusiones políticas. Ya vimos cómo apareció en el Senado, y en Diputados volvieron a referir al tema. Por ejemplo, el 9 de septiembre los representantes concluyeron que el texto de nuestra Constitución no excluía a las mujeres por referir sólo al “ciudadano”, en masculino, sino que al invocar un “ciudadano universal”, la mujer estaba incluida. Nada se decía sobre una limitación en particular, por ende estaba habilitada. De esta manera, el debate constitucional se saldó con el argumento de que lo que ocurrió hasta entonces era que la palabra “ciudadano” había sido incorrectamente implementada, como una restricción hacia las mujeres que en verdad no existía.

El mayor de los cuestionamientos al proyecto de ley vino por parte del diputado por San Luis, Reynaldo Pastor, del Partido Demócrata, que fue de los pocos que puso reparos a la obligatoriedad, sosteniendo que el voto femenino debía ser voluntario, porque sino la mujer descuidaría las tareas del hogar y la atención de sus hijos. El debate en esta Cámara duró dos largas sesiones porque la lista de oradores era muy extensa. Finalmente, el 9 de septiembre de 1947 se aprobó la ley, las galerías del Congreso estaban llenas de mujeres que habían ido a presenciar la votación. Eva estuvo presente sólo el segundo día, porque en la sesión anterior había estado enferma. 

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Panfleto de los Movimiento del Centro Cívico Femenino “Doña María Eva Duarte de Perón” convocando a la participación de las mujeres. Fotos: AGN / Archivo INIHEP-Museo Evita.

¿Cuál fue el papel que tuvo Eva en la sanción de esta ley? Como mencionábamos antes, se reunió con legisladores, tuvo copia del proyecto ni bien se presentó y siguió los pasos de lo que sucedía en el Congreso. Además, fue designada presidenta de la Comisión parlamentaria pro-sufragio femenino. Pero más que en el impulso institucional, la importancia de Eva estuvo en otro lado. Mientras adentro se sucedían los discursos de los legisladores, afuera varias miles de mujeres esperaron el resultado de la votación. Gritaban cantitos y tenían grandes carteles con consignas y con los rostros de Eva y Perón. Esta movilización popular de mujeres reflejaba una enorme organización por debajo que se había articulado a partir de la campaña que Eva había iniciado en 1946 a favor de la sanción de la ley. El objetivo de Eva era que las mujeres trabajadoras y de los sectores populares se apropiaran de este reclamo y que hicieran suya esta conquista. Todo esto, lógicamente, cambió la composición social de las manifestaciones de mujeres que pedían por el voto. A partir de 1946 fueron sectores sociales bien diferentes a los que representaban las feministas de las décadas anteriores quienes, salvo las socialistas, no se habían dirigido ni interpelado a estas “mujeres de pueblo”. Y mientras el feminismo previo al peronismo se diluía en la derrota electoral de la Unión Democrática, se estaba gestando un nuevo fenómeno: la incorporación masiva de las mujeres de las clases populares en el movimiento peronista y en la política. 

La campaña de Eva estuvo centrada en juntarse con grupos de mujeres, movilizarlas, ayudarlas a organizarse, ir a las fábricas en las que había trabajadoras, dar discursos. En el primer semestre del 1947 dio seis discursos por radio, todos dirigidos a las mujeres, centrados en argumentar en favor de la sanción de la ley. En esos pasajes, el voto era explicado como una herramienta más de la justicia social. En muchos pueblos y ciudades se colocaron equipos de amplificación de sonido, para que pudieran escucharlos quienes no tenían radio en su casa. Nelly, una mujer que trabajará tiempo después en la Fundación Eva Perón, recuerda que respecto de los derechos políticos de la mujer: “Ella dijo que no podía ser que siempre el hombre llevara los pantalones. Lo decía directamente, “machista” decía. Esa era la palabra de ella: “machista”. Que las mujeres teníamos que tener lugar. El lugar de la mujer”

Unos días más tarde, después de la votación en Diputados, más concretamente el 23 de septiembre del 1947, el Poder Ejecutivo promulgó la ley 13.010 que otorgó los derechos políticos a la mujer. Perón firmó el decreto y luego se lo entregó a Eva en un gesto simbólico que expresó públicamente el reconocimiento del gobierno por su campaña a favor de esa ley. Después, Eva habló a la multitud desde el balcón de la Casa Rosada: “Aquí está, hermanas mías, resumida en la letra apretada de unos pocos artículos, una larga historia de luchas, tropiezos y esperanzas. Por eso hay en ella crispaciones de indignación, sombras de ocasos amenazadores, pero también alegre despertar de auroras triunfales!”. También habló Perón ese día, y dijo: “La ley que reconoce derechos cívicos a la mujer modifica un estado de cosas que representaba en nuestro medio un verdadero anacronismo político. Reconoce que no habíamos cumplido íntegramente con nuestra Constitución y estos derechos que asisten a la mujer igual que al hombre, tardíamente reconocidos, viene a llenar un vacío que la nacionalidad exigía desde hace tiempo”. Se terminaba un siglo y medio de historia argentina en el que el Estado había excluído a las mujeres de la representación política. Por primera vez, la democracia era completa.

* Fragmento del libro Eva y las mujeres. Historia de una irreverencia, de Julia Rosemberg, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Ediciones Futurock, 2019.

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