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Revista Haroldo

Diálogo con el pasado y el presente

31 de agosto de 2020

A 5 años de la muerte de Pepa Noia

Tras la estela de un eterno cigarrillo...

El 31 de agosto de 2015 fallecía Pepa Noia, una de las fundadoras de Madres de Plaza de Mayo. María Adela Antokoletz, hija de otra histórica integrante de Madres, la recuerda a través de esta historia. "A la hija tercera de Pepa la secuestraron y desaparecieron en octubre de 1976, con 29 años. Lourdes, la que desde chiquita fue militante; Lourdes, la que organizaba actividades en contra de medidas injustas (...)", relata Antokoletz.

Madres de Plaza de Mayo. Ronda de los jueves, 1982.
Foto: Archivo Hasenberg-Quaretti

Echando a volar la caprichosa imaginación, sueño con una tarde de fines de abril en Buenos Aires, ciudad donde los soles de otoños son insuperables. Qué nos queda en estos meses sino la fantasía: la patria está inmóvil, aterrada, con lúcida conciencia de que si se mueve un pie fuera de orden… el dueño puede quedar rengo. Una sórdida dictadura, cuyos alegados principios éticos (destinados a secuestrar, matar, desaparecer) se mezclan con ansias rastreras de robos (de enseres domésticos, empresas, personas, niñitos) se abate sobre nosotrxs, “como una parva sobre un chingolo”, diría el autor de don Segundo Sombra en páginas más luminosas que esta realidad de pesadilla.

Camino -creyéndome un poco libre- por Plaza de Mayo, centro vital de nuestras vibraciones como organismo soberano (o que a veces lo ha sido) entre las naciones del mundo. En este año 1977 muchxs amigos se me han ido del país o de la vida. Da miedo pedir trabajo entrando a cualquier oficina; ya nos lo advierte el cuento “Segunda vez” de Julio Cortázar, siempre lúcido: puedes entrar a un modesto estudio con un escritorio y… nadie nota que nunca sales. Todo da miedo.

Por la Plaza discurren pocos oficinistas y muchas palomas; en los bancos, parejas distraídas o ancianos perezosos dejan que fluya el padre Cronos. Nada que hacer, nada que esperar. En zona cercana a la Rosada, un árbol me ofrece buen soporte para quedarme un rato allí, a la sombra, con mi bolsita de ciruelas desecadas, mirando, echando a volar ideas y colores, adormilándome por momentos. Me gusta la espiral de humo de un cigarrillo, aquí nomás. Una mujer bien mayor fuma en un banco, pensativa; con gestos serenos, exhala el humo sin mirarlo, como pensando vaya a saber qué; observo que mira alrededor con aire curioso o -me corrijo- más bien, expectante. Me caen bien su cara alargada, el pelo gris y lacio más bien corto, la nariz destacada, los vivos ojos castaños, la ropa sencilla, los zapatos de ama de casa. Para un periodista con hogar intermitente -y ése soy yo- una señora como ésta aparece como una tía, una abuela, una madre sin duda cariñosa y regañona que, sin embargo, no puede retarte por fumar demasiado. Esta mujer no se ha puesto ropa de salir. Sin embargo, parece esperar una reunión... Dejo volar también el tiempo. No hay duda: la mujer está esperando.

Sacudo la somnolencia. Enciendo también un puchito. Varias mujeres conversan al pie del monumento a nuestro glorioso y desdichado general Belgrano. Rostros graves, algunas lágrimas, ademanes pausados, y una pregunta fatídica que, según alcanzo a escuchar, recibe a cada mujer que se acerca: “¿A quién tenés desaparecido?”. Esa pregunta me deja boquiabierto. No la entiendo. No quiero entenderla.

La mujer mayor escucha, cigarrillo en mano, con muchas arrugas en ese rostro que no sé por qué me resultan queribles. Fue la primera en llegar, es la primera en su pena. La tristeza de sus ojos me hace aflorar lágrimas -soy llorón, lo confieso- y… tampoco sé por qué. Soy un revoltijo de pena y curiosidad: ¿quiénes son estas señoras? Estoy cerquita de ellas, que ni me ven, con este aspecto de muchacho oficinista y formal que no puedo sacarme de encima. Con mi oído tan agudo percibo algunos nombres: Raquel, Mirta, Azucena. Pepa, María Adela… Muero de ganas de entrar al círculo y exclamar: “¡Pero, señoras, por favor, váyanse a sus casas, ¿qué caray hacen aquí, bajo esta dictadura bestial?!” Pero el círculo despide hacia afuera una suerte de halo… de algo como dignidad.

Y entre ellas, Pepa. Ella es Pepa. Creo que ya la quiero. La acompañé con simpatía, me acompañó sin saberlo, esas dos horas antes de la reunión de mujeres en el monumento a Belgrano. Me voy al subte Catedral con la vaga idea de que he asistido a algo nuevo. Sí, es 30 de abril de 1977.

Vuelan los meses. Voy comprendiendo que ese grupito de mujeres temerosas dio allí, con su solo encuentro triste al pie del monumento a Belgrano, un salto gigantesco. Esas catorce madres juntaron su mundo privado de amas de casa con la reunión corajuda bajo el cielo de la Plaza para atar ambos ámbitos y crear así, para siempre, para todas las latitudes, un nuevo modo de femenina militancia. De las vísceras, nada menos, al pañuelo blanco, nada menos…

Vuelan los años. Todo transcurre, menos la dictadura pétrea, inamovible. Cada jueves vuelvo a Plaza de Mayo y con cuidado, a veces desde lejos y otras ahí nomás a pasos de la Pirámide de Mayo, acompaño a Pepa aunque ella no lo sabe. Lleva en alto, como las demás, una pancarta con el hermoso rostro de su hija Lourdes. Ya conozco bien lo que pasa, lo que son esas mujeres, lo que buscan. Hacían su ronda tan solas hace algún tiempo, pero ahora veo cada vez más gente caminando en redondo, de a dos, en la histórica Plaza. Ya tengo otra llaga en el ánimo: Lourdes Noia. A la hija tercera de Pepa la secuestraron y desaparecieron en octubre de 1976, con 29 años. Lourdes, la que desde chiquita fue militante; Lourdes, la que organizaba actividades en contra de medidas injustas; Lourdes, la psicóloga, esa belleza que me hace maldecir la bruta mala suerte de no haberla conocido. Pero, si la hubiera conocido… ¿mi destino? Dios sabe cuál sería mi destino. Me siento el hijo vivo de Pepa, de esas Madres, me siento el seguidor que posa el pie donde ellas pisan fuerte alrededor de la Pirámide, el que intenta reemplazar, y no puede, no puede hacerlo, a sus hijas e hijos desaparecidos. Pude ser tu yerno, pude ser de algún modo tu hijo, Pepa.

Como me he vuelto periodista -no tengo trabajo rentado, está bien, pero me las arreglo para tenerlo clandestino: puedo imprimir en el sótano gritos de libertad que son volantes y folletos-me reúno cuando se puede en algún café perdido de Parque Patricios o de Barracas con un amigo -en verdad, un compañero de sindicato-, y mientras comentamos fuerte los artículos de diarios de gran tirada, nos pasamos entrelíneas algunos mensajes y, sobre todo, mucho ánimo. Sabemos que Pepa, con las otras, acude a periódicos en el intento de publicar solicitadas; visita a funcionarios, embajadas, agencias periodísticas, en el intento de que se escuchen sus reclamos; discute con “don Noia” -Juan Carlos, su marido- en el intento de que la deje salir (y él se enoja, se aterra, pero no puede impedirlo) a buscar a Lourdes y a todxs lxs demás, que son también sus hijxs; da ánimo a sus compañeras en el intento de que se fortalezcan todas; recibe esperanza de ellas en el intento de despegarse un poco del dolor que no se narra... ¡Pero esos intentos son pura dignidad, compañeros!

Un día cualquiera ya en democracia -sigue volando la loca fantasía-, cuando los habitantes de este suelo hermoso estamos en trizas por dentro y socialmente mutilados, me encuentro frente a frente con Pepa en calle Florida, cerca del Ministerio del Interior. Sé que llora con frecuencia, pero jamás lo hizo en dictadura frente a funcionarios; sé que cocina a veces bifes a la criolla -los que le gustaban a Lourdes- pero imposible no llorar en la cocina; sé que ha aprendido lo que es un Habeas Corpus, u otra presentación ante tribunales o ante ministerios; supo reírse en los peores tiempos junto a sus compañeras con simpatía por aquellos (pocos) policías que se quejaban de tener que reprimirlas: “Cada vez que vienen los jueves -decía en la Plaza un agente- me da una bronca, porque yo no entré a la policía para correr mujeres”; ha aprendido asimismo que es el Estado quien desaparece a las personas, que son sus agentes (policías, gendarmes, prefectos, tipos de civil como los paramilitares, uniformados de las Fuerzas Armadas) los descarados criminales perpetradores y encubridores.

Cuando me la encuentro allí en Florida… ¡el que se pone a llorar soy yo! Ella trata de calmarme y, ya en un café, conversamos largamente. Ni procuro explicarle el por qué de mi llanto (y… ¿por qué mi llanto?). Cuando le pregunto por sus tres hijxs me cuenta lo que yo ignoraba: su hijo Daniel ha muerto, el de Australia, adonde él se había trasladado tiempo atrás igual que su hermana Alicia. Él mismo pidió que no le avisaran a Pepa sobre su enfermedad ni sobre el pronto final. Otro dolor tremendo, agravado, como ella comenta, por ese pedido. Me relata que, entre otras actividades, ha viajado con dos Madres más a San Nicolás de los Arroyos, en cuya Plaza Mitre se ha inaugurado una placa en memoria de los desaparecidos locales. Que fueron invitadas a almorzar un exquisito pejerrey de río en El Yaguarón, ribera del Río Paraná. Observo con afecto esas arrugas adorables iluminadas por la amplia sonrisa. Pepa disfruta de la amistad, de las buenas comidas, de los buenos momentos. Nos despedimos como viejos amigos.

Vuelvo a verla en un momento de gloria: la nombran Ciudadana Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires. Es julio de 2010. “Yo casi no sé hablar”, dice ella en su modestia; pero ¡con qué fluidez había charlado conmigo, allá en el café! En el convite posterior al encuentro, intento decirle, en medio de apretujones de cuantos se acercan a abrazarla y sacarse fotos con ella, que estoy orgulloso por ese reconocimiento a su trayectoria. Ella se remite siempre al valor compartido entre todas las Madres, sus compañeras. Juntas han hecho lo que cada una por sí sola no podría.

Tiempo después su pelo -ya blanco- se ve avanzando más lento entre los blancos pañuelos en la Plaza -despaciosos a esta altura de la historia-. Ya los bancos la reciben, cansada y con sus penas a cuestas, y no consigue dar sino una o dos vueltas en la Ronda. Ya reduce su duración la Marcha de la Resistencia, que celebra desde 1981 el reclamo tenaz por Verdad sobre lxs hjxs y Justicia contra lxs culpables; dura menos horas por respeto a Madres como Pepa. Ya su hija Margarita, Secretaria de Derechos Humanos de la CTA Capital -de tal fortísimo palo tal firme astilla…- la tiene más cerca, la acompaña más tiempo junto con los nietos amados; ya le aconsejan, en vano absolutamente, dejar el cigarrillo; en vano…

Josefina “Pepa” García de Noia. Presente en cuerpo y ánimo el día histórico y primero de las Madres -fecha mítica pero real- en la Plaza, y compañera leal hasta el último día que pudo compartir con sus pares de lucha. Estamos en agosto, Madre; agosto trae consigo una suerte de melancolía que no es fácil de entender. Hoy te echo de menos, Pepa. En agosto de 2015 te nos fuiste, fumando serena y a gusto hasta el último minuto; y el pucho no tuvo la culpa de tu ida. Enciendo mi propio cigarrillo, deseando tenerte cerca para intercambiar puchos y opiniones sobre política, vida, mundo. Te voy a encontrar. Me iré caminando hasta la zona de Parque Lezama; voy a entrar en la casona de calle Brasil al 444; me tomaré un vinito en ese Centro Cultural Pepa Noia, celebrando la democracia, la vida. Muchachos y chicas y muchos niños se mueven en los distintos niveles de la casa dedicada a tu memoria. Después habrá comida fresca y sencilla. Y allí, todo lo que se haga, todo lo que se respire, te traerá nuevamente hasta mí, Pepa querida, Pepa inolvidable.

 

(El narrador es ficticio. Lo narrado es verosímil en partes, veraz en general. Los sentires son verdaderos).

“Tras la estela de un eterno cigarrillo...” - Revista Haroldo | 1
37° aniversario de la primera ronda de Madres de Plaza de Mayo, 30 de abril, 2014.
Foto: Mónica Hasenberg

“Tras la estela de un eterno cigarrillo...” - Revista Haroldo | 2

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