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Revista Haroldo

Diálogo con el pasado y el presente

25 de agosto de 2020

Para que los hombres vuelvan a cantar cuando trabajan

El autor se pregunta qué puede el arte. Sostiene que si bien frecuentemente ha habido en el arte elogio de los señores poderosos, la mayoría de las veces, más profunda y elementalmente, el arte ha simpatizado con los que sufren y son perseguidos, con los sometidos y los que se resisten, con los derrotados y los que se sublevan, con Hamlet y con Prometeo, con Héctor y Antígona, con Don Quijote.  

Afiche para pegar en vía pública, Juan Carlos Romero, Rosario, 2007.

En nuestro mundo del trabajo alienado, en el cual la producción domina al hombre hasta en su "tiempo libre", tiene sentido evocar un proceso de trabajo con una productividad no impuesta sino liberadora por ser creativa. Desde el principio el trabajo fue lucha por la existencia y defensa contra el hambre. Pero también desde el primer momento, muchos descubrimientos de la etnología y la antropología nos permiten suponer que el trabajo fue goce, autoafirmación, mediante la capacidad de transformar lo que el hombre encuentra en la naturaleza, de adaptarlo a las necesidades del que trabaja y de transformar lo presente anticipando lo futuro. Podemos suponer que el "paraíso perdido" del ocio, del "dolce far niente", se convirtió en sueño y anhelo cuando se estableció la relación entre el señor y el siervo y el trabajo tomó un carácter represivo, rebasó el mandamiento de la necesidad natural para convertirse en constricción social, en imperio de los dominantes.

El hecho que ese sueño se haya soñado repetidamente, por encima de las castas y los estamentos, las clases y las naciones, tiene su fundamento en el recuerdo de que hubo una vez una situación así, una supuesta Edad de Oro, un paraíso perdido. El que gana el pan con el sudor de la frente, el humillado y el ofendido, el desposeído de derechos, el oprimido, proyecta sobre ese sueño su anhelo de libertad, igualdad y fraternidad, y de él recibe la esperanza y la confianza en que todo lo malo, todo lo que es dominar y tener, el arma y el poder, no son más que una máscara que cubre el rostro, la "esencia" del hombre. El arte tiene concertada una alianza con esa esperanza, una alianza a menudo rota pero siempre renovada. Frecuentemente ha habido en el arte elogio del señor, venta de "inmortalidad" a señores poderosos, "el abad de donde canta yanta". Pero la mayoría de las veces, más profunda y elementalmente, el arte ha simpatizado con los que sufren y son perseguidos, con los sometidos y los que se resisten, con los derrotados y los que se sublevan, con Hamlet y con Prometeo, con Héctor y Antígona, con Don Quijote.

“Para que los hombres vuelvan a cantar cuando trabajan” - Revista Haroldo | 1
Afiche para pegar en vía pública, Juan Carlos Romero, 1988.

Pero ¿no estamos sobreestimando el poder del arte al creer que puede contribuir al nacimiento, a la protección y a la salvación de la humanidad precisamente en este crítico período en el cual poderosos irresponsables están dispuestos a destruirla antes que haya nacido?

La impotencia del arte es manifiesta, y su poder es menor que nunca. Pero ¿Fue alguna vez un poder? ¿Lo fue como arte o sólo por su alianza con la magia, la religión, con poderes externos a lo estético? Pocas veces fue capaz de intervenir directamente en cambios sociales, generalmente sólo lo consiguió cuando algún orden viejo se resquebrajaba y lo nuevo no aparecía aun claramente, por lo cual se necesitaba un lenguaje de imágenes, comparaciones y símbolos para anunciar y anticipar lo futuro. De este modo ha contribuido la tragedia griega a la consolidación de la democracia urbana y el arte del Renacimiento a minar el poder feudal, como la literatura de la ilustración inglesa y francesa, o la literatura rusa de cien años después, a preparar grandes revoluciones.

Pero el poder esencial del arte no consiste en ese influjo directo posible sólo de vez en cuando. Un llamamiento, un panfleto o un "artículo de fondo" pueden ser, llegado el momento, mucho más eficaces que un gran poema o una sinfonía.

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Registro pegatina en vía pública, La palabra oculta, Juan Carlos Romero, 2008

Difícilmente pueden la literatura y el arte prescindir en este crítico período de sus posibilidades educativas, políticas, éticas, difícilmente pueden evitar el "comprometerse" en la lucha por el ser o el no-ser de la humanidad. Pero no nos hagamos la ilusión de que una gran obra de arte o literaria pueda transformar el estado mayor de un ejército, derribar el gobierno de un país o evitar una guerra. El arte tiene poco poder, menos del que sospechan los poderosos que lo temen, lo sobornan o lo aplastan, pero más de lo que son capaces de imaginar: puede ser lágrima en la que se refleje un sueño, hálito de alguna vez y en ningún sitio, paso y brillo de lo invisible, ojo de Medusa que petrifica, moribunda, al asesino. Y todo eso, lágrima y sueño, hálito y paso, brillo y la vista quebrada que nunca cubre compasivamente al asesino con el párpado, todo eso que se filtra en el acaecer cotidiano, que se acumula en el inconsciente, que se prepara en el trasfondo, puede ser de repente más poderoso que los césares vivos y muertos, pues en el silencio empieza la transformación de los hombres. El espíritu premonitorio, la fantasía creadora, reconoce ya como consumado a la primera señal aquello que el sumador de hechos, el calculador realista y los gobernantes no empezarán a percibir sino el último día, cuando ya sea demasiado tarde.

* El autor es músico. Co-fundador del grupo folklórico "Huerque Mapu". Ex-dirigente sindical de los astilleros ASTARSA.

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