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Revista Haroldo

Diálogo con el pasado y el presente

07 de junio de 2020

Sin Censura, un proyecto periodístico en el exilio

En el Día de lxs Periodistas, Haroldo recuerda la experiencia de Sin Censura, un periódico realizado por un grupo de periodistas e intelectuales argentinxs como Julio Cortázar, Osvaldo Soriano, Hipólito Solari Yrigoyen, Carlos Gabetta, Oscar Martínez Zemborain, Gino Lofredo y Matilde Herrera. Ellxs fueron quienes desde el exilio, llevaron adelante esta publicación con el objetivo de saltar el cerco informativo de los países en dictadura y denunciar las violaciones a los derechos humanos que allí ocurrían.

Diario Sin Censura, Año 1, N° 3, pp. 1 y 9, 1980.

 

Con sólo cinco números publicados, Sin Censura dejó una huella importante en el periodismo argentino. Desde el exilio un grupo de periodistas e intelectuales se organizaron para publicar un periódico con el objetivo de saltar el cerco informativo de los países en dictadura y denunciar las violaciones a los derechos humanos que allí ocurrían. Se trató de cinco números que salieron entre noviembre de 1979 y julio de 1980.

En el proyecto participaron grandes periodistas e intelectuales argentinos como Julio Cortázar, Osvaldo Soriano, Hipólito Solari Yrigoyen, Carlos Gabetta, Oscar Martínez Zemborain y Gino Lofredo, quienes integraban el comité de dirección; y Matilde Herrera, coordinadora de redacción.

Sobre los orígenes de la publicación Carlos Gabetta, en diálogo con Haroldo, relata: “Con Soriano y Cortázar nos veíamos los tres muy a menudo, de vez en cuando también participaba Hipólito (Solari Yrigoyen), éramos los cuatro que vivíamos en París, y creo que la idea salió de uno de esos encuentros. Soriano y yo éramos periodistas profesionales, él y Cortázar ya eran muy conocidos, yo trabajaba en France Press. Es interesante lo del nombre, se le ocurrió a Cortázar y los profesionales, Soriano, el Chino y yo saltamos y dijimos: ¡Julio, Sin Censura! Porque técnicamente un título no tiene que ser negativo. Pero después nos pusimos a pensar y dijimos bueno, pero si esa es la razón de este periódico. No era un periódico para ser leído en el extranjero sino para que entrara en los países que estaban bajo dictaduras. En Europa lo leían quienes lo compraban. Venían tres mil ejemplares a Argentina, mil a Uruguay, mil a Bolivia, mil a Paraguay, dos mil a Chile, también iban a México. Todos países donde había censura”.

El objetivo de la publicación fue dar a conocer la situación sociopolítica y económica de diferentes países latinoamericanos gobernados por regímenes militares, en los que regía una fuerte censura de prensa; y denunciar las múltiples violaciones a los derechos humanos que esos gobiernos estaban llevando a cabo. A su vez, se trataba de “buscar y juntar voluntades para el reencauzamiento de la solución democrática” ya que, en palabras de Oscar Martínez Zemborain, los integrantes del grupo creían que era la única alternativa posible para poner fin a las dictaduras. Si bien el periódico era leído por exiliadxs de diferentes países, al que podían acceder por suscripción, estaba destinado principalmente a lectorxs radicadxs en países en dictadura, adonde los ejemplares se enviaban de manera gratuita a través de un elaborado sistema de distribución que permitía burlar la censura.

 

“Sin Censura, un proyecto periodístico en el exilio” - Revista Haroldo | 1
 Carlos Gabetta, Hipólito Solari Yrigoyen y Osvaldo Soriano, tres de  los miembros del Comité de Dirección de Sin Censura

El periódico contó con amplio apoyo político internacional, entre sus patrocinadores estaban el escritor colombiano Gabriel García Márquez; Tencha Allende, viuda de Salvador Allende; el almirante francés Antoine Sanguinetti, ex director de la Armada Francesa, designado por la Federación Internacional de los Derechos del Hombre (FIDH) para viajar a la Argentina e investigar la desaparición de las dos religiosas francesas en 1978: Alice Domon y Léonie Duquet; Lord Avebury, integrante de la cámara de Comunes de Gran Bretaña y miembro de Amnesty Internacional; Emma Obleas Eguino de Torres, viuda del general Torres, ex presidente de Bolivia, asesinado en Argentina en 1976; Régis Debray, intelectual y militante francés; Joaquín Ruiz Giménez, jurista español; Ernesto Cardenal, poeta y Ministro de cultura de la revolución nicaragüense; Carlos Andrés Pérez, ex Presidente de Venezuela; Juan Bosch, ex Presidente de República Dominicana; el belga François Rigaux, presidente de la Fundación Internacional “Lelio Basso” por el Derecho y la Liberación de los Pueblos y el médico francés León Schwartzemberg. Conseguir y contar con estos apoyos fue imprescindible para respaldar la publicación, no tanto a los fines de su financiamiento, que recaía principalmente entre los miembros del comité de dirección, sino para garantizar la veracidad y la seriedad de la información.

Dadas las características de la situación, tratándose de exiliadxs que producían un periódico para ingresar clandestinamente en países bajo dictaduras, el trabajo de elaboración y distribución de la publicación constituía un sistema complejo y con sede en tres países: Francia, España y Estados Unidos.

Sin Censura se elaboraba principalmente en París, donde estaban radicados Carlos Gabetta, que era jefe de redacción, Solari Yrigoyen, Cortázar, Soriano y Herrera. Martínez Zemborain vivía en Madrid y Lofredo en Washington. Gabetta centralizaba las colaboraciones de periodistas y escritorxs que llegaban por correspondencia desde diferentes países de Europa y Latinoamérica y elaboraba cada número.

Luego, la diagramación y la tipografía se realizaba gratuitamente en un taller llamado La Boîte à lettres (La caja de letras o El cajón de letras), cuyos dueños eran un brasileño y una uruguaya también exiliados, y las películas se enviaban por correo expreso a Washington. Allí las recibía Lofredo, quien se ocupaba de imprimir el periódico (por tirada se imprimían entre 5000 y 6000 ejemplares) y distribuirlos por correo a América Latina, especialmente a países de América del sur como Chile, Uruguay, Brasil, Bolivia y Argentina. Los motivos por los cuales la impresión y distribución se realizaba en EEUU tuvieron que ver con los costos, ya que era menos costoso imprimir en Washington que en París, y con levantar la menor cantidad de sospechas. Era sabido que en Francia y España se concentraban muchxs de lxs exiliadxs latinoamericanxs, la correspondencia que arribaba a los países en dictadura desde los EEUU era menos revisada. Además, para burlar la censura, los ejemplares eran enviados en unos sobres de la Ford Motor Company conseguidos por Lofredo. Tanto la obtención de colaboraciones de periodistas de distintas partes del mundo como la elaboración del listado de direcciones a las que eran enviados los ejemplares, eran dos tareas a la que estaban abocados todos los integrantes del Comité de dirección.

Gabetta cuenta que “era todo muy descentralizado, yo lo hacía desde mi casa y era todo por correspondencia, imagínate que en esa época para comunicarme con el Chino Martínez Zemborain una carta tardaba dos o tres días en llegar desde París a Madrid. El Chino me la contestaba, eran dos o tres días más, no te digo de París a Washington, y así… Y lo mismo con una colaboración; contactar a un colaborador en Alemania, en México, en Venezuela, que te mande la colaboración, que llegue, era todo muy lento y muy complicado”.

Martínez Zemborain recuerda que “cada tirada, cada número, era de varios miles (cinco o seis mil, más o menos) que iban cuidadosamente distribuidos a la Argentina y a países hermanos teniendo mucho cuidado con lxs destinatarios para que no fueran blanco de la represión militar. Les recuerdo que en el caso de Buenos Aires, en lo que era el Correo central [donde hoy funciona el Centro Cultural Kirchner], en el séptimo piso, en ese entonces había una oficina que era de la SIDE, de los Servicios Secretos, a donde iban a parar todas las publicaciones que venían del exterior. Lofredo había conseguido unos sobres y unos stickers de la Ford Motors y de la Fundación Ford donde se ponían los ejemplares con dos objetivos: primero resguardar al destinatario, y segundo garantizar que el número pudiera llegar sin interferencias. Efectivamente así pasó, porque en la SIDE, cuando veían los sobres de la Ford, no se paraba ningún sobre, todos seguían su curso y todos terminaban en su destino”.

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Ilustración de Porres publicada en Sin Censura, 1979

Este complejo modo de elaboración y distribución implicaba onerosos costos, ya que además de los necesarios para llevar adelante cualquier publicación, había que sumar el pago de envíos postales. El periódico se inició gracias a un aporte inicial de cada uno de los miembros del Comité de dirección. “En mi caso, yo lo aporté de una indemnización que recibió mi mujer, Ángeles, que había trabajado en la Revista Cambio 16, la despidieron, y esa indemnización, por su propia decisión y compromiso fue destinada al proyecto de Sin Censura. Hubo algunos otros aportes, yo no sé si uno de ellos era de organismos internacionales como el Consejo Mundial de Iglesias, por ejemplo, entre otros. Las publicidades que había de España también fueron conseguidas a pulmón y además entre París y Madrid se instituyó el bono de suscripción para sostener la publicación. Pero no fueron los aportes más importantes, no hay que olvidar que nosotros estábamos vinculados a personas que tenían las mismas circunstancias socioeconómicas que nosotros, es decir, trabajos precarios, muchas veces informales, etcétera”, reconstruye Martínez Zemborain a Haroldo.

Sin Censura contó con el compromiso y el apoyo de todas las personas que realizaron gratuitamente colaboraciones, entre ellas podemos mencionar a Osvaldo Bayer, Alberto Szpunberg, Ernesto Cardenal, Rodolfo Mattarollo, Tununa Mercado y Andrew Graham Yooll. Y con el aporte de los reconocidos dibujantes Plantu, Napoleón y Kerleroux, que tampoco cobraron por las ilustraciones que aparecieron publicadas en los diferentes números; y con el trabajo ya mencionado, también gratuito, realizado por el grupo de exiliados que sostenía el taller La Boîte à lettres. Si bien Sin Censura tenía algunas suscripciones pagas y en sus páginas había espacios destinados a publicidades (por lo general, de emprendimientos editoriales también llevados a cabo por otrxs exiliadxs), los costos de impresión y envío de ejemplares resultaron excesivos, y la falta de otras fuentes de financiamiento obligó a sus miembros a dar por terminado el proyecto tras la publicación del cuarto número.

Las redes de exiliados fueron fundamentales para la distribución del periódico, con los comités que se armaban de periodistas, en los distintos países, como la UPARE, la Unión de Periodistas Residentes Argentinos en España, o la UPARF, en el caso francés o en Venezuela. Desde allí motorizaban muy fuertemente la distribución y trataban de garantizar la llegada de ejemplares.

La sección cultural del periódico estaba a cargo de Julio Cortázar. Oscar Martínez Zemborain relata una anécdota al respecto: “Una vez, en una reunión de sumario que se hizo en París, para la cual yo viajé, viajaron Gino de Washington y demás; nos reunimos para discutir el número a publicarse y todos estábamos discutiendo como si viviéramos en la Argentina y que al día siguiente esto, o aquello, con excepción de Julio Cortázar que estaba en una punta de la mesa y escuchaba con mucha atención y con mucha modestia. Cuando cada uno expuso la propuesta que llevaba a la reunión de sumario, creo que fue Carlos que le preguntó a Julio cuál era su propuesta para el número siguiente. En ese momento dijo Bueno, yo voy a poner a consideración de ustedes el material que pensaba introducir en la sección cultura, al unísono saltamos y dijimos: Por favor Julio, si esta decisión la has tomado es porque el material es de primer nivel, primera calidad, y nosotros poco tendríamos que opinar… Ese era Julio Cortázar, un hombre de una humildad y una modestia enorme, y que llevó, del primero al último de los ejemplares, con mucha solidez, la sección cultura del periódico”.

Sobre el autor de Rayuela, Gabetta recuerda que acercaba contactos: “Él trajo los mejores escritores que publicaron en Sin Censura, por ejemplo a Ernesto Cardenal, sobre todo para la sección/ página de Cultura del periódico. Trabajaba como un cadete Julio, si había que llevar algo, él lo hacía. Participaba en todo lo que tenía que ver con las tareas del exilio. Por ejemplo, si los argentinos hacíamos un acto en un barrio alejado de París en el que pocos se interesaban, le decíamos Julio ¿podés venir?, y él aparecía y participaba, entonces se llenaba de gente, era un tipo increíble. Les cuento una historia de Julio, un día estábamos tomando mate en París, los dos leyendo un diario distinto y su pareja iba y venía, y de repente me dice: Uy mirá Carlos, operaron a Kissinger a corazón abierto, ¿qué habrán encontrado? Era un personaje increíble”.

Matilde Herrera, coordinadora de redacción de Sin Censura, también merece un párrafo aparte. Era periodista y se exilió en Francia en 1977 tras la desaparición de sus tres hijos, José, Valeria y Martín Beláustegui, quienes aún están desaparecidxs. Tanto Valeria como Cristina, pareja de Martín, estaban embarazadas cuando las secuestraron. Desde el exilio militó activamente en la denuncia de las violaciones a los derechos humanos en Argentina y posteriormente fue una importante dirigente de Abuelas de Plaza de Mayo hasta que falleció en 1990. Gabetta la recuerda como una persona extraordinaria que, a pesar de la tragedia de haber perdido a sus hijxs, sostuvo siempre una actitud enérgica, de lucha y nunca perdió su gran sentido del humor: “Allí en París, cuando hicimos Sin Censura, ella no sólo fue la coordinadora periodística, porque era una notable periodista y además una mujer muy culta, sino que además participó del grupo fundador, su rol fue esencial”, señaló.

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Notas de Rodolfo Mattarollo y Julio Cortázar, sección Cultura y Política, Diario Sin Censura, Año 1, N° 3, pp. 10 y 11, 1980.

Fundamentalmente el periódico estaba dedicado a denunciar las violaciones de derechos humanos en Argentina y en otros países de la región, pero esto no quiere decir que no hubiera espacio para otras temáticas económicas, políticas y culturales que, debido a la censura imperante, eran imposibles de leer en estos países. En sus páginas había columnas de opinión, entrevistas a escritorxs, artistas y ex dirigentes latinoamericanos en muchos casos exiliados por motivos políticos, y coberturas de las principales noticias del mundo, en particular aquellas vinculadas con el movimiento obrero, con la posición del continente latinoamericano en el marco de la guerra fría y con líneas de trabajo de organismos internacionales como, por ejemplo, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.

En cuanto a la recepción, aquellas personas que lo recibían por correo experimentaban, por un lado, un gran temor, porque cada vez que abrían el sobre no sabían qué consecuencias les podría acarrear, pero, por otro lado, el periódico se había convertido en una ventana de aire fresco. Un lector de aquella época resume muy bien esa sensación: “acá no se podía leer nada, no se sabía nada de lo que pasaba, hasta nos enterábamos de gente que creíamos desaparecida y que estaba viva”.

En el número 0 de Sin Censura, dando cuenta de los objetivos de la publicación y en lo que creemos era una declaración de principios por parte del Comité de dirección respecto del modo en que entendían su labor periodística, afirmaban: 

Sin Censura aparecerá todos los meses, desde el 1° de enero de 1980, para inscribirse modestamente, en el campo específico de la información y la contrainformación, a ese complejo y apasionante proceso. La censura de prensa, el control de la información, el bombardeo ideológico, se cuentan entre las armas principales de todas las dictaduras. Con ella aíslan y dividen a la oposición, a los pueblos entre sí; ganan tiempo en favor del statu quo. Ese es nuestro terreno y allí nos proponemos colaborar, informando con la mayor fidelidad en la lucha por la democracia plena y el cambio social.

A pesar de que, como ya se ha dicho, por motivos económicos no fue posible darle continuidad al proyecto luego de haber sacado los primeros cinco números, tanto Gabetta como Zemborain evalúan que la experiencia fue muy enriquecedora y se sienten orgullosos de haber sido parte de ella, por el aporte que la publicación tuvo en el plano político como por el valor y la trayectoria previa de quienes integraron el comité de dirección y la solidaridad de todas las personas que colaboraron para que Sin Censura fuera posible. En palabras de Zemborain: “una cosa que se puede subrayar y rescatar, teniendo en cuenta que se trataba de una publicación política y que el comité de dirección del periódico estaba integrado por muy distintas expresiones políticas; sin embargo, nunca, nunca, nunca se violentó aquella premisa de que no hubiera censura de ninguna índole. Eso fue respetado de la primera línea a la última de impresión. Y esto es un elemento que yo subrayaría porque no sé si se da con la misma frecuencia. Porque es distinto que una publicación la dirija alguien que convoca y se ponen de acuerdo en lineamientos en general y así marcha un proyecto. En este caso, la dirección del proyecto estaba integrada por distintas expresiones políticas y, sin embargo, jamás hubo ningún episodio del que pudiéramos arrepentirnos. Al contrario, yo creo (voy a hablar por mí, por supuesto), pero creo que cada uno de los que nos tocó codirigir esto, estamos orgullosos (los que estamos vivos, claro está), orgullosos de aquella experiencia. Sinceramente, muy orgullosos.”

* Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti / Centro de Estudios de Memoria e Historia del Tiempo Presente-UNTREF

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