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Revista Haroldo

Diálogo con el pasado y el presente

03 de mayo de 2020

La belleza indestructible. Variaciones sobre Juan Gelman

Retrato de Juan Gelman, Sergio Pisani, 2020.

Hoy Juan Gelman cumpliría 90 años y nuestra manera de celebrarlo es a través de un ejercicio de memoria y comunidad. En línea con lo que sostiene el italiano Roberto Espósito creemos que uno de los modos en que una comunidad se constituye es a partir de una falta o ausencia común: en este caso, la ausencia de un poeta, su recuerdo. Por eso convocamos artistas, docentes y críticxs que pudieran encarar la figura del autor de Violín y otras cuestiones desde diferentes ópticas. Un encuentro casual, efímero y no demasiado narrable, una amistad profunda, la rigurosidad en la lectura de la obra, el recuerdo de una fiesta, la voz del propio Gelman en su regreso. En todos los casos se trata de pequeños destellos para volver aún más inasible la llama de la poesía, para celebrarla en uno de sus días importantes.

Participan: Rodolfo Edwards, Osvaldo Bossi, Cristina Banegas, Carlos Dariel, Graciela Perosio y Jorge Monteleone. Incluimos un discurso de Juan Gelman.

 


1. Mariposas negras

por Rodolfo Edwards

Digo Gelman en voz alta enseguida se amontonan palabras alrededor, atrayéndolas como una flor. Gelman es sinónimo de poesía (la Real Academia debería ocuparse de esto). Digo Gelman y adentro mío también se aparecen cosas, se posan imágenes en mi memoria, tapas de libros, versos diagramados caprichosamente en hojas opacas de escaso gramaje. Digo Gelman y me veo a comienzos de los 80 entrando hasta el fondo de la librería Hernández, donde había una mítica “sección de poesía”, donde te podías encontrar con libros como Cuestiones con la vida de Humberto Costantini, o Gotán de Juan Gelman. Conservo como tesoros aquellos libros, sobrevivieron a inundaciones, mudanzas y otras catástrofes personales. “Colección de Poesía La rosa Blindada”, decía en la contratapa de aquel librito de humilde edición. Pero al abrir la primera página me sentí adentro de una mansión. “Esa mujer se parecía a la palabra nunca/desde la nuca le subía un encanto particular”, disparaba el poeta en los primeros versos de Gotán. Tangos al revés, poesía dada vuelta, la reorganización emocional. Gelman frotaba las palabras y de adentro le salían mariposas negras.

Por aquellos años juveniles pensaba que nunca llegaría a conocerlo personalmente: su exilio parecía difícil de romperse. Pero Gelman volvió. Volvió Szpunberg, volvió Costantini, volvió Huasi.

Después de más de una década en el exilio, Gelman regresó a la Argentina en 1988. Recuerdo unas jornadas que se hicieron en el Centro Cultural San Martín para celebrar la vuelta del poeta. Escuché su voz de palabras pausadas, roncas, casi murmuradas, escondidas detrás de un bigote tupido. En la Feria del Libro de 1985 me había comprado su Obra Poética que poco antes había sido publicada por Corregidor: un volumen de 500 páginas, una caja de Pandora, un rayo que no cesa. Un día me animé a pedirle que me firmara aquel ejemplar; en la primera página escribió: “para Rodolfo, con el afecto de Juan. Baires/1989”.

Mi generación tuvo la enorme fortuna de que aquellos poetas que regresaban de sus respectivos exilios nos dieran bola. Nos reuníamos en la Casa de Evaristo Carriego, donde funcionaba una biblioteca municipal. Gelman venía seguido y charlábamos largo y tendido sobre poesía y otras cuestiones. Hasta tuvimos el imberbe atrevimiento de leerle nuestros poemas y solicitar su opinión. En ese momento él nos recordó que Raúl González Tuñón también tuvo la misma generosidad con él. No solo prologó su primer libro sino que también cultivaron una bella amistad, blindada por caminatas interminables por la ciudad común. También fue a la casa de alguno de nosotros a tomarse un vino, mientras sus palabras se evanescían en el humo del cigarrillo permanente entre sus dedos. Gelman nos estaba pasando la antorcha para que nunca se corte el hilo de la palabra. También lo acompañamos en el velatorio de su hijo Marcelo que se organizó en 1989, después que el equipo de Antropología Forense identificara sus restos, encontrado en un arroyo de San Fernando. Marcelo permanecía desaparecido desde 1976.

Gelman sigue siendo una llave y contraseña para abrir y germinar mundos, ahora que nos queda tan poco mundo. Gracias Juan.

 

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2. Fiesta de regreso

por Osvaldo Bossi

Lo de Gelman fue muy hermoso y tuvo que ver mucho con el contexto de la época: finales de los años ’80, 1988. Estábamos encontrándonos, juntándonos, distintos poetas y jóvenes, y en esos encuentros, bueno, surgió la idea de una revista. También surgió la idea –esto se le ocurrió a Gerardo Foia, también poeta joven-, de hacerle una bienvenida –él lo llamo Bienvenida del Regreso- a Gelman. Nos contactamos con José Luis Mangieri, editor y amigo de Gelman y a través de él tuvimos este diálogo con Gelman, a quien le encantó la idea. Nosotros no hablamos nunca directamente con él, sino a través de José Luis. Y así empezamos a movernos.Y se nos ocurrió empezar a llamar a todos los poetas más renombrados para buscar su adhesión. Y así fuimos conociendo, a veces personalmente, en charlas de café o yendo directamente a sus casas, a todos los poetas que en ese momento estaban publicando, y a la generación anterior: Irene Gruss, Diana Bellesi, Javier Cófreces… en fin, toda una serie de poetas que habían sido publicados por Libros de Tierra Firme y que, de alguna manera, adhirieron a ese encuentro, a esa suerte de bienvenida que pensamos hacerle a Juan Gelman.

En medio, surgió la idea de hacer un encuentro de poetas jóvenes de todo el país y entonces ahí fuimos a ver a Josefina Delgado, que se encargaba del área de Cultura, de bibliotecas…y ella nos dios pasajes y lugar para hospedar. Así se hizo una jornada completa con poetas de todo el país. El encuentro de Gelman se hizo un día sábado y al otro día fue el encuentro con todos los poetas. O sea que estaba enmarcado en un movimiento que tenía que ver con esa necesidad de ocupar otra vez un espacio, de encontrarnos, de juntarnos, después de toda la oscuridad que había significado la dictadura y que de alguna manera nos había mantenido separados. Era realmente la fiesta de la democracia, un despertar, un abrirse a la cultura. Y ahí en medio de todo eso estábamos nosotros. El lugar donde se hizo fue en el Centro Cultural General San Martín. Me acuerdo que estábamos pasando por la puerta con Gerardo y mientras pensábamos dónde podíamos hacer ese encuentro nos dijimos “¿por qué no acá?” y nos metimos, buscamos el tercer piso del teatro, le anunciamos a la secretaria que queríamos hablar con Javier Torre, que en ese momento era el director…pero así, pensando que nada, que no iba a pasar nada. Y no. Javier Torre nos hizo pasar, nos preguntó qué queríamos, le comentamos que teníamos intenciones de hacerle un homenaje, una bienvenida a Gelman. Él nos preguntó qué necesitábamos y nos dio la sala AB, la más importante del Centro Cultural San Martín. Nos dio la mano y con solo eso quedó sellado el día del encuentro, que fue creo que en agosto. Eso también formaba parte de lo que estaba ocurriendo por aquellos años, ¿no? Esa confianza en el otro, esas ganas de hacer cosas.

Pudimos entonces hacer ese encuentro con Gelman, donde vinieron muchos poetas de la talla de Olga Orozco, Giannuzzi y tantos otros, además de muchos poetas de la generación inmediatamente anterior a la nuestra. Y se llenó la sala AB del Centro Cultural San Martín, realmente fue muy conmovedor. En esa mesa, en la que estuvo Gelman, estuvieron Javier Torre, Horacio Salas, José Luis Mangieri. Me acuerdo que yo leí un poema de González Tuñón -que de alguna manera fue el maestro de Gelman. Al otro día, se hicieron, desde las dos de la tarde hasta las diez de la nochelecturas de poetas de todo el país: Bahía Blanca, Rosario, Salta, Córdoba. Es decir, de todos lados logramos que nos dieran pasajes y se hizo. Y no solo eso, sino que después se inauguró la Biblioteca de poesía, en la que fuera la casa de Evaristo Carriego, también a través de Josefina Delgado: se hizo una especie de acto público en la vereda con un escenario, donde entre otros poetas invitados estuvieron Olga Orozco y Amelia Biagioni, una fiesta en todo sentido. Recuerdo que cerramos toda esa lectura, ese encuentro de fin de semana, haciendo una marcha hacia el obelisco y ahí con un megáfono leímos poemas. Así éramos: jóvenes, crédulos y esperanzados. En fin, tengo un hermoso recuerdo de mis compañeros de aquel entonces, de los que ahora continúan escribiendo poesía: Fabián Casas, Daniel Durand, Darío Rojo, Carlos Battilana, Rodolfo Edwards, José Villa. Poetas que recuerdo que estaban participando en aquel momento y luego participaron de Un huevo y medio, revista de un único número en la que publicamos algunos poemas, un reportaje al Indio Solari y algunas reflexiones en torno a la dictadura y la democracia que se venía. Fue un gran encuentro en todo sentido, generacional, entre generaciones y por lo menos creo que todos tenemos una idea muy hermosa. Cuando conocimos a Gelman, quien finalmente, después de toda la lectura, se juntó con nosotros, nos dijo: “bueno, me gustaría conocer sus poemas, porque ustedes seguramente van a superarnos a nosotros”. Para mi ése es el recuerdo de Gelman, su enorme humildad y su inmensa humanidad. Su sentido del humor, también.

Por último, si mal no recuerdo, por aquella época tuvo también un infarto, si no fue ese año fue el año siguiente; estuvo internado y lo fuimos a visitar y le llevamos unos pequeños obsequios, unas mermeladas, unos dulces. Y él dijo, “bueno, de estas pequeñas cosas está hecha la vida”. Siempre fue un hombre muy atento, muy cercano a lo que estaba ocurriendo y muy generoso.

 

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3. Del amor

por Cristina Banegas

La obra de Juan Gelman no es sólo su poesía inmensa; su obra periodística también es de una extrema lucidez, absolutamente necesaria para estos tiempos. Yo empecé a leerlo a los catorce años cuando salió por La Rosa Blindada Gotán (1962). En ese momeno lo leía para mis compañeros de colegio y el profesor me echaba de la clase por subversiva. Después tuve el privilegio de trabajar con Salarios del impío (1993), País que fue y será (2004), Mundar (2007). Hicimos juntos con Juan un espectáculo en Barcelona y en Argentina, Del amor, con poemas dichos por él, con música de nuestro gran Rodolfo Mederos y su trío y con imágenes del pintor Juan José Cambre. Juan me invitó a dirigir este espectáculo. Hay una anécdota graciosa que tiene que ver con el armado de la obra. En algún momento él me propuso: “bueno voy a hacer un espectaculo para los cien años de la Casa América Cataluña y se va a llamar Del amor. Quiero que sean poemas de amor.” Todo esto por mail me lo comentaba y yo un poco me reí, le hice unos chistes, y medio como que no sé si le cayó muy bien. Al poco tiempo me manda un mail diciéndome “no lo puedo creer, yo creía que era un poeta revolucionario, la cantidad de poemas de amor que escribí en mi vida, por favor”. Así fue Del amor, un gran espectáculo que tuve el honor de compartir. Y por último, Amar a mara, su ultimísimo libro también de poemas de amor dedicados a Mara, su compañera. Jamás lo olvido, lo tengo en mi corazón para siempre a Juan Gelman.

 

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4. Una cerveza causal

por Carlos Dariel

Bueno, la forma en la que conocí a Juan Gelman puede ser una demostración de que la casualidad no existe, lo que existe es la causalidad. En el año 2011 yo había sido invitado a un encuentro de escritores en México por la Universidad del Estado de Hidalgo y a ese encuentro, entre otros argentinos, fue invitada la poeta y escritora Cristina Briante. Si bien nos conocimos recién ahí en el viaje, yo conocía a su hermano, Miguel Briante. En la década del 80 los dos militábamos en el Partido Intransigente y formamos parte de la comisión de la Secretaría de Cultura. Sabía que Miguel y Juan Gelman eran grandes amigos, juntos habían participado de revistas -creo que Primera plana era una de ellas-. Después Miguel fue el director de El Porteño, donde a veces colaboraba también Juan. Bueno, hasta ese momento conocía muy poco de la vida de Juan Gelman. En ese encuentro de 2011, con Cristina, estuvimos una semana y un día lo teníamos libre. Cristina me dijo que había quedado con Juan en ir a visitarlo al DF, donde él vivía. Entonces yo le dije: “si no te molesta, te dejo un libro mío para que se lo alcances” y ella me dijo “¿y por qué no se lo das vos personalmente? Te venís conmigo y vos le das el libro”. En un principio le dije que no, que no quería ser molesto, que ellos eran viejos amigos de familia, que a mi no me gustaba ser entrometido. Bueno, me insistió, que Juan no se iba a molestar para nada.

Entonces nos tomamos un micro de Pachuca hasta el DF, que más o menos era una hora de viaje y él nos iba a esperar en un bar cerca de su barrio. En el viaje, ya llegando al DF, nos chocamos con que estaban haciendo arreglos en la ruta y nos demoramos un poco más. Cuando vimos la hora pensamos que Juan ya se había ido porque habían pasado unos cincuenta minutos de la hora pactada del encuentro, pero por suerte no. Llegamos, el bar tenía un pequeño patio, jardín, al fondo. Fuimos hasta ahí, donde nos estaba esperando Juan. Para mí fue realmente una emoción muy grande por estar ante ese monumento vivo de la poesía argentina y bueno, nos sentamos, compartimos una cerveza. En seguida quiso saber por qué estábamos en México, hablamos de cosas nuestras, me preguntó sobre el libro. Y después pasó a contarnos cosas de él, datos, chistes que compartían con su nieto, su nieto mexicano. En un momento Cristina y Juan empezaron a hablar de cuestiones más familiares suyas, que los unían, de sus viejos amigos. Pero en toda la charla, que habrá durado una hora calculo, noté la gran atención que Juan ponía cuando Cristina o yo hablábamos de nuestras cosas, el interés que ponía, la humildad con que nos estaba escuchando. Fue realmente una tarde inesperada. Antes de despedirnos me acuerdo que me dijo que siga escribiendo, que lo haga toda la vida y, obviamente, en eso estoy, haciéndole caso.

 

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“La belleza indestructible. Variaciones sobre Juan Gelman” - Revista Haroldo | 1
Paisaje, Lucas Rocino, 1999.

 

5. Ideas en el cuerpo

por Graciela Perosio

No es que lo haya visto tantas veces. Los dos nos comunicábamos a través de José Luís Mangieri. Yo tengo un libro de poesía, La Varita del Mago (1990), que de alguna manera trabaja las relaciones entre mi generación -la generación del 70, los que en el 70 teníamos veinte años- y la generación anterior, la de Juan. Esos poemas nacen o de la mirada de uno de los cuadros de Yuyo Noé o de un verso de Juan. Trabajé con la obra de Juan desde distintos lugares. También tengo un ensayo sobre su obra, “La construcción de un imposible nido”, donde yo tomo la imagen del nido de las palabras, que a la vez él utiliza en sus poemas basados en la mística. Justamente, en la elección del discurso místico, contrariamente a lo que se decía, yo veo una enorme coherencia porque surge en el momento donde a él se le prohibía entrar al país. Allí, el otro es la Patria, ese otro con mayúsculas. El discurso místico lo que quiere es anular la distancia. A mí me parece un recurso de enorme potencia usar el discurso místico en un momento donde a él se lo quiere separar totalmente de la tierra, de la tradición de la tierra y de las voces que continuan. Yo creo eso es lo que se intentó hacer con toda esa generación, con todo el tema del exilio, favoreciendo que la gente se peleara. Esos discursos que decían que todos los que nos quedamos acá fuimos colaboracionistas o que los que se fueron se pasaban la gran vida en el exilio. Esos no eran los temas importantes a discutir pero como siempre ocurre el enemigo te corre la temática para que te disperses y gastes la energía en lo que no sirve.

Recuerdo también que cuando murió su madre escribió Sí dulcemente, el libro fue muy resistido. Más aún que los libros que buscaban el discurso místico. Él hecho de que él le hablara a su madre de un modo tan confesional, en ese momento resultó en una especie de escándalo respecto de esos otros lugares de enunciación desde los que había trabajado su poesía. Yo en ese sentido no me preocupó, creo que las cosas hay que verlas de acuerdo a la vida y a las circunctancias y esa cercanía afectiva que tiene ese libro cuando vos no podés volver a despedirte de tu madre. Ahí hay un sentido humano que va más allá de las teorías, las retóricas y las poéticas. Hubo gente más joven que se quedó con que no le gustaba el texto y no lo contextualizó: qué signfica despedirse de la madre desde el exilio.

Respecto de las influencias de su obra en nuestra generación, los libros de Gelman son muy diferentes entre sí y en eso podría haber algún permiso. En esa libertad que –me parece- siempre tuvo Juan. La de no tener una idea previa sobre lo que iba a escribir o una especie de programa estético sino dejarse llevar por lo que necesitaba en su momento. Tal vez sea eso, una cosa de libertad: libertad que no es tal sino que es obediencia a lo primero que sale. Y no digo que no haya que retrabajar, retrabajar sin traicionar el primer aliento de para dónde va una obra, una fidelidad y una obediencia profunda al incosciente. Todo el grupo del 60 fue muy fuerte para mi generación, La varita mágica está dedicado “a los hombres del 60 por cuyas ideas mi generación puso el cuerpo”. Una dedicatoria que me trajo problemas. Alberto Szpunberg, por ejemplo, directamente me lo dijo “pero vos querés decir que nosotros no pusimos el cuerpo”. “No -le dije- en lo que yo estoy haciendo hincapié es que cuando uno pone el cuerpo a los veinte años, es muy difícil que se pueda decir que lo hace por las propias ideas.” Nosotros nos enamoramos de sus ideas y entregamos el cuerpo. Algunos pudimos pasar por eso y otros quedaron allí, no lo pudieron atravesar. Eso fue lo que pasó. Esto es más grande que decir “una influencia poética”: fue una cuestión de tomar las banderas, las formas de vida. La relación entre las generación del 60 y el 70 fue un vínculo erótico, porque fue con las características del vínculo erótico, con las características de entrega, de fusión. Y no fue fusión en las obras, fue fusión en la vida.

 

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6. Gelman, hoy

por Jorge Monteleone

 

No todos los poetas inventan una lengua en el interior de su lenguaje; cuando eso ocurre, la poesía no sólo es reconocible, también es grandiosa. Góngora inventó una lengua, Pound la inventó, y también Pessoa, y hay una lengua Vallejo y hay una lengua Gelman.

Juan Gelman la inició en el habla argentina, porteña, en el centro del gotán, pero extrañada de sí hasta tornarse otra en sus poetas apócrifos, como si también fuera la traducción de voces ajenas: las de John Wendell, Yamanokuchi Ando, Sidney West, entre otras máscaras del decir como las de José Galván o Julio Grecco. Luego llevó ese extrañamiento a la poesía del exilio como memoria, huella y desgarradura: “¿Hasta dónde este exilio exterior coincide con otro más profundo, interior, anterior? ¿Hasta dónde los idiomas extranjeros, la ajenidad de rostros, voces, modos, maneras, encarnan los fantasmas que asediaron mi propia juventud?”, escribió en el poema VII de Bajo la lluvia ajena, escrito en el exilio hacia 1980. Aquel exilio extremó la lengua Gelman, que se torsionaba en sus ritmos y fundaba su gramática inesperada, emperrada: “Puma verde, no lluevas más. Ya no te empumes, ya cantés, ya te comás el libro que arde” (Salarios del impío, 1993). Buscó también en el sefardí la lengua exiliar de sus ancestros judíos, en su hondo fondo: dibaxu (1994). La lengua Gelman no creaba otros mundos en este mundo, como querían los surrealistas, sino, para retornar a uno de sus neologismos, mutaba el mundo en su “mundar”. Y ese acto poético también fue político. La lengua Gelman jamás dejó de expandirse y puso su palabra en los vacíos de ser hasta el fin, como lo hizo en su libro Hoy (2013) que hablaba otra vez de resistir, persistir en las “respiraciones del estando”.

La retórica y la lingüística, los procedimientos estilísticos, la pura asepsia de la descripción letrada pueden explicar indefinidamente cada verso de Gelman, explicar por qué quiebra la norma, cómo se vuelve expresivo en el límite de lo enunciable, cómo somete el idioma a desdecirse, cómo van y vienen en los versos las sombras de Vallejo, de Tuñón, de Manzi, de Valente, de San Juan de la Cruz. Pero nada de eso alcanza del todo para la comprensión de un poema de Gelman, de líneas como estas: “El cosmos tiembla / como lo pájaro perdido / sin coartada” (Mundar, 2007). Es como si el lenguaje que camina a nuestro lado nos obligase a mirarle la cara de golpe, a los ojos, y nos hablara en un idioma extranjero que, aun sin saberlo, entenderemos.

En 1980, cuando escribió uno de sus libros más estremecedores, Carta abierta, dedicado a su hijo desaparecido Marcelo Ariel, Carta abierta, el vínculo paterno filial quiebra el lugar de la enunciación. Se trata del intercambio entre el yo paterno y el vos de un hijo en una circunstancia trágica, horrorosa y también política, en la cual ese vos se ha sustraído en tanto está desaparecido. La suspensión de ese vos produce así un demoledor efecto de sentido. Dicho efecto debe decirse, pero lo que entonces se dice es, precisamente, lo no dicho. Esta paradoja entre el vos ausente-presente que es el desaparecido y este decir lo no dicho y decir al que no está, decir desde un yo cuando el vínculo subjetivo básico está quebrado, replantea poéticamente una pregunta que atraviesa toda su poesía posterior a la dictadura: ¿cómo nombra la lengua Gelman en lo no ser del ser?

La lengua Gelman debía llegar, entonces, a una torsión tal que superase su construcción de sentido para decir lo que no puede ser dicho y para sustentar ese vos presente-ausente del desaparecido. ¿Con qué lengua nombrar el escándalo que representa para la discursividad social la desaparición forzosa de personas? Puesto que el desaparecido ha perdido hasta el nombre en el NN y los restos buscados son restos en busca de un nombre. Y la poesía, hecha con las palabras de la tribu, no puede sustraerse a este decir de lo no dicho. La lengua Gelman trabaja, entonces, allí mismo y tiene que forzar la gramática hasta el extremo de lo decible para nombra lo indecible.

Muchos años después, cuando Gelman vio condenados a cadena perpetua a los represores que asesinaron a su hijo en el Centro Clandestino de Detención Automotores Orletti en marzo de 2011, escribió que “El poema quiere engañar al tiempo y el sufrimiento lo derrota”, a sabiendas de que “la verdad cuece vidas”, pero también de que “las médulas de los caídos dan de comer a los rumores de una rosa”. Algo había mutado en aquel libro final del 2013, Hoy que hablaba la lengua Gelman como un recomienzo y a la vez como un duelo. “Desear –había escrito Jean Allouch– es estar sin futuro”: requiere la irrupción del instante, lo discontinuo. Pero duelar requiere del tiempo futuro para realizarse, espera la continuidad. Entre duelar y desear, entre lo que ha sido y lo que será, la paradoja de aquel Hoy es que no puede duelarse lo que no comenzó y, sin embargo, terminó: “Lo que termina sin empezar es una flor que se apagó y reabre sus pétalos sin canto”, escribe Gelman. O bien: “El futuro se murió joven en aventuras de la sangre”. Porque el deseo que “nace de un desierto viste harapos”. El deseo de Hoy no surge sino como deseo de una lengua que “encuentra los vacíos de ser” o “cava pozos sin discurso”. Una lengua de tiempos irreales: “si fueras”, “si pudieras volver”; de pretéritos actualizados: “lo que se fue, se fue, pero deja su fue”; de tiempos dolorosamente durativos: “los desamparos que protegen el siendo”, “los mesmerismos del estar”. La poesía, que habla y escribe en los márgenes del capitalismo con esa letra que faltaba “cuando Dios juntó a las letras para empezar el mundo”, quiere decir la noche oscura del mundo y desdecirla para que vuelva lo imposible. La tragedia personal del poeta es social y política, pero también universal. Así la lengua Gelman entraba al siglo XXI.

Juan Gelman escribió así lo que vendrá y ya es mañana: nuevo y extemporáneo fue su estilo tardío. Con aquel último libro grandioso e incesante la poesía de Gelman acababa de empezar: Hoy.

 

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7.  La Bienvenida del Regreso a Juan Gelman


Discurso pronunciado en la Apertura del Encuentro Nacional de Poesía Joven.
Centro Cultural General San Martín, Buenos Aires. Viernes 12 de agosto de 1988.

por Juan Gelman

 

En realidad el que tiene que dar las gracias soy yo. Yo no sé hablar en público y además estoy muy emocionado, así que la combinación de esas cosas puede hacerme decir algunos disparates, ustedes lo sabrán disculpar. Estoy muy emocionado porque no solo vuelvo al país para quedarme después de trece años de ausencia, sino porque este encuentro que posibilitaron los jóvenes, es el mejor que me podría haber ocurrido. Porque es el encuentro en la poesía. Con grandes poetas nuestros como Olga Orozco, como Vanasco, como Mario Trejo, que también ha vuelto hace poco, como otros que no alcanzo a ver en la sala; y con los poetas jóvenes que no solo nos continúan, sino que sin duda nos van a superar.

Ésta es una especie de dicha, de felicidad. Ya sé que, como decía Macedonio, la felicidad es apenas una interrupción del dolor, pero qué buenas son esas interrupciones. Y no puedo dejar de recordar un verso muy bello de Vanasco, justamente, que decía que "...y la amistad de la poesía y la amistad de los poetas, que es lo mejor de la poesía". Hay otras cosas que me conmueven mucho. Cuando vine para aquí, aún antes, me decían que el país atravesaba una crisis económica grave, y eso es verdad. Me decían que había una crisis moral y ética más grande todavía, y sin duda es cierto. Hay quienes además están proclamando la muerte de la utopía, pero yo creo que este acto, todo lo que está detrás, todo lo que va a venir, demuestra que son utópicos los que creen que la utopía está muerta. Porque yo no creo que en el ser humano se pueda aniquilar la capacidad de sueño, que en el ser humano se pueda aniquilar la necesidad de poesía, que en el ser humano se pueda aniquilar la búsqueda de la belleza. Siempre recuerdo a un poeta como Case Nelson, un judío polaco, que murió en el campo de concentración de Austerlitz, y que escribió poesía en estas condiciones terribles, y que, además, no se sabe bien cómo, conseguía los cabitos de lápiz y los papelitos para escribir y las botellitas para guardar las poesías, y que burlaba la vigilancia de los nazis para enterrar esas botellitas y que a los compañeros que finalmente sobrevivieron les dijo dónde estaban, y ellos los recuperaron porque conocían el paradero de esa poesía; pero aunque no se hubiera recuperado, ese acto de poesía hubiera sido igualmente válido.

Es verdad que se han destruido muchos tejidos, y que a todos nos hubiera gustado mucho ver hoy aquí a poetas como Urondo, Miguel Ángel Bustos o Santoro; escritores como Walsh o Conti, que la dictadura militar asesinó o "desapareció" como se dice. Pero también es cierto que por más tejido que esa dictadura haya destruido, por más olvido que hoy se quiera echar sobre esa destrucción, ese mismo acto, el hecho de que los jóvenes lo hayan permitido -que hacen su primer encuentro anual, los poetas de la Capital y del interior, un hecho nunca sucedido aquí que yo sepa- demuestra que esos tejidos se están recomponiendo. Faltan otros poetas además, por otras razones, poetas como Raúl González Tuñón -padre de muchos de nosotros, gran poeta-, como Alejandra Pizarnik, que también desapareció por razones trágicas; pero pienso que de algún modo también están entre nosotros. Su poesía continúa, nosotros continuamos también en esa poesía, porque al final parece que lo único cierto es que, cualesquiera sean las circunstancias, con la poesía no pueden, y que la belleza es indestructible.

“La belleza indestructible. Variaciones sobre Juan Gelman” - Revista Haroldo | 2

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