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Revista Haroldo

Diálogo con el pasado y el presente

21/02/2020

Militancias, amores y dolores setentistas (II)

La vida de jóvenes militantes en los ’70 fue agitada, enardecida, decididamente comprometida en una lucha de todo o nada. Alicia Pes y Fernando “Pato” Galmarini recrean aquella época con claridad meridiana y como reencarnando a aquellxs que ya no están y, a la par, reviviendo un tiempo que marcó la memoria de muchxs argentinxs para siempre.

Alicia Pes
Buenos Aires, 2020
Foto: Lucrecia da Representaçao

Alicia Pes

- ¿Cuándo y cómo comenzó tu militancia Alicia?

Yo tengo 67 años, a los 19 entré a estudiar Psicología, en Filosofía y Letras, en esa época la facultad estaba en la calle Independencia. Yo venía de familia peronista, era una época, ’72, ’73, de mucha efervescencia política en la juventud y empecé a militar en la Juventud Universitaria Peronista (JUP). En uno de los exámenes, creo que en segundo año, fui a rendir y había un muchacho muy lindo que estaba sentado y estudiaba lo mismo que yo. Fui a preguntarle por una duda que tenía y cuando empezamos a hablar le pedí que me explique porque me encantó… Bueno, era Sergio Cetrángolo, el que fue mi compañero, al que le decíamos Tito.

Súper inteligente, me explicó un tema que era bastante complicado y cuando nos fuimos de ahí me pidió mi teléfono y así empezó mi relación con él. Hablamos por teléfono como cualquier pareja común, nos encontramos, nos fuimos a tomar algo. Me preguntó dónde militaba y ahí me dijo que él militaba en una Unidad Básica en San Cristóbal, Circunscripción 8, y me aseguró “vos para saber lo que es militar tenés que venir al barrio…”. Me lo dijo medio en chiste, porque obvio que lo de la facultad servía, pero realmente en los barrios una palpaba toda esta cosa revolucionaria que teníamos. Y ahí me fui, vivía en Flores, pero iba a militar a San Cristóbal.

- ¿Cómo trabajaban en San Cristóbal, en Unidades Básicas?

En esa época era un barrio complejo, lleno de conventillos e inquilinatos, y trabajábamos con la gente de ahí, con el MIP (Movimiento de Inquilinos Peronistas). Después Sergio era el responsable de Peronismo Auténtico y trabajaba con los más viejos, con los que habían estado en la Resistencia. En esa época teníamos yo 21 y él 22 años. La JP barrial se dividió en distintas agrupaciones y se armó la Agrupación Evita que era para trabajar con las mujeres de los inquilinatos.

- ¿Eso era en el ’73 todavía?

No, ya en el ’75 tuvimos que cerrar la Unidad Básica porque pasaban con las ametralladoras y nos baleaban. La casa de mi compañero estaba a una cuadra de ahí y prácticamente empezó a funcionar como UB y haciendo reuniones. Al poco tiempo de eso nos casamos y yo me fui a vivir en esa casa, él vivía ahí con unos compañeros porque su madre se había ido a Estados Unidos. Me instalé ahí, en otra pieza vivían los dos compañeros que iban rotando, después vino una pareja. Todavía era la época de la legalidad, si bien era peligroso porque ya estaba la Triple A funcionando, igual militábamos en el barrio.

- ¿Tuvieron hijos?

Sí, nació mi nena en marzo del ’75, pasa el tiempo y el ’76 nos encuentra levantados, habíamos tenido que dejar esa casa de la calle Pavón y nos mudamos a un departamento. Ya habían empezado a pasar cosas, la casa era muy visible y tuvimos que levantar todo e ir al departamento. Ahí vivimos muy poco tiempo porque cayó el Francés, un compañero entrañable que conocía la dirección y tuvimos que irnos. Te cuento que aunque uno estaba muy comprometido y sabíamos que no teníamos que decir las direcciones, extrañaba esta cosa de los amigos y la dirección se filtraba. Cuando yo me enteré que Tito le había dado la dirección al Francés me enojé… Pero después él venía siempre a casa, a comer, si no era todo muy solitario, tan feo y difícil…

“Militancias, amores y dolores setentistas (II)” - Revista Haroldo | 1

Sergio Cetrángolo en la terraza de la casa que compartían con Alicia.
Buenos Aires, 1975

- ¿Dejaron el departamento o se quedaron?

- No te voy a contar todas las levantadas que tuvimos, porque de ahí en más, cuando cayó el Francés fuimos a parar a la casa de un compañero que era un puesto sanitario, esa casa la reconocí después de muchos años, tenía ventanas redondas, estaba en Gral. Paz y Nogoyá. Yo no sabía dónde estaba, me llevaron compartimentada. Ahí estaban dos compañeros, Pipo y Adela, una pareja más y nosotros. Pipo y Adela tenían una nena de la misma edad de Mariana, mi hija, ahí vivimos sólo quince días y hubo que levantar esa casa. A esos compañeros no los vi más. Después me enteré que Pipo cayó y los otros compañeros también.

- ¿Vos venías de una familia peronista?

- Sí, pero no revolucionarios, peronistas de Perón. Pero bueno, en esa época que andábamos medio en la calle, que no teníamos adonde ir, nos metíamos en los Pumper Nic que había en ese tiempo. A mi hija Mariana, pobrecita, con los pañales de tela no tenía adónde cambiarla, toda piyada, un desastre. Y de repente aparece la que era la compañera del Francés embarazada de ocho meses. Ahí supimos que hacía como un mes que había caído él y no había cantado la casa y decidimos volver ahí. Cuando llegamos estaba todo revuelto, al tiempo él contó que dio la dirección después de casi dos semanas, teniendo en cuenta que ya se había levantado su compañera. Pero cuando yo toco la yerba que había quedado volcada de un mate, estaba caliente… se habían ido recién.

- ¿Se fueron o se quedaron ahí?

- No, fue todo una locura, la compañera del Francés, a la que le decíamos Lidia, estaba como en otro mundo, recorría la casa y decía “¡mis tacitas de café, me rompieron las tacitas de porcelana!”… era una compañera muy comprometida, pero bueno… Tito salió del baño y dijo “¡no puede ser, cagaron en el baño y lo pintaron todo con mierda!”, habían escrito Montoneros y un montón de cosas más. Y yo era la única que con mi hija en brazos gritaba que nos vayamos, que la yerba todavía estaba caliente. Huimos los tres y yo sentía como que nos seguían, caminamos y caminamos y nos metimos con la nena en un cine, daban una película que se llamaba “Es preciso ser hombre”…

- Bueno, pero cuando terminó la película no tenían adónde ir…

- No, yo me metí con la nena en una pensión que era de una compañera que vivía ahí y le administraba el lugar al dueño, y ella metía compañeros a quedarse de noche. Dormimos en la misma pieza que tenía ella con su hija.

- Y tu marido y los demás…

- Él no tenía lugar y estuvimos como un mes separados… Esa compañera que atendía la pensión, que se llamaba Hilda y era divina, varias veces nos cuidó a la nena y nos íbamos los dos a un hotel alojamiento. Nosotros de regalo le llevábamos los toallones, sí, nos robábamos los toallones del hotel para llevárselos a ella como agradecimiento por todo lo que hacía por nosotros. En un tiempo que habrá sido un mes, más o menos, mi compañero consiguió un departamento para alquilar, no teníamos ni garantía ni nada, estábamos clandestinos, pero teníamos un compañero muy comprometido. Era un oficial de Montoneros, hijo de un militar muy conocido que no era golpista y a través de él pudimos alquilar, yo figuraba como su hermana y decíamos que habíamos venido del interior porque nuestra nena estaba enferma. El alquilaba con su nombre y sus garantías y decía que iba a vivir un tiempo con su hermana, su cuñado y la nena que estaba tratándose en el hospital de niños, así fue que pudimos tener un departamento.

- ¿Lo hicieron funcionar para la Organización o sólo para ustedes?

- No, por supuesto funcionó para la Organización también, con la asistencia de compañeros de ámbitos mucho más altos. Ahí conocí a compañeros que después nos traicionaron: el “Pelado” Diego, “Caballo loco” y todavía pienso si fueron compañeros o infiltrados. Finalmente de ahí tuvimos que irnos, porque no sé quién cayó, estábamos con este compañero que era hijo del militar, muy amigo nuestro, muy católico. Nosotros teníamos que bautizar a Mariana, la nena, yo quería bautizarla y lo elegí a él como padrino. Cuando estábamos en ese trámite nos tuvimos que volar a otra casa los tres con la nena. En esa casa, donde el responsable era mi compañero, teníamos muchas cosas guardadas. Una noche estábamos todos acostados y mi compañero se levanta y dice que está la policía abajo. Paco, nuestro compañero, alzó a la nena, estábamos todos temblando y queriendo subirnos ya a la azotea, nos tuvimos que escapar, Paco tenía puesto sólo el pantalón y un saco. Nos enteramos que había caído otro compañero, Marcelito Pardo, “el Rengo”, esa casa la conocía porque la había conseguido el padre. O sea que hubo que levantarla también.

- Era una cacería continua… ¿Encontraron otro lugar?

- Sí, mi mamá nos consiguió un departamento que era de ella y recién se habían ido los que se lo alquilaban, así que nos fuimos a vivir ahí. Antes de eso estuvimos unos días a un hotel, en Flores y yo estaba embarazada nuevamente. Pero con tanta corrida yo perdí el embarazo a principios del ’77, era un embarazo de 9 meses, fui a un hospital de Avellaneda porque estábamos clandestinos, en realidad no tendría que haberla perdido con un médico pago, pero venía de pié y no me hicieron una cesárea cuando se debía y la bebé nació ahorcada.

- Ya en plena dictadura todo se complicaba mucho más…

- Sí, ahí empezamos a desconectarnos de todo, pero no fue que nos quebramos, o se quebró Tito que era el que más responsabilidad tenía. No, era imposible, no había forma de conectarnos, él no tenía trabajo, y yo estaba con la nena y ahí quedé embarazada de nuevo. Tito se encontró en el barrio con un amigo que era carnicero y le dijo que fuera a trabajar con él a la carnicería. Lo llevó a él y a otro compañero al que le hacía atender la verdulería. Así, además teníamos comida y trabajo.

- ¿Quedaron desconectados y fuera de la militancia?

- No teníamos contacto con nada, había que pensar en nuestro futuro y cómo íbamos a vivir. Entonces hablamos con mi mamá y decidimos que podíamos vender ese departamento y comprar un fondo de comercio que tenía que ser una carnicería para que estuvieran los dos juntos porque mi marido no sabía nada de carne. Y compramos una carnicería en la calle Paunero y Cabello, a cuadras de Las Heras. Él estaba en la caja y tenía un muchacho que cortaba y atendía, con la expectativa de tener dinero y un negocio. Pero de ahí se lo llevaron…

- ¿O sea que lo venían siguiendo?

- Sí… ya había nacido el bebé, Agustín, tenía cinco meses, gracias a Dios habíamos alquilado un departamento frente a la casa de mi mamá y ella cruza y me dice que no sabía quién la había llamado para decirle que se lo habían llevado de la carnicería. Era 1978, había compañeros que habían caído y habían zafado, pensé en eso y dije “yo me quedo y los enfrento”, pensando que si me quedaba estos tipos podían ver que mi marido estaba alejado hacía un año. Pero me quedé con mi mamá y vinieron, nos tiraron con una frazada al piso, nos tuvieron toda la noche, revolvieron todo, se llevaron las fotos. Era el Ejército, me di cuenta por las armas que llevaban. Rompieron muchas cosas, y en unos sillones encontraron unos documentos falsos nuestros. A Tito se lo llevaron al Olimpo, pude saberlo ahora, hace muy poco, hubo gente que estuvo detenida con él.

- ¿A ustedes no las llevaron?

- No, nos dijeron que yo tenía que ir todas las semanas a la carnicería a ver si aparecía alguien, algún compañero. Fueron todos, yo los veía pasar y no entendía por qué lo hacían. Había uno que tenía un taxi y pasaba, pasaba, y veía que había un tipo y un Falcon en la puerta. Un día entró a pedir agua para ponerle al radiador del auto y lo único que pude hacer fue decirle “rajá Gallego” y se fue a la mierda… Un tiempo después volvió a verme y me dijo “vos me salvaste la vida”. Yo iba con mi papá, pobre viejo. Los tipos estuvieron cuatro días y no vinieron más.

- ¿Seguiste quedándote en lo de tu mamá?

 - A Tito se lo llevaron el 2 de octubre y el 28 de octubre me vinieron a buscar a mí, eran de la Marina, no sabían nada, me preguntaban por mi marido y yo les dije que se lo habían llevado hacía tres semanas, entonces me llevaron a mí a la ESMA y por suerte no se llevaron a mi hijo Agustín que tenía cinco meses. Ahí me tuvieron aproximadamente veinte días, me trataron mal pero no me torturaron. Yo no sé, no supe, no tengo bien en claro por qué me llevan. Tampoco me preguntaban ni me interrogaban mucho.

- ¿Vos qué les decías?

- Que nosotros estábamos apartados, que Tito no tenía nada que ver. Después venían los malos que me pegaban, y venía el bueno que me decía “vos te vas, salís de acá, quédate tranquila. Tu marido si hubiese caído con nosotros hubiese sido otra historia, pero no lo tenemos nosotros acá”. Después me enteré que en la ESMA lo pidieron prestado, él estaba en el Olimpo y lo llevaron al mismo lugar donde estaba yo… ¿Por qué me tenían a mí abajo que era el lugar donde ellos torturaban? Porque él estaba arriba, para que yo no pudiera escuchar ni la voz. Ahí lo vieron compañeros. Hablaron con él…

- ¿Y cuántos días estuviste ahí?

- A los veinte días me largaron y seguí mi vida, busqué trabajo, seguí criando a mis hijos, me fui a vivir con mis viejos. Un tiempo después armé otra pareja y tuve dos hijos más, él tenía una hija, así que en total teníamos cinco hijos, los chicos se llevaban muy bien, hasta hoy somos una familia con los chicos. Pero lo que no funcionó fue la pareja, es muy difícil armar una pareja con alguien desaparecido en tu historia, es muy difícil… Entonces la pareja se desarmó, pero bueno, los chicos son muy unidos los cinco.

- ¿Tenés buena relación con él?

- Ahora sí, al principio nos odiábamos, ahora pasa Navidad con nosotros, Año Nuevo… Su hija para mí es la hija del corazón, tengo cuatro nietos, tres nietos biológicos y una nieta del corazón.

“Militancias, amores y dolores setentistas (II)” - Revista Haroldo | 2

Alicia Pes en la terraza de la casa que compartían con Sergio.
Buenos Aires, 1975

- ¿No tuviste otra pareja?

- Tuve romances pasajeros, pero nunca pude enterrar al desaparecido.

- ¿Y tenés nietos?

- Y bueno, Mariana es la pareja de Juan Pablo, el hijo de Susana, mi hija mayor. Mariana y Juan Pablo tienen dos nenes, y Agustín, mi otro hijo también está en pareja con una compañera, tiene una nena que se llama Anita. La hija de mi ex-marido tiene una hija que se llama Catalina, y los mellizos que son los más chicos no tienen pareja todavía. Y acá estoy yo sola y con mi familia.

- ¿Pudiste saber algo de Tito?

- Sí, lo que pasa es que los chicos empezaron a militar en HIJOS, y ahí apareció una señora, Isabel, que había estado presa con él en El Olimpo. Otros compañeros me contaron que lo vieron, que habían estado con él. O sea que él estuvo prestado en la ESMA y después lo devuelven a El Olimpo y de ahí lo trasladan. Incluso los compañeros que estaban ahí saben cuándo lo trasladaron. Hay muchos que volvieron, él no, lo que pasa es que él era un cuadro, a él no lo iban a hacer aparecer…

- Hace un rato dijiste “nunca pude enterrar al desaparecido”, háblame un poco de eso.

- Y es eso, cuando una figura es desaparecida no es un muerto que vos lo velás, lo enterrás y tenés un lugar donde ir a ponerle flores…

- ¿Pusiste baldosa?

- Mirá, pusimos una placa de bronce en la calle San Juan, en cada arbolito que se plantaba poníamos una placa por los compañeros que no estaban. Y pusimos la baldosa que hicieron los chicos frente a la casa de él, en la calle Pavón. Pero no es lo mismo, por ejemplo el papá de mi yerno sí, aparecieron los restos, nosotros nada, se supone que lo tiraron al mar o al río. Mi hija Mariana va y tira flores al Río de la Plata. Yo prendo velas en casa, con una foto… No sé cómo honrarlo, por eso es muy difícil, yo no lo pude reemplazar nunca.

- ¿Y a los chicos qué les dijiste cuando dejaron de ver a su papá?

- La verdad. Esa fue toda una historia, porque qué pasa, yo me voy a vivir con mi mamá, hecha pelota, la nena tenía 3 años y el nene 5 meses. Mi mamá les dice que el papá está de viaje, yo estaba tan mal que no podía, pero además porque pensaba que él iba a volver y sostuve esa historia al menos dos años. Yo tenía un Fiat 600 y un día venía en el auto con los dos sentaditos atrás; y mi hija me dice “mamá, mi papá no nos quiere…” Y le pregunto por qué dice eso y me contesta que si los quisiera por lo menos les mandaría una carta. Y yo ahí pensé ¿qué le estoy diciendo a esta chica, que el padre se fue y se olvidó de ella? Entonces ahí les dije la historia de los malos y los buenos, que los malos no querían que los pobres comieran, que fueran a la escuela… No sé, viste, les armé como un cuento y ahí empezaron a entender por qué el papá no volvía.

- Y a medida que iban pasando los años ibas completando la historia…

- Sí, la completé ya siendo mucho más grandes. Es más, creo que después de haber dado mi declaración en Comodoro Py empecé a hablar más, yo no hablaba mucho y creo que mis hijos se han enterado de todas las minucias a partir de mi declaración. Ellos sabían que el padre estaba desaparecido, pero había cosas de la vida nuestra que me costaba mucho hablarlas. Pero bueno fue pasando el tiempo y mis hijos están bien. Y lo más importante es que están haciendo cosas, laburando. Mi hija Mariana es psicóloga, trabajó mucho tiempo en el Ulloa, Agustín está en HIJOS, trabaja en el Observatorio de Derechos Humanos del Senado, hasta los mellizos están comprometidos, uno de ellos milita en HIJOS Oeste, la hija de mi ex -marido también militó en HIJOS… Y el hecho de militar y empezar a descubrir cosas de su padre, de hablar con viejos compañeros los ayudó muchísimo. Estamos siempre en este medio y eso contribuyó mucho.

- Y tu vida…

- Y sí, bueno, la vida me quedó partida en dos, la otra vez mi hija dijo “nos la devolvieron, partida pero no rota…”, y sí, es así.

“Militancias, amores y dolores setentistas (II)” - Revista Haroldo | 3
Fernando "Pato" Galmarini
Buenos  Aires, 2019
Foto: Lucrecia da Representaçao

Fernando “Pato” Galmarini

-¿Cuándo empezaste a militar?

- No tengo una fecha precisa, pero sí tengo recuerdos que seguramente después dieron origen a mi militancia… El 16 de septiembre del ’55 estaba jugando en un equipo de los Torneos Infantiles Evita que se llamaba Mundo Infantil, igual que una revista que existía en la época. Ese día, como tantos días del año, jugábamos a la pelota con los pibes del barrio, yo vivía en Arenales 3859, entre Scalabrini Ortiz y Malabia. Jugábamos en la calle de adoquines, o teníamos a media cuadra una plaza que todavía existe, Intendente Casares. Habrán empezado los bombardeos y nosotros habremos supuesto que eran parte de la tormenta que se estaba preparando… Pero vimos correr gente que desaparecía y ninguna se quedaba frenada en el mismo lugar. Corrimos nosotros también y subimos  a mi edificio hasta donde estaba la azotea.

-¿Podían ver algo desde ahí?

- Sí, empezamos a ver el humo, el estruendo y muchas de las azoteas vecinas con gente mirando lo que estaba pasando y eran los bombardeos a Plaza de Mayo, las bombas más cercanas se escuchaban muy nítidamente. Un tiempo después nos enteramos de que eran las que cayeron cerca de Las Heras y Pueyrredón porque quisieron matar a Perón en la residencia presidencial que está en Austria y Las Heras.

- ¿Eso te dejó una marca en tu historia de vida y de militancia?

- Eso debe haber sido el comienzo de la historia poco feliz después de la felicidad que tuvimos los pibes hasta el 16 de septiembre. Para muchos de los que nos gustaba el deporte fue una etapa espectacular. Yo creo que me acuerdo de muchísimas cosas de mi viejo no sólo por haber ido a las canchas de fútbol, o porque me acompañaba a jugar en los Torneos Evita, sino también por los encuentros en el Luna Park. Al lado de mi casa había una bicicletería que se llamaba El Indio y que tenía representantes en el ciclismo nacional. Ahí conocí a todos los ciclistas famosos en el KDT que era el lugar donde Perón iba muchas veces a verlos; o al Velódromo inaugurado en el año ’61, o’62. Y vi carreras en la Costanera o en los Lagos de Palermo, antes de verlas en el autódromo que se llamaba Juan Perón y ahora se llama Oscar y Juan Gálvez.

-¿Qué pasó cuando todo eso se terminó con la Libertadora?

- Eso me acompañaba permanentemente. Creo que después de eso algo que a mí me nace rápidamente es el haber conocido al padre Carlos Mugica, al que también le gustaba el deporte más que la risa, me hice muy amigo siendo muy pibe, 16 ó 17 años.  Él todavía no era sacerdote, estaba en el seminario de Villa Devoto y yo iba a jugar al fútbol ahí y ni sabía adónde iba; también estaba el padre que tocaba la guitarra, Alejandro Mayol. Había otro cura que jugaba fenómeno y amigos de Carlos que eran hinchas de Racing como el Loco Corbata o Martín Pando, jugábamos en la Villa 31. En todos esos últimos años del ’50 y un poco más se debe haber armado alrededor mío o adentro mío mi historia posterior.

- ¿Qué pasó con el triunfo de Arturo Illia y el peronismo proscripto?

- En el ’62 o ’63 recuerdo que en la Iglesia Del Socorro, a la vuelta de la casa de Mugica, en su prédica desde el púlpito señaló que el triunfo de Illia no había sido democrático, porque ya estaba proscripto el peronismo, y esa elección fue ganada por el 20 por ciento más o menos de los votos. Esa fue la última vez que yo lo vi cerca de su casa a Carlos, porque nos juntábamos en un bar frente a la iglesia, y yo hablaba con él, era una suerte de confesión mía con él. No era solamente él, fue la cara visible de muchos curas y obispos que después se fueron conociendo como los del Tercer Mundo. Y se me ocurre que eso tuvo en mí una enorme influencia, porque Carlos fue un gestor del peronismo para muchos pibes y pibas. A mitad de los ’60, creo que en el ’65, yo la conocí a Lucía Cullen, una piba a la que después desaparecieron, yo fui muy amigo de ella, conocí a sus padres. Ella militó muchísimo tiempo en la Villa 31, donde Carlos tuvo dos iglesias.

- ¿Las mujeres militaban junto con ustedes?

- En algunos casos. En forma paralela a lo de Carlos Mugica fui conociendo a tres tipos que no puedo no recordar: Oscar Gregorio, Horacio Mendizábal y fundamentalmente Norberto Habergger, del cual fui más amigo, por estas cosas de la vida, los quise mucho, fueron mis amigos, mis compañeros. Y junto a ellos también recuerdo a Fernando Saavedra, al “Negro” Osvaldo Sicardi y a su mujer Cristina y a otros y otras que ya no están y a algunos que todavía viven. Ese grupo fue el inicio de los Descamisados, una agrupación político-militar a fines de los ’60. Pero a comienzos de los ’70, esto que fue una cosa muy interesante y comprometida se fue opacando, desordenando. Porque a medida que se acercaba el momento en el que Perón volvía y que estaba más cerca, el tema fue que se agrupó como la única organización Montoneros, ahí nos juntamos todos, las FAP (Fuerzas Armadas Peronistas), los Descamisados y las FAR (Fuerzas Armadas Revolucionarias) y casi te diría que en el ’72, ’73, se hizo una única organización político militar.

“Militancias, amores y dolores setentistas (II)" - Revista Haroldo | 4

El "Pato" Galmarini, el "Torito" Martínez y Antonio Cafiero en un partido de fútbol organizado para la campaña de Cafiero gobernador.
1987

- Pero había diferencias entre las organizaciones en cuanto al retorno de Perón…

- Sí, y esto dio como resultado que entre fines del ’73 y principios del ’74 las diferencias se fueron convirtiendo en insalvables y tuvieron su momento culminante un mes antes de la muerte de Perón, en Plaza de Mayo, el 11 de junio del ’74.

- ¿Ahí militabas con quiénes? ¿Había o no había mujeres?

- Pero claro, ahí estaban las mujeres también, nuestras compañeras de entonces y muchas de esas compañeras hoy siguen militando, o no, con sus maridos. Son muchísimos compañeros y compañeras de entonces a los que conocí y con los que conviví. Después de esos momentos de discusiones, de broncas, de decisiones encontradas, casi no los vi, casi no los veo. Y no porque no quisiera verlos, es que la vida nos llevó por caminos tan distintos que nos desunió.

- ¿Vos también pasaste de Descamisados a Montoneros?

- Claro, y en el ’71, un tiempo antes del retorno de Perón, vivía con una pareja y yo con mi mujer de entonces, ya había nacido mi primera hija Bernardita, al final nos separamos de ellos por problemas de la casa, era en Monroe 4.140, creo que fue por broncas de la convivencia. Pero con el marido habíamos comprado una camioneta, yo laburaba en ese entonces en tres o cuatro empresas en el área de comercialización, en una de ellas me iba bien, pero el compromiso de la política me iba sacando de eso…  La camioneta la compramos con ese compañero para hacer changas.

- ¿Se fueron a vivir solos con la nena?

- No, nos fuimos a otra casa con otros compañeros, por Villa Urquiza, y ellos se fueron a Olivos. Al poco tiempo reventaron la casa de Olivos y murió una chica, compañera. Llegaron el Ejército y la cana, encontraron muerta a Alicia Camps. Y ahí aparecieron los papeles de la camioneta que teníamos en común con el compañero con el que habíamos convivido. A las pocas horas estuvieron buscándome en lo de mi vieja, y nos rajamos con mi mujer, fue antes del retorno de Perón. Para eso ya teníamos otra beba y mi pareja aguantó unos días, pero le pareció que tenía que quedarse con las nenas y terminé yo rajándome solo.

-¿Te buscaban con tu nombre o tenías un documento distinto?

- Y me fui solo, ya con una cédula de identidad, en la Orga me llamaban Lucas y en la cédula trucha me pusieron Lucas Ramos. Terminé viviendo en varias casas, primero en una en Olivos con un compañero que recuerdo mucho que está desaparecido, Ángel Georgiadis. Lo mataron con otros compañeros a los que sacaron de la cárcel 9 de La Plata, dijeron que se querían escapar y los amasijaron. Después de ahí terminé mandado a zona sur y anduve por todos lados, si me preguntás dónde viví no sé decirte, porque todos los días era un cambio.

- Y no veías a tu mujer y a las nenas para nada…

- No, porque ella se presentó por su lado en encuentros con la cúpula de la Orga y en lo que era en ese momento la Cámara Federal, la que se llamaba “el Camarón”, año ’72 creo, ahí solamente se  juzgaban los delitos de subversión. Se presentó diciendo que yo era un loco de la guerra y que ella no tenía un carajo que ver. Eso pasó con muchas parejas donde las mujeres, las madres, lo hicieron para quedarse con sus hijos y no exponerlos a la desaparición de la pareja o de lo que después fue la desaparición y afano de los chicos. En esa recorrida por el sur a quien conocí fue a Norma Arrostito “Gaby”; ella vivía con otra compañera que me dijeron que se fue a Suecia, no sé bien si sigue viviendo ahí. Yo a Norma la conocí porque tomamos mate alguna tarde en su casa y tengo el recuerdo de una chica a la que la seguía el planeta… Era menudita, de voz baja, creo haber escuchado de su tristeza por no ver a sus viejos, estaba compartimentada desde lo de Aramburu, hacía un par de años.

- ¿Siempre estuviste en Montoneros?

- Hasta la JP Lealtad, no hubo un armado único, se fue armando por discrepancias. Los que estábamos más cerca de Perón decíamos que todo se acababa con el retorno de él, mientras que los de la Orga decían que eso era una guerra prolongada… Y argumentaban que era un hombre ya mayor, que iba a claudicar, que era de la democracia formal y que no era un revolucionario, eso era lo que se discutió en aquél momento.

- ¿Hasta cuándo seguiste como clandestino?

- En ese momento yo me reencontré en el sur con Lucía Cullen que apareció no sé por qué, con un tipo que a mí me impactaba porque ya conocía su historia, José Luis Nell, su compañero de entonces, el del asalto al Policlínico Bancario, Tupamaro, rajado de Punta Carretas entre otros con Raúl Sendic, con Pepe Mugica y su mujer. Con ellos estuve mucho tiempo allá en el sur, y ahí la conocí a mi ex -mujer Marcela Durrieu, año ’73, estaba militando, casi recibida de médica, era parte de la Sanidad de la Organización, tendría 23 ó 24 años. Y al tiempo la volví a encontrar después de esa noche que la conocí, fui a levantar la Sanidad, cuando se terminaba de hacer lo que había que hacer se les decía a los médicos “tómensela que está todo bien…”

- Marcela, la mamá de tus otros tres hijos, Malena, Martín y Sebastián…

- Sí, al poco tiempo la encontré siendo el responsable de enseñarles a tirar a los más nuevos, entre ellos a Marcela. Y ahí nos metejoneamos y nos fuimos a vivir juntos. Pero creo que eso ya era casi en la JP Lealtad, ya había llegado Perón, yo fui con Raúl o sea José Luis Nell y otros compañeros, pero no había una JP única, había un quilombo… se desgranaba.

- Eso quedó bien claro en Ezeiza, ¿no?

- Sí… Después del lío que se armó en Ezeiza con la llegada de Perón, fui varias veces a lo de Lucía Cullen y José Luis Nell, que eran pareja, los había casado el cura Mugica y vivían frente a la cancha de Polo de Palermo a un 7º u 8º piso. Me acuerdo que fui varias veces a hacerle masajes porque a él le habían pegado un tiro en la médula. Eran infructuosos, estaba paralítico… José Luis había comprendido al peronismo, había comprendido mucho a Perón, era un tipo que en ese momento estaba de acuerdo con lo que era la JP Lealtad y de eso hablábamos mientras yo intentaba hacerle masajes.

- ¿Nell se suicidó finalmente, no?

- Sí, sí. Un día José Luis decidió terminar con su vida, salieron de su casa en la calle Ortega y Gasset y seguramente se habrán puesto de acuerdo, ella lo montó en el auto, lo llevó a una barranca en Martínez, lo bajó, lo sentó en su silla de ruedas, le dio su pistola, ella se fue y él se amasijó… Durísimo, es lo que supe, lo que salió en los diarios. A Lucía no la ví más y después la chuparon y creo que desapareció en el Campo Clandestino Omega, cerca del Camino de Cintura. Yo a Lucía la quería mucho, una vez nos fuimos juntos de vacaciones con ellos y mi primera mujer. Lucía estuvo muy metejoneada con el cura Carlos Mugica, y no fue la única que yo conocí a la que le pasaba eso, el cura era alguien con mucho carisma y seducía, rubio, lindo, ojos celestes y una fuerza enorme, la voz cantante de cientos y cientos de curas.

- ¿Qué opinaba él de la lucha armada?

- Yo, como te dije, lo conocí mucho y nunca jamás me dijo “hay que agarrar los fierros”, he vivido mucho con él, nunca me dijo una palabra sobre eso. Es más, cuando llegó Perón estaba durísimo con las organizaciones armadas, por eso cuando lo matan muchos pensaron que fueron ellas, pero después se supo que habían sido los milicos y López Rega.

“Militancias, amores y dolores setentistas (II) ” - Revista Haroldo | 5

El Pato Galmarini, Hugo Gatti y Ubaldo Fillol.
1983.

- Bueno, contame un poco más de la que fue tu compañera y madre de tres de tus hijxs, Marcela Durrieu.

- Con Marcela vivimos un montón de años juntos, 22, 23 años. Yo tengo cinco hijxs, Socorro y Bernardita y después lxs tres con ella. Cuando ya vivíamos juntos nació Malena, militábamos por separado porque ella en ’74, ’75 se recibió de médica.  Siendo una pendeja estudiaba y militaba en la JUP Lealtad en aquél momento y también en Medicina. Y nosotros, muchos de nosotros, tuvimos un paso efímero en la JP Lealtad. Pero nos enganchamos muy rápidamente con el movimiento obrero de entonces que ya era muy polenta, donde yo que era un pibe ya había conocido con Mugica a Rucci, a Lorenzo Miguel, y el que nos recibió a algunos de nosotros de la JP Lealtad fue quien era el secretario general de los Textiles que se había rajado, Casildo Herrera. Ahí yo empecé a tener un vínculo muy fuerte con el movimiento obrero.

- ¿Ya vivías con Marcela?

- Marcela en ese momento tenía un departamentito muy chico. Ahí vivimos un tiempo juntos, pero yo tenía mucha militancia en Zona Norte porque soy de allá, de San Isidro, y mi vieja vivía ahí, así que nos fuimos a vivir con ella. Hasta que un día posterior al 24 de marzo estábamos ahí, Marcela laburaba ya recibida a media cuadra de la casa de mi vieja, en el Hospital de Niños de San Isidro recién creado. Y la fueron a buscar a Marcela, no a mí… Aparecieron en un Falcon en la casa, sacaron a patadas al portero y la agarraron a mi vieja que no entendía nada de nada, pero que escuchaba lo que hablábamos y cuando le preguntaron por Marcela dijo cualquier cosa. A mí no me buscaban. Pero los tipos fueron igual adonde Marcela hacía guardias y ahí no la encontraron, fueron al Hospital de Niños y el director de entonces, no recuerdo el apellido, un buen tipo, les dijo que hacía un tiempo que no laburaba. Nosotros levantamos la casa y nos fuimos. En el ’75 habíamos comprado un terreno para una casa con el plan Eva Perón, yo estaba en la Secretaría de Turismo y Deporte con Alejandro Yebra. Salimos todos los que laburábamos ahí a comprarnos lo necesario para hacernos la casa, es la casa donde todavía vive Marcela. Aquello en esa época era la nada, hoy es un barrio muy lindo, yo vivo a diez cuadras de ahí.

- ¿Pero qué pasó con Marcela, la siguieron buscando?

- En ese momento llevábamos a Malena a quince cuadras a que la cuidara una señora porque nosotros teníamos que laburar, no había colectivo, nada, la llevaba en bicicleta. Al poco tiempo, unos vecinos muy buena gente, él era un profesor de Educación Física y daba clases de judo en Gendarmería, y yo un día le digo que están buscando a Marcela y que vamos a abandonar la casa, si nos haría el favor de prender las luces de noche y apagarlas de día. Ahí me habla de su laburo, que conocía gente que nos podía dar una mano y aceptamos. A los días, él, Ángel, dice que vayamos a la casa a la noche con Marcela y aparece un tipo “Coquito”, grande, gordo, no tenía cuello y llegó con tres más, eran servicios. Fuimos con Marcela y Malena que tenía menos de un año, nos pidieron interrogar a Marcela, a mí no y no me dejaban hablar. Y el tipo le dice a Marcela “señora, yo voy a tener que llevarla…” Y ella le contesta “sí, lléveme, total como no tengo nada…” Había estado en Monto y JP Lealtad. Pero Ángel y su mujer le dijeron a “Coquito”: “de acá ella no sale, eso no era lo convenido, ¡de acá no te llevás a nadie!” Y no la llevaron.

- ¿Pero se quedaron a vivir ahí de todos modos?

- No, nos fuimos a vivir a un stud que nos prestaron unos compañeros y venían a visitarnos ahí mis hijas Bernardita y Socorrito. Todo eso en el ’76,’77, Mientras tanto yo seguía muy prendido con el Movimiento Obrero que tenía sus sindicatos intervenidos, con agrupaciones que se iban gestando para no perder los gremios. Y en esa tarea, en el ´78 creo, ya estábamos armando la Agrupación de Prensa, yo fui a Diario Popular a trabajar, donde te conocí a vos. Te acordás de todos los compañeros y compañeras, Juárez, Rodolfo Audi… después hicimos la agrupación Scalabrini Ortiz.

- Sí, y vos junto con un montón más de compañeros cayeron presos en el ’78 también…

- Sí, en septiembre del ’78 en San Fernando, veinticuatro éramos de los gremios, de los textiles, de la zona Norte y yo que era de la Agrupación de Prensa Scalabrini Ortiz, estábamos en la CGT que después fue la de Saúl Ubaldini. Estuvimos presos quince días, Marcela iba con Malena y Sebastián recién nacido a la puerta porque sabía que me iban a interrogar y tenía miedo de que me llevaran a mí, pero no, eso sí, preguntaron durante una hora. Roberto García, secretario del Sindicato del Caucho estaba al pie del cañón para cuidar que no nos llevaran a ninguno. Sí, de ahí fuimos saliendo de a uno, pero era todo el tiempo, cosas desagradables, rajes de la casa a cada rato.

- Hablemos un poco más del rol de las mujeres en la militancia de aquellos años…

- Yo conocí una infinidad de mujeres, de compañeras, que militaban a la par de los hombres o mucho más, pero después tenían lo que han tenido y todavía muchas tienen que es la necesidad de atender sus casas y a sus hijxs, hacer las compras, etc. Y en las épocas más duras de las organizaciones armadas, maridos en las orgas, y nosotros cuando empezamos a militar con el movimiento obrero. Las mujeres de los dirigentes gremiales muchas veces hablando con ellas se quejaban de sus maridos. Secretarios generales de gremios o compañeros de comisiones internas o de base, cuando ellas querían militar, la cara de ellos no era de mayor felicidad…

- Pero hubo mujeres que tuvieron incluso grados importantes.

- Sí, hubo mujeres que yo conocí que estaban al frente de operaciones importantes de alguna de las organizaciones, que manejaban “los fierros” tanto o mejor que muchos hombres. Pero eso era una parte, el tema de ser jefa de un sector, de una organización o de un sindicato aparecía muy de vez en cuando… El  Movimiento Obrero Organizado, columna central del peronismo, si todavía hoy uno cuenta cuántas son las mujeres, da que son escasas. Yo hace mucho que no participo de la CGT, pero en la época de la CGT de los Argentinos, eran contadas con los dedos de la mano las compañeras. Con Saúl Ubaldini, con los dedos de una mano y un poquito más…

- Y eso no mejoró con la llegada de la democracia.

- En el ’83 en el peronismo eran contadas no sólo en el Congreso de la Nación sino en los congresos provinciales y en las listas de los concejales de los distritos de la provincia de Buenos Aires, que es lo que yo más conozco. La lucha de la mujer junto al hombre viene de la época de la Independencia, también eran contadas las mujeres con grados de generalas, coronelas o jefas importantes de los ejércitos libertadores.

- ¿Y cuando llegó Eva Perón?

- Bueno, eso fue un tema donde las mujeres tuvieron la fortuna de estar junto a Evita y de pelear por el voto femenino, después por el armado de las listas. Y en el ’83 dieron una enorme mano porque siguieron peleando por el sector femenino. Pero yo diría que si hay un gran salto en la conquista de los espacios políticos por las mujeres, es en la época de los ’90, lento, lento, pero el tercio femenino fue un salto importante.

- Pero el tercio no salió muy fácilmente…

- Una de las tantas mujeres que yo conozco y no fue una sino que fueron muchas, era Marcela Durrieu, muy militante en muchas cosas, muy militante en la época de la Resistencia Peronista y muy militante del feminismo, por poner un nombre. Ella comparte que el tercio salió por muchas compañeras, no por muchísimas y porque mucha atención le prestó al tema el presidente de la Nación que en ese momento era Carlos Menem. Pero había numerosos hombres importantes de la primera línea del peronismo que estaban en contra. En muchas reuniones yo mismo escuchaba decir “por qué estas minas no se dejarán de romper las pelotas…”, en el caso de mi ex mujer, Marcela, me decían “que esta mina no joda más”. Sí, esto pasó en democracia, y venía de atrás, de la Resistencia, donde aparecían mujeres contadas. Y dirigentas gremiales, secretarias generales de sus gremios, ni ahí, Inés Digian, secretaria de Comercio, Loly Domínguez que fue diputada en el ’83, Mary Sánchez en el ’85 creo, Alicia Castro de Aeronavegantes… Cuesta pensar y recordar, pero ha habido mujeres muy militantes, tanto o más que sus maridos, aunque después  desaparecidas en el momento en que tenían que aparecer en una lista o en un cargo. Y bueno, yo no la conocí en ese entonces, pero seguramente Cristina Fernández de Kirchner fue una militante importante en el peronismo en la Resistencia y en La Plata.

- Y también hay muchas otras menos conocidas pero desaparecidas, ya sea por la dictadura u otras circunstancias.

- Sí, recuerdo a muchas que casi ni se nombraban porque ocurría que en verdad eran “las mujeres de sus maridos…” Buenas militantes pero nada más que eso, sin embargo también murieron, las amasijaron, las golpearon, las desaparecieron.

- ¿Al interior de las parejas esos papeles secundarios de la mujer cómo se resolvían?

- Muchas aceptaban en ese entonces el “ser mujeres…” o sea un papel secundario. Y no muchas intentaban imponerse con lo cual las parejas se resquebrajaban porque, por ejemplo, las reuniones eran siempre de tardecita o en la noche y los maridos siempre estaban, pero las mujeres tenían que estar con los chicos… bañándolos, planchando los delantales del colegio, la comida… A mí me pasó con Marcela, ella me reprochaba y la peleaba, y yo muchas veces tenía que cargar, no con beneplácito, no con alegría de padre, sino diciendo “cómo me rompe las pelotas esta mina…”, llevando a mis hijos a las Unidades Básicas, ya entrada la democracia y antes, en la época jodida también. Y sí, la que cargaba con el quilombo era Marcela… Y de última ella la peleaba porque además trabajaba en el hospital con horarios superiores a los míos, pero yo me ponía loco cuando tenía que cocinar y esas cosas y a veces nos reputeábamos.

- Por último, vos fuiste Secretario de Deportes de la Nación, ¿no?

- Sí, mirá, para Perón el deporte, en especial el fútbol han sido engranajes esenciales en la construcción inicial del peronismo. Yo como algo te dije, viví intensamente la época en la que el deporte argentino comenzó a ser una política de Estado. Años después, desde la Secretaría  de Deportes de la Nación reiniciamos los caminos que los golpes de Estado habían dejado abandonados. No fue lo único que hicimos, pero tal vez el Centro Nacional de Alto Rendimiento CENARD, inaugurado a fines del ’92, donde funcionó antes la Unión de Estudiantes Secundarios, UES, ha sido una obra que perdurará por muchas décadas acompañando a nuestros deportistas de élite. Nos lo merecíamos.

“Militancias, amores y dolores setentistas (II)” - Revista Haroldo | 6

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