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Revista Haroldo

Diálogo con el pasado y el presente

14 de noviembre de 2019

Festival Futuros: lxs cuerpxs como potencia infinita

Por Equipo FF

¿Cómo se goza en una época de crisis? ¿Cómo se le disputa la sensibilidad a la configuración cultural que construyó el macrismo? ¿Cómo penetran el erotismo y la fiesta en las paredes que antes fueran del horror y ahora son del Estado?
El Festival Futuros nació en 2018 en el marco de la lucha de lxs trabajadorxs del Conti contra el vaciamiento del espacio. En esta ponencia presentada en la última edición del Seminario Políticas de la Memoria, lxs organizadorxs recuperan los debates que dieron origen a esta línea de trabajo que busca reivindicar el deseo y el goce como potencias para pensar qué será de nosotrxs mañana.

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Instalación Beso viral


1° edición del Festival Futuros
Septiembre 2019
Foto: Irina Bianchet

Fuimos buenas víctimas en los comienzos. Frente al plan de vaciamiento que llegó de forma explícita apenas el macrismo asumió el gobierno pedimos financiamiento una y otra vez. Gritamos contra el abandono del Estado. Reivindicamos nuestras subjetividades hacia afuera. Gritamos “El Conti no se achica”, marchamos y lloramos por las calles, aspiramos gases y bailamos en nuestra épica sin romper nada, con la bandera del ex Centro Clandestino de Detención, Tortura y Exterminio en lo alto. Vislumbramos a ese otro que se erguía con el poder como una ominosidad que emergía en el curso de la época de las conquistas irrenunciables. También tomamos algunas decisiones importantes junto a todxs lxs trabajadores del Conti: nunca, de ninguna manera dejar que nuestro espacio se quedara en silencio.

Por un lado, porque creemos que las políticas de Memoria, Verdad y Justicia, en la potencia de la memoria para transformar las subjetividades y narraciones del presente; por otro lado, porque nos identificamos como trabajadores del Estado y no íbamos a permitir que nos dejaran sin funciones para humillarnos primero y dejarnos en la calle después. Fuimos, sin embargo, incluso en estos momentos de lucidez, buenas víctimas porque nunca dejamos de creer que la frontera entre un ellos y nosotros nos dejaba del lado de lo justo, de lo que se rompe por culpa de otros, de los vencidos que tras años de pelea habían sido reivindicados/legitimados de arriba hacia abajo. Porque subidos a las narrativas de las grandes gestas -toda esa memoria que hacemos propia- pasamos de la resistencia transformadora, de la iniciativa, a la resignación y a la tristeza.

Nos quebramos anímicamente frente a un modo de existencia que empezaba a volverse hegemónico. Mientras el Conti seguía funcionando de algún modo hacia afuera, el día a día se volvía insoportable. Más allá de las estrategias de horadamiento subjetivo, incentivo para el caos y control creciente por parte de la gestión (la dirección y sus secuaces, ese tejido imperceptible y creciente), combinados con la falta de insumos básicos para el funcionamiento razonable del espacio de trabajo, lograron automatizarnos. Logramos automatizarnos. Lo hicimos casi sin darnos cuenta, replicando las dinamicas de siempre, las que permitieron que el Conti sea pero sin sangrar contra la corriente. 

En ese momento de tedio y clausura creativa, surgió –después de una cadena de susurros en los pasillos, de incomodidades y discusiones sin conclusión- el Festival Futuros. Surgió como una necesidad. Como un modo de supervivencia para muchxs de nosotrxs. Una supervivencia que se volvió un modo de estar en el Conti, de pensar, de vincularnos y de trabajar.

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Suavecitxs

2° edición del Festival Futuros
Septiembre 2019
Foto: Paula Lobariñas

2- Consideraciones sobre la sombrera. “La gorra”

Macri ganó no solamente las elecciones. Macri es signo padre de un proyecto que además de ser un proyecto político, económico, de lectura de la historia y de administración de la cultura es un proyecto vital: es un modo de vida. Podemos caer en el error de pensar que la disputa que estamos dando, la única, es la disputa electoral o política. Que, no nos entendamos mal, es un plano de la disputa muy importante y a esta altura parece que el futuro gana cierta claridad, esperanza quizá, pero no termina de explicar por qué en un país como el nuestro, con nuestra historia de lucha, movilidad ascendente y conquistas de derechos, es la democracia la que hace que los mismos que se enriquecieron con la dictadura hayan saqueado el país a la vista de todxs. Que la idea del mérito, el éxito, la cultura del trabajo, la austeridad, la seguridad, la acumulación, la competencia, la xenofobia y el “emprendedorismo” hagan mella en nuestra tierra es sintomático de ese otro plano en el que las fuerzas de neoliberalismo operan y para el cual no estamos preparando nuestras armas. Porque lo que se vive en cada calle, en cada casa, en cada televisor o perfil de instagram antes que la estructura programática de tal o cual proyecto económico es una guerra por nuestro modo de existir: circula como un fantasma la promesa que reza que si se obedece, si se contraen las posibilidades del cuerpo, si se ecualiza el deseo a las reglas del mercado, si todos cedemos –y no somos- un poco entonces sí se puede.

En este plano, en el plano de lo sensible, también perdimos una elección. Una que se venía cocinando mucho tiempo antes que en 2015. Es una elección que perdimos hacia adentro: en nuestras propias configuraciones corporales, en el modo en el que existimos y nos relacionamos entre nosotrxs. Nos convencimos de que no había vuelta atrás de lo que estábamos haciendo, que el Estado iba a resolver todos nuestros problemas, nos encerramos en habitaciones cada vez más pequeñas a discutir sobre qué interpretación habría que darle a tal o cual acontecimiento o pensábamos cuán grande teníamos que hacer la bandera para que salga en la televisión, con qué compañero o compañera del mismo espacio político disputar nuestro pequeño lugar de reconocimiento mientras nuestros vecinos estaban dedicándose a linchar “chorros” en masa, pidiendo mano dura y escuchando cada vez más convencidos todo eso de que los derechos humanos son un currito de “inserte aquí el grupo militante estigmatizado del momento”.

La gorra de la que habla el Colectivo Juguetes Perdidos. La sombrera, su versión progresista. Cuidar lo poco que tenemos con uñas y dientes, recelar y murmurar frente a lo ocioso, a la creatividad desacartonada, frente al goce incluso en el espacio de trabajo, a “la falta de respeto” frente a nuestra propia historia/memoria heroica banalizada. 

El Festival Futuros es nuestro modo de encarar la dimensión sensible de la disputa (¿biopolítica?) con el macrismo y con los modos de macrismo que nosotrxs mismxs encarnamos. Una experiencia en el plano de lo sensible que en lugar de explicar o ilustrar ideas apela al cuerpo, a la intensidad y al goce. Tres elementos urticantes para el ordenamiento y la normalización neoliberal, esa que pide amoldar ese cuerpo, no ser tan intensx y tampoco zarparse, que al otro día hay que cumplir el horario. Que invita a interpretar, que subjetiva y afecta “lo mismo” por “lo otro”. Ni tolerar, ni conmover, ni cualquier otra pasión triste. Afectar, modificar, ser penetrado por aquello que ni si quiera tiene nombre.

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Proyecciones obscenas


2° edición del Festival Futuros
Septiembre 2019
Foto: Irina Bianchet

3- El movimiento de mujeres. Raíces sumergidas.

“De esas niñas/tomadas del brazo/pintándose unas a otras/la espalda con marcador indeleble/los pómulos con glitter/acomodándose el pañuelo/verde entre la marea/con o sin permiso de sus padres/cantando a viva voz/gritando a viva voz/¿Cuál de ellas será/mi presidenta?”
Daiana Henderson


Es una marea que no necesita nombre, es una marea que canta con la voz más clara, una clave nueva para hacer sonar hasta los postes de la calle, un color que subirá al cielo, esa singularidad que nos entusiasma y crece cada vez que algún poder esquemático engola el habla e intenta capturar, obturar, interpretar, representar, conducir o explicar lo que pasa: el movimiento de mujeres no tiene centro. Es el rizoma que invade la realidad desde las cañerías, que extiende sus raíces sobre lo irrepresentable para dejarlo gritar y alberga a cada segundo más voces, más discursos, más subjetividades.

El movimiento de mujeres no se apropia del espacio como podría hacerlo, por ejemplo, un partido político o un sindicato. La toma del espacio público, en la clave de las mujeres, produce una experiencia completamente diferente a la que nos tienen acostumbradxs las movilizaciones tradicionales: acá (allá) bailamos, cantamos de otro modo, circulamos erráticamente, nos besamos, nos maquillamos, nos reímos, comemos, tomamos. Cuando parece que estamos agotadxs y el final acecha, un encuentro, una invitación, la presencia de algunx compañerx o una nueva canción, nos hace seguir hasta que amanece, recicla nuestra energía. Hay un modo gozoso de reapropiación del espacio público, que es propio del movimiento de mujeres y que nos hace acordar a las marchas del orgullo, quizás un antecedente de este desborde libidinal que protesta y goza a la vez.

El Haroldo Conti es un Centro Cultural. Un edificio que durante la dictadura formó parte del engranaje del terror y que hoy se propone como un espacio de memoria. Desde su fundación, hace más de una década, el Conti se autopercibe como una continuidad con el mundo, como una frontera de poros abiertos que se distancia de otros modos de entender la cultura, de otros espacios donde pareciera que el arte buscara suspender las tensiones del presente para mantenerles la mordaza a los fantasmas del pasado. Para nosotrxs, en cambio, la Memoria es un acto creativo, que busca en los intersticios del pasado potencia para los debates del presente y del futuro. También un factor de riesgo, la expansión que genera incomodidad, que revela las imposibilidades y el anquilosamiento que quizá nunca habíamos percibido: esa autoburocracia de la imaginación que sobrevive y por momentos se apodera de nuestrxs cuerpxs. Justamente, este modo novedoso de gozar, este choque contra la repetición, que nos propone el movimiento de mujeres nos enfrenta a la politización de nuestra intimidad: ¿Cómo nos relacionamos entre nosotrxs? ¿Cómo se goza en un marco de crisis? ¿Quiénes tienen el derecho al goce? ¿De qué forma penetran el goce y el erotismo a través de las paredes que antes fueran del horror y ahora son del Estado?

Por todas estas preguntas, quizá el Festival Futuros sea uno de los modos en los que esos movimientos hacen rizoma en nosotrxs. Porque, a la luz de lo que estamos viviendo como sociedad, la pregunta sobre el futuro implica necesariamente ese proceso de permeabilidad en relación a las tensiones que existen en la calle. Esa posibilidad de vislumbrar en el infierno. Inquietudes novedosas para el Conti, que se enmarcan en un camino de muchos debates, pruebas y errores desde su fundación hasta estos días. Bailamos porque somos todas.

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Picnic electrónico

2° edición del Festival Futuros
Septiembre 2019
Foto: Paula Lobariñas

4-La resistencia es la historia de la foto

“No somos putos/ no somos faloperos/somos soldados de las FAR y Montoneros.”

Hace dos años ellas se besaron por primera vez. Mientras en la plaza de armas sonaban los tambores, mientras una parte enorme de la sociedad se preguntaba por Santiago Maldonado, mientras el agua corría los maquillajes, mientras las fuerzas represivas pedían documentos y revisaban mochilas en los trenes y repartían balas en los barrios, mientras el río crecía y tapaba la violencia, mientras las piedras ahorcaban y lxs comentaristas de la televisión reproducían su libreto hasta parecerse a los muertos, ellas se besaron por primera vez. Camila ahora llora en el escenario, lee a Ioshua –poeta poderoso del conurbano- y recuerda esa tarde cuando las dos se miraron y no pudieron creer que se estaban dando un beso en un recoveco de la ex ESMA. Con los aviones en el cielo y los fantasmas, con la potencia de la fiesta y de la furia alrededor. Con la fuerza abismal del futuro que no existe. Por ese camino que otrxs edificaron para que ellas pudieran expandirse. Por todo lo que sucedió antes, muy poco antes…

La noche, los tugurios ocultos a la mirada normativa y la represión policial fueron, desde la dictadura, espacios de socialización para el colectivo LGBTIQ de una importancia pocas veces registrada por la Historia, así con mayúsculas. Hasta la historia más institucional del colectivo, la fundación de la CHA por ejemplo, se enmarca en fiestas, parties, bares y boliches. Hasta los discursos más progresistas suelen agregar un segundo velo de opacidad a esos recorridos. Quizá por eso existe una mirada desconfiada sobre el sentido político del baile que observa con recelo o frivoliza el hecho de que dentro de la ExEsma se produzcan actividades culturales que vayan en este sentido.

Queremos decirlo claramente, el abrigo de la oscuridad fue constitutivo de la disidencia sexual hasta el Matrimonio Igualitario e incluso hoy la mirada heteronormada sigue imprimiendo su violencia sobre aquellas subjetividades que se salen de sus reglas. Ser leídxs de modo binario, encajar rápidamente en las categorías que están establecidas para que nuestrxs cuerpxs puedan ser entendidxs por la norma, es un privilegio que no todxs ostentan. Quienes no pueden o no quieren calzar en esos marcos de intelegibilidad son sometidxs a un sin fin de violencias correctivas, algunas nocivas y otras fatales. En este sentido, bajar las luces y bailar, es un modo de asumir las prácticas propias de este colectivo como estrategia política frente a la crisis. Si hay algo singular del movimiento LGBTIQ es su capacidad de producir vitalidad, amor y rebelión aún en los contextos más duros.

A la luz de esta historia, problematizar la nocturnidad de las existencias disidentes nos interpela para debatir acerca de la moral de las organizaciones revolucionarias de los setenta. La doble clandestinidad que testimonian lxs compañerxs gays y lesbianas de aquellas agrupaciones es un punto ineludible, una arista que nos merecemos en el debate sobre la Memoria. Ineludible para quienes queremos pensar aquella promesa del hombre nuevo a la luz del SXXI. Una revolución en la que todxs podamos bailar.

1. En lo que va del año son más de cincuenta las personas trans que fueron asesinadas en el marco de crímenes de odio y este recrudecimiento de la violencia sobre nuestro colectivo, que va en aumento en estos últimos años a un ritmo alarmante, no ocupa las planas de los diarios ni suscita la indignación generalizada que otras violencias que se aplican sobre otros cuerpos sí.

2. Es muy interesante en este sentido pensar el efecto transformador que tuvo la muestra del Archivo de la Memoria Trans en nosotrxs, que tuvimos el lujo de programar en 2017. Recorriendo las fotos de mujeres luchadoras, en contextos de recrudecimiento de la represión, en un colectivo signado por la espectativa de vida de 35 años no encontramos una sola imágen que no diera cuenta de esta actitud.

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Movimiento de Juventudes Trans


2° edición del Festival Futuros
Septiembre 2019
Foto: Irina Bianchet

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Performance "Beso" 

1° edición del Festival Futuros
Septiembre 2018
Foto: Irina Bianchet

5- La resistencia y el cierre

¿Qué es entonces lo que se puede hacer y no hacer en un Espacio de Memoria? ¿Cómo esquivamos la gorra y la sombrera y le disputamos la sensibilidad al macrismo, entendido como una configuración cultural que quedará latiendo más allá de que sus representantes políticos dejen el poder institucional? La respuesta, si bien se construye colectivamente con el público y les artistxs, primero parte de los modos en que nos vinculamos y nos dejamos transformar quienes llevamos el Festival adelante. No es posible abrir, incentivar un espacio de transformación si no somos capaces primero de desplazar nuestras propias prácticas, nuestra organización y vínculos interpersonales, nuestra mirada sobre un territorio que nos interpela en lo más hondo de nuestra subjetividad política.

Reivindicar la horizontalidad y el juego de fuerzas, discutir, perder, aceptar y acompañar siempre. Y ahí sí abrir las puertas, pero abrirlas de verdad: que lxs cuerpxs formen moléculas sobre su transpiración en Entrenar la Fiesta, que podamos besarnos colectivamente, que las Masculinidades o Juventudes trans rompan el pronombre Yo en cada poema o idea y nos digan en la cara que siempre habían querido estar acá y recién ahora, recién ahora... Que Celia Arguello grite lo que no pudimos gritar en todos estos años para estamparnos en la cara nuestra propia imposibilidad. Que mutantes desnudas recorran el Conti en medio de una inauguración de fotografía llena de gente de traje, 400 personas viendo pornografía en la ex ESMA, fiesta afuera y fiesta adentro, humanos animales corriendo por el parque, robando comida de las canastas. Que Sara Hebe se escuche un poco todavía. Que haya espacios de formación para que los cuerpos estallen: que la pasividad sea imposible. Que todxs dejen algo del cuerpo antes de irse.

Fuimos buenas víctimas en los comienzos. Primero cumplimos nuestro rol y fracasamos. La tristeza y la inmovilidad se instalaron igual. No nos queda otra que romper nuestros propios parámetros, reapropiar el espacio de trabajo como un modo del goce, de reconocernos entre compañerxs. Hacernos cargo del lugar que nos toca y del que elegimos que nos toque.

Acá estamos, transformándonos en otra cosa. No tenemos idea de en qué ni hasta cuándo, pero esta potencia nos vuelve a poner en movimiento. Sin épica más allá de la que forjamos con el cuerpo, la cabeza y el corazón. Hasta el año que viene, entonces. El Conti no se achica. 

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Sara Hebe

2° edición del Festival Futuros
Septiembre 2019
Foto: Paula Lobariñas




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