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Revista Haroldo

Diálogo con el pasado y el presente

31/10/2019

Una lucha siempre renovada

Recientemente la Universidad Nacional de Tres de Febrero (UNTREF) le otorgó el título de Doctora Honoris Causa a Estela de Carlotto, Presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, por su extensa trayectoria en el ámbito de los derechos humanos. La Laudatio -elogio en latín-, estuvo a cargo de Eduardo Jozami, Director del Centro de Estudios de Memoria y del Tiempo Presente (CEM) de la universidad, quien compartió un recorrido por la vida de una de las figuras centrales de la sociedad  y la política de nuestro país.

Entrega del Honoris Causa a Estela por parte del Rector de la UNTREF, Aníbal Jozami y del Director del CEM-UNTREF, Eduardo Jozami

Foto: Jimena Salvatierra

La dictadura conmovió los cimientos de la sociedad tiñéndolos de sangre, degradando la vida colectiva y enlutando muchas familias. El terror golpeó también a quienes hasta entonces vivían relativamente ajenos al gran conflicto que atravesaba la política argentina desde 1955. Sólo en ese contexto puede comprenderse que la señora Estela Barnes de Carlotto, dedicada hasta entonces a su tarea docente, a colaborar con la actividad empresarial de su esposo y a atender la vida familiar, haya dejado ése que era su mundo y se haya convertido en figura central de la vida social y política del país, reconocida en todas las latitudes.

Junto a las Madres, Familiares, Hijos y todo el movimiento de Derechos Humanos, las Abuelas de Plaza de Mayo mantuvieron encendida la llama de la Justicia, en momentos en que amplios sectores de la sociedad parecían haberse acostumbrado a la impunidad. En esa historia de lucha se apoyó el presidente Néstor Kirchner para impulsar con decisión la reanudación de los juicios por delitos de lesa humanidad y la recuperación de la ESMA y otros Espacios de Memoria.

El ejemplo argentino no se replicó con la misma decisión en otros países de la región que padecieron dictaduras. No es posible abordar en este texto las muchas razones que explican esta particularidad que nos enorgullece, pero no hay dudas de que la más importante es la presencia de un movimiento de Derechos Humanos que nunca cejó en su lucha y supo enfrentar con firmeza e imaginación las más diversas coyunturas.

Laura, la hija mayor de Estela, había nacido en 1955,  pocos meses antes del golpe cívico militar que se atrevió a llamarse Revolución Libertadora. Hoy, la presidenta de Abuelas se reprocha haber salido a festejar, “con banderas, contenta y feliz”, el acceso al poder de los golpistas que antes habían bombardeado la Plaza de Mayo, asesinando centenares de personas. Recuerda con severidad el comportamiento de esa clase media a la que pertenecía, “una sociedad gorila que hablaba con desprecio de los cabecitas negras”. Sin  embargo, “ a pesar de que me habían fijado las pautas de los contrarios –dice- yo no era así, no despreciaba a nadie, porque mis alumnos de Brandsen eran muy humildes y los adoraba”.

Los esposos Carlotto se enojaron cuando sus hijas mayores adhirieron al peronismo, pero ese discurso de justicia social y solidaridad, de respeto y amor por el otro, que no tardaron en adoptar también los dos hijos menores, influiría cada vez más en el pensamiento de los padres. Las experiencias de trabajo con los niñes más pobres habían predispuesto a Estela para entender ese mensaje de sus hijas. Claro está que aún faltaba la más dolorosa de las experiencias, la que cambiaría su vida de raíz y, de la mano de su querida Laura, transformaría profundamente su visión de la política y el mundo. En la sociedad que había alumbrado el genocidio, como en todas las que sufren grandes conmociones, puede alterarse la relación entre las generaciones. Contrariando la más elemental lógica social, son los padres quienes entierran a los hijes y éstos, a su vez, enseñan  a sus progenitores.

Laura Carlotto desapareció el 20 de noviembre de 1977, pero antes Guido, su padre, había sido secuestrado, en lo que resultó un anticipo del gran drama familiar. El marido de Estela volvió 25 días más tarde, torturado y relatando episodios escalofriantes de vejación y de muerte. Mientras tanto, ella había pagado un rescate engañada con falsas promesas y su búsqueda recibió como respuesta la misma versión de desinformación y mentiras que durante años se les daría a los familiares de desaparecidos: un alto jefe del Ejército, que más tarde ocuparía la presidencia del gobierno dictatorial, le negó que las Fuerzas Armadas tuvieran responsabilidad en los secuestros que atribuyó a la acción de bandas incontrolables. 

Cuando Laura fue capturada, el dolor resultó más fuerte porque los Carlotto ya sabían a qué atenerse. El mismo jefe militar, el general Reynaldo Bignone, en una nueva entrevista, le dijo que los detenides no podían ser juzgades porque –según afirmó que ocurría en Uruguay con les presos tupamaros- se enardecían aún más y terminaban por convencer a sus carceleros. “Eso no va a ocurrir aquí. Acá hay que hacerlo, señora, hay que hacerlo” concluyó ante una azorada Estela que no podía creer el modo como el genocida le estaba anunciando la muerte de su hija.

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 Madres de Plaza de Mayo presentes en el acto
Foto: Jimena Salvatierra

El via crucis no llegó a su fin con la trágica noticia de la muerte de Laura, comunicada  por un desconsiderado comisario que no se preocupó porque los padres creyeran el relato inverosímil de un enfrentamiento ni tampoco desperdició la ocasión de amenazarlos. Entregado el cuerpo, pudo confirmarse más tarde que Laura había tenido un hijo y desde entonces toda la energía de Estela se volcó en la búsqueda de ese nieto. Pero esta sería una tarea colectiva. Ella comenzó en 1978 a concurrir a la ronda de las Madres de Plaza de Mayo, a quienes la dictadura no había conseguido amedrentar ni siquiera con los secuestros de Azucena Villafor y sus compañeras de la Iglesia de Santa Cruz.  A partir de entonces se produciría otra inversión de roles en la vida familiar. Como otros padres de desaparecidos, Guido fue excluído de la concurrencia a la Plaza y a las gestiones y reclamos, para protegerlo, y sobre él recayeron las tareas del hogar.

La imagen de las Madres caminando alrededor de la Plaza sin mirar a los soldados y policías que las rodeaban amenazantes comenzó a circular por el mundo. Rápidamente se convertiría en el símbolo de la lucha antidictatorial y también en un estímulo notable a la resistencia.  La dictadura creía haber sofocado toda oposición  y se encontraba, de pronto, con estas mujeres cuyo movimiento crecía día a día y parecía indestructible porque, paradojalmente, su fuerza residía en su debilidad. Hoy ellas son reivindicadas por un movimiento feminista que, como ellas, se fortaleció en la denuncia de la muerte y ha revolucionado la sociedad y la política argentina.

Para organizarse mejor en la búsqueda,  las madres que reclamaban por sus nietes desaparecidos comenzaron a agruparse. Se creó así la Asociación de Abuelas de Plaza de Mayo cuya tercera presidenta, en 1989, fue Estela de Carlotto. Entonces ya sumaban 45 los nietes recuperados y la lista no dejaría de aumentar hasta los 130 de hoy. Cada hallazgo era una fiesta en Abuelas, pero también cada caso planteaba problemas y situaciones particulares. Las hermanas Tatiana Duarte Britos y Laura Malena Jotar Britos, restituídas en 1980, habían sido adoptadas de buena fe por un matrimonio que accedió sin dificultad a informar a las chicas la verdadera historia y se gestó desde allí una excelente relación entre ellos, las niñas y los padres biológicos. No todos  los casos fueron como el de Laura y Tatiana –dice la Historia editada por Abuelas en 2007, al cumplirse treinta años de búsqueda- pero lo que sí se repitió siempre fue el efecto reparador de la restitución. Las Abuelas actúan con prudencia para proteger a los niños en un proceso de adaptación que puede ser difícil, pero no olvidan  -como todo el Movimiento de Derechos Humanos-  que la suya es siempre una lucha por la verdad.  

En los primeros años, la tarea investigativa, la averiguación del paradero de los niñes apropiados era el aspecto principal, pero a medida que los nietos se hacían adultos la situación se invertiría, en buena medida, porque serían ellos quienes buscarían a sus abuelas. La colaboración del Estado que fue más importante desde el 2003 permitió que el reclamo de Abuelas tuviera una presencia muy fuerte en los medios de comunicación. Fue difícil desde entonces que los nacidos en los años de la represión dictatorial ignoraran la posibilidad de ser hijes de desaparecides.

Esta posibilidad de que esos jóvenes asumieran la búsqueda tuvo que ver con la creación del Banco de Datos Genéticos y los avances en las investigaciones que permitieron afirmar la existencia de un índice de abuelidad ,tal como existe un índice de paternidad. En un simposio científico internacional realizado en 1984 en los Estados Unidos se afirmó la posibilidad de determinar la identidad de las personas aún en ausencia de los padres, mediante el análisis de sangre de los abuelos y otros familiares. Estos estudios de histocompatibilidad se perfeccionarían años después con el desarrollo de las técnicas del ADN que permiten una irrefutable determinación de la identidad.  

La tarea del Equipo Argentino de Antropología Forense ha sido también fundamental en este proceso, garantizando la identificación de los restos óseos de los desaparecidos o de quienes puede presumirse que hayan sido víctimas de la represión. En este caso como en el de los genetistas su contribución es invalorable, pero no es menos cierto que el impulso de las Abuelas fue decisivo para el avance de las investigaciones. Como lo señala Víctor Penchazadeh  -científico argentino que participó en Estados Unidos en los estudios que posibilitarían la identificación de los niñes encontrados- la genética, disciplina científica que ha servido históricamente para la estigmatización de los pueblos colonizados y para la justificación de los  genocidios, muestra otro rostro, puesta ahora al servicio de los Derechos Humanos.

No ha sido menor la contribución de las Abuelas en el ámbito jurídico para el pleno reconocimiento del derecho a la identidad. La Convención Internacional sobre los Derechos de Niños, Niñas y Adolescentes, aprobada por la Asamblea General de la ONU en 1989, incluye tres artículos propuestos por las Abuelas de Plaza de Mayo que establecen las obligaciones de los Estados para resguardar el derecho a la identidad y son conocidos desde entonces como los artículos argentinos.

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Estela recibe la distinción frente a un auditorio repleto

Foto: Jimena Salvatierra

En el plano cultural, el aporte de Abuelas ha sido notable. Teatro y Música por la identidad y otras iniciativas han permitido evidenciar el altísimo compromiso con los Derechos Humanos de un número muy significativo de artistas e intelectuales argentinos y también los importantes avances en los diversos aspectos de una Cultura de la Memoria y los Derechos Humanos que es una de las creaciones más significativas de la democracia argentina. Pude comprobar esto cabalmente durante mi gestión hasta 2015 en el Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti.

Este acto distingue a una figura  que simboliza la trayectoria ejemplar del Movimiento Argentino por los Derechos Humanos. El otorgamiento del doctorado Honoris Causa a Estela Carlotto  que afirma el compromiso de la UNTREF con ese legado, y que nuestro Centro de Estudios de Memoria impulsó con entusiasmo, se hace aún más trascendente por el momento particular que vivimos, cuando en el país la crisis se agrava y renace, sin embargo,  la esperanza de la expansión de derechos y la reparación social. Por ello, además de las tareas relacionadas con los juicios de lesa humanidad y los Espacios de Memoria, de las propuestas de una política democrática de seguridad y sobre la grave situación en las cárceles, que nos han ocupado en estos años, la presencia del hambre y el incremento de la pobreza extrema nos enfrenta con otra dimensión ineludible de los Derechos Humanos.

 Iniciamos en estos días camino que no habrá de ser fácil y que requiere un espíritu de unidad y solidaridad para enfrentar la grave situación que hoy padecen millones de argentinos. Comprendiendo que la gran  convocatoria nacional supera en mucho cualquier definición partidista, el movimiento de Derechos Humanos tiene mucho que aportar en esta nueva etapa, afirmando su propia unidad y convocando a los sectores más amplios de la sociedad.  Rechazando el discurso negacionista en el que persiste una minoría, y recordando con emoción a los 30000 desaparecidos; el legado de Memoria, Verdad y Justicia, el ejemplo de Estela Carlotto, de las madres y demás familiares de desaparecidos nos da más fuerza para enfrentar esta hora con confianza y optimismo.

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