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Revista Haroldo

Diálogo con el pasado y el presente

04 de septiembre de 2019

“Hay muchas preguntas abiertas sobre la historia común del Cono Sur en los años setenta”

Entrevista al historiador uruguayo Aldo Marchesi, autor del libro Hacer la revolución: guerrillas latinoamericanas, de los años sesenta a la caída del Muro, publicado recientemente por Siglo Veintiuno Editores. 

Aldo Marchesi en la editorial Siglo XXI, 2019.

Foto: Lucrecia Da Representacao

Aldo Marchesi es doctor en Historia Latinoamericana por la Universidad de Nueva York y es profesor en la Universidad de la República en Uruguay. Desde sus comienzos, se especializó en la historia reciente de Uruguay y la última dictadura, y en los procesos de memoria colectiva que se generaron en su país. En esa formación, se fue encontrando con distintos colegas chilenos, argentinos y brasileños. Y una cuestión aparecía de forma evidente, pero aún no había sido abordada: la historia común de los países del Cono Sur y de los distintos procesos políticos que convergieron entre los años 1960 y la década de 1990 en toda la región.

“Esa historia común aparece en muchos libros, pero sólo como un telón de fondo, como contexto. Pero pocas veces se trabajó cómo ese proceso de convergencia política en la región también ayuda a explicar lo que pasó”, señala Marchesi en diálogo con la Revista Haroldo. Esa ausencia, lo llevó a pensar en las formas de articulación entre los diferentes actores. Y así surgió su libro Hacer la revolución: guerrillas latinoamericanas, de los años sesenta a la caída del Muro, que pone el foco en la historia de la Junta de Coordinación Revolucionaria (JCR), que nucleaba al ERP en la Argentina, los Tupamaros en Uruguay, el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) en Chile y el Ejército de Liberación Nacional en Bolivia.

Frente a los discursos que señalan cierto agotamiento sobre los años 60 y sostienen que es necesario “cerrar” esa etapa, Marchesi considera que hay muchas preguntas abiertas, que incluso no se terminan de agotar en la discusión pública, porque reemergen de forma cíclica. “Cuando arranqué a escribir el libro estábamos en una ola progresista y el tema parecía saldado. Pero después apareció Bolsonaro. Y este discurso de la nueva derecha también vuelve a poner en discusión los años sesenta, desde una perspectiva ultraconservadora”, explica.

Cuando se analiza la represión de los años 60 y 70, generalmente se pone el foco en la doctrina francesa y en el rol de la Escuela de las Américas. Un aporte del libro es señalar el papel pionero de Brasil en la implementación de ciertos mecanismos represivos.

Claramente, una de las grandes preocupaciones sobre lo que está pasando en Brasil en estos años -si uno lo mira en términos históricos- es que el nuevo tipo de autoritarismo en el Cono Sur surgió precisamente en Brasil y después se fue irradiando.

¿Qué implicaba ese nuevo autoritarismo?

Desde fines de los 60 hasta mediados de los 70, los académicos debaten en torno a qué representan estas dictaduras, como la de Brasil primero, luego la de 1966 en Bolivia, después en Uruguay y en Chile en 1973. Implicaban un nuevo tipo de dictaduras, diferentes a las tradicionales, que habían estado marcadas por un tipo comisarial, que buscaba restaurar el orden y luego salir del gobierno. En cambio, estas nuevas dictaduras querían refundar las sociedades y el ejército tenía un rol mucho más activo como corporación, con una pretensión modernizadora de la sociedad, aunque en clase conservadora. Son regímenes que buscaban refundar estos países de cuajo. Y Brasil fue el punto de partida de ese ciclo.

Con relación a las militancias surgidas en los años 60, remarcás la importancia de leerlas en el contexto de la Guerra Fría, pero también en torno al nuevo rol de las periferias.

Es muy importante pensar las discusiones políticas locales en ese contexto de la Guerra Fría latinoamericana. Hay preguntas que se hacían estos grupos en los años 60 que tenían validez, acerca de los límites de esas políticas moderadas, reformistas o demócrata-liberales en el contexto de la Guerra Fría y del papel central de los Estados Unidos en la región. Son preguntas que hay que retomar y ponerlas en cuestión. Un ejemplo claro es la experiencia de Salvador Allende, porque estos grupos planteaban que había un autoritarismo creciente liderado por Estados Unidos y que había que resistir ese proceso. Y la descripción del proceso era pertinente, porque las variables democráticas-liberales en ese contexto estaban muy limitadas y no generaban espacios para procesos de transformación social. Con relación al rol de las periferias, muchas veces se habla de estos procesos de radicalización en el Cono Sur como una consecuencia de los llamados “sesenta globales”. Pero es una narrativa muy eurocéntrica, con una mirada muy romántica y banalizada sobre cómo los procesos de París, Nueva York, Berlín influyen sobre América latina. Pero cada vez resulta más claro que el papel de América latina en esa revuelta global de los años sesenta fue central, y hasta podría invertirse el orden de las influencias.

Hay un dato menor, pero que es muy ilustrativo: en las marchas de París, Berlín y Nueva York había dos figuras que eran tomadas como emblemas: el Che Guevara y Mao. Entonces queda claro que las periferias tuvieron un rol central. Pero muchas veces hasta la narrativa de los propios militantes está formateada de esa manera, porque te encontrás personas que te dicen que en 1966 pensaba que el camino era la lucha armada porque ¡estaban influenciadas por el Mayo Francés de 1968! Hay un claro problema con las temporalidades. En el libro muestro cómo algunas experiencias del Cono Sur influyeron en otras partes del mundo, y es algo sobre lo que me gustaría profundizar. Me refiero, por ejemplo, a la teoría de la dependencia, que es muy influyente en Europa, Estados Unidos y África en los años setenta. La guerrilla urbana es un modelo que fue utilizado en Europa por grupos de extrema izquierda en Italia y en Alemania. También la experiencia de la Unidad Popular chilena fue replicada en otros lugares. Me interesa invertir el mapa acerca de cómo se piensan los sesenta y colocar a América del Sur como una zona que no sólo fue influida, sino que también influyó en otros lugares.

En ese sentido, una figura importante es la de Marta Haneker.

Sí, es una de esas intelectuales que fueron muy influyentes, que construyeron una suerte de canon de esta izquierda más radical. Marta Harnecker fue, inicialmente, una trabajadora social que va a estudiar a Louis Althusser a Francia y su principal interés tuvo que ver con la divulgación. Su libro “Los conceptos elementales del materialismo histórico” fue un intento por desarrollar un marxismo más estructurado para esta nueva izquierda, y se transformó en un clásico en esos espacios, aunque también fue muy discutido. Es una figura muy interesante para entender esa izquierda que viene desde diferentes espacios políticos y tradiciones ideológicas. Y el trabajo de Marta Harnecker permite darles un sedimento ideológico a esos grupos. Ella tenía una conexión muy fuerte con Cuba, entre otras cuestiones porque estaba casada con Manuel Piñeiro, que fue responsable del Departamento Américas. La experiencia intelectual del Chile de fines de los 60 y principios de los 70 fue muy importante.

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Tapa del libro Hacer la Revolución. Guerrillas latinoamericanas de los años sesenta a la caída del Muro, Aldo Marchesi, Ed. Siglo XXI, 2019.
Foto: Lucrecia Da Representacao

Cuba tuvo también un papel crucial, aunque en el libro se presentan matices y disidencias de estos grupos del Cono Sur.

Cuba fue una inspiración y un apoyo, pero planteó una relación problemática por muchas razones. Por momentos, Cuba intentó ofrecer una suerte de receta acerca de la revolución y esa receta no aplicaba a muchos países del cono sur. Eso se observa claramente en la tensión entre guerrilla urbana y guerrilla rural, porque el modelo del foco rural tenía límites claros en términos hasta geográficos; por ejemplo, en Uruguay. Entonces, la guerrilla urbana fue una forma heterodoxa de hacer la revolución que fue cuestionada por los cubanos, al menos inicialmente. Entonces, hubo un proceso para entender esas diferencias demográficas, sociales, institucionales de estos países. Luego Cuba se fue acercando a la Unión Soviética y eso la distanció de estos grupos. Entonces, la revolución cubana fue una inspiración, pero se dieron distintos procesos que estaban en tensión.

¿Qué otras discusiones se daban entre Cuba y los grupos que integraban la JCR?

Hay una narrativa muy fuerte que refiere a una suerte de encantamiento, de embrujo de la revolución cubana para toda una generación, pero en realidad esos procesos de radicalización se deben más a evaluaciones de los procesos políticos e históricos que a una suerte de ideología o romanticismo con respecto a la revolución. Es decir, estaban vinculados a lo que sucedía en cada uno de estos países y a la hegemonía norteamericana, y estas generaciones veían cómo se iban acotando los espacios de transformación. Cuba fue una referencia, porque logró contener ese avance norteamericano, pero no es la única explicación a estos procesos.

El libro aborda la experiencia concreta de la JCR. ¿Por qué se habla tan poco acerca de esta confluencia conosureña?

Fue una experiencia limitada en el tiempo y es mucho más fuerte en el plano de la declamación de lo que realmente fue. En sus documentos, había un discurso muy claro sobre la revolución continental, que no tenía una conexión tan clara con el desarrollo de la infraestructura que tuvieron estos grupos. Pero el caso es interesante para demostrar que, efectivamente, la estrategia de estas organizaciones era continental. Es decir, no pensaban el cambio en términos nacionales, sino a escala regional. Y la JCR cerró ese proceso de exilios regionales, en la que estos militantes se fueron conociendo y relacionando, como resultado de la práctica. Estaba ligado al proceso de achicamiento de las posibilidades políticas. En ese sentido, es un indicador de algunas de las ideas centrales que intenté demostrar en el libro: los límites de las políticas democráticas fueron mayores en esos años; y la idea de que la región actuaba como un laboratorio: lo que ocurría en un lugar era evaluado para ver lo que se hacía en otro. ¿Por qué se habla poco de la JCR? En primer lugar, porque la represión fue tan fuerte, que limitó la posibilidad de hablar y pensar esta experiencia, ya que fue abortada, aunque luego siguió de forma fragmentada en el exilio. Por otro lado, hay una lógica muy problemática entre JCR y Plan Cóndor. Los primeros documentos de la Operación Cóndor estaban ligados al descubrimiento de la JCR: el objetivo inicial de esta transnacionalización de la represión fue la JCR. Aunque luego está claro que el Cóndor trascendió a los militantes de estas organizaciones armadas y llegó hasta la militancia legal, a tal punto que distintos legisladores fueron asesinados en el marco de este proceso represivo.

¿Por qué suele ponerse el foco en la coordinación regional en la represión y tan poco en las articulaciones previas entre las agrupaciones políticas (como la JCR) o los posteriores vínculos entre los organismos de derechos humanos?

Desde los ochenta, las historias se fueron construyendo en claves nacionales y, en alguna medida, se olvidaron de todos esos procesos transnacionales. ¿Por qué? Porque implicaba abrir una serie de preguntas para las que nuestras sociedades posiblemente no estaban preparadas. Y una de esas preguntas era la viabilidad de la democracia en la Guerra Fría. En esos años había un optimismo y una revalorización muy grandes acerca de las posibilidades de las democracias y de los Estados Nación. Y eso imposibilitaba el diálogo entre las tradiciones nacionalistas e internacionalistas que sí se había dado en los sesenta en el antiimperialismo norteamericano.

En el libro también analizás cómo ciertas decisiones que tomaron los nuevos gobiernos del retorno democrático abrieron o cerraron posibilidades de reinserción política para los cuadros militantes de los sesenta y setenta.

Como uruguayo no lo había notado, porque siempre tengo muy marcados los déficits que tiene mi país en términos del proceso de verdad y justicia. Pero encontré algunas cosas muy interesantes en esa línea. Si uno analiza lo que sucedió con los militantes del PRT y con los tupamaros, por ejemplo, es muy significativo ver cómo las amnistías a los presos políticos o los exiliados tuvieron efectos en las posibilidades de integración o no de estas organizaciones en la transición democrático. En el caso chileno ocurrió algo similar al argentino. En Uruguay, en cambio, hubo una amnistía y el gobierno democrático liberó a todos los presos políticos, la gran mayoría de los exiliados retornaron, y nadie fue cuestionado por la justicia. Y eso tuvo mucho que ver con el proceso de reinserción de los tupamaros en la vida política, porque ellos salieron de la cárcel diciendo, entre otras cosas, que defendían a la democracia porque fue la que los liberó. En la Argentina, estudié el caso del ERP, y el decreto de Alfonsín marcó el juzgamiento de las Juntas Militares y de las direcciones de las organizaciones armadas, que fijó otra tónica. En ambos países, los militantes de los setenta volvieron con la intención de adaptarse y sumarse al clima democrático, pero en las dos organizaciones hubo una tensión entre lo político y lo militar. En el MTP esa tensión se dirimió finalmente en la toma de La Tablada. Pero en Tupamaros se dio esa misma tensión, pero se terminó dirimiendo por el lado político. Es obvio que hay múltiples explicaciones, pero la concesión de amnistías es relevante. Y en Brasil también, aunque ahí hubo una amnistía general para militares y presos políticos, y permitió que muchos militantes pudieran reinsertarse en el proceso político. La discusión por los presos políticos en la Argentina se extendió por varios años, y algunos son liberados recién en 1989. Y eso habla de un estado de la discusión pública, sobre cómo saldar cuentas con ese pasado reciente.

En relación a lo que planteabas al comienzo de este diálogo, ¿qué preguntas aún quedan abiertas en torno a los setenta en la región?

Hay muchas preguntas abiertas sobre las condiciones históricas de las democracias de los sesenta, que están muy marcadas por la hegemonía norteamericana, acerca de sus posibilidades y límites. No tengo respuestas, pero hay que hacerse esas preguntas. Tal vez algunos elementos de la transgresión política de esa experiencia son útiles para movilizar, pero tengo una distancia afectiva con las otras dimensiones vinculadas al sacrificio. También hay preguntas abiertas sobre el sentido de la militancia y cuánto el individuo está dispuesto a dar por un cambio más general. Es absurda la idea de banalizar o cerrar ese período, aunque es cierto que podemos aburrir de ciertas narrativas para contar ese pasado, pero seguramente surgirán otras. Y si no las recrean unos, las recrean otros. Porque cuando uno piensa que ya todo está dicho aparecen personajes como Bolsonaro, que vuelve a poner en cuestión ciertas cosas básicas sobre el cambio social. O personajes como Agustín Laje, que plantean que los guerrilleros de ayer son lo mismo que las feministas de hoy. Eso muestra la vigencia de los sesenta y de las preguntas acerca de cómo se genera el cambio social.

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