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Revista Haroldo

Diálogo con el pasado y el presente

23/09/2017

Elizabeth Jelin: "Debemos pensar cómo renovar las energías sociales"

Considerada una de las pioneras en los estudios sobre memoria, en su último libro retoma las investigaciones que realizó en las últimas décadas, pone el foco sobre el camino recorrido, el familismo, las tensiones entre las luchas feministas y la de los organismos de derechos humanos. “Quería devolver este texto a las generaciones que me siguen. Las palabras vuelan y que hagan con eso lo que quieran”, señala.

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“Hablar de memorias significa hablar de un presente. En verdad, la memoria no es el pasado sino la manera en que los sujetos construyen un sentido del pasado, un pasado que se actualiza en su enlace con el presente y también con un futuro deseado en el acto de rememorar, olvidar y silenciar”. Así escribe Elizabeth Jelin en La lucha por el pasado: cómo construimos la memoria social, publicado de forma reciente por Siglo XXI Editores.

Considerada una de las pioneras en los estudios sobre memoria, derechos humanos y política en América latina, en este libro Jelin retoma y actualiza las investigaciones que realizó en las últimas décadas. Pone el foco sobre el camino recorrido por el movimiento de derechos humanos; el familismo en las políticas de memoria; la vinculación y las tensiones entre las luchas feministas y la de los organismos que pelean por la memoria, verdad y la justicia. También se pregunta sobre el papel de la memoria en la construcción de un futuro más democrático. “Quería devolver a las generaciones que me siguen, a quienes son más jóvenes que yo, este texto”, señala.

En el marco del X Seminario Internacional Políticas de la Memoria, el libro se presentará este jueves 28 de septiembre a las 19 en el Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti (Espacio Memoria y Derechos Humanos, Avenida del Libertador 8151, Ciudad de Buenos Aires). Junto a la autora, en el panel estarán presentes Verónica Torras (Memoria Abierta) y Alejandra Naftal (directora del Sitio de Memoria ESMA), con la moderación de Matías Cerezo (Centro Cultural Haroldo Conti)

¿Por qué decidió en este momento volver a indagar en sus investigaciones, hacer memoria de sus propios estudios de memoria?

Uno de los ejes que atraviesa el libro es que vivimos en muchos tiempos simultáneos. Me interesa, me obsesiona, el tema de las múltiples temporalidades. El libro no es producto de la coyuntura, son cuestiones sobre las que vengo pensando hace mucho tiempo. Hacia fines de la década del 90 tuvimos un programa de formación de investigadores jóvenes muy grande, en seis países de América latina. De allí salieron doce libros, a muchos de ellos coordiné, a varios los edité.

Ese grupo de gente se fue ampliando y formó una red, así que hoy hay un campo de estudios de memoria que no existía hace veinte años. Ese campo de estudios de memoria hoy tiene una historia, tiene dinámicas muy diferentes de acuerdo a los países y las coyunturas. Eso indica que hay una multiplicidad de voces. Otra cuestión son los cambios a lo largo del tiempo de las realidades sociopolíticas. Hay reflexiones que yo publiqué en 1992 sobre el movimiento de derechos humanos y que las releo y me llevan a preguntar qué pasó en los últimos 25 años en torno a esa temática. Entonces hay un interés por actualizar esas indagaciones.

Pero otro componente es el biográfico. Estoy llegando a un momento de mi vida académica, de mi vida personal, de vejez. Y es el algo que no me asusta sino que me encanta, porque una puede tener más libertades, más tiempos. Quería devolver a las generaciones que me siguen, a quienes son más jóvenes que yo, este texto. Las palabras vuelan y que hagan con eso lo que quieran. Pero quería dejar mi marca.

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El libro no se centra sólo en el caso argentino, sino en el de esa América Latina que ya lleva tres décadas de posdictadura. ¿Qué análisis hace de cómo la región ha recorrido este período de transición?

La división política en países es producto de una historia, pero siempre tiene un tono de arbitrariedad. Me interesan mucho los flujos, más que las cristalizaciones. Entonces, no es casual que en buena parte de la región haya habido dictaduras en los años 70. Tiene que ver con la situación geopolítica mundial -como la intervención de Estados Unidos y la formación antisubversiva francesa- y con estos flujos entre estos países que vienen desde los tiempos coloniales, o incluso desde antes.

Las dictaduras estuvieron coordinadas, hubo un Plan Cóndor que significó que se ignoraran las fronteras de soberanía para la represión conjunta. Y el movimiento de derechos humanos también fue regional, e internacional si se quiere. Todo lo que pasó en estos últimos treinta años también estuvo interrelacionado, desde el neoliberalismo hasta los procesos de aprendizaje, de imitación, porque lo que pasa en un país abre oportunidades e ideas en otros. Entonces debemos mirar qué se ha conformado regionalmente en el campo de memoria. La Argentina fue pionera en muchos procesos, hay trabajos sobre cómo se expanden ideas y maneras de memorializar y políticas de memoria desde aquí a otros países. Hay continuidades, aprendizajes, modelos. El programa “Jóvenes y Memoria”, por ejemplo, es un modelo para encarar el tema de la transmisión generacional.

Por otro lado, las condiciones socioeconómicas y políticas de la región tuvieron su ciclo de la década del 2000 de signo más bien progresista, y ahora estamos en una reversión bastante sistemática, con lo que ocurre aquí, en Brasil. Hay giros en los temas vinculados a derechos humanos, a la igualdad. Nos encontramos en la Argentina con un movimiento social que sale a la calle y, por ejemplo, frente a la desaparición de Santiago Maldonado empuja, empuja, empuja. ¿Qué va a pasar con esa energía social? ¿Qué está pasando en otros países? En Brasil, ese movimiento parece más desarticulado. La posibilidad de que vuelva a ganar la derecha en Chile es bastante alta. No es un momento fácil: hay que pensar de dónde sacar energías y cómo pensar buenas estrategias.

Tal vez por eso se vuelve necesario repensar las estrategias que desarrolló el movimiento de derechos humanos en estas décadas, tal como lo plantea el libro, no para repetirlas pero sí para que actúen como punto de partida.

Sí, no queremos volver a gritar “Aparición con vida”. Y no queremos que los más jóvenes tengan que hacerlo. Me importa que el libro brinde elementos para la polémica y para la reflexión. El libro está lleno de preguntas. Me interesa que esas preguntas las asuma la gente con ganas de hacérselas y de buscar cómo responderlas, sabiendo que cada respuesta va a estar situada en un momento histórico y coyuntural. Hace unas semanas presentamos el libro en El Bolsón y en Bariloche, junto a la Universidad Nacional de Río Negro. Yo pido que en los paneles de las presentaciones haya gente joven. Y en El Bolsón por supuesto que leyeron el libro en la coyuntura, con respecto a lo que está pasando en la zona.

Uno de los capítulos aborda esa ligazón -con contradicciones, avances y retrocesos- entre el movimiento de derechos humanos y las luchas contra la violencia contra las mujeres, que hoy es uno de los elementos más dinámicos de la sociedad argentina.

Las Madres y Abuelas, las mujeres, han tenido un protagonismo central en el movimiento de derechos humanos y son el emblema de la Argentina en el exterior. Pero tanto Madres, Abuelas, Familiares, Hijos, están constituidos en clave de familia. No fue fácil el vínculo entre el movimiento de derechos humanos y el feminismo. Ni hace 35 años ni ahora. A comienzos de los ochenta 80 fue muy difícil, e incluso antagónico en algunos puntos. En la Argentina, hubo grupos feministas incipientes, en los años 60 y 70, que se fueron achicando con la dictadura; pero, justo en esos años, el movimiento se ampliaba en todo el mundo.

Entonces, en nuestro país hubo bastante retraso en relación a lo que ocurría en otros lugares. Y los temas quedaban relegados frente a la urgencia de las desapariciones y de esa clave familística en la cual se plantearon los reclamos.  Al mismo tiempo, una de las banderas del feminismo es que lo personal es político, que la relación entre lo privado y lo público debe ser totalmente transformada, y en ese sentido las Madres y las Abuelas sí salieron a la calle y llevaron adelante una de esas maneras de expresión por las que el feminismo estaba abogando, aunque no lo hicieron desde ese movimiento feminista.

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Recuerdo que en 1984 se realizó en La Habana una reunión preparatoria para la Conferencia Mundial sobre la Mujer que se celebraría en Nairobi en 1985. Desde la Federación de Mujeres Cubanas nos invitaron a un grupo de académicas feministas. En esa reunión de los derechos de la mujer no había un lugar especial para las Mades y Abuelas, no estaba en la agenda en 1984, pero logramos que se invitara a dos Abuelas de Plaza de Mayo como parte de la delegación de la sociedad civil de la Argentina. Después hubo acercamientos y alejamientos diversos, y muchos avatares, porque ni el movimiento de los derechos humanos ni el de feminismo son unificados. Pero es importante lo que ha ocurrido en la Argentina en estos últimos años, porque ha crecido mucho la lucha contra la violencia contra las mujeres y contra la violencia doméstica (aunque no tanto de los derechos laborales de las mujeres y de la discriminación, de los que se habla poco). Hoy son temas que están en primera plana básicamente por el movimiento Ni Una Menos, que ha sido impresionante y se ha expandido a todos lados. Y porque estas generaciones más jóvenes que están impulsando este movimiento tienen un acercamiento a una idea de derechos humanos más abarcadora, que incluye también las memorias de la dictadura. Son muy inclusivas, y se han abierto a sumar y a cobijar muchas causas.

Las primeras organizaciones de derechos humanos en la Argentina estaban ligadas a partidos políticos o grupos sociales y religiosos. ¿Por qué considera que luego se da un predominio de los organismos familiares en el movimiento de los derechos humanos?

Lo que llamamos movimiento de derechos humanos se fue conformando desde distintos lugares. Desde sectores políticos, intelectuales y académicos más bien progresistas ligados a una militancia determinada, como la Liga Argentina por los Derechos del Hombre, que es de 1937. El SERPAJ tiene una trayectoria ligada a los derechos económicos y sociales, a pueblos originarios, a poblaciones muy marginadas. Otra corriente está ligada a sectores humanistas dentro de las iglesias -porque ningún culto se puso totalmente del lado de los derechos humanos y de las denuncias, como sí ocurrió en Chile o en Brasil, por ejemplo-, que confluyeron en las demandas contra las violaciones a los derechos humanos. Y hay un tercer grupo que es el de los afectados directos, definidos en clave de parentesco. Hay una razón normativa para esto, porque solo los parientes directos tenían derecho a presentar un hábeas corpus. Ni los compañeros de militancia ni los vecinos tenían un justificativo legal para pedir un hábeas corpus. Pero eso es algo que pasa en todo el mundo.

Ahora la pregunta que yo les sigo haciendo a historiadoras e historiadores es de dónde viene en la Argentina ese familismo y, en especial, el maternalismo, con esas mujeres que tuvieron tanto protagonismo. Y son un familismo y un maternalismo literales, alguien no se podía poner un pañuelo simbólicamente, tenían que ser madres. En Chile uno de los movimientos más importantes se llamó "Mujeres por la Vida", y no estaban todas directamente afectadas por la desaparición, el asesinato, la prisión o el exilio de un hijo, un esposo, un hermano. Era un movimiento ciudadano. La pregunta que me hago es por qué se dio en un país de una manera y en otro de forma diferente. Y no tengo respuestas.

Una de las hipótesis que se ensayan en el libro está ligada a la idea de “la protección de la familia argentina” que planteaban las fuerzas armadas.

Sí, esa es una de las preguntas que hago a historiadores, si la metáfora de la gran familia también aparece en otros países, porque para el Ejército la Argentina era una gran familia. Pero es una idea que está muy extendida en otros campos. Ahora estoy dirigiendo la tesis doctoral de Alba González, un análisis sobre Pueblo Liebig, donde había una fábrica de extracto de carne y luego un frigorífico internacional muy importante, que dio origen a la ciudad con un formato muy especial. Y toda la tesis está anclada en la noción de gran familia, sobre ese paternalismo industrial. La fábrica quebró hacia varias décadas, y las personas mayores siguen pensando en términos familísticos. Así que hay algo de historia cultural, que permea a los militares, a algunos grandes empresarios y a la sociedad en su conjunto.

Una de las preguntas incómodas que plantea el libro pasa por el futuro del movimiento de derechos humanos ante ese carácter familístico. Hoy muestra una potencia en las calles, pero a la vez hay limitaciones biológicas claras.

Hay una demografía que es ineludible. En la primera parte de los años 90, las luchas por los derechos humanos estuvieron bastante desmovilizadas, y se revitalizaron en 1995 con las declaraciones de Adolfo Scilingo sobre los vuelos de la muerte y con el surgimiento de H.I.J.O.S. Es decir, veinte años después aparecía una generación que hacía nuevas preguntas, que hacía otras cosas, que confrontaba de otra forma. Fueron importantes las discusiones que se dieron en Hijos sobre si podían integrarse personas que no fueran hijos de desaparecidos o no, si tenía que ser literal o podía ser amplio. Y en ese cruce generacional, en esa pelea por la ampliación, surgió algo nuevo.

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Creo que ahora estamos en otro momento de inflexión. La lucha por la violencia contra las mujeres confronta de una manera muy especial, que hace repensar incluso las maneras de las violencias de género durante la dictadura. Ahí hay un cambio muy interesante. El otro es el tema de la represión a la movilización social, estamos en los comienzos, no sabemos hacia dónde va a ir. Se está nacionalizando la lucha de los pueblos originarios, que antes tenía muy poca repercusión, porque el tema no es nuevo, pero antes la gente pasaba de largo.

Entonces, estos tres temas -la violencia contra las mujeres, la criminalización de la protesta social y los pueblos originarios- abren nuevas perspectivas, que al sector del movimiento de derechos humanos más enfocado en las memorias de la dictadura, les genera replanteos. La investigadora norteamericana Kathryn Sikkink ha trabajado mucho sobre las redes internacionales de derechos humanos, y ha analizado cómo las innovaciones argentinas en este campo se han expandido a otros países. Acaba de escribir un libro Evidence for Hope: Making Human Rights Work in the 21st Century (Evidencia para la esperanza: la construcción de los derechos humanos en el siglo XXI) en respuesta a quienes señalan que todos estos años de énfasis en derechos humanos no llevaron a nada. Ella analiza la legitimidad del discurso de derechos humanos y su efectividad y muestra cómo el tema de los derechos de las mujeres, desde una noción transformada y transformadora de los derechos humanos, va cambiando las relaciones de género en todo el mundo.

Pero estamos en un momento de reacción contra los avances de las luchas por los derechos humanos, de un pesimismo en el activismo progresista, de mucha desilusión, de muchos embates de las derechas. Entonces debemos pensar cómo renovar estas energías sociales.

En esa línea, debe destacarse la decisión de realizar actos conjuntos entre diversos organismos de derechos humanos y organizaciones sociales, políticas y gremiales, tanto en la manifestación contra el 2x1 como por la desaparición de Santiago Maldonado.

Cuando hay enfrente un adversario unificado y fuerte, históricamente el movimiento de derechos humanos se ha unificado. El acto por el No al 2x1 y la expansión del movimiento de Ni Una Menos son ejemplos en ese sentido. En una de las marchas de Ni Una Menos estaba en Santiago de Chile, y mis colegas y amigos la recuerdan como una de las marchas más grandes, y con muchos jóvenes, que hubo en Chile. Fue muy impactante, porque acá sí estamos más acostumbrados a ver miles y miles de personas en la calle.

La historia argentina está atravesada por las desapariciones, desde el comandante Andresito o Felipe Vallese, a los 30.000 detenidos-desaparecidos de la dictadura o Jorge Julio López. ¿Cómo resuena socialmente que existan nuevas desapariciones, como la de Santiago Maldonado?

Dijimos Nunca Más. Pero en un sentido no hay “nunca más”. Las condiciones son distintas. La pregunta es si se necesita una tragedia como la desaparición forzada de Santiago Maldonado para traer un tema estructural, histórico, al centro del escenario político. La reforma constitucional de 1994 sancionó nuevos derechos, entre ellos el reconocimiento de la preexistencia étnica y cultural de los pueblos originarios y su derecho a la posesión y propiedad de las tierras que tradicionalmente ocupan. Las demandas por estas tierras tienen sus particularidades en cada comunidad, y se están llevando adelante en todo el país, desde Tierra del Fuego a la Puna. Las policías provinciales han estado reprimiendo las movilizaciones por estos reclamos desde siempre. Lo nuevo ahora es que el tema cobra otra dimensión, porque son fuerzas nacionales, la Gendarmería, quienes están reprimiendo. Y esta es una forma de estructurar la represión que puede ser aplicada a otras protestas y otras demandas populares. En este caso específico, lo que se genera es una nacionalización del conflicto, pero especialmente la nacionalización de las formas de represión. La cuestión es qué va a suceder con este tipo de luchas. Ojalá no necesitemos más represiones y más figuras martirológicas para generar cambios.

 

 

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