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Revista Haroldo

Diálogo con el pasado y el presente

11 de agosto de 2017

Cómo llegué a Limbo

El escritor desgrana en esta nota el origen de "Limbo", un "relato exiliado", que no está en ninguna parte: ni en el realismo, ni en la denuncia, ni en la fantasía. Sin embargo, piensa, está en todo eso: está en la libertad. Historia de una novela circular que entrelaza México con Argentina.

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A veces pienso que mis reacciones a los cambios están desprovistas de dramatismo. Me sitúo frente a ellos con cierta sorpresa, lógica, porque no los esperaba, que se torna rápidamente en curiosidad, cosa que no ocurre con mucha gente que conozco que, si el cambio es fuerte, se conmueven, rechazan, protestan, se quejan, les resulta incomprensible. Así me pasa con los anuncios de enfermedades pero, más interesante que eso, me ocurre cuando me veo obligado a ir a otros países y tengo que enfrentarme con otras gentes, desconocidas, con otros lenguajes y con otras costumbres.

Me sorprendí cuando desembarqué en París por primera vez, hace décadas, pero casi enseguida quise entender y me parece que lo logré: me veo acumulando en caminatas interminables calles y nombres, como cuando era chico y mi curiosidad tenía como objeto Buenos Aires; lo mismo me ocurrió cuando, años después, me encontré de golpe en México, y vaya que las diferencias con lo que me era habitual eran grandes. Omito lo que fue vivir un tiempo en los Estados Unidos, en Chile y en Colombia y me remito a México porque pasé allí mucho más tiempo que en los otros lugares y mi permanencia tuvo un carácter mucho más complejo, en los otros lugares mi compromiso principal era de trabajo y de poco tiempo, en éste, que empezó del mismo modo, se complicó, o más bien se hizo más problemático al transformarse en exilio, noción o experiencia, no sólo mía, histórica, a la que de una manera u otra tengo que referirme.

Yo había conocido México un par de años antes, un poco a vuelo de pájaro; mero turista de filiación universitaria, para un coloquio en el que aburrí a pacientes escuchas pero que me permitió, como se debe, comprar algunas artesanías; en esta ocasión ya no sería tan fugaz pero, de todos modos, no imaginé que me quedaría años y que, incluso, tendría casa y que, incluso, vería crecer a mis hijos y que, incluso, conocería lugares que, en mi feliz ignorancia porteña, ignoraba que existieran, playas, montañas, catedrales, desiertos y, sobre todo, comidas y, más aún, gente. Poco a poco, precisamente por ese natural impulso a la curiosidad, a medida que trabajaba en lo poco que sé hacer, fui entrando en los entresijos de ese país, su literatura, sus protagonistas; a veces, sorprendido, me preguntaba cómo era posible que estuviera conviviendo con nombres que había conocido antes por distraídas lecturas, por películas, por prestigios o porque había que conocer. Nada dramático, todo impensable cuando penetré en Setiembre de 1974 en un razonable avión que me permitiría llegar razonablemente a un lugar en el que viviría sin aspirar a echar raíces un par de razonables meses, pero ahora, cuando lo que estaba pasando en la Argentina lo aconsejaba, dejó de ser tan razonable y poco a poco se convirtió en una aventura cuyas consecuencias se hicieron ver muy pronto y cuyas marcas perduran.

Cómo llegué a Limbo- Revista Haroldo
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Pronto, casi enseguida, todo se alteró sin cambiar la mecánica de la curiosidad: simplemente amplió su objeto y convirtió la temporada de trabajo y de reconocimiento en esa otra entidad cuyo nombre es tan inquietante, me refiero al exilio. Podía no haber sido así pero lo fue porque empezaron a llegar argentinos, algunos conocidos, otros sólo de nombre, otros desconocidos y no hubo manera de ignorarlo. Nos entregamos, Tununa, mis hijos y yo, a esa nueva situación sin reservas y, en consecuencia, nos convertimos también nosotros en exiliados.

No voy a contar lo que eso implicó: lo he narrado con minucia extrayendo de mi memoria hechos y figuras en La nopalera, además de haberme cansado de referirme a toda esa experiencia cada vez que aparecía alguien que quería saber, acaso para verificar que no lo habíamos pasado tan mal mientras aquí había que aguantar la dictadura y esa tremenda incertidumbre, acaso para comprobar que la dictadura había separado de su solar nativo a gente que había querido que su vida transcurriera ahí, hubo de todo en las preguntas.

Lo que en cambio quiero decir es que mi curiosidad tuvo por objeto a mis compatriotas; sin decírmelo, intentaba, sólo por contacto y convivencia, saber no quiénes eran sino qué eran como personas o personalidades. Creo que así como iba incorporando paisajes y costumbres y seres muy diferentes, otros exiliados, chilenos, españoles, guatemaltecos, uruguayos, mexicanos de largo linaje, indígenas, políticos y artistas, con la no formulada intención, muy diferida, de que se incorporaran a mi imaginario para alimentarlo a fin de iniciar una nueva etapa en mi escritura, también lo hice con los exiliados. Tenía la certeza de que no se trataría de hacer entrar todo ese mundo en proyectos narrativos precisos, anecdóticos, pero sabía que no podía ser que todas esas novedades no cambiaran lo que traía de la Argentina, modos, estilo, concepción, en suma la escritura en la que me seguía reconociendo al mismo tiempo que me entregaba a lo que me brindaba la curiosidad de la que estoy hablando.

Antes, en la Argentina, lo predominante del impulso a escribir era la literatura, eso que se denomina crítica, pero también la poesía y por no sé qué necesidad poco a poco me interné en el relato. No veía diferencia mayor entre un gesto y otro; a veces me incitaba más un libro o un problema y necesitaba escribir lo que veía o sentía, a veces una imagen se me ponía por delante y se desarrollaba por medio de lo que podían ser versos que daban lugar a poemas, a veces alguna situación me parecía incitante pero desconfiaba, con frecuencia sólo sentía que debía hacerlo, que me obligaba por una trivial razón de no ser menos, de quedarme fuera de lo que imaginaba que era lo efectivo de la literatura.

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En México mi ejercicio profesional se transformó, empecé a narrar el objeto de la transmisión: apenas si preparaba una clase, iba, miraba a los asistentes y me dejaba llevar por flujos asociativos que me conducían finalmente al objetivo, al “quod erat demonstrandum” que toda docencia exige. Quizás ese cambio hizo que la narración fuera tomando un cuerpo que antes no tenía; me urgía lo que estaba viviendo, cargaba un cúmulo de imágenes pero también de experiencias por las que estaban pasando mis compañeros y yo mismo y que podía traducir como un silencioso intento de comprensión del exilio. Ciertamente seguí escribiendo ensayos y poesía y también periodismo cultural pero algo se me ordenó, los rumores mexicanos, las lejanías, la perplejidad y escribí de un tirón un texto que titulé El ojo de jade. Lo subtitulé “novelita” y ya no recuerdo –no quiero acercarme a él- qué se fue acomodando en su interior: sería un acercamiento a México, sería también un sentimiento de pérdida de la Argentina, sería una aproximación deseante al fin de la dictadura, fantasías de recuperación, todo eso junto.

Otros, cercanos a mí, voluntariosos, tematizaban el exilio, evocaban la gesta guerrillera, imaginaban la verdad de torturas y desapariciones y escribían en una generosa empresa de denuncia. A mí no se me daba eso, la denuncia iba por el lado de acciones y declaraciones y la literatura reclamaba por sus fueros, indecisiones, parálisis, arranques que no venían con facilidad y una permanente insatisfacción por lo que podía dar la escritura de cuya práctica tenía, cada día con más claridad para mí, que provocar algo, un cambio, una detención, no lo sé pero no la insignificancia de un mero instrumento para “decir”. En esa navegación pasé un par de años. Un día hubo un comienzo, mejor dos.

Un gran amigo, no argentino, a quien visitaba con frecuencia, empezaba a no querer salir de su casa. Por sus propias razones, diferentes a las nuestras, había sido un exiliado. En la sala de su casa estaban los diarios que recibía todos los días apilados en columnas que establecían una especie de laberinto: años de juntarlos. No podía ser que esa manía no me dijera nada, exilio como encierro, atardeceres de la memoria, algo me despertó. Lo mismo que la visita que me hizo un mediodía luminoso un exiliado argentino, no muy cercano, que, en un discurso decididamente paranoico, me confesó, temblando, que lo perseguían. No lo disuadí lo escuché, lo comprendí, le dije que sabía de persecuciones y que podía ayudarlo a denunciar esos vergonzosos hechos. Se animó pero pronto entró en depresión cuando le dije que escribiera con todo detalle todo lo que le había ocurrido para presentarlo y reclamar. Se entristeció y se fue.

No podía ser que ambas situaciones fueran meras anécdotas o temas para cuentos, como suelen aconsejar quienes escuchan con interés ese tipo de extravagancias o de dramas. Fue otra cosa, fue una incitación a dejarme llevar y a imaginar algo más interno y secreto, angustia, pesadez del tiempo, tiempo que en el exilio parece estirarse al infinito, pérdidas que entorpecen el razonamiento y, sobre todo, la escritura, hacer de todo eso algo que no fuera meramente lamento ni transcripción. Ahí empecé Limbo.

Me costó: articular y desarticular, fragmentar, crear un ritmo. No una ficción. Tuve la impresión de que ese texto por fin concluido no estaba en ninguna parte, que era un relato exiliado, no estaba en un realismo, no estaba en la negrura, no estaba en la denuncia, no estaba en la fantasía pero estaba en todo eso, estaba en la libertad.

Ignoro si fue comprendido y leído. Lo fue ahora, cuando algunos amigos queridos impulsaron su publicación aquí, treinta y cinco años después. Por ahí corre la misma suerte, esa suerte que definió con amargura el filósofo español, dolorosamente exiliado, Adolfo Sánchez Vázquez: “del exilio no se regresa nunca”. Como Kakfa. Nada dramático.

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 Limbo, Ed. Final Abierto, 2017. La primera edición fue publicada en México en 1989.

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