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Revista Haroldo

Diálogo con el pasado y el presente

01 de julio de 2019

Coloquio internacional “La memoria en la encrucijada del presente”

La política de la memoria contra el nuevo negacionismo

¿De qué manera la dictadura y la violencia de Estado sigue viviendo en nuestra época? ¿A cuántes de nosotres nos van a llamar terroristas en los próximos meses y años si defendemos la causa palestina o el acceso al aborto? ¿Qué caracteriza la forma actual de negacionismo propia del neoliberalismo? Son algunos de los interrogantes que plantea la filósofa Judith Butler, una de las principales referentes mundiales del feminismo, quien participó en el panel final, junto a Estela de Carlotto y Eduardo Jozami, del coloquio que se llevó adelante en el Conti.

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Panel de cierre del coloquio internacional "La memoria en la encrucijada del presente. El problema de la justicia" en el CCMHC, abril, 2019

Lucrecia Da Representacao

Me siento muy honrada de estar hoy con ustedes para hablar brevemente sobre la memoria y la justicia, el tema de este coloquio y de la discusión que tendremos esta noche. Quisiera agradecerles a todes les empleades, a todes les trabajadores que con generosidad han hecho posible que nos reuniéramos hoy acá. Estamos hablando ahora, en este momento de la historia, ¿qué época es ésta que compartimos? ¿Compartimos una época? ¿Es un momento o varios, este encuentro que atraviesa el espacio y el tiempo? Acá en Argentina hace sólo 36 años que terminó la dictadura. En los años que pasaron desde esa histórica derrota de la violencia de Estado, las personas de Argentina han desarrollado proyectos de memoria, dedicado sus vidas a la memoria activa y fundado instituciones como el Espacio Memoria y Derechos Humanos, donde funcionan el Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti y los edificios de Abuelas y Madres de Plaza de Mayo, instituciones que trabajan a diario para mantener viva la memoria y para combatir la posibilidad del olvido.

Sin embargo, acá y en otras partes de América Latina podemos leer que está reviviendo el negacionismo, una forma de discurso, una peligrosa política, que busca negar la realidad de la tortura, las desapariciones y los crímenes de Estado. Y en muchos lugares de América Latina, han surgido nuevos líderes, nuevos y en cierta forma también viejos, que conducen a sus países a toda velocidad hacia el futuro siguiendo una agenda neoliberal, buscando revivir otras memorias, entre ellas la memoria del gobierno militar, como es el caso de [Jair] Bolsonaro en Brasil. Afirman que tanto los proyectos de memoria histórica como las organizaciones sociales que se dedican a documentar y reivindicar a les desaparecides son en realidad estrategias de marketing de la izquierda, exageraciones, o una versión injusta de la historia. En Chile, hay quienes afirman que el período entre 1973 y 1990 no debería llamarse dictadura, sino que habría que hablar de una época de conflictos internos o incluso de una guerra civil. Pero no puede hablarse de guerra civil cuando el Estado ejerce brutalmente su poder de muerte contra ciudadanes militantes de izquierda, que en su mayoría luchaban por el socialismo, la igualdad económica y la redistribución de la riqueza, y que formaban parte de la resistencia contra la dictadura.

En Estados Unidos, el actual presidente cree que sería una buena idea celebrar su presidencia con desfiles militares; utiliza poderes de emergencia para debilitar la democracia, tanto popular como parlamentaria, y para fortalecer un gobierno autoritario. Podríamos hablar de muchos otros regímenes, y pensar cómo cuentan una historia o se niegan a contarla. Erdogan en Turquía se niega a reconocer el genocidio armenio. Netanyahu se niega a reconocer la Nakba, el asesinato o desplazamiento forzado de más de 700.000 personas. Pero lo perturbador, desconcertante e indignante de este presente que compartimos y que nos tiene en su poder, es que la documentación ahora existe, se recuperaron los nombres, casi todos, en los casos en los que es posible, e incluso el número de desaparecidos se recopiló laboriosamente con los mejores medios tecnológicos forenses disponibles, se los buscó en la tierra y en el agua, se analizaron los huesos, y todo este trabajo, que llevó décadas acá en la Argentina, que incluye pruebas de diverso tipo y también testimonios, constituye un impresionante archivo imposible de impugnar. Y sin embargo, hay funcionarios públicos que pueden desestimar y burlarse de este logro ético prodigioso. Como ustedes saben, los nuevos autoritarios critican estas iniciativas para preservar la memoria, tildándolas de “politizadas”. Estas autoridades nos dicen que preservar la memoria histórica equivale a tomar bando en una disputa política. Es decir, quienes critican el archivo lo consideran parte de una agenda izquierdista, que existe en función de los intereses de la izquierda, y que se ha instrumentalizado la historia. Lo que esto implica es que estamos todes “politizades”, y que sólo emprendemos proyectos supeditados a nuestros propios intereses, y que no tienen ningún valor independiente ni común. Esto implica que la derecha, los conservadores, los autoritarios y los neofascistas también tienen sus formas de negacionismo que distorsionan y borran los registros históricos en función de sus propios intereses políticos. De manera que sus acusaciones contra los proyectos de memoria histórica se les vuelven en contra, por interesados y negacionistas.

¿Qué caracteriza esta forma actual de negacionismo? Tal vez no sea fácil generalizar más allá de las fronteras de cada país. De todos modos, podemos distinguir al menos tres rasgos del revisionismo contemporáneo. El primero es que el nuevo autoritarismo no puede entenderse por completo con los parámetros del antiguo, de la misma manera en que el nuevo fascismo no puede reducirse a los fascismos que conocimos en el pasado. En parte, estas formas son producto de la versión neoliberal del capitalismo, que ha intensificado la precariedad, socavado la estabilidad laboral, creado deudas impagables y clausurado la idea del futuro. Esta misma formación neoliberal les ha otorgado a los estados nuevos poderes para controlar poblaciones que incluyen a les ciudadanes dentro de las fronteras nacionales, les apátrides, les indígenes y les migrantes en la frontera. La intensificación de la pobreza y la inestabilidad económica ha producido una ansiedad generalizada, que con demasiada frecuencia se convierte en el deseo de versiones más autoritarias del paternalismo, atavismos patriarcales representados por la familia tradicional y el estado militarizado, que se alimentan de la fantasía de devolverle al patriarcado el poder y el lugar que supuestamente le corresponden. Creo que también sabemos que quienes sufren de manera desproporcionada en el actual sistema económico, que se está profundizando y extendiendo en todo el mundo y que liga nuestras vidas las unas a las otras, son las mujeres y las minorías, les disidentes sexuales, les indígenes y les pobres. El segundo rasgo, es la idea de la política que presupone y promueve la retórica política del negacionismo, sin duda es una idea “politizada”, pero de una manera particular: amargada, resentida y nihilista en su egoísmo insaciable. En efecto, lo que se implica acá es que la política es siempre una versión venenosa y obscena del interés personal. Podrá serlo la política partidaria, pero no la idea de un orden político democrático en que la comunidad política se legitime precisamente al comprometerse a contar la verdad de su propia historia, una obligación ética de buscar y perseguir la verdad histórica, para abrir un horizonte de futuro hacia el que avanzar, en respuesta a una clara demanda ética y política de oponerse al genocidio y a los crímenes de Estado donde quiera que ocurran (y para mí esto incluye la pena de muerte). Por supuesto, hay quienes siguiendo a Platón han afirmado que todo Estado se funda sobre una mentira. Y el mío, Estados Unidos, se fundó en parte por medio del exterminio de pueblos originarios en el territorio norteamericano. Pero no hay ningún motivo para aceptar ese cinismo y ese escepticismo. Una de las razones por las cuales insistimos en que se dé a conocer la historia de los genocidios contra los pueblos originarios, que incluye a les mapuches en Chile y Argentina pero también a les armenies que exigen que el gobierno turco reconozca el genocidio de 1914, es para que pueda haber reparaciones. Hitler estudió ese genocidio mientras planeaba el suyo. Así que permitámonos señalar que es posible forjar solidaridades transnacionales, dado que a pesar de que todas estas historias son diferentes, todas ellas también son blanco del negacionismo contemporáneo, y las luchas contra el negacionismo pueden y deben ayudarse entre sí. Pero volvamos al negacionismo contemporáneo. Es una continuación de los valores del exterminio. Luego de hacer desaparecer a determinadas poblaciones, se intenta hacer desaparecer todo rastro de esa pérdida.

Sólo es posible oponerse ética y políticamente a la violencia de Estado mediante la práctica constante de la memoria, la práctica reiterada de la memoria en tanto parte de la práctica propiamente política de la democracia.

De ahí el segundo rasgo que marqué: sólo es posible oponerse ética y políticamente a la violencia de Estado mediante la práctica constante de la memoria, la práctica reiterada de la memoria en tanto parte de la práctica propiamente política de la democracia. Esto último, sin embargo, no es una versión de la política “politizada” y partidista, sino más bien la condición y el límite de la política democrática. Es la precondición de la precondición de la legitimidad del Estado, una legitimidad que hay que ganarse y poner en práctica una y otra vez para que esa legitimidad no se pierda. Y sí, por supuesto que es verdad que estoy tomando partido al promulgar una versión radical de la democracia, pero ese ideal no se puede reducir a un partido. Uno u otro partido pueden compartir ese ideal, que de todos modos no puede reducirse a un ideal partidario. Es la condición de lo político.

De manera evidente e inequívoca, que un Estado haya asesinado a decenas de miles de personas con el fin de exterminar a los sectores populares, como sin dudas ocurrió en Argentina y en Chile, sigue siendo un delito de lesa humanidad. Pero también, quisiera sugerir, constituye un delito negar en cualquier aspecto o grado ese exterminio. En efecto, Alemania hizo de la “negación del Holocausto” un delito después de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, lo que quiero decir tal vez sea menos jurídico que político; la negación de la historia de la violencia de Estado produce una cultura política y unos valores que dan pie a que la violencia se pueda negar y por consiguiente tal vez exculpar o pasar por alto en el futuro. La negación es un permiso para nuevas violencias. Es incluso un llamado a la violencia con la promesa de que se la va a exculpar. Esto me lleva a la tercera característica: la negación del exterminio es la continuación de ese exterminio de una manera nueva. Si la aniquilación nunca ocurrió, o si no fue tan grave, eso significa que puede volver a ocurrir, y que no va a ser tan grave. Puesto que lo que afirma este negacionismo contemporáneo es que las instituciones de la memoria pública que documentan y denuncian las detenciones, torturas, desapariciones y muertes son en esencia instrumentos o estratagemas de quienes buscan beneficiar a los partidos con tendencias socialistas o de izquierda, y que manipulan los hechos, o exageran, o cuentan sólo una versión de una historia mucho más compleja. Si le prestamos atención a lo que dicen, empezamos a escuchar otra vez que les militantes de izquierda eran terroristas y que el Estado lo único que hacía era proteger a la población del terror. En esta última afirmación resuenan otras, que en el pasado formularon dictadores, autoritarios y fascistas, pero volvemos a escucharla ahora en este presente que compartimos, en el que se presenta a les migrantes como terroristas, violadores en potencia, flagelo de la economía, y amenaza al cristianismo, la familia y la nación.

“La política de la memoria contra el nuevo negacionismo” - Revista Haroldo | 1
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De la serie "El Presente del Pasado", 2013 

Natalia Calabrese

Si aceptamos que la memoria pública de la violencia de Estado es una práctica continua, que es necesaria para prevenir que vuelvan a surgir nuevas violencias de Estado contra ciudadanes o poblaciones en términos más generales, tenemos que tratar de entender cómo aplicar al presente lo que nos enseña el pasado.

Si queremos lograrlo, sin embargo, no sólo tenemos que conocer el pasado y, a nivel político, defender el derecho público a conocer la historia como parte de cualquier democracia, sino además aprender a traducir el pasado al presente aunque esté claro que no son la misma época. Es lo que Nelly Richard llamó la temporalidad transversal de la memoria. En otras palabras, podemos juzgar la brutalidad asesina de la dictadura, como de hecho lo hacemos, pero ¿qué pasa si ya no hay dictadores evidentes, sino autoritarios neoliberales o fascistas securitarios? ¿Podemos traducir la nitidez con que juzgamos los hechos del pasado a un juicio contemporáneo sobre lo que está ocurriendo ahora? ¿Cómo afecta [a] la memoria transversal las formas que tenemos de entender la justicia y la injusticia? Para poder juzgar con claridad, tenemos que aceptar la divergencia temporal entre el pasado y el presente a la vez que buscamos la manera de traducir de ese momento histórico al presente, a nuestra idea compartida del “ahora”. O bien tenemos que ser capaces de discernir cómo, por ejemplo, las dictaduras del pasado vuelven bajo la forma de ataques neoliberales y autoritarios a la democracia, que apelan a la seguridad para reprimir manifestaciones, desfinancian instituciones que nos ayudan a comprender crítica e históricamente los mundos en que vivimos, como las universidades y el Conicet, y pretenden revertir los logros de los movimientos sociales que buscan realizar los ideales de la libertad y la igualdad: les militantes LGTBQI y el movimiento feminista.

La práctica de la traducción entre una época y otra no es sencilla, porque el pasado vuelve en el presente, y el presente no puede liberarse por completo del pasado. Eso quiere decir que la pregunta que debemos formularnos es otra: ¿de qué manera la época de la dictadura y la violencia de Estado sigue viviendo en nuestra época? Escuchamos el eco de esa época cuando sus defensores se ponen a explicar que les estudiantes eran en verdad terroristas y que el Estado no hacía más que defender a la población del terrorismo. En nuestra época, se cierran las fronteras con esos mismos fundamentos. Y esos fundamentos se usan para reescribir una historia negacionista. En este momento, el peligro que surge del pasado se cifra precisamente en el eco que resuena de esa formulación. ¿A cuántes de nosotres nos van a llamar terroristas en los próximos meses y años, si defendemos los derechos de Palestina, o insistimos en los derechos de las personas trans, o en el derecho al aborto?

Si cualquiera de nosotres aceptara la verdad de esta versión de la historia, o aceptara la legitimidad de estos fundamentos para ampliar los poderes del Estado militarizado, entonces estaría más cerca de aceptar la legitimidad de la violencia y de la lógica securitaria que justifican la remilitarización del Estado y la violencia estatal contra la población. No quiero ser alarmista o agitar fantasías innecesariamente terroríficas. Pero ese eco resuena por acá y por allá. Tenemos que oponernos a cada una de sus reformulaciones, porque si se normaliza y se acepta esa manera de contar la historia, esa manera de justificar la violencia de Estado, el negacionismo va a ganar la batalla y la violencia de Estado podrá volver a ejercerse sin ningún control.

Luchamos más bien por que surja una ética política que reconozca la violencia, escuche sus resonancias en el presente, detecte el peligro y se ponga a militar para preservar la historia y el futuro por medio de ese mismo acto de resistencia.

Buena parte de la producción más reciente en el campo de los estudios de la memoria analiza de qué forma las películas, los medios de comunicación, las imágenes y los relatos pueden revivir o recrear un recuerdo en términos afectivos. El archivo puede convertirse en un archivo vivo según cómo se representen los hechos traumáticos. Marianne Hirsch señala que la memoria institucional, como la presenta y preserva por ejemplo por un museo, no siempre coincide con la memoria que implica la comunicación de un sentimiento a través del tiempo, la transmisión del sufrimiento o la pasión de la resistencia. Afirma Hirsch que no tenemos por qué sentir el mismo dolor que quienes han sufrido en el pasado. Sin embargo, las obras de arte, tanto el teatro como la literatura y las artes visuales, incluso en sus formas abstractas, pueden ser un vehículo para comunicar sentimientos de una época a otra. No es el mismo sentimiento; no es el sentimiento de otra persona, y sin embargo se forma un sentimiento a medida que traducimos y registramos lo vivo de un recuerdo, la vida de un archivo. Es muy posible que la traducción temporal sea la condición de esa comunicabilidad. Cuando atraviesa el tiempo, el sentimiento cambia, pero ese cambio es lo que hace posible que el sentimiento tenga una vida renovada. ¿Para qué sirven esos sentimientos? ¿En qué pueden ayudarnos? Para Hirsch y la gente que trabaja en la tradición de la posmemoria, no sólo se trata de establecer condiciones que permitan que se reconozcan los hechos y se establezcan reparaciones, aunque ambas cosas son necesarias en una transición hacia un futuro diferente. Pero un futuro diferente, que inaugura el archivo vivo, el archivo que comunica sentimientos de una época a otra, se vuelve posible cuando la historia de la violencia pasa a ser la condición para imaginarse un futuro diferente. Uno de los motivos por los que la estética es tan importante para el trabajo de archivo, para el archivo vivo, es que puede transmutar la memoria en otra forma de imaginación. Esto no implica decir que el sufrimiento traumático redima a nadie de nada. No hay redención posible para ese sufrimiento, y tal vez no haya ninguna redención para nada. Luchamos más bien por que surja una ética política que reconozca la violencia, escuche sus resonancias en el presente, detecte el peligro y se ponga a militar para preservar la historia y el futuro por medio de ese mismo acto de resistencia. En efecto, preservar la historia es abrirse a un futuro nuevo. Acá no hay ningún proceso dialéctico. Es la imaginación, reflexiva y consciente de la historia, de una época nueva, que se inaugura con el acto colectivo de rechazar la violencia de Estado en sus formas antiguas y también las novedosas. La traducción de una época a la otra tiene lugar por medio de la comunicación de sentimientos que hacen posible que la historia del sufrimiento se transforme en la imaginación de un futuro diferente, que tiene como fundamento oponerse a la violencia de Estado. En nuestra época, esas formas de violencia incluyen los feminicidios –el asesinato de mujeres, personas trans o travestis–, la violencia contra les migrantes, las poblaciones excluidas de la salud pública, les migrantes que mueren en las aguas del Mediterráneo o en las fronteras de los Estados Unidos, el número cada vez más grande de campos de detención para migrantes, muchos de los cuales siguen los mismos protocolos que los campos de internamiento del pasado, y a veces emplean formas muy similares de tortura. La lista podría seguir, y por supuesto sigue. La memoria sólo puede transmutarse en un nuevo imaginario si hay una resistencia colectiva a la normalización de la violencia en la vida cotidiana, en los medios de comunicación, y en la esfera pública, privada y política.

Los negacionistas que buscan legitimar la violencia de Estado y militarizar las fronteras se niegan a reconocer tanto la violencia física explícita como la sistémica que se ejercen contra las mujeres, las minorías, les indígenes, les pobres y les migrantes. Pero son responsables de algo más: buscan revivir el anhelo de una dictadura militar, los desfiles, la seguridad, la eficiencia, la pureza étnica y la xenofobia, el nacionalismo a ultranza, el anticomunismo, el entusiasmo por la represión violenta. Los negacionistas tienden a contar una historia que, en mi país, enciende el anhelo de la supremacía de la raza blanca y, en otros, de la dictadura militar, la seguridad absoluta, la expulsión de extranjeres, la celebración de la pureza étnica o racial, espoleando en todos los casos el fervor nacionalista y el deseo de destruir la democracia en nombre de la nación. Los negacionistas toman nota de los sentimientos que comunican las instituciones de la memoria pública. Y buscan contar sus propias versiones de la historia y falsificar la que ha sido documentada precisamente para revivir esas pasiones por el Estado que hacen posible una susceptibilidad afectiva a la dictadura militar y a la fantasía de seguridad que ofrecen los regímenes autoritarios.

“La política de la memoria contra el nuevo negacionismo” - Revista Haroldo | 2
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Pintada en la zona del Congreso de la Nación, Ciudad de Buenos Aires, mayo 2019

Laura Costoya

En los últimos años, la derecha reaccionaria ha estado observando lo que hace la izquierda para consolidar sus apoyos, y se propone apropiarse de nuestros métodos para sus propios fines. Esto implica que por más importante que pueda ser comunicar sentimientos de una época a otra, la textura de la pérdida, la explosividad del horror, también tenemos que cultivar una capacidad crítica para traducir entre épocas, para poder mostrar con precisión quiénes están distorsionando el pasado para dar rienda suelta a los deseos fascistas en nombre de la nación, e incluso en nombre de la moral. Apuestan a ser capaces de contar una historia falsa, o se niegan a contar historia alguna, a fin de que el olvido del pasado permita el surgimiento de los nuevos poderes estatales. Para quienes creemos que el futuro depende de una interpretación veraz del pasado, el objetivo es precisamente sacar a la luz la estratagema. A los negacionistas no les gusta la idea de la “crítica”: ni el pensamiento crítico ni la memoria crítica. Por lo general, consideran que los enfoques considerados “críticos” son negativos, y que nos anclan a la pérdida, el duelo y las recriminaciones. Se oponen a lo “negativo”, y sin embargo los negacionistas son ellos, los que niegan la verdad histórica. Así que, tal vez, el desafío sea demostrar que también forma parte de ese trabajo que estamos haciendo con la memoria imaginarnos un mundo donde haya una libertad radical, donde las mujeres y las minorías no vivan con miedo y sientan en todos los ámbitos de la vida pública y privada una confirmación de su igualdad. Porque esta crítica del presente la llevamos a cabo compartiendo la esperanza y la expectativa de un futuro más radicalmente democrático. Es un futuro que nos imaginamos juntes, y al darle forma a esa imaginación, empezamos a concretarla. Nos volvemos seres que imaginan más allá de la repetición de la violencia, y así rompemos con esa repetición y nos volvemos esa apertura, esa invitación a un futuro que nunca conocimos.

* Traducción: Ezequiel Zaidenwerg

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Cierre del coloquio internacional "La memoria en la encrucijada del presente. El problema de la justicia" en el CCMHC, abril, 2019 

Lucrecia Da Representacao


Mesa de cierre: Presentes y futuros de la memoria 

Con Estela de Carlotto (Abuelas de Plaza de Mayo, Argentina), Judith Butler (UC Berkeley, USA) y Eduardo Jozami (Universidad Nacional de Tres de Febrero, Argentina)
Moderador: Matías Cerezo (Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti, Argentina)
Todas las conferencias del Coloquio Internacional La memoria en la encrucijada del presente. están disponibles en el Canal de Youtube del Conti

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