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Revista Haroldo

Diálogo con el pasado y el presente

23/01/2018

Las dudas, el impulso, la verdad

Nació en cautiverio en la ESMA. Conoció su identidad en abril pasado y desde entonces busca que el apellido de sus padres biológicos -Iris García Soler y Enrique Bustamante, desaparecidos por el Terrorismo de Estado- figure en su DNI para que sus dos hijas vivan con la verdad.  La historia de José, un nieto con una infancia feliz y una historia para armar. 

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Los nietos José Bustamante García y Manuel Goncalves durante el acto por los 40 años de Abuelas. 

Por primera vez en 40 años, José Bustamante García pudo levantar este 31 de diciembre la copa con su verdadera identidad. El 18 de abril pasado supo que nació en cautiverio en la Esma, que es hijo de Iris García Soler y de Enrique Bustamante, secuestrados en enero de 1977 y desaparecidos desde entonces. Es el nieto restituido 122 y sus dudas comenzaron hace tiempo, pero fue el nacimiento de su hija Victoria hace cinco años el impulso para acercarse a Abuelas.

“Mi acercamiento fue voluntario; en 2013 ya me había hecho un primer estudio genético que dio negativo. En el segundo ADN, que finalmente dio positivo, se incluyeron nuevos marcadores genéticos. Tengo un grupo familiar incompleto: por parte de padre solo tengo un tío abuelo que aportó su sangre poco antes de fallecer y del lado de mi madre, el abuelo Manuel de 92 años”, cuenta desde Río Cuarto, donde vive.

José se encontró por primera vez con su familia biológica el 10 de julio. No estaba totalmente convencido pero pesaron en la balanza los 92 años del abuelo Manuel, de quien supo por los integrantes de la Conadi que había participado intensamente en la búsqueda. “No quería perderme la oportunidad aunque, si soy sincero, no estaba preparado, si es que uno puede estar preparado para esas cosas”.

Fue conmovedor. Estaban muy emocionados”, dice sobre el encuentro del que participaron Manuel, los tíos Alejandro y Guillermo y algunos primos que viajaron especialmente para conocerlo. “Les conté de mi vida: gracias a Dios puedo decir que mi infancia fue sumamente feliz. Estoy agradecido a mi madre que me crió, aunque desde niño supe que no era hijo biológico de mis padres”.

Nosotros vivimos siempre en Puerto Belgrano. Tengo el mejor de los recuerdos, aunque pocos. Mi padre pasaba muchos meses arriba de un barco y después estuvo mucho tiempo internado. Cuando falleció, levantamos campamento y nos fuimos a vivir, a fines de 1985, a Río Cuarto donde vive toda la familia de mi mamá. Ella me contó lo poco que supo. Puede sonar hasta con cierta ingenuidad: un bebé entregado a la familia de un militar y nacido entre 1976-1983... era más facil pensar que soy hijo de desaparecidos. Pero la verdad es que acá en el interior esa información no está en la superficie, o uno no tenía acceso o no se informaba bien. Mi vieja lo desconocía absolutamente. Le había preguntado a mi padre, pero él le dijo que no sabía nada. Quien me entregó fue mi padrino, piloto y capitán de la Armada (hace una pausa, prefiere no dar el nombre). Con ese tipo no tengo relación hace más de 20 años. Tendría que hablar con el psicólogo porque teníamos una relación fluida, de pasar vacaciones juntos y demás pero por 1990 fui perdiendo entusiasmo en esa relación. Aparentemente no está imputado en ninguna causa, por ahora”.

José no tenía más información sobre la historia de militancia de sus padres que la que conocía a través de algún documental de Canal Encuentro. “Cuando aparecía un nieto le prestaba atención al tema”. Pero no mucho más. Pensar que podía ser hijo de desaparecidos fue recién una posibilidad cuando decidió hacerse el estudio genético.

“Es complejo: mi viejo falleció en el 85. Y en el 86, 87 mi mamá me dijo que no era hijo biológico. Ahí no quise hacer nada, lo tenía adormecido. Al tiempo, empecé a tener algo de información y a ver el tema en los medios, porque en donde yo me movía no tenía acceso a información que me generaran el interrogante. Cuando empecé con estas dudas, mi mamá quiso contactar a mi padrino. Decía que él tenía que saber algo. ¿Y por qué lo negué? Por mi vieja, para protegerla. Yo sabía que si tomaba posición activa en la búsqueda, al tener una partida de nacimiento ilegal, podía tener consecuencias y lejos estoy de querer algo negativo para mi vieja, más allá de que entiendo, y ella también, que aceptó una situación ilegal. Sé del amor con el que me crió y estoy muy agradecido. Y no quiero y no quería que le suceda nada”.

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Los nietos Leo Fossati, Mario Navarro, José Bustamante García, Manuel Goncalves y Lorena Battistiol. 

Sin embargo, empezó a jugar otro factor en su vida: el nacimiento de su primera hija. “A partir de ahí tuve que correr el eje de prioridades. En ese momento, sentí que yo podía negarme o reprimirme a saber una verdad pero no podía negárselo a mis hijas. Yo pensaba en cómo había cambiado nuestra vida cuando mi viejo de crianza murió y con todo ese rollo de que falleció cuando yo era chico pensé que si me pasaba algo y no tomaba una conducta activa les estaba dejando a Victoria y Francisca una situación irresuelta. Entonces, con un dolor enorme, tomé la decisión de hacerme el ADN a partir de que me habían contactado desde Abuelas”.

¿Qué les contaste a tus hijas?

Por ahora con ellas es todo muy inocente; les dije que habíamos encontrado una familia que no sabíamos que teníamos. Y que a raíz de este encuentro, nosotros vamos a tener otros apellidos.

¿Cómo avanza ese proceso?

El 17 agosto inicié el trámite. Algo que tuve claro desde el principio era que quería tener mi identidad; quiero la verdad para mis hijas y para mí. En julio pasé tres días en Buenos Aires que fueron muy intensos. El último día pensé que colapsaba. Al principio te sentís en un sueño. Cuando volví a Córdoba, volví a la tranquilidad y comencé el proceso de contarle a mi entorno. Quería contar. Me habían dicho que el trámite para actualizar el documento podía llevar tres o cuatro semanas y lo arrancamos en agosto para que Francisca que tiene 3 años empezara en marzo la educación formal con el apellido que, si Dios quiere, la acompañe toda su vida. 

¿Y cómo reaccionó tu entorno?

Algún conocido me dijo que trate de mantenerlo oculto, pero yo siento que lo tengo que vivir -y también por mis hijas- con la mayor naturalidad posible. Esta noticia no va a cambiar quién soy pero sí me cambia el punto de vista; por ahí yo estaba más neutro en algunas posiciones y ahora empiezo a ver las cosas desde otro lugar. Te hace un buen ruido interno, pero trato de ir de a poco.

El día que las Abuelas conmemoraron sus 40 años de lucha en el CCK subiste el escenario...

Sí, ese día no iba a subir. La semana anterior había tenido una audiencia con la sala 2 de la Cámara Federal por el tema del cambio del DNI. El juez Claudio Bonadío lo había rechazado, a causa de ineficiencias del juzgado, para ser bien pensado. En la audiencia les expliqué a los jueces de la Cámara por qué quería lo que quería. Y los camaristas pidieron a Bonadío que tome más medidas. Pero el juez hasta ahora hizo la plancha.

En la conferencia de prensa en la que se anunció la restitución de tu identidad se supo que la desaparición de Enrique había sido recién denunciada en el año 2010. Para la presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, Estela de Carlotto, casos como el de tu familia confirman que los desaparecidos son 30.000 o más. ¿Qué reflexión hacés al respecto?

Sí, es una situación rara. La que denunció en 2010 fue Nilda, una prima de Enrique. La familia creyó en la versión del padre de Enrique que decía que mi viejo estaba en México. Pienso que se aferró a eso para no caer en lo que realmente había pasado. Es obvio que por diferentes situaciones y por composiciones familiares no se hicieron las denuncias. Tenían miedo; mi abuelo paterno tuvo los teléfonos pinchados mucho tiempo.

¿Qué te genera que todavía haya piezas incompletas en los mapas de las familias?

Uno a veces piensa que son situaciones fáciles de resolver, pero son investigaciones complejas, más tiempo pasa y menos testimoniantes quedan. En mi caso particular hay un señor, Daniel Lastra, que estuvo en contacto con Iris en cautiverio y le cosió una bolsita para que guardara sus objetos de higiene. Es lo único que tengo de mi mamá. Él sobrevivió; yo podría haber hablado con él pero hace unos años falleció y no lo conocí. No tengo mi nombre, no tengo la fecha precisa de mi nacimiento.

¿Qué sentís cuando escuchas voces que hablan de terminar con el pasado?

Que no solo no es una historia terminada, sino que va a ser muy difícil armarla.

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El 29 de noviembre, tras cinco años de proceso, se conoció la sentencia del juicio ESMA III, el centro clandestino donde José nació. Por su caso, entre otros, fueron condenados Pablo Eduardo García Velasco, Orlando González,  Hugo Siffredi, Gonzalo Dalmacio Torres de Tolosa y Carlos Suarez Mason a la pena de reclusión perpetua y Carlos Eduardo Daviou a 12 años de prisión.

Ese día, la sala de audiencias de Comodoro Py estaba repleta. Unos días antes, a José le dieron ganas de estar. Viajó desde Río Cuarto y escuchó de pie toda la sentencia, a centímetros del grueso vidrio que separa a las víctimas de los imputados. Cuando finalizó la lectura, salió a la calle y escuchó a integrantes de HIJOS y a las sobrevivientes Graciela Daleo y Mabel Careaga que hablaban en el escenario que se montó sobre la vereda. Más tarde caminó junto a Lorena Battistiol, nieta e integrante de la comisión directiva de Abuelas, hacia la estación de micros de Retiro para emprender el regreso a casa.

¿Estuviste en la ESMA?

Sí, conocí el Casino de Oficiales y también fui al Club Atlético (donde también estuvieron cautivos sus padres). Estuve en la pieza de las embarazadas y en el sótano, porque para mí yo nací en el sótano. Cuando recorría el espacio pensaba cómo a pesar de la miserable vida que les hicieron pasar, a pesar de los tormentos físicos, a pesar de todo eso pudieron nacer en ese lugar niños que tuvieron una vida con salud.

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