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Revista Haroldo

Diálogo con el pasado y el presente

12 de septiembre de 2020

Ortega Peña y Duhalde

En el aniversario del nacimiento de Rodolfo Ortega Peña, Haroldo lo recuerda a través de un fragmento del libro Tribuno de la plebe. Vida y muerte de Ortega Peña, obra inédita e inconclusa de su compañero y socio político, historiográfico, periodístico y profesional, Eduardo Luis Duhalde.

Rodolfo Ortega Peña en una marcha de obreros de la fábrica Insud

Un encuentro definitivo

 

Más de diez años de firmar conjuntamente todo: libros de historia y política, artículos periodísticos, acciones judiciales y defensas políticas; de compartir sin fisuras una militancia intensa; de haber emprendido los dos a la par, empresas complejas como la Editorial Sudestada y editar la revista Militancia; de co-dirigir centros como el “Estudios Históricos Felipe Varela” o el “Centro de Cultura Nacional Carlos Guido Spano”, de ser socios en el estudio jurídico, y a la vez, haber hecho la experiencia docente en forma simultánea y coordinada; de haber corrido paralelos riesgos y sufrir varios atentados con explosivos; junto a muchas otras actividades compartidas, merecen explicar desde sus orígenes esta fraterna simbiosis, que me unió con Rodolfo Ortega Peña.

No hay muchos casos en la historia y en la política argentina, de binomios que hayan supervivido en el tiempo. De allí que los más de diez años de irrestricta sociedad política, historiográfica, periodística y profesional entre nosotros asentada en una profunda amistad, y que sólo se cortó con la muerte de Rodolfo, fue un hecho particularmente singular. Hasta el punto que Leopoldo Marechal, un admirado amigo de ambos, con el nombre de Barrantes y Barroso nos convirtió en personajes de su novela "Megafón y la guerra".

Esta sociedad, no dejaba de llamar la atención dentro de la militancia -sobre todo en los primeros años- lo que llevó a que nos aplicaran diversos apelativos: Felipe y Varela, Trick y Trake, Rómulo y Remo (aludiendo a nuestra vinculación con el Lobo Vandor), Gath y Chávez, y muchos otros, que nosotros tomábamos con humor. Incluso, el membrete de la papelería de nuestro estudio jurídico decía simplemente Ortega Peña y Duhalde, como si se tratara de una marca comercial.

Fue Rodolfo, cuando ya habíamos transitado parte de nuestro camino en común, quien me propuso a principios de 1964 asociar nuestros nombres y actuar en consonancia, lo que yo acepté. Seguramente, los cuatro años de diferencia de edad que nos separaban y que por ese entonces parecían muchos, y el hecho de que Rodolfo tuviera ya un mayor nombre público, me hubieran inhibido de proponérselo. El prólogo al libro de Arregui, firmado en enero de 1964, es lo último que escribe Ortega en solitario, hasta llegar a sus proyectos parlamentarios 10 años después, aunque éstos iban refrendados por mí como Secretario Legislativo de su unipersonal Bloque de Base.

“Ortega Peña y Duhalde” - Revista Haroldo | 1
Eduardo Luis Duhalde y Rodolfo Ortega Peña.
Foto: Archivo familia Duhalde

Sin duda la propuesta de esta particular asociación, fue un gesto generoso de su parte, pero la supervivencia en el tiempo, es prueba de que resultaba eficaz y que cada uno tenía un rol en el binomio. Jamás hubo un enfrentamiento serio entre nosotros, aunque muchas veces, analizamos situaciones desde ópticas diferentes, hasta arribar a una visión común. Tal vez, esta necesidad de explicitar los puntos de vistas para convencer al otro, obligados a la reflexión y elaboración conjunta, es lo que nos resultaba más atractivo y operaba como red de seguridad, de nuestras decisiones o textos. Por cierto que los dos teníamos caracteres muy diferentes, lo que permitió nuestra complementación. Esta tarea en común no impidió, sin embargo y como ya lo señalara en el prólogo a este trabajo, que la personalidad desbordante y la brillantez de Rodolfo, trascendiera con creces nuestra constante y profusa tarea compartida. También sería inexacto restringir la existencia de aquella sociedad, a un simple principio de eficacia. Nos unió una gran camaradería y una gran complicidad, que se prolongaba mucho más allá de las reseñadas tareas comunes y de la proximidad afectiva de nuestras mujeres y de nuestros hijos.

Nada nos era ajeno en este prodigarnos juntos, ninguna expresión de la cultura: el teatro, el cine, las exposiciones plásticas o la música clásica o el deporte, como tampoco la noche de Buenos Aires, aceptados por el viejo y pesado malandraje. Nos ayudó nuestra vocación tanguera que nos llevó en los entresijos de la amistad a ser abogados de Hugo del Carril, Antonio Maida, el Paya Díaz, Alba Solís y tantos otros, y a compartir las noches de ginebra en el Ramos con Julian Centeya, Cátulo y el gordo Troilo o convertir en un ritual ir a oír al Polaco Goyeneche desgranar de madrugada la última curda, con ese fraseo inimitable, en ese deambular por el gran arco que iba desde La Noche de Susana Bustillo, en Tucumán al 700 hasta el boliche de Alicia Duncan en la Boca.

Sería difícil entender ese frenesí vital que caracterizó a Rodolfo, sin dejar de señalar este sentido lúdico de su existencia, y por que no, también de la mía, donde la dura militancia no sólo se alternaba con el vermucito tomado en una casita villera o el mate en larga ronda en una sección de una fábrica cualquiera, al fin y al cabo parte de aquella actividad; si no en las largas noches compartidas con seres comprometidos con la vida felizmente ajenos a los estratos de la política, catálogo irremplazable de poetas rantes, perdedoras vocacionales, runfla variada buscando un desquite de la suerte y viejos hampones sin voluntad de regenerarse gambeteando a su destino de carne de presidio. Corte de los milagros de suprema docencia, aquellos seres que los sociólogos comenzaban a bautizar como marginalidad urbana y el dogmatismo teórico, desde siempre, como lumpen proletariat.

“Ortega Peña y Duhalde” - Revista Haroldo | 2

Ortega Peña y Duhalde en conferencia de prensa por la desaparición de Pablo Maestre y Mirta Misetich, 1971
Foto: Archivo familia Duhalde

Claro está la crónica periodística podía también señalar al mismo tiempo que "los conocidos abogados Rodolfo Ortega Peña y Eduardo Duhalde fueron vistos en el desfile de modas celebrado ayer en el Alvear Palace" o en la inauguración de una tienda de un exquisito anticuario. Más que frivolidad o contradicción, antídoto contra el dogmatismo de la política deshumanizadora de una militancia cerril y robótica que en su rigidez terminó escribiendo textos tan abominables como el célebre "Moral y proletarización".

Pero volvamos al principio. A Rodolfolo conocí, de una manera casual, en 1957, cuando dio su última materia de derecho, invitado por otros alumnos que iban a presenciar su examen oral, conocedores de la excelencia de sus exposiciones.

La amistad que Laura, mi mujer, y yo teníamos desde antes con Marta Gómez Iza; al casarse ésta con Rodolfo, hizo que paulatinamente desde 1960, comenzáramos a vernos y a compartir nuestras inquietudes con él. En aquél tiempo, Rodolfo aspiraba a irse a vivir a Italia, para estudiar filosofía en Milán.

Nosotros no veníamos de historias familiares idénticas. Él, como ya he señalado provenía de un hogar conservador con un padre dedicado casi con exclusividad a la abogacía. Mi padre, pese a ser también un profesional universitario, era antes que nada un artista plástico y un hombre de la cultura, con simpatías por los hombres de Forja y por el revisionismo, aunque sí opuesto al peronismo. Rodolfo venía de agotar su corta experiencia en el partido Comunista y yo que había tenido una intensa actividad política universitaria, había pasado de mis concepciones católicas a una clara simpatía por el trotskismo, especialmente con la prédica del Vasco Bengoechea y de su periódico Palabra Obrera.

Sí teníamos punto en común: aunque separado en el tiempo, los dos nos habíamos recibidos de abogados tempranamente con un poco más de 20 años, y sentíamos al ejercicio profesional como parte del compromiso social; ambos nos estábamos acercando al peronismo y veníamos de sufrir "la traición del frondizismo" y también compartíamos el interés por la historia argentina. Ambos habíamos asumido las concepciones del materialismo histórico. Por aquel entonces, descubrimos nuestra mutua condición de lectores obsesivos y que las lecturas del marxismo apuntaban centralmente, en ese momento, a los mismos autores, especialmente Gramsci y Luckacs. Tanto el uno como el otro, habíamos recibido el impacto de los primeros libros de Jorge Abelardo Ramos (“Crisis y resurrección de la literatura argentina” y “Revolución y Contrarrevolución en la Argentina”) y especialmente los de Hernández Arregui: “Imperialismo y Cultura” y “La Formación de la Conciencia Nacional”. Los dos, cada uno por su lado, viviamos ese proceso de fermento cultural y de entrecruzamiento de ruptura con la tradiciones de la izquierda de los años 60 y al mismo tiempo, a través de la influencia sartriana, buscábamos dar un cauce cierto a nuestras vidas, a través de “compromiso”. Uno y otro, había vivido el impacto del triunfo de la revolución cubana, que nos alentaba a que en nuestro continente “la Revolución era posible”.

“Ortega Peña y Duhalde” - Revista Haroldo | 3
Los abogados defensores Rodolfo Ortega Peña, Eduardo Luis Duhalde, Hadalberto Caviglia, Miguel Angel Radrizani Goñi y Vicente Zito Lema (debajo) en huelga de hambre en solidaridad con los presos políticos de Villa Devoto en huelga desde hacía 10 días debido al trato vejatorio e injusto de sus condiciones de detención y su posible traslado a la cárcel de Rawson.
Capilla Lujan de los Obreros de Villa Lugano octubre de 1971
Foto: Archivo Marcelo Duhalde

Aunque, tal vez, lo que más nos uniera era una forma de entender la vida.

Contrariamente a lo que puede pensarse, no fue la actividad política ni la labor de investigación de nuestro pasado histórico, lo que produjo nuestro acercamiento práctico. El primer trabajo que encaramos en común fue la formación de un grupo de estudios sobre Historia del Arte, básicamente sobre los trabajos de Arnold Hauser, en especial su fundamental Historia Social de la Literatura y el Arte, complementada con los estudios de Pierre Francastel, Wolfflin, etc. En aquel grupo, participaron entre otros Héctor Yanover, Nanina Rivarola y Osvaldo Berenguer. Luego ambos, seguimos trabajando en el estudio del pensamiento de Wálter Benjamin y Teodoro Adorno y sobre la primera traducción de la Crítica del Gusto de Galvano Della Volpe. Esta etapa de estudios compartidos, se cerró con el análisis de la relación entre el psicoanálisis y el arte, a partir del trabajo de Freud sobre el Moisés de Miguel Angel. Por ese entonces, Rodolfo era para mí, mi conciencia científica, por usar una expresión de Nietzsche. Es decir, su enorme formación filosófica e incluso psicoanalistica -influenciado por Hebe Friedenthal- me permitía cotejar y referenciar mis dudas, vacilaciones y los vacíos formativos.

Claro está que "nuestra esquizofrenía", como solíamos decir, nos preservaba de incurrir en una actividad unidimensional, y nunca abandonamos este tipo de preocupaciones teóricas, que de una manera u otra terminaban integradas en nuestra práctica social. Por ejemplo el buen tiempo dedicado a estudiar a Stanislavsky y a Brecht sobre sus concepciones del teatro y sus técnicas de dirección de actores, las largas charlas con Norman Briski, Cossa, Dragún, Gandolfo, Ferrigno y Augusto Boal, o el interés por los efectos catárticos del psicodrama de Moreno, formaron luego, el basamento de aquellos juicios a personajes históricos que organizó Ortega en las facultades de Derecho y de Historia en 1973, repartiendo roles entre los alumnos, los que tuvieron una extraordinaria repercusión.

*Fragmento del Capítulo VI del libro TRIBUNO DE LA PLEBE. VIDA Y MUERTE ORTEGA PEÑA, obra inédita e inconclusa de Eduardo Luis Duhalde.

“Ortega Peña y Duhalde" - Revista Haroldo | 4

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