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Revista Haroldo

Diálogo con el pasado y el presente

07 de febrero de 2020

Coloquio internacional “La memoria en la encrucijada del presente”

Voces insurgentes en la trama memorial

En el largo devenir de la memoria en la Argentina hay una recurrencia que es quizás uno de sus rasgos singulares: el carácter narrativo de la experiencia, el protagonismo de la voz, en los diversos registros de su modulación, del testimonio al relato de vida, de la autobiografía a la autoficción. Leonor Arfuch analiza el derrotero de la memoria a partir de algunos de sus hitos principales.

Ronda de las madres, 1979/80
Archivo Hasenberg-Quaretti

1.Introducción

En el largo devenir de la memoria en la Argentina,  cuyos hitos principales señalé en las palabras de apertura, hay una recurrencia que es quizá uno de sus rasgos singulares: el carácter narrativo de la experiencia, el protagonismo de la voz, en los diversos registros de su modulación, del testimonio al relato de vida, de la autobiografía a la autoficción.  Un protagonismo que inauguró  el Nunca Más, el terrible relato de los crímenes en la voz de las víctimas,  a partir del cual pudo llevarse a cabo, en 1985,  en los albores de la democracia, el histórico Juicio a las ex juntas militares de la dictadura, que por primera vez en América Latina condenó a los responsables de delitos de lesa humanidad. El testimonio  y la voz  alentaron asimismo los juicios que siguieron, en la última década, y los que continúan abiertos, involucrando a diversos niveles de responsabilidad en la represión.

A partir de allí, tiempo y narración se fueron desplegando en lo que podríamos llamar las temporalidades de la memoria, los distintos momentos en que las trazas del pasado pueden salir a la luz, alcanzar un lenguaje -palabra, imagen, cuerpo-  ser dichas y escuchadas en la posteridad de lo más acuciante de la rememoración. Así, después de la primeridad de las víctimas, donde el atributo “inocentes” se agregaba de suyo, casi sin advertir su redundancia, fueron apareciendo otros relatos que traían al ruedo la militancia, la prisión, la resistencia o el exilio y que ponían, ahora en primer plano, historias signadas por un fuerte compromiso político y existencial. Una característica destacable de esos relatos fue su impronta auto/biográfica y testimonial: memorias, correspondencias,  poemarios, entrevistas, diarios de cárcel,  vivencias de exilio. Con el tiempo, y sin perder el tono testimonial, fueron apareciendo formas diversas de autoficción, tanto en la escritura como en la imagen, un género híbrido que juega con anclajes  biográficos pero sin ataduras con una “verdad” referencial. Vino también la ficción lisa y llana, en la novela, el cine, el teatro, la televisión, así como una interesante experimentación en las artes visuales y performáticas. Por su parte, la intensa investigación académica y periodística, el rol pionero que jugaron  importantes revistas culturales,  junto a cantidad de debates y eventos públicos -conmemoraciones, congresos, seminarios, jornadas- dieron notable impulso al pensamiento crítico y aportaron al conjunto de la sociedad un gran caudal de conocimiento y de opinión. 

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Juicio a las juntas, 1985
Archivo Organismos de Derechos Humanos 

Pero ese devenir simbólico de la memoria no hubiera sido posible sin el andar infatigable de los organismos de derechos humanos, cuya trayectoria es otro de los rasgos singulares de la experiencia argentina: Madres, Abuelas, Familiares, Hijos, Nietos… una verdadera matriz genealógica de la memoria, que traduce claramente la brutal intrusión al hogar que realizaron los perpetradores, llevada al extremo con la apropiación ilegítima de los hijos. Es así que,  al cabo de un esforzado recorrido,  lograron afirmarse en el discurso público dos significantes claves para definir la violencia represiva: “terrorismo de Estado” y “crímenes de lesa humanidad”, poniendo  en cuestión la llamada “teoría de los dos demonios” que en los comienzos de la transición democrática planteara una cierta equiparación con la violencia de las organizaciones armadas.

Dije “un andar” evocando esa ronda emblemática de las Madres y sus pañuelos blancos en la plaza, que es casi una imagen mítica del país en el mundo. Pero el andar -o los andares- caracterizan también los modos en que venimos construyendo la memoria a través de las décadas, la performatividad de los cuerpos en la calle, la aparición, la movilización, la marcha, la asamblea -como le gusta decir a nuestra querida Judith Butler. Cada 24 de marzo -infausto aniversario del golpe de Estado-  pero también cada vez que lo conquistado en términos de derechos humanos, esa asociación irrenunciable entre Memoria, Verdad y Justicia, está amenazada. Así sucedió por ejemplo el 10 de mayo de 2017, donde cientos de miles de personas en todo el país salimos, en la “marcha de los pañuelos” a rechazar una resolución de la Corte Suprema  llamada del “2x1”, que a partir del cómputo doble del tiempo de espera procesal -una norma vigente para delitos comunes- podría redundar en la reducción de las penas por crímenes de lesa humanidad. A partir de allí, el Congreso primero y la misma Corte después, tuvieron que dejar sin efecto dicha resolución. Quizá podríamos llamar a esto una reserva moral, que anida en las conciencias: ciertos límites que el poder no puede franquear pero que exigen un alerta sin desmayo en esta democracia neoliberal.

  

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Marta Dillon fotografiada como parte del ensayo "Arqueología de la ausencia".
Foto: Lucila Quieto

2. El tiempo de los hijos

En la larga temporalidad de la memoria, en el despliegue paulatino de una subjetividad afectada por la pérdida y la desaparición  -“vidas dañadas”, al decir de Adorno-,   llegó, como era imaginable, el tiempo de los hijos. Los de los desaparecidos,  presos o exiliados,  y  también otros hijos, sus contemporáneos,  cuyas vidas transcurrieron en aparente normalidad  pero cuyas preguntas  irrumpen  en el espacio dialógico con una marca inequívoca, generacional.  Entre los primeros, algunos alcanzaron notoriedad como artistas  y entramaron su decir en la literatura, el cine, el teatro, la poesía, las artes visuales, planteando interrogantes en la búsqueda de identidad: primero la de sus padres militantes, después, la de su propia infancia en dictadura. Voces jóvenes, pero que quizá podríamos llamar clásicas ya que abrieron, en sintonía con sus contemporáneos chilenos, un nuevo espacio en la literatura y las prácticas artísticas en América Latina.

En mi país, la indagación sobre los padres se dio en una tríada de primeros filmes en el género del documental subjetivo:  Papá Iván, de María Inés Roqué (2000), amoroso retrato del padre  cuyo epígrafe inicial, “Prefiero un padre vivo a un héroe muerto”, marcaba el inicio de lo que luego se llamó “memoria airada”; Los rubios, de Albertina Carri (2003), con padre y madre desaparecidos, donde la rebeldía no era sólo afectiva sino también formal: el deseo de incomodar, de mostrar el vacío, de interpelar las conciencias más que producir catarsis;  y M, de Nicolás Prividera (2007), una búsqueda casi detectivesca de testigos, huellas y complicidades que pudieran dar razón de la desaparición de su madre. Otra hija, Lucila Quieto, artista visual, exploró las posibilidades de la fotografía en una impactante instalación, Arqueología de la ausencia (2001), donde se fotografió ella misma sobre diapositivas ampliadas de su padre –a quien no conoció- proponiendo una  inquietante simultaneidad,  un ensayo identitario que luego repitió con las fotografías de otros hijos e hijas.  Por su parte, la instalación Ausencias, de Gustavo Germano (2006), confrontaba viejas fotografías, donde alguno de los retratados está desaparecido –entre ellas, una con su propio hermano– con nuevas fotografías que tomó, treinta años después, recreando la escena y la pose, mostrando el vacío del cuerpo en la imagen. 

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Afiche de la película "Los Rubios" (2003) de Albertina Carri

Más tarde llegó, en la literatura, el tiempo de hablar, en tono autobiográfico y autoficcional, de la propia infancia.  La casa de los conejos, de Laura Alcoba (2008), evocaba una estancia en una imprenta clandestina con su madre militante, con la fortuna de haber podido partir ambas al exilio antes de que fuera bombardeada por el ejército; Diario de una princesa montonera. 110 % verdad, de Mariana Eva Pérez (2012), mezclaba escenas imaginarias de infancia –tiene apenas un año y medio cuando sus padres son desaparecidos- con ironías y observaciones políticas del presente; Pequeños combatientes, de Raquel Robles (2013), invertía el signo de la víctima y narraba, con un personaje de niña en primera persona, el efecto de la desaparición de ambos progenitores en una espera sin retorno,  y ¿Quién te creés que sos?, de Ángela Urondo Raboy (2012), intentaba iluminar, en las figuras ausentes de padre y madre que no conoció, una (im)posible trama familiar.

En el cine, Infancia clandestina, de Benjamín Ávila (2011), una película ficcional de gran público, se atrevía con un tema hasta entonces tabú: la infancia en casa de militantes guerrilleros, donde a través de su protagonista, un niño de 12 años, el director rinde homenaje a su madre desaparecida mostrando un rol amoroso indisociable de la militancia. Más tarde, La guardería de Virginia Croatto (2016),  un documental subjetivo, evoca, en entrevistas a sus compañeros de entonces, su infancia en Cuba, a cargo de “padres sociales”[1] luego de que su padre fuera muerto en un falso enfrentamiento y la familia debiera partir al exilio.

Este breve recorte, sobre un contexto ya inabarcable, nos deja sin embargo varias enseñanzas sobre la estrecha relación entre memoria y narración, esa temporalidad narrativa configurativa de lo humano de la que nos hablara Paul Ricoeur. Una narrativa afín a la elaboración de la experiencia traumática, animada por la búsqueda de signos, huellas, trazas de lo irrecuperable, pero sin ceder paso a la melancolía, aunque afloren por momentos la desolación o la tristeza. 

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Tapa del libro "Diario de una princesa montonera" (2012) de Mariana Eva Perez

Narrativas que aportaron en buena medida a la consolidación de la memoria pública, que no pretende llamarse “colectiva” porque sabe de la conflictividad de las memorias, en plural, que toda experiencia trágica de una sociedad conlleva.  Posiciones subjetivas que, en su diferencia y singularidad, no asumen la postura de la víctima -aunque lo han sido en el tiempo histórico- y  afirman,  a través de sus prácticas, su propia identidad, su capacidad de agencia.  Una vez más, la literatura, la poesía y las infinitas derivas del arte afirman en este territorio su potencia. 

 

3. Voces insurgentes

Hoy, en un presente que no se desvanece en el “ahora”, las narrativas se multiplican y resisten los intentos de desactivar, silenciar o cambiar de signo las memorias del pasado reciente, que en los últimos tiempos se han incrementado. Si las obras que mencionamos -entre muchas otras-  fueron trazando una cartografía vivencial de las distintas “infancias clandestinas”, las de hijas e hijos de militantes, nuevas voces afloran en el espacio público, generando un acontecimiento político inusitado y ampliando el margen de inteligibilidad: las de hijas e hijos de represores, que se deslindan del accionar de sus padres y asumen una postura ética,  en rechazo de esa herencia y en defensa de los derechos humanos.

Propongo leer este acontecimiento en el trasfondo narrativo de la memoria común y la performatividad de los cuerpos que la acompaña y caracteriza. Sólo así, creo, podrá interpretarse cabalmente el lugar que vienen a ocupar estas memorias insurgentes,  y el modo singular en que plantean hoy el problema de la justicia.

Un primer emergente fue la entrevista a Mariana Dopazo, hija de uno de los más crueles represores  condenado a prisión perpetua,  que podría haber sido beneficiado por la resolución del “2x1” (3/5/2017);  publicada en una  revista académica virtual dos días después de la histórica “marcha de los pañuelos”, bajo un título impactante; “Marché contra mi padre genocida”.[2]

La conmoción que generó esa entrevista fue enorme. La sorpresa, ante el hecho mismo de que hablara una hija. La revelación, en primera persona, de un territorio ignorado, el de la vida cotidiana de quienes cometieron los peores delitos. La crueldad inaudita de un ser que ni siquiera respondía al estereotipo de los “buenos padres de familia”, como se decía de los jerarcas nazis. Lo que pasaba detrás del muro de silencio sobre la vida de los represores. La violencia que algunos eran capaces de ejercer sobre sus propias familias. Ellos, que decidían quiénes serían “mejores padres” para los niños que arrancaban a sus madres.[3] Ya antes, Vanina Falco, hija de un oficial de inteligencia, había revelado esas miserias interpretando su propio papel en Mi vida después, un biodrama[4] de Lola Arias, desde la inquietante cercanía del escenario teatral. Y fue más allá, logrando un fallo histórico que le permitió declarar contra su padre en la causa abierta como apropiador de su hermano, Juan Cabandié, uno de los “nietos recuperados”.  Ahora Mariana daba otro paso decisivo y admirable: el de desafiar la herencia construyéndose otra identidad. Pero no meramente por cobijarse bajo el apellido de su madre, sino por rechazar de plano la potestad, no sólo por la violencia sufrida en carne propia sino –sobre todo– por su responsabilidad cívica ante la violencia asesina infligida a los otros.  

 

La voz de Mariana abrió un nuevo espacio de palabra. A partir de allí se sumaron otras voces, con experiencias parecidas, cada una con su singularidad. Varias de ellas se habían expresado previamente a través de las redes sociales o de circuitos de prensa alternativa. De a poco, con cautela, se fueron animando a los encuentros. La marcha contra el “2x1”, en la que varios habían participado a modo personal, sin identificación alguna, fue un hecho decisivo para definir su aparición pública. A partir de allí, algunas hijas e hijos se fueron agrupando en un colectivo que llamaron “Historias desobedientes”. Entre esas historias, la de Rita Vagliatti, que mucho antes, en 2007, cambió su apellido por el de su madre, caso que sirvió a Mariana como antecedente. Su padre, otro represor conocido, a diferencia del de Mariana, era cariñoso y dedicado. Lo cual da idea del intenso trabajo ético –y la enorme dificultad afectiva–de separar dos mundos contrapuestos. De imaginar que “estaba en algo siniestro”, como dijo en un relato, a confirmarlo en una escena de horror. De confrontarlo con sus hechos y no generar ningún gesto o palabra de arrepentimiento. Una frustración compartida con otras hijas e hijos,  la de no lograr ninguna confesión que pudiera ayudar en una causa. Ellos, las personas más cercanas, podría pensarse, capaces de despertar algún rasgo de sensibilidad. Una experiencia que desdice la supuesta predisposición a hablar, a “decir la verdad” sobre algún caso de apropiación o desaparición, a cambio de reducción de penas, como algunos plantearon que se podría haber hecho, a semejanza de lo acontecido con las Comisiones de la Verdad en Sudáfrica.

 

Analía Kalinec, hija de un temido “Doctor K”, que fue sin embargo un padre querido, escribió muchas páginas contando su historia en una carta abierta, varios años antes del encuentro en el que se conforma el grupo. Cuenta allí el penoso trayecto que va de pensar a su padre en defensa de la patria a saberlo autor de crímenes de lesa humanidad.  Entiende así el verdadero gesto ético y político que implicó para el colectivo dar el paso, no sin riesgos, de salir al espacio público. A superar la vergüenza, la culpa, el miedo al rechazo, el enojo de la propia familia, la desconfianza de los demás… todas “escenas temidas” de cada una y uno de los integrantes. Cito sus propias palabras en una nota periodística donde define la postura crítica que los anima:

 

Historias Desobedientes: hijos e hijas de genocidas por la Memoria, la Verdad y la Justicia surge en este contexto para oponerse colectivamente en primera persona –y a partir de la propia experiencia– a este intento de volver a la impunidad y a este discurso hegemónico que desde los medios de comunicación monopólicos busca perforar el sentido común e instalar la desmemoria. Conceptos como "teoría de los dos demonios, “reconciliación", "verdad completa", "las otras víctimas" reaparecen solapadamente y se filtran de manera demagógica pretendiendo generar falsos y banales debates sobre un tema que continúa produciendo dolor en una sociedad que sigue sin poder velar sus muertos o restituir la identidad a centenares de niños que hoy viven inmersos en una mentira”.

http://memoria.telam.com.ar/noticia/opina-analia-kalinec--hija-de-un-genocida_n7660

 

 Reencontramos aquí los rasgos que vienen caracterizando la construcción narrativa de nuestra memoria: la primera persona, el protagonismo de la voz y la propia experiencia. Pero también el hecho singular de ir más allá de la peripecia personal  para constituir un colectivo con una clara postura ética y política. Y no es casual el nombre elegido para ello: la desobediencia, en contradicción con la “Obediencia debida”, una de las leyes que, hacia finales de los ’80, libraba de toda responsabilidad a los ejecutores materiales de la represión -y por ende a esos padres- y también contra el mandato de silencio y obediencia que pesaba sobre cada una de las familias involucradas.

 

Y encontramos también una clara respuesta a los cuestionamientos que en los últimos tiempos se han incrementado, respecto de las políticas de Memoria, Verdad y Justicia que vienen teniendo lugar a partir de la re/apertura de los juicios en 2006, en sintonía con la renovada batalla de grandes medios tradicionales y sectores sociales, políticos y religiosos, en  pro del “perdón” y la “reconciliación” -y quizá la amnistía-, el fin de los juicios y el retorno de hecho a la “teoría de los dos demonios” como explicación suficiente de la tragedia argentina.  

 

Con diferencias y disidencias, con momentos de apertura de la voz y otros de silencio, a través de encuentros, de una página web y de las redes sociales, el colectivo se fue consolidando y animándose a la aparición pública. Y cuando digo aparición me refiero una vez más a esa performatividad de los cuerpos que singulariza la experiencia argentina: marchar, con una reivindicación y también bajo una bandera, la del colectivo, que salió a la luz por primera vez en la gran marcha feminista Ni una menos, en junio de 2017, generando eco en algunos medios, y más tarde se unió a  la clásica conmemoración del 24 de marzo de 2018. Un momento crucial en el recuerdo compartido: la vergüenza, la angustia, el miedo al rechazo, a no ser aceptados en la lengua común, a ser puestos a distancia insalvable de las víctimas. Las víctimas de sus padres.

 

Colectivo Historias desobedientes en la marcha del 24 de marzo 2018. Archivo Historias desobedientes

No fue así, afortunadamente, en la súbita escena callejera.  Hubo más bien sorpresa, emoción, muestras de afecto y reconocimiento.  No unánimes, por cierto. Desde los organismos de DDHH algunos pensaron que era quizá un gesto que escondía el intento de reconciliación.  O una pretensión de asimilarse a las víctimas desde otro lugar -a la manera, quizá, de las víctimas de la violencia guerrillera. Pero no tardaron en tener evidencia de que se trataba de otra cosa, el surgimiento inesperado de nuevas voces, que, en su diferencia, y sin planteo alguno de equiparación con otras víctimas -o mejor, rechazando de plano ser puestos en ese lugar- venían a sumarse a la lucha por Memoria, Verdad y Justicia. El colectivo lo hizo explícito sin dejar  dudas: “No nos reconciliamos, no perdonamos”.

 

Este andar, que presento en una extrema síntesis, culminó en diciembre pasado en un seminario internacional realizado en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, donde se presentó un libro, Escritos desobedientes, que reúne, según su subtítulo, “Historias de hijas, hijos y familiares de genocidas por la memoria, la verdad y la justicia”. Allí dialogan las historias de vida de varios integrantes, en primera persona y en distintos géneros que también incluyen la ficción y autoficción,  y en una segunda parte, una serie de “Relatos desobedientes”, fijan posición frente a decisiones del poder que pueden poner en riesgo lo conquistado. De ese primer recorrido vivencial, que ofrece un interesante material para el análisis, quisiera señalar algunas coordenadas, que aparecen una y otra vez y que resultan altamente significativas.

 

En primer lugar, el carácter catártico, confesional,  de los relatos. La hermandad de sensaciones vividas que súbitamente cobran sentido retroactivo -una especie de trauma retroactivo- en la confrontación con los demás. El peso corporal de los afectos primarios: miedo, vergüenza,  angustia, culpa. La vergüenza y la culpa del nombre, de ser reconocidos como hijos o familiares y ser equiparados a esa herencia.  La diferencia, en cuanto  al vínculo y la afectación del vínculo, entre padres amados y padres temidos. La contradicción entre el repudio y el afecto, que Bibiana Reibaldi trataba de explicar en un seminario que tuvo lugar aquí, en el Conti, en 2017:

Esto como parte de un proceso de varias décadas, en el que la posición de Repudio directo hacia mi padre, tiene un correlato de vínculo afectivo amoroso. Desde esta contradicción, afirmo que el repudio cobra mayor sentido, mayor fuerza, como genuina posición ética, a partir del lazo de afecto.

https://www.facebook.com/historiasdesobedientes/posts/1537708649619063

 

Se pone en juego aquí un complejo mecanismo psíquico, que lleva a una reconfiguración de la historia personal, puesta bajo otra luz, donde se reconocen signos de esa convivencia alienante entre el horror puertas afuera y una presencia elusiva en lo cotidiano, bajo  normas estrictas de clandestinidad. Entre ellas, el aislamiento de la vida social y el mandato absoluto de silencio sobre todos los aspectos de la vida familiar.  

Es contra ese silencio, precisamente, que las hijas e hijos quieren hablar. El silencio Nunca Más, dirán, haciendo propia esa expresión paradigmática de la justicia argentina. Pero no solamente para narrar en primera persona esas otras “infancias clandestinas” insospechadas bajo el manto de silencio oficial que regía la vida de todos. Quieren hablar también ante la justicia.  Es aquí donde las memorias insurgentes -“Esa insurgencia que nos hizo sobrevivir” según nos dice María Laura Delgadillo (2018: 78,79)- se enfrentan al problema de la justicia. Lo jurídico y lo político confluyen en un mismo objetivo: lograr la modificación de la ley procesal penal  en sus artículos 178 y 242, para poder testificar,  denunciar  y declarar en contra de aquellos a quienes los unen lazos de consanguinidad.

No se les escapa lo trágico de esta condición,  la afectación psíquica y emocional, que se incrementa  ante un lazo amoroso: declarar en contra de quien se ama, asumir la culpa de hacerlo y también de no hacerlo. Porque lo que algunos hijos e hijas desobedientes comparten es el fantasma de la complicidad, que sienten asociado al silencio, aunque nunca podría pensarse esa figura en relación con lazos que sólo el azar de la vida tejió. Al declarar pretenden aportar lo que saben, también por propia experiencia. Por haber estado alguna vez en lugares sórdidos, compartiendo momentos con quienes fueron víctimas. Les consta que tienen una información que sólo adquiere su sentido ante la justicia. Saben lo que significa hablar desde el seno de la familia militar, romper el mandato que perdura todavía y no tolera infracción. En la desmesura del gesto anida también la idea -el deber- de  pagar una deuda  heredada. Pero no es una guerra lo que se plantea, sino la búsqueda de una voz nueva, extraña, sin odio y con firmeza ética. Una forma, quizá inédita, de hacer justicia.

Hubo antes, en todo el tiempo transcurrido desde la confirmación de lo que quizá se dejaba entrever con rasgos sombríos, enigmáticos, el común intento de saber, de preguntar, de “No querer ser hijos del silencio”: “¿Por qué lo hicieron? ¿Cómo pudieron? ¿A quiénes, adónde, dónde están?” Preguntas que María Laura Delgadillo recoge en su relato pero que reaparecen aquí y allí, con el mismo resultado: el rechazo,  el silencio, la negación al arrepentimiento.

Mientras  buscan apoyo legislativo para tratar ese espinoso tema, la narración asume un lugar protagónico,  tratando de responder a los interrogantes clásicos que acompañan toda emergencia de la voz,  y más aún cuando se enlazan  memoria y testimonio: el qué y el quién pero sobre todo el cómo. ¿Cómo hablar?  ¿Cómo manifestar esa insurgencia, que es también agitación del cuerpo,  en  la ordenada sintaxis del lenguaje? ¿Cómo encontrar un tono que cobije la decepción, el llanto, el susurro, lo trémulo del decir?  Ni heroico ni épico, dirán, aunque sí emocional, intenso,  excesivo a veces, como una formación reactiva.

Pero más allá del plano personal, de lo que significa esa  afirmación ética en cuanto a las distintas  identidades y subjetividades, estas narrativas vienen a ocupar un lugar señero en la memoria pública. Confrontan las demandas de “memoria completa” como supuesta equidad de las víctimas “de uno y otro lado”  y  también las de hijos e hijas de represores que justifican o defienden los hechos de sus padres. Se deslindan así del par “víctimas y victimarios” y abren nuevas vías a la  interpretación.

Sobre el final de los Escritos desobedientes el relato personal de Pepe Rovano y el postfacio de Verónica Stay Stange nos hermanan una vez más con la experiencia chilena. El primero se entera tardíamente de que es hijo de un padre genocida -al que no conoció-  y siente la necesidad de acercarse a los hijos e hijas de sus víctimas y establecer la solidaridad con ellos.  La segunda,  hija de una familia a la que el golpe de Pinochet  partió en dos, como un rayo -según sus palabras- dejando de un lado a su futuro padre militante y del otro a un tío torturador,  se  interroga a su vez sobre la marca de los genes  y el azar que puede depositarnos en una u otra orilla, con herencias para honrar o rechazar. Verónica hace una interesante lectura semiótica de las historias desobedientes,  destacando también el rol configurativo de la narración.

Inesperadas quizá,  insospechadas, estas memorias insurgentes vienen a confirmar, una vez más, que el pasado no se aquieta por el mero devenir del tiempo. Que no hay “cierre” que pueda decretarse sobre heridas abiertas.  Y que seguramente vendrán otras, nuevas voces, a desafiar la trama narrativa en el eterno fluir de los relatos.

Referencias bibliográficas

AA.VV  Escritos desobedientes, Buenos Aires, Marea,  2018.

Obras citadas

 Alcoba, L.        2010 La casa de los conejos, Buenos Aires, Edhasa.  

Avila, B.          2011  Infancia clandestina, film, Argentina.

Carri, A.            2003   Los rubios, Film,  Argentina.

Croatto; V.        2016  La guardería, film, Argentina

Germano, G.     2006   Ausencias, arte visual

Pérez, M.E.       2012 Diario de una princesa montonera, Buenos Aires, Capital Intelectual.

Prividera, N.     2007 M, film, Argentina

Quieto, L.         2001  Arqueología de la ausencia, arte visual.

Robles, R.         2013 Pequeños combatientes, Buenos Aires, Alfaguara.

Roqué, M.I.      2000 Papá Iván, film, Argentina/México.

Urondo Raboy, A. 2012 ¿Quién te creés que sos? Buenos Aires, Capital Intelectual.

Panel 1:
Memorias insurgentes y complicidades / Insurgent Memories and Complicities

Judith Butler, Rita Segato, Estela de Carlotto, Nelly Richard y Leonor Arfuch fueron algunxs de lxs destacadxs investigadorxs y referentes que participaron del Coloquio Internacional La memoria en la encrucijada del presente. El problema de la justicia presentado junto al Consorcio Internacional de Programas de Teoría Crítica de la Universidad de Berkeley (California) en abril de 2019.

Todas las conferencias están disponibles en el Canal de Youtube del Conti.

Notas

  • [1] Tanto Montoneros (Argentina) como el MIR (Chile) organizaron en Cuba lugares de vivienda para los hijos de militantes que retornaban a sus países para continuar la lucha bajo dictadura. Los “padres sociales” eran designados entre aquellos con voluntad y capacidad para cumplir ese rol. En el caso de Virginia Croatto tuvo la fortuna de que su madre estuviera a cargo de esa función.

  • [2]  Mariana D., entrevista por Juan Manuel Mannarino, 12 de julio de 2017, Revista Anfibia, Buenos Aires, Universidad de San Martín. Acceso el 2 de febrero de 2019. http://www.revistaanfibia.com/cronica/marche-contra-mi-padre-genocida/

  • [3] Entre los crímenes de lesa humanidad cometidos bajo la dictadura, uno de los más terribles fue la apropiación ilegitima de bebés nacidos en cautiverio, cuyas madres eran luego asesinadas. La ciclópea tarea de Abuelas de Plaza de Mayo ha logrado la “recuperación” de 128 nietos (de los 500 que se estima fueron arrebatados), que por propia decisión o por denuncias se hicieron test de ADN que resultaron compatibles con el banco de datos genéticos de sus familiares, conociendo así su verdadera identidad. El banco, una de las mayores iniciativas de Abuelas, se fue configurando a lo largo de los años y es internacionalmente reconocido.

  • [4] El género, que en el medio argentino se inició en 2001 con la autora y directora Vivi Tellas, consiste en llevar al escenario personajes reales que actúan, de alguna manera, sus experiencias de vida, con diversos recursos escénicos y literarios pero con una fuerte dosis de realidad.

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