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Revista Haroldo

Diálogo con el pasado y el presente

15 de abril de 2019

Flores de trapo contra el sol del desierto

“¿Qué hacemos por el dolor del mundo?”, se pregunta Paulina Vinderman en el primero de los siete poemas que publica hoy Revista Haroldo. La mayoría de estos versos pertenecen a Cuaderno de dibujo, su último libro, publicado en 2016. Vinderman define a la poesía como “esa vasija llena de memoria, esa agua de resistencia, esa aventura en el corazón del lenguaje (la sangre del idioma)”.

Información de imagen
Guanacos / Imagen de la Cueva de las manos. Provincia de Santa Cruz. Argentina.

Para Haroldo

¿Qué hacemos por el dolor del mundo?, nos decimos,
antes de perder, borrachos por el aguardiente local
(un aguarrás mejorado), la rama de la lucidez.
Estamos en un cobertizo iluminado por dos bombitas,
que sirve de bar a la estación de servicio.
Hubiera podido ser la boletería del tren
pero la dinamitaron en la guerra hace ya muchas lluvias.
Dinamitaron el sueño del tren (y chicos y piernas).
No el pueblo, que quedó sangrando de pena
en las bayas de los cafetos.
La gente de Ciruelo sueña con trenes,
con los trenes de madera de teca que no pudieron ser.
Calman el hambre con el arroz que hubieran
comido en la travesía mientras llevaban las gallinas
y los pimientos a vender.
Detrás del color ámbar muerte de nuestros vasos
tus ojos se han vuelto infranqueables.
“Hasta la victoria siempre”, firmaba mi amor
sus cartas, pero no te lo digo.

De “Ciruelo” (2014)

**

A la luz de la antorcha que Ohme sostiene,
el bisonte resplandece.
Me he esforzado en sus patas y en hacer oír
la sombra de su rojo sangre.

Un poco más, un poco más, y será una presencia,
así dicen.

Mi cansancio es triste
cuando suelto la espátula de hueso.
Ohme es feliz porque ha aprendido el sonido
del color.
¿Soy sólo yo?
¿Sólo yo siento en mi estómago la ausencia?

Me he convertido en un pintor de ausencias.
No soy el animal, el animal no es.
Vivo para esta hecatombe:
buscar el lugar anterior al mundo,
como perro lobo que aúlla en la noche.

a los pintores del Paleolítico

**

¿Con qué sueña el niño del cuadro flamenco
reclinado sobre la mesa junto a su escudilla?
Tal vez con un búho en el deseo de bosque,
con su aliento de plumas.
Su estrecha vida se une a la suya, un prodigio
posado en la posibilidad.

El silencio arde en el mundo que él no
conoce todavía.

La oscuridad, así, es un deslumbramiento
de arboledas, inviernos infìnitos y un exilio de pincel
dentro del frasco de mermelada vacío.

Pintarlo todo.
No hay sueño más sutil.
No hay ángel mejor.

**

Quiero la confianza de la noche para mi lápiz.
Por eso espero.
La falta de luz convertida en algo concedido,
no arrebatado.
¿Cómo llegar, sino, a lo que no está aquí?

El pasado (mi segundo corazón),
los jardines de locura, las flores de trapo
contra el sol del desierto.
La nostalgia enfermiza del lugar donde
jamás estuve.

Y la seguridad, ese falso dios al que nunca
sacrifìqué nada.

La confianza de la noche.

Para los ratones de campo, para el búho,
para el sueño del Rey rojo en su bosque,
mí bosque.

**

Era un jardín perfecto, era un jardín
sin memoria.

No puedo dibujarte, le dije, no puedo
con el vacío.

Es la soledad del amor, susurró un abeto minúsculo,
ese lugar donde aprendemos a morir.
El vacío, ah, es otra cosa, no estás preparada
para comprenderlo.

Le regalé un recuerdo al abeto sabio
e introduje mi mano entre sus hojas.
El viento me ayudó a soplar verde sobre
la página.

Y a inventar el tiempo.

**

Caravaggio amaba la noche.
Atrapaba la luz igual que una estrella
en su agujero negro y conseguía hacer visible
esa luz de otro mundo.

Pastor de oscuridad,
los rostros emergían solidarios,
de su vela, en pleno misterio de creación.

Antes del olvido.
Antes del mar.
La vida profunda como una herida
en la crueldad del mundo.

Pintaba su propia muerte en cada
cuerpo soñado.
Pintaba el deseo con su pincel salvaje,
con su corazón asustado.

**

La luz siempre es antigua, dice Banville,
porque tarda en llegar.

Todo lo que vemos es pasado.

Hacen falta respuestas
para las adivinanzas de la vida.
Y es el pasado la respuesta.
El pez que dibujo tuvo escamas verdaderas,
mis uñas son escamas verdaderas.

Ah, dibujar el torpe pequeño pez
de color ceniciento
es la pobre inmortalidad de mi taza de sueños.

Estos poemas pertenecen a Cuaderno de dibujo (2016).

//

Sobre Paulina Vinderman

Nací en Buenos Aires en 1944. Publiqué 13 libros de poemas, reunidos en varias antologías, editadas en el país y en el exterior.
He recibido premios y traducciones pero no es esto lo importante. Lo importante es que mi pasión por la poesía y mi fe en su necesidad siguen intactas.
La poesía: esa vasija llena de memoria, esa agua de resistencia, esa aventura en el corazón del lenguaje (la sangre del idioma).

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Paulina Vinderman

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