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Revista Haroldo

Diálogo con el pasado y el presente

17 de octubre de 2018

Entrevista a Pablo Gerchunoff

Mano a mano con Perón

El historiador y economista, que es profesor emérito de la Universidad Torcuato Di Tella, presentó hace algunas semanas La caída. 1955 donde desentraña los entretelones del golpe de septiembre de ese año. El libro apuesta a una idea innovadora: una entrevista imaginaria a Juan Domingo Perón en febrero de 1973, meses antes de su regreso a la Argentina. La coyuntura económica, el enfrentamiento con la Iglesia y la estructura del partido son algunos de los temas que aborda.

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Pablo Gerchunoff, autor de La caída. 1955

Mucho se dijo, se habló, se escribió y se discutió sobre el primer peronismo; no podía ser de otra manera con un movimiento de masas que irrumpió en la escena nacional y la transformó para siempre. Despertó pasiones, amores y odios que confluyeron en la construcción de la memoria de su primera década (1945-55). Es un tema aún vigente, que sigue atrayendo el interés de militantes e investigadores. Uno de ellos es el historiador y economista Pablo Gerchunoff que presentó hace algunas semanas el libro La caída. 1955, donde desentraña los entretelones del golpe de septiembre de 1955. En diálogo con Revista Haroldo repasa su innovadora propuesta: una entrevista imaginaria a Juan Domingo Perón en febrero de 1973, meses antes de su regreso a la Argentina, que se produjo en junio de ese año.

Gerchunoff fue periodista en los años ‘60 y ’70 y estuvo cerca de entrevistar a Perón, pero circunstancias personales se lo impidieron. Cuatro décadas después, salda aquella deuda en una propuesta que define como periodismo imaginario. No es un ejercicio de vanidad, sino un recurso que propone un formato novedoso para transmitir la historia alejándose de los formatos convencionales. “La forma en que se transmite la historia en la Argentina y en el mundo (no soy el único que cree ello) es muy pobre […]. Hay maneras más amables con el lector para transmitir la historia. Y creo que alguna gente lo consigue”, explica.

Uno de los aciertos del libro es ubicarlo a Perón como un político en ejercicio del poder. Esto implica dar cuenta de las limitaciones, contradicciones y de los errores de la acción política. En un mano a mano, por momentos tensos, el Gerchunoff imaginario pregunta y repregunta al Perón imaginario sobre sus últimos meses en la Casa Rosada. Según diferentes datos y testimonios, Perón podría haber derrotado el levantamiento militar del 16 de septiembre de 1955 pero decide renunciar. ¿Por qué, entonces, cayó? ¿Cómo sucedió que apenas un año y medio después de su rotunda victoria en las elecciones legislativas de abril de 1954, con el 63% de los votos y en la cúspide de su poder, se produjera su caída?

En su oficina de la Universidad Torcuato Di Tella, casa de estudios donde es profesor emérito, Gerchunoff señala que, al momento de abordar esas preguntas, hizo un experimento mental por no colocarse en el futuro. Explica que “uno muchas veces reescribe la historia del ‘55 a la luz de que Perón volvió. Este libro intenta evitar la construcción de la parábola desde el final de la historia. Quiere ponerse, como dice el filósofo e historiador inglés Robin Collingwood, en el zapato de los actores en ese momento, sin reconstruir la historia con los datos posteriores”.

Uno de los aciertos del libro es ubicarlo a Perón como un político en ejercicio del poder. Esto implica dar cuenta de las limitaciones, contradicciones y de los errores de la acción política. En un mano a mano, por momentos tensos, el Gerchunoff imaginario pregunta y repregunta al Perón imaginario sobre sus últimos meses en la Casa Rosada.

Fundado en estas premisas y en tres años de lecturas e investigaciones, el libro no propone entonces una respuesta monocausal como lo han hecho muchos trabajos en la historiografía argentina. “En ese sentido, efectivamente, el libro complejiza, no es solamente Iglesia versus Perón”, dice Gerchunoff, haciéndose eco del conocido enfrentamiento del líder justicialista con la Iglesia católica, que daría cuenta para muchos del golpe de septiembre de 1955. Por el contrario, su explicación reconoce una multiplicidad de factores que operaron en simultáneo: a lo largo del libro circulan, además del conflicto con la Iglesia, el suicidio de Getulio Vargas y la cuestión regional, las complicadísimas negociaciones con los estadounidenses para obtener financiamiento externo, las crecientes tensiones con el Ejército, radicales y sindicalistas, y también los problemas de una economía que exhibía signos de fatiga.

Como producto de estos factores, Perón y el aparato peronista ingresaron desde 1954 en una zona de desgaste y vacilaciones que multiplicaron los errores, y que una vez cometidos, aumentaron los desgastes y las tensiones, en una suerte de espiral políticamente desequilibrante. La interpretación de Gerchunoff es la del régimen que “se cansa de sí mismo”. “No digo que sea la única, pero eso pasa con cualquier versión de la historia profesional”, advierte.

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Portada del libro La caída. 1955

Gentileza: Pablo Gerchunoff

¿Por qué “la caída” y no “el golpe”?

Mi interpretación de lo que ocurrió en septiembre del ‘55 es que hubo un desmoronamiento del régimen político autoritario e igualitario que Perón había construido. […] ¿Existió un golpe militar en el ‘55? Claramente sí. ¿Pero fue el golpe militar el que derrumbó el régimen, el que echó a Perón? No. Perón dijo cuarenta veces: “Yo me fui para evitar un derramamiento de sangre”. Yo no comparto su interpretación y ahí hay una especie de diálogo en tensión entre el periodista imaginario y el Perón imaginario, sobre todo pensando que el que iba a ganar era una versión del neoperonismo. Si vos le sacas una fotografía al momento inmediatamente posterior a la salida de Perón del gobierno casi que, hasta el propio peronismo, el aparato peronista en un sentido muy amplio -la CGT, el Partido Peronista, la rama femenina- podían decir: quizá sea una mejor salida. No así el pueblo peronista. Por eso se llama La caída: porque las tensiones del desgaste, de la fatiga, fueron un elemento central para que frente a una insubordinación, insurrección, un golpe militar que podría haber reprimido, decide que se va a ir. Ese ‘me voy’ para mí no es la señal de que ‘va a venir otro 17 de octubre y me va a rescatar’; es la señal de ‘estoy cansado, estoy desgastado’. Diez años de esto es mucho. Sobre todo, y eso yo lo marco mucho en el libro, en una sociedad que no tenía ni tiene nada de mansa.

El relato que va armando el libro da la sensación de que Perón se va quedando progresivamente solo.

Yo no diría que lo dejan solo. Yo digo que ellos mismos estaban desgastados. Digamos cosas tangibles. Hablemos de dos actores sociales o corporativos […]. Los militares no podían tener sino una tensión muy fuerte, siendo testigos del conflicto de Perón con la Iglesia. Los militares son todos católicos, eran todos católicos. Esos militares empiezan a mirarlo con desconfianza. […] En la caída de Perón en 1955, el salario real estaba 15% debajo de 1949 y por sobre todas las cosas, estaba claro que se estaba atravesado una situación dificultosa. Esto se puede observar estudiando el mensaje de estabilización de 1952. Ya sabían los sindicalistas que aquellas buenas épocas iniciales no iban a volver y eso también es un factor de tensión, de desgaste, de distanciamiento, de desencuentros: de micro desencuentros que van generando el desgaste.

"Perón no cayó porque la coyuntura económica -y subrayo la palabra coyuntura- fuera de crisis sino que el patrón de desarrollo y distribución del ingreso de Perón estaba en crisis".

Yendo a la economía. Plantea en el libro que era una cuestión manejable. ¿Qué papel jugó entonces?

Yo escribí varias veces sobre el peronismo. Cada vez que escribí dije: Perón no cayó por la economía. Ahora quiero hacer una distinción: Perón no cayó porque la coyuntura económica -y subrayo la palabra coyuntura- fuera de crisis sino que el patrón de desarrollo y distribución del ingreso de Perón estaba en crisis. El líder justicialista no podía devolverles a sus bases electorales lo mismo que les había dado en el inicio. Yo separaría coyuntura de tendencia. Perón estaba enfrentando el bloqueo del patrón de desarrollo y distribución, no una crisis macroeconómica coyuntural. Y eso era un problema. […] Quiero separar la idea de crisis o bloqueo de un patrón de desarrollo de la de crisis macroeconómica. Perón no cae por una crisis macroeconómica, la administración de la economía estaba totalmente bajo control.

¿Entonces falló la política? ¿Así debemos leer el enfrentamiento con la Iglesia?

Es una doble pregunta: ¿El conflicto de Perón con la Iglesia apareció de golpe, repentinamente como un rayo en un día de sol el 10 de noviembre de 1954[1] cuando lanza su ofensiva? Y la respuesta es no. El capítulo sobre la Iglesia se llama “Las dos soberanías” y plantea el conflicto que implica que en un movimiento popular, mayoritario, igualitario, que captura ideas que vienen desde la Encíclica Rerum Novarum y de la Iglesia con preocupación social, es, por un lado, un reconocimiento a esa nueva Iglesia, pero por el otro lado es un competidor con la Iglesia. ¿Quién va a hacer el trabajo social? ¿Lo va a hacer la Iglesia o lo va a hacer el peronismo? ¿Quién va a educar a los niños? ¿La escuela pública o la familia y la Iglesia? Entonces, primer punto: esas tensiones estuvieron siempre. Segundo punto: ¿por qué se convirtió en esa locura? Y esa es difícil de contestar. Y ahí, toda la hipótesis del libro: el desgaste provoca errores, los errores provocan desgaste en una especie de círculo acumulativo que va generando un desequilibrio político, la única explicación que tengo para eso es que Perón en un momento dado dejó de ser un buen jugador de truco y decidió romper las cartas. Esa es la primera de las dos cosas que son pura imaginación histórica, y es pura imaginación histórica en todos los que abordaron las causas de la escalada del conflicto con la Iglesia. […] El segundo momento en que la imaginación del historiador domina por completo es por qué el 31 de agosto de 1955 pronunció el discurso del cinco por uno [2]. Recordemos que Perón está en medio de una negociación con la oposición y la Iglesia después del bombardeo del 16 de junio. Esto es, hay un momento en que Perón dice ‘no puedo seguir jugando el juego de la escalada del conflicto’, y lo dice con astucia porque sabe que si sigue escalando, termina mal para él. Entonces hay negociación y Perón entrega cosas a través de su Ministro del Interior Oscar Abrieu que venía del radicalismo y tenía buena relación con ese partido y con la Iglesia. […] ¿Entonces cómo puede ser que en medio de ese proceso de pacificación de pronto Perón llama a la plaza y dice “por cada uno de nosotros caerán cinco de ellos”? Mi interpretación, la que transmito a través de las palabras del periodista imaginario y del Perón imaginario, es que Perón se da cuenta en un momento que el radicalismo no puede otorgarle lo único que Perón necesitaba que le concedieran: la legitimidad de su poder. Porque si el radicalismo, si Arturo Frondizi le concedía eso, se rompía su partido. […] Entonces Perón, en un momento dado, se da vuelta hacia su propia gente, digamos así, hacia su propia tropa para usar un lenguaje militar que a Perón le hubiera gustado, haciendo un discurso “duro”.

Usted explora también el papel que pudo haber jugado en ese desgaste la cuestión regional. ¿Qué importancia tuvo el suicidio de Getulio Vargas?

El capítulo sobre Getulio Vargas tiene una doble mirada. Una mirada es el golpe psicológico: el suicidio de un líder de los movimientos nacionales y populares de América Latina desde 1930 es especialmente dramático para Perón, porque le tenía admiración al brasileño. Y además, porque ahí había una corriente que miraba con simpatía al peronismo. Lo cual para los militares brasileros era una afrenta completa. Pero Joao Goulart[3] era eso: el delfín de Vargas que mira con simpatía al peronismo. Entonces de repente todo eso se derrumba con el suicidio de Vargas. Pero además hay otro problema: lo que entra en descomposición en ese momento es la vieja idea de alguna alianza económico-comercial del sur de América, compuesta por Brasil, Argentina y Chile. Porque si no estaba Brasil, no había nada. Con Chile se podía negociar, pero era poca cosa frente al proyecto que tenía Perón, un proyecto de más envergadura, que de todas maneras tenía un problema y era que entraba en tensión con los Estados Unidos, con quien estaba negociando. Esto da una pauta de cómo tenía que mantener los platos chinos en el aire como fuere.

"El presente es una aldea chiquita. Entonces la historia nos permite ver que el presente es un pedazo de un flujo continuo y lo único que nos dice es qué pequeño es ese presente".

¿Por qué vale la pena discutir la caída del primer peronismo para el hoy?

Yo no sé cuánto se puede aprender de la historia. Para mí es un juego maravilloso. Me parece que sirve y tiene una utilidad muy grande en términos de rescatarnos del provincianismo del presente. El presente es una aldea chiquita. Entonces la historia nos permite ver que el presente es un pedazo de un flujo continuo y lo único que nos dice es qué pequeño es ese presente. Lo que hay que tener cuidado es creer que de la lectura de aquello vas a sacar una conclusión sobre el presente. Porque las coyunturas son distintas, las circunstancias son distintas, los personajes son distintos. […] La historia da esa sabiduría, de alejar el zoom. Y eso permite pensar de otro modo. En todo caso lo que quiero decir es que la historia es una enseñanza metodológica acerca de cómo pensar, de cómo pensar el presente. Pero creer que se pueden sacar conclusiones de septiembre del ‘55 para la actualidad, como si eso fuera un teorema, eso yo no lo comparto.

Notas

  • Nota al pie 1: El 10 de noviembre de 1954 Perón convocó a una reunión con gobernadores de provincias y territorios nacionales en la Quinta de Olivos, a la que asistieron también miembros de todas las organizaciones del Partido Peronista y del Estado. Ante esa concurrencia Perón acusó abiertamente a la Iglesia de infiltrarse en las organizaciones peronistas y puso a disposición una lista con el nombre de curas y obispos de “dudosa lealtad”. A partir de ese momento, se pasó a una ofensiva abierta contra la Iglesia. El conflicto fue creciendo en intensidad hasta llegar al bombardeo de Plaza de Mayo el 16 de junio de 1955 por parte de la aviación naval. Rerum Novarum fue una encíclica promulgada en 1891 por el Papa León XIII, la cual versaba, en líneas generales, sobre las condiciones de vida de las clases trabajadoras.
  • Nota al pie 2: El 31 de agosto de 1955, luego de noventa días de un zigzagueante proceso de pacificación que había seguido al bombardeo del 16 de junio, Perón anunció por radio, a las nueve de la mañana, que pretendía abandonar su cargo si con ello contribuía a la concordia cívica. La CGT rechazó el anuncio y llamó a un paro general. Miles de personas comenzaron a arribar desde el mediodía a la Plaza de Mayo. Llegada la noche, Perón salió al balcón de la Casa Rosada y pronunció un duro discurso del que se recuerda la famosa expresión “cuando uno de los nuestros caiga, caerán cinco de los de ellos”.
  • Nota al pie 3: Joao Goulart fue uno de los fundadores, junto a Getulio Vargas, del Partido Trabalhista Brasilero en 1945. Su rápido ascenso en la política brasilera lo llevó primero a ser diputado, y luego, durante la presidencia de Vargas, ocupó el puesto de Ministro de Trabajo. Su proyecto consistía en construir una base de apoyo político a Vargas que estuviera anclada en el movimiento obrero organizado como sucedía en Argentina.

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