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Revista Haroldo

Diálogo con el pasado y el presente

07 de noviembre de 2017

Memoria guardada en ocho esquinas

A Eduardo Marino el Terrorismo de Estado lo desapareció hace 40 años. En su homenaje, un centenar de personas acompañaron a Noemí Ciollaro, su compañera de entonces, y a sus hijos en el acto de colocación de una baldosa, que desde ahora y para siempre lo recuerda en un cruce de calles porteñas.

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Lazos y herencia. Noemí, sus hijos Lucila, Grisel y Lautaro junto a Ariel Marino.

Extiende el brazo todo lo que puede para intentar marcar el punto exacto donde lo vio por última vez. Ahora es una senda peatonal de la avenida Álvarez Thomas casi en el cruce con Elcano, en lo que se conoce en Buenos Aires como las ocho esquinas.

Allí hace 40 años Noemí Ciollaro, sus hijos Grisel y Lautaro vivieron la peor pesadilla. Mientras eran amenazados con Itakas, una patota en Falcon cruzó al viejo Citroen familiar y se llevó a Eduardo Marino para siempre. Fue el 5 de noviembre de 1977 y nada, nunca jamás, se supo de él.

Es al decir de la propia Noemí: “Después solo silencio. Y esa palabra argentina que nació con destino de eternidad. Desaparecido”, como dejó escrito en Pajáros sin luz, un hermoso libro en el que recordó, además de la propia, las historias de mujeres a las que el Terrorismo de Estado les arrebató a sus compañeros.

Ahora, 40 años después está en esa esquina señalando ese punto imaginario que se vuelve real con su brazo extendido y está ahí rodeada de sus tres hijos, del primer hijo de Eduardo, de su familia y de los compañeros de la vida que acompañaron la colocación de la baldosa en su memoria.

...

Si yo pudiera de donde estoy,
ay amor, hacerte venir,
tener tu boca y tu corazón
cuando el deseo me quiera hervir;
si yo pudiera de donde estoy,
ay amor, hacerte venir
si yo pudiera de donde estoy,
ay amor... hacerte venir!

Julia Morgado canta suavecito y dulce esta canción de Amaury Pérez y no hay manera de no entremecerse en ese acto a pleno sol de un domingo en el que en un rato se jugará el superclásico y que -coincidencias futbolísticas- hace 40 años para esa fecha River ya se avecinaba campeón y Eduardo Marino, el Negrito, se regodeaba como buen fanático de ese resultado que se veía venir pero que no llegó a disfrutar.

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El "Chango Sosa", músico y ex obrero de Artasa, con Silvio Schnek, dos de los compañeros de vida y mitancia de Eduardo Marino

"Yo les voy a hablar de nuestra infancia. Nos criamos juntos con el Negrito, en Villa Urquiza, acá nomás”, empieza Silvio Schnek, que ahora es psicoanalista, pero que entonces era compañero de potrero cuando los dos eran pibes y la vida parecía eterna. Y entre esos recuerdos de pelotas y vidrios rotos le gusta detenerse en una anécdota, donde Eduardo se convierte en héroe cuando protege a un chico del barrio al que otro más malo le pegaba. “Eduardo lo vio y agarró a Orlando del cuello y le dijo: la próxima vez que le pegás a Ignacio te parto la cara”, cuenta Silvio que mientras cuenta parece visualizar aquella imagen que dice le reconfortó el alma.

Siguen los recuerdos y a Jacobo Grossman le gusta pensar en la mirada de Eduardo. “Nunca me voy a olvidar de la alegría de esa mirada, de la vitalidad de esa mirada. Nunca vi otra mirada así, tenía una mirada de vida plena que se desbordaba de su propio cuerpo”, dice y enseguida suma la amistad entrañable que los unió “en esos tiempos en que la vida era un ideal, la lealtad era un ideal”.

Aquel 5 de noviembre de 1977, Noemí, Eduardo y sus hijos venían del supermercado cantando las canciones que la pequeña Grisel había aprendido en el jardín. “Estamos volviendo a casa por Álvarez Thomas. De pronto se nos pone a la par y nos pasa un Falcon blanco sin chapas, con cuatro tipos adentro. Eduardo me grita “¡no los mires!”. Nos cruzan el auto en medio de la avenida, se bajan tres de civil, armados y nos rodean. Uno alto, morocho, de bigotes y anteojos negros abre la puerta del lado de Eduardo y mientras le apunta a la frente lo quiere bajar. El se resiste, grita, los otros dos nos apuntan con Itakas a los chicos y a mí. Eduardo es arrastrado a culatazos hasta al Falcon, grita, yo grito. Lo tiran en el piso del asiento de atrás. Intento dejar a Lautaro en mi asiento, pienso que me llevan también. “Quieta que te quemo”, aúlla el pelirrojo apuntándome en mi sien. Y corren hacia el Falcon que arranca a contramano por Elcano, mostrando las armas por las ventanillas”, escribió Noemí Ciollaro en una nota en esta misma revista donde cuenta aquellas noches donde todo se puso negro. http://www.revistaharoldo.com.ar/nota.php?id=211

A Eduardo le gustaban el tango, el jazz, River, la calle Corrientes, Pippo y el café La París, el buen cine, la literatura, las calles arboladas de Villa Urquiza. Soñaba con ser ingeniero, pero abandonó la carrera y estudiaba análisis de sistemas; trabajada duro y militaba muchas horas por día.

Escribe Noemí en Pájaros sin luz que hay que resistirse al olvido, al engaño, al reduccionismo de la historia y de la memoria. Y en eso está ahora cuando puso sus manos sobre esa baldosa, que desde ahora y para siempre recuerda que de allí fue secuestrado y desaparecido Eduardo Marino.  

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