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Revista Haroldo

Diálogo con el pasado y el presente

05 de septiembre de 2017

Vera Jarach, la incansable

Sufrió dos genocidios: la shoá y el Terrorismo de Estado en la Argentina. Su abuelo fue asesinado en Auschwitz y su única hija, Franca, fue vista por última vez en la ESMA. Tiene 89 años, fue periodista y forma parte de Madres desde sus inicios. "Tengo muchísimos ejemplos de resistencia en épocas muy difíciles y peligrosas. Hay una cosa muy difícil de superar que son los miedos, pero cada uno tiene su receta y yo tengo la mía: hay que moverse con el cuerpo y con el cerebro".

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Una foto junto a la canciller alemana Angela Merkel en el Parque de la Memoria dio la vuelta al mundo. Vera Jarach aprovechó esa recorrida para manifestarle su disgusto por el ambiente hostil para la plena vigencia de los Derechos Humanos que se vive en la Argentina, donde incluso un funcionario puso en duda el número de detenidos-desaparecidos. Mientras hablaba, Merkel asentía con la cabeza. Vera sabe que desde el fin de la Segunda Guerra Mundial Alemania emprendió un camino de desnazificación y generó políticas de Estado para trabajar sobre la Memoria. 

“Mi familia se salvó viniendo a la Argentina, pero mi abuelo se quedó y terminó en Auschwitz. No hay tumba. Muchos años después, en la Argentina, le tocó a mi hija Franca. Tampoco hay tumba. La historia se repite, a veces en las cosas buenas y a veces en las tragedias, y entre las cosas que se repiten está el negacionismo. Nosotros quisiéramos saber, nosotros no sabemos cuántos fueron. Los militares lo saben”, dice ahora a la Haroldo esta mujer que a sus 89 años está en plena acción: coordina entrevistas, escribe artículos periodísticos y adhesiones, participa en presentaciones de libros y actos y una vez a la semana se sienta a la mesa del Ente que regula a la ex ESMA. Es infatigable. 

Su vida dio un vuelco con la desaparición de su única hija: el 25 de junio de 1976 un grupo de tareas secuestró a Franca, que continúa desaparecida. Poco después se unió a lo que en los primeros meses de 1977 sería el embrión de las Madres de Plaza de Mayo.

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Nacida en 1928 en Milan, Vera es la segunda hija mujer de una familia judía no religiosa. A los 10 años, cuando en la Italia de Mussolini comenzaron a regir las leyes raciales, la expulsaron de la escuela. Vera siente que esa fue la primera injusticia que le tocó en carne propia y recuerda la “valentía” de su maestra, que asumió el riesgo de ir hasta la casa de los Vigevani a contarles la decisión de las autoridades del colegio. En 1939, meses antes del inicio de la guerra la familia se vio forzada a huir de Italia con destino a la Argentina.

La decisión de abandonar la Italia fascista para viajar a la Argentina –un país que ninguno de los Vigevani conocía- fue motorizada por la mamá de Vera, quien había crecido muy cerca de la comunidad armenia de Venecia y había escuchado en primera persona los relatos de las víctimas de aquel genocidio que comenzó en 1915. Así, pudo comprender la magnitud de lo que iba a vivir Europa a partir de 1939. Convenció a su marido pero no logró influir en su padre Ettore, el abuelo de Vera, que fue asesinado en Auschwitz. El hombre intentó salir de Italia 1943 y fue apresado en la frontera con Suiza, cerca de Varese y llevado a una celda de esa ciudad. Luego, lo trasladaron a la cárcel de San Vittore y desde allí a la Estación Ferroviaria de Milan, desde donde los deportados salían hacia Auschwitz. Hoy su nombre está inscripto en el Sitio de Memoria dentro de la estación de trenes de Milan.

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Junto a Angela Merkel en el Parque de la Memoria

“Mi infancia, la de los juegos, se terminó cuando vine a la Argentina”. De aquellos años difíciles no puede olvidar el día en que las autoridades del colegio italiano en el que su papá la inscribió los reunieron en el patio a escuchar la radio: Mussolini anunciaba el ingreso de Italia a la Segunda Guerra Mundial. “Éramos tres chicas judías y nos pusimos a llorar porque éramos chicas pero no tontas y entendimos que iba a ser un drama terrible e iba a morir mucha gente. Fue un trauma en mi vida”.

Después de terminar la secundaria, trabajó en una agencia marítima, donde atendía a inmigrantes y turistas. Allí conoció a quien fundó la Agencia de noticias Ansa que le ofreció trabajar con él. “Para mí el oficio del periodismo fue maravilloso. Entrevisté a Jorge Luis Borges, a Ernesto Sábato, a muchos pintores. Además, fui corresponsal de La Stampa para un suplemento cultural que se llama Tuttolibri”.

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Franca Jarach, la única hija de Vera Vigevani y Jorge Jarach era una en mil. Al menos así la recuerda su mamá. Abanderada del Nacional Buenos Aires, amante de la montaña y la música, muy querida entre sus compañeros, rebelde, militante, decidida.

En 1974, el Nacional Buenos Aires fue intervenido. El rector, Raúl Aragón, quien había asumido el año anterior, dijo esa noche: “Con los muchachos vine, con los muchachos me voy”. Los estudiantes decidieron apoyarlo. “Cuando comenzó la toma, Franca nos dijo que se quedaría en el colegio. Mi esposo le dijo que era muy peligroso y ella le preguntó: ¿Te acordás cuando ustedes tomaron la facultad pidiendo la autonomía?”, recuerda Vera. Lo que vino fue la represalia: la echaron junto a otros 13 alumnos.

“Franca compartió mucho con nosotros, compartimos las pasiones por la música, el teatro. Tenía muy buenas notas, era muy popular, escribía poesía y militó desde los 13 años”, resume su mamá.

Lugar

A la mañana paso
cerca de un sitio rodeado de muros
altos grises tristes sucios
de carteles, de vote lista azul
un día miro adentro
es una villa miseria.
Gente
más gente.
Vestida de tela barata
desnuda de felicidad.
Una chica me ofrece limones
"cien la docena, cómpreme".
Tiene trece años, más o menos
mi edad.
Un almacén ruinoso,
con ratas, con suciedad
con microbios funestos.
Es un sitio rodeado de muros
sucios de crímenes humanos
que son sólo los nuestros.

(Por Franca Jarach)

Franca había cumplido 18 años en diciembre de 1975, seis meses antes de su secuestro por el Grupo de Tareas de la ESMA junto a varios integrantes de la Juventud Trabajadora Peronista (JTP) del gremio de Gráficos, parte de Montoneros.

Desde la ESMA, Franca llamó por teléfono a su casa y habló con su papá Jorge. Le dijo que estaba en Coordinación Federal, una típica orden de los represores para confundir y desalentar la búsqueda de los familiares. De acuerdo al testimonio de una sobreviviente que la vio en la ESMA, Franca estuvo alrededor de un mes en el centro clandestino. Por los pocos datos que se conocen, se presume que fue asesinada en uno de los primeros vuelos de la muerte.

En 2013 el Colegio Nacional de Buenos Aires festejó sus 150 años. Vera estaba por esos días en Italia. Al regresar, fue a la escuela a conocer el mural que habían pintado los estudiantes en homenaje a su hija. “De un lado están dos premios Nobel que fueron alumnos de la escuela y del otro Franca y Carlos Pellegrini. Cuando lo vi casi me desmayo. ¿Por qué Franca? Pienso que eligieron a una mujer y que valoraron que Franca había sido abanderada. Ella amaba su escuela y ahora está ahí para siempre”, cuenta conmovida.

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Una gigantografia recuerda a Franca en en el predio de la exEsma 

Pocos días después del 30 de abril de 1977 Vera se cruzó con Haydeé [Gastelu de García Buela] en la Casa Rosada. El Ministerio del Interior había habilitado allí una oficina para que las madres y los padres reclamaran por el paradero de sus hijos. “Teníamos una tarjeta, podíamos ir una vez por mes. Las respuestas que nos daban no solo eran evasivas sino perversas. Una vez me preguntaron si mi hija era linda. Cuando respondí que sí me dijeron que seguramente era un caso de trata. Secuestran a estas chicas lindas y las llevan a otros países a ser prostitutas, me dijeron. Otro día me dijeron: Señora, no se preocupe tanto, haga de cuenta que su hija está de vacaciones”, cuenta Vera.

“Cuando el oficial se levantó -continúa- charlé con Haydeé, me contó que su hijo también había ido al Nacional Buenos Aires y que con otras mujeres se habían movilizado a Plaza de Mayo; a la semana siguiente empecé a ir yo también. Mi incorporación al grupo fue providencial en todo sentido, salvo en el tema de saber algo. Desde luego que teníamos miedo, pero fue muy bueno para nosotras y con el tiempo fue muy bueno para todos. En las escuelas siempre digo no fuimos heroínas: lo nuestro fue visceral, necesitábamos saber dónde estaban nuestros hijos”.

"Piensen en nuestras edades. La más joven de nuestro grupo tiene 86, yo tengo 89. En ese momento teníamos nuestros hijos, nuestras propias historias y había una dictadura. Al principio era una cuestión tan visceral que íbamos a todos lados. Pero había mucho miedo: por nuestros maridos, por los compañeros de nuestros hijos…muchos amigos de Franca se fueron al exilio. Los sobrevivientes llevaron un fardo tremendo, injusto. Sentían que tenían la culpa, que es absurdo. Muy injusto. Nuestras heridas cierran mal y se abren en cualquier momento y las de los sobrevivientes también. Intentaron borrar sus ideales, no dejar huellas. En los primeros años, las Madres íbamos a todos lados, armábamos denuncias. Hoy en día tenemos un lugarcito que es nuestra sede en la calle Piedras y en la ex ESMA tenemos la escuela popular de música, que tiene que ver con un sueño nuestro. La música tuvo mucho con ver con nuestras vidas y la de nuestros hijos y pensar en dar posibilidad a muchos que no siempre la tienen, para nosotros es una gran cosa. Queremos crear una escuela de lutheria, para fabricar instrumentos".

¿Cómo se resignifican las consignas históricas del movimiento de Derechos Humanos?

A la consigna de Memoria, Verdad y Justicia yo le sumo una cuarta, que estoy tratando de difundir en los últimos años y de a poco empiezan a adoptar: Nunca más al silencio. Tiene que ser una memoria hacia el presente y hacia el futuro. Como hay signos de repetición, la historia nos enseña que no aprendimos mucho. Debemos superar ciertos miedos y obstáculos y actuar a tiempo. La democracia en la Argentina está asentada. La democracia es el mejor sistema inventado de convivencia, tiene una larga historia e idas y vueltas y tiene limitaciones. Tiene momentos de progreso y otros de retroceso pero nos da la posibilidad de actuar. Están los sistemas parlamentarios y la prensa, y también está la calle y estrategias más ligadas a lo artístico, como lo fue en plena dictadura Teatro Abierto.

¿Cómo cambiaron las estrategias de las Madres en democracia?

La verdad tiene que ver con la justicia, que es nuestro requerimiento desde que se recuperó la democracia. El expresidente Raúl Alfonsín escuchó nuestras denuncias. La historia no siguió adelante como hubiéramos deseado. Entonces se buscó Justicia afuera. En España, trabajó mucho el abogado Carlos Slepoy, recientemente fallecido. En Italia también hubo condenas. Primero hubo justicia afuera y ahora acá. Yo todavía por mi parte no tuve condena, demora mucho (la causa de Franca y otras casi 800 víctimas de la ESMA se tramita en un juicio ante el Tribunal Oral Federal 5 que comenzó en 2012 y se extiende en el tiempo. Por primera vez se están juzgando a los pilotos de los vuelos de la muerte). Es importante que haya Justicia, porque la impunidad da lugar a que uno piense bueno, lo hago de nuevo. Y sabemos que los acusados en los juicios reivindican lo que hicieron. Nosotros fuimos un buen ejemplo de que no se hizo justicia por mano propia. En Italia no fue así: terminó la guerra y ¿qué hicieron? justicia por sus manos. En mi ciudad, Milan, colgaron a los fascistas, un espectáculo terrible. No nos dieron la posibilidad de saber todo. La justicia verdadera es la de los tribunales, yo soy hija de abogados.

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La relación Italia-Argentina vuelve varias veces durante el reportaje. Vera sostiene que durante la dictadura “la regla fue el silencio cómplice”. Marca algunas excepciones: el cónsul italiano Enrico Calamai, quien ya había trabajado en Chile con familiares de desaparecidos, y la diplomacia sueca que hizo gestiones concretas para salvar a Dagmar Hagelin, aunque ya la habían matado. Recuerda que el embajador italiano en Argentina cerraba las puertas de la sede diplomática, donde los familiares hacían fila para averiguar datos sobre los desaparecidos. También remarca la actitud cómplice del Nuncio Apostólico que recibía a las Madres y les daba “unos golpecitos en la espalda”.

“Nosotros no queríamos compasión, queríamos acción”, enfatiza, aunque ahora reconoce que la "conmueve" el abrazo de la gente: "Será porque estamos viejas”.

Con todo, no para: participa de todas las movilizaciones, de charlas, presentaciones de libro y cada miércoles dice presente en las reuniones del Ente que regula las actividades en la ex ESMA, del que integra el Directorio. Además, promueve intercambios de estudiantes del Nacional Buenos Aires con Italia. En la Argentina, los adolescentes visitan el Casino de Oficiales de la ESMA y el Parque de la Memoria, institución de la que Vera fue artífice y fundadora junto a Marcelo Brodsky. Y cuando viajan a Italia, los chicos visitan el único campo de concentración en Trieste y se reúnen con familiares de desaparecidos. 

“Nací en 1928. Tengo una doble historia: la Shoá y la dictadura. Tengo muchísimos ejemplos de resistencia a mano en épocas muy difíciles y peligrosas. Hay una cosa muy difícil de superar que son los miedos, pero cada uno tiene su receta y yo tengo la mía: hay que moverse. Y las dos maneras son con el cerebro y con el cuerpo. Para que el miedo no paralice, hay que moverse".

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