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Revista Haroldo

Diálogo con el pasado y el presente

24 de enero de 2017

Modelos del horror

Dibujos urgentes

Son trazos nacidos del apuro y de la necesidad. Trazos que no buscan el virtuosismo, sino el testimonio. Desde hace seis años, María Paula Doberti y Eugenia Bekeris retratan con lápiz y papel a genocidas y sobrevivientes en los juicios por lesa humanidad. Una tarea tan necesaria como imprescindible. 

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Juan Manuel Miranda, sobreviviente de la ex Esma

María Paula Doberti

Llegaron citadas por la urgencia. “No se los puede fotografiar. Pero se los puede dibujar”, decía el llamado de HIJOS de septiembre de 2010, que las encontró en los tribunales de Comodoro Py junto a otros artistas. Un año después, cuando ya María Paula Doberti y Eugenia Bekeris quedaron casi en soledad retratando genocidas y sobrevivientes le dieron forma a lo que ellas llamaron Dibujos urgentes. Trazos nacidos del apuro y de la necesidad. Trazos que no buscan el virtuosismo, sino el testimonio. Trazos que buscan conseguir aquello que las cámaras prohibidas no pueden registrar.

Desde entonces no pararon. Tienen cientos de dibujos en hojas blancas A4 garabateadas con lápiz negro y textos que dan cuenta del horror, del impacto, del dolor que les causa lo que escuchan. Allí están ellas, detrás de un vidrio, lejos del banquillo, mirando sin pestañear la pantalla gigante mientras el lápiz corre a toda velocidad para que no se escape el gesto, la mueca, la huella.

“Siempre que hay una víctima voy yo”, pensó sin pensar Eugenia Bekeris, cuando la llamaron para dibujar en los juicios. Es que su trayectoria artística está atravesada por el genocidio, desde que en 1995 inauguró El secreto, una instalación en homenaje a sus familiares asesinados durante la Shoah. “Ese trabajo fue el punto de partida de un nuevo compromiso a partir de desentrañar aquello que no estaba dicho en mi familia. Me dediqué muchos años a investigar lo que había ocurrido. Finalmente, pude inscribirlos en los archivos en Israel y ellos ahora descansan en la historia. A partir de ahí refundé mi identidad y me dediqué a retratar a sobrevivientes del Holocausto. Estuve muchos años sumergida en ese trabajo y eso me llevó a armar espacios de reflexión para transmitir toda esa experiencia y también para confrontarla con otras experiencias de genocidio, como la desaparición forzada de personas en la Argentina. Es que yo creo que el fascismo tiene un rostro similar y los genocidas, una gran hermandad”.

Con todo, se sumó a la convocatoria de HIJOS. “Por suerte”, dice ahora. “Apenas empecé a dibujar en los juicios supe que no me iba a ir más. Allí la conocí a María Paula y estoy segura de que si no hubiéramos armado este equipo no hubiéramos podido trabajar todo este tiempo, porque es una tarea brutal, que en soledad es imposible sostenerla, porque te enfrentás con el horror, con la crueldad, con lo siniestro”.

"Pensamos mucho en nuestra tarea, en qué queríamos decir y cómo lo queríamos decir. Eso nos llevó a no hacer retoques posteriores. Lo que queda en el papel queda. Si nosotras retocáramos, si hiciéramos un dibujo virtuoso, coloreado, no tendría nada que ver con el contenido real”.

“Siempre que podemos, vamos juntas. No solo por las largas horas que puede durar la audiencia, sino por el momento de irnos. Comodoro Py es inhóspito y toda esa vuelta hasta Retiro es catárquica. Estamos juntas porque tenemos la necesidad de sostenernos la una a la otra y porque entendemos el dibujo desde el mismo lugar. Por eso le dimos el nombre de Dibujos urgentes, porque entendemos la urgencia de este dibujo. Es un dibujo testimonial. Pensamos mucho en nuestra tarea, en qué queríamos decir y cómo lo queríamos decir. Eso nos llevó a no hacer retoques posteriores. Lo que queda en el papel queda. Si nosotras retocáramos, si hiciéramos un dibujo virtuoso, coloreado, no tendría nada que ver con el contenido real”, apunta Paula, que llegó a los juicios junto a sus alumnos de la Universidad Nacional de las Artes (UNA) para participar de lo que HIJOS llamó entonces “Clases con modelos vivos gratuitos en Comodoro Py”.

Dibujos urgentes- Revista Haroldo
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Ultima declaración pública de Jorge Rafael Videla, tres días antes de morir.  

Por Eugenia Bekeris

Las artistas hicieron un profundo trabajo de elaboración para llegar a este punto: el de un trabajo consolidado que tiene ganas de convertirse en libro. “Nos enfrentamos a un proceso judicial con un piloto de los vuelos de la muerte frente a nosotras, que sólo tenemos una hoja, un lápiz y una goma. Eso te demanda velocidad, te demanda pensar todo lo que pasó, lo que hiciste, cómo los vas a continuar; es un desafío enorme porque estás frente al testimonio de un tipo que ha matado y lo tenés frente a vos, del mismo modo que tenés a las víctimas testigos que cuentan su experiencia. Con el tiempo nos fuimos dando cuenta de la seriedad del trabajo que estábamos haciendo, porque lo que hemos registrado son fragmentos de la historia que muchas veces estuvieron invisibilizados y el tiempo le devuelve a la Dictadura su presencia concreta, ahora en esas voces que nos recuerdan aquella crueldad”. 

En ese escenario que parece performático, con sus rituales decimonónicos tan vigentes, las artistas aprendieron a “leer” los juicios, a reconocer abogados querellantes y defensores, a identificar a los genocidas que se repiten en distintas causas. “Una vez acompañé a una compañera que era testigo en una causa en Tucumán y reconocí al abogado de Alfredo Astiz por el hecho de haberlo dibujado. Lo que ocurre es que cuando dibujás a alguien no te lo olvidás más”, recuerda Eugenia.

Los dibujos son el resultado de lo que ellas ven. No tienen agregados. “¿Qué podríamos sumar? Una mancha, una lágrima… Nada puede sumar. En este sentido, si es un genocida no buscamos mostrarlo como un monstruo, que sería la manera más fácil, sino que lo mostramos con la humanidad que tiene y eso lo hace mucho más cruel".

“Las dos dibujamos compulsivamente las horas que estamos en la audiencia. Vamos de cacería. Nos vamos dejando llevar por lo que está pasando y vamos pescando lo que podemos atrapar y anotando las cosas que más nos llaman la atención. Cuando una persona testimonia durante mucho tiempo, hacemos varios dibujos, por lo cual hay muchos gestos a lo largo de todas esas horas. Un dibujo nos puede llevar cinco o seis minutos. Lo terminamos y seguimos con uno nuevo porque nos interesa continuar escuchando la declaración. Por eso una misma persona puede aparecer como muy enérgica al comienzo de su declaración y luego muy apagada o apocada. Eso se nota mucho con la declaración de las víctimas, que van perdiendo como la energía, se van quebrando. Pero cuando se quiebran no los dibujamos”, explica María Paula, docente, fundadora de varios colectivos de arte e investigadora categorizada de la UNA, donde se especializa en arte político, intervenciones urbanas y performances.

Muchas veces las artistas comparan sus dibujos. “No se parecen y se parecen. Pero lo que sí es cierto es que cuando ponemos todos los dibujos que cada una hizo de un testigo, todos ellos juntos arman a la persona”.

Los dibujos son el resultado de lo que ellas ven. No tienen agregados. “¿Qué podríamos sumar? Una mancha, una lágrima… Nada puede sumar. En este sentido, si es un genocida no buscamos mostrarlo como un monstruo, que sería la manera más fácil, sino que lo mostramos con la humanidad que tiene y eso lo hace mucho más cruel. No importa si es bueno o es malo a todos los dibujamos de la misma manera, con la misma atención. No son dibujos impersonales, pero no tienen una ulterior intención de.”

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Julio Alberto Poch, piloto de los llamados "vuelos de la muerte". Está detenido en el Penal de Marcos Paz. 

Por María Paula Doberti

En este recorrido de mirar sin nada que mediatice, sólo con el cuerpo y el lápiz, han visto de todo. Recuerdan especialmente a Julio Poch, piloto de uno de los vuelos de la muerte. “Entró con una gran seducción, hablando de la isla de Bali. Pero en las tres horas que estuvimos dibujándolo se transformó. Se hizo pequeño, le había cambiado el color de la piel y hasta el lenguaje: empezó a usar los eufemismos de los genocidas. El cambio se produjo cuando él le dio permiso a esas palabras que lo sacaron del personaje del dandy y lo mostraron tal cual es”.

El otro momento que recuerdan con mucha claridad es la última declaración en público de Jorge Rafael Videla tres días antes de morir. Lo dibujó Eugenia, aunque no era la primera vez que las artistas lo veían en una audiencia. Sin embargo, esta vez fue más impactante que la primera, cuando “casi” se mueren del espanto. “Pensemos: un anciano descompensado, cargado entre dos personas, impecable, con su traje gris perla, su color de piel rosada como un pétalo… Pero no podía hablar, porque estaba deshidratado. Algo te pasa en el cuerpo cuando tenés enfrente a un viejecito que entró caminando a duras penas… Te ocurre una emoción que no esperabas que te pase; hasta que lo ves en la pantalla -la sala vacía porque era muy tarde y yo dibujando a ese tipo que se estaba muriendo, porque para mí era evidente que se estaba muriendo- y recobra su discurso histórico con una voz inescuchable, pero con su pensamiento intacto. Entonces te volvés a encontrar con ese monstruo, ahora anciano y vulnerable, pero monstruo. Es un impacto tremendo”.

Es que hay que comprender la dimensión de lo que hacen: “La relación del dibujo es carnal; no es una foto, ponemos el cuerpo y quedamos en carne viva. Es desgarrador, es una entrega, por eso muchas veces salimos de ahí y nos vamos a dormir porque quedamos exhaustas. Ni qué decir con los relatos de los sobrevivientes, que nos llevan hasta las lágrimas; estamos ahí, con la escucha atenta en ese dolor. En ese momento, sentimos que estamos acompañándolos”.

Y enseguida recuerdan la respuesta de un sobreviviente de la ex Esma, que después de la declaración las invitó a tomar un café.  Aprovecharon esa ocasión para asegurarse de que sus dibujos no eran “livianos” o “banalizadores”, una duda que les surgía por el modo de trabajo urgente que hacen. Juan Manuel Miranda les dio su opinión: “No me importa la calidad del dibujo; lo que me importa es que hubo dos personas escuchándome y registrando lo que dije”.

“Eso nos dio una fuerza enorme. Fue un refuerzo en nuestra práctica”.

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Sara Rus, Madre de Plaza de Mayo. Megacausa Esma, 2013. 

Por Eugenia Bekeris

Es que si hay algo de lo que están están seguras es de que todos en la sala de audiencia saben de su presencia, aún detrás del vidrio. “En el juicio por la apropiación de Federico Pereyra Cagnola estábamos en un lugar chiquito, todos apretados. Yo estaba dibujando de atrás, medio de costado, al apropiador y el tipo se sintió mirado. Se dio vuelta y me sostuvo la mirada; me dio tanto miedo que no pude seguir dibujándolo. Mi mirada había traspasado su nuca. Fue tremendo ese instante porque me estaba diciendo: ¿qué estás haciendo?”, recuerda Paula.

Además del juicio por apropiación, las artistas dibujaron en las audiencias de la Megacausa Esma y del Plan Cóndor. Ahora están presenciando el juicio por el encubrimiento de la AMIA y el llamado ABO III, donde se juzgan crímenes de lesa humanidad cometidos en el centro clandestino de detención que sucesivamente funcionó en las sedes conocidas como “Atlético”, “Banco” y “Olimpo”, y que tiene la particularidad de que los acusados estuvieron presentes solo en las dos primeras audiencias. “Por eso –cuentan las artistas- una frase de los testigos se repite: “Cuando me secuestraron me encapucharon y no me dejaron ver a los torturadores; ahora estoy declarando y tampoco los puedo ver”.

“Para nosotras este es un trabajo de responsabilidad militante”, redondean las mujeres, quienes celebran que este año comenzaron a sumarse nuevamente alumnos del UNA, lo que hará que su tarea pueda multiplicarse para que ningún genocida quede sin rostro en los archivos de la historia.

 

 

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