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Revista Haroldo

Diálogo con el pasado y el presente

19 de noviembre de 2016

El Padre, un documental sobre la búsqueda de identidad

Desenterrar los silencios

Mariana Arruti es antropóloga y cineasta. Creció sin su padre, Juan Arruti, un dirigente sindical del Partido Comunista, muerto el 13 de septiembre de 1973 en circunstancias imprecisas. De eso se trata “El Padre”, su documental: de aquello que no se dijo, de lo que se puede decir, de lo que aún falta decir. Y no sólo en términos personales sino en términos colectivos: “Argentina está atravesada por una historia de pérdidas y muertes”. 

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“Me hizo mucho bien encontrar una forma narrativa que me ayudara a mostrar quién fue mi padre. Hay cosas que no puedo cerrar, pero hubo otro montón de cosas que pude encontrar en todo este tránsito: la ausencia, mi enojo por el silencio, la recuperación de su figura, el tiempo que le tocó vivir y el tiempo en el que le tocó morir”.

Mariana Arruti es antropóloga y cineasta. Creció sin su padre, Juan Arruti, un dirigente sindical del Partido Comunista, muerto el 13 de septiembre de 1973 en circunstancias imprecisas. De eso se trata “El Padre”, su documental: de aquello que no se dijo, de lo que se puede decir, de lo que aún falta decir. Y no sólo en términos personales sino en términos colectivos: “Argentina está atravesada por una historia de pérdidas y muertes”, reflexiona la documentalista en diálogo con la Haroldo.

“El padre”, recientemente estrenado, es el resultado de esa búsqueda, de esa inquietud “que había estado siempre”: la de saber cómo había muerto Juan Arruti.

“Todos decían que mi papá se había muerto en un accidente de tren pero todo era confuso”, empieza el documental con la voz en off de la propia Mariana, que se sube a un vagón para ir a Monte Hermoso, desde donde inicia este proceso para hacer hablar a los silencios.

Muchas veces pensó en que debía darle forma a esa enorme ausencia: primero fue un proyecto documental, luego fue una película de ficción para la que llegó a escribir un guión y también fue nada.

En el año 2010 vio durante el Bafici “La quemadura”, de René Ballesteros, que cuenta la historia de otra ausencia. “Al verla, tomé la decisión de volver a la idea del documental y de ponerle el cuerpo. En ese momento empecé a pensar qué historia iba a contar, porque hay múltiples historias posibles y me pareció que lo más interesante era empezar por la falta de recuerdos; la falta de memoria como un motor para desandar esa historia y tratar de comprender algo de esos silencios familiares y de recomponer algo de ese padre del que yo no tenía recuerdos”.

Desenterrar los silencios- Revista Haroldo
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El pacto de silencio familiar se fue rompiendo a cuentagotas. Pero fue el tío Boris el que 40 años después ayuda con su verdad a que Mariana pueda comenzar a reconstruir como un rompecabezas esa historia, que había quedado congelada en 1973.

Boris fue la persona que reconoció el cuerpo de Juan, el que tuvo que firmar el acta policial que destierra el supuesto accidente ferroviario. “Cuando hablé con él pude desentramar que mi familia –menos mi madre- había sabido cómo había sido la muerte, y supe que tenía mi película”.

Lo que siguió es un largo recorrido que le permitió tejer la verdad, aunque las circunstancias de la muerte siguen sin ser precisas pero altamente sospechosas.

“No sabía cómo me llamaba”, “no quería vivir más”, dice en el documental María Pilotti, la madre de Mariana, para justificar porqué nunca indagó sobre la muerte de su esposo y creyó aquella versión que le dieron los hombres de la familia.

“Tenía muchas cosas para interpelarla, y de hecho en la película lo hago, con respeto, pero lo hago, tratando de comprenderla. Yo tuve que contarle durante el rodaje lo que empecé a saber. Fue muy duro porque ella no había querido escuchar algunas cosas, pero a la vez yo, como hija, tenía necesidad de hablar porque tenía cosas para preguntarle”.

"Escucharlo me hizo pensar y diseñar esa niñez, que es el comienzo de todo. La infancia nos determina mucho de lo que somos. A mi me determinó y por eso era necesario que estuviera ese niño y esa búsqueda hasta la adultez. Pero eso lo pude encontrar recién ahora, porque por algún motivo yo también sostuve el silencio y la distancia”.

Arruti dice que lo que pretendió fue hacer un documental de “paz”, “amoroso” pero que a la vez mostrara esa tensión. “Fue un proceso largo en el que ella se fue acomodando a mis razones, me fue acompañando y creo que eso estuvo bueno para nuestro vínculo y para ella misma: reverse en aquellos años o por lo menos ponerle voz a lo que no pudo. Por eso le dediqué la película”.

Relato personalísimo y demoledor, el documental desanda el tránsito hacia la búsqueda de esa identidad perdida de la mano de su voz y de testimonios de familiares, compañeros de militancia, su propia madre, que van echando un poco de luz a ese oscuro pasado.

“Orlando, hermano de mi viejo, siempre lo supo. Pero que no lo haya dicho no lo vivo como un pacto, creo que en su caso estuvo atravesado por un dolor tremendo por la muerte”, dice de este tío, uno de los testimonios más conmovedores, con quien la documentalista no tenía relación cercana hasta el momento de la entrevista. Fueron sus relatos de infancia compartida, los que la movilizaron a contar la niñez de Juan.

“Yo no sabía nada y el relato de Orlando me impactó mucho. Era tan distinta a mi propia infancia… por la sensación de libertad que me transmitía; en la absoluta pobreza, el disfrute de la playa, del espacio, del campo. Escucharlo me hizo pensar y diseñar esa niñez, que es el comienzo de todo. La infancia nos determina mucho de lo que somos. A mi me determinó y por eso era necesario que estuviera ese niño y esa búsqueda hasta la adultez. Pero eso lo pude encontrar recién ahora, porque por algún motivo yo también sostuve el silencio y la distancia”.  

Desenterrar los silencios - Revista Haroldo
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A falta de recuerdos, Arruti apeló a la ficción para recrear aquello que no había: filmaciones caseras que la muestran de niña junto a su familia, pero especialmente con su padre, solos frente al mar. “Es el ideal de la infancia que yo imagino. Esa etapa de la vida en la que una nena está absolutamente enamorada de su papá y de golpe recibe un masazo en la cabeza. Pero además era poder contar cómo son los procesos de la memoria. Porque ¿cómo construye uno los recuerdos? con sensación físicas, con fotos, con las imágenes idealizadas en blanco y negro. Los distintos tipos de registro me parecían interesantes para mostrar cómo uno recuerda. Pero además me gustó reconstruir imágenes con mi padre de las que no tengo memoria. Ahora parte de esas escenas empiezan a formar parte de la memoria que me construí a través del arte: solos los dos, en momentos de mucha empatía”.

Como en el celebrado “Trelew”, su anterior documental sobre la masacre ocurrida en 1972, también usa en “El Padre” escasos registros históricos, que sirven por sí solos –y por lo escueto- para hablar de una época, la de la efervescencia política de los 70 y la militancia obrera.

“Lo que me propuse es no hacerlo en términos explícitos. Quería que surgiera de la propia historia del personaje. Por eso no hay imágenes de archivo. No quería salirme del lugar de la biografía de mi papá. Me interesaba motorizar la búsqueda, no hacer una película pedagógica. Para eso hay un montón de libros para leer”.

En ese sentido, hay dos únicas referencias: la del Departamento de Inteligencia de la Provincia de Buenos Aires que habla de Juan Arruti (“uno de los elementos más activos dentro del gremio”) y una solicitada del 14 de septiembre de 1973 de las 62 Organizaciones, una amenaza abierta a los obreros de izquierda, como Juan.  Dos precisas intervenciones que dejan en claro un modo de violencia previo

al Terrorismo de Estado.

“Todo está enlazado en esta biografía, donde se comprende la época, el rol de la burocracia sindical, cómo funcionaban los sectores más clasistas de la clase obrera”, dice. Es que Juan –una suerte del “Che Guevara”, como lo describe heroicamente uno de sus sobrinos- era un albañil indisciplinado, desencuadrado de la estructura partidaria. “Me interesó mucho de mi viejo su libertad, su manera de ver el mundo, no tenía corsé, no era fácilmente domesticable. Era como dueño del mundo pero porque era dueño de sí mismo”, describe a su padre, que al comienzo del filme no tiene nombre. Es “El Padre”, que en un crescendo narrativo se va construyendo como Juan y como “papá”.

“Yo lo puedo nombrar en el final, no me lo podía apropiar en el comienzo. Ahora sigo encontrándome con mi viejo. Sigo encontrando más historias. La película terminó. Es un recorte de un momento. Quizás si la hubiera hecho hace diez años hubiera contado otra historia o si la hiciera diez años después otra distinta. Pero para mi significó un cierre de algunas cosas. Por eso está el cementerio. Está muerto, pero porque lo pude tener presente de otra manera. No se puede hacer un duelo cuando no tenés claro qué cosa hay que duelar. Es como una especie de falta permanente que no se puede soltar”.

 

 

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