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Revista Haroldo

Diálogo con el pasado y el presente

05 de junio de 2016

Entrevista al director del Archivo Histórico de Mauthausen

El vacío que atrae las memorias

Lugares como Mauthausen o la ESMA son eventos traumáticos de la historia. "Sacudieron a una sociedad de una manera que lo que quedó después es muy distinto a lo que había antes", dice el filósofo austríaco Christian Dürr, quien piensa que esos acontecimientos deberían servir "para repensarnos" más allá de la imposibilidad y necesidad de darles un nombre. 

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Austria conserva el servicio militar obligatorio para los varones de entre los 18 y 35 años de edad. Christian Dürr no lo hizo. Después de graduarse como filósofo en Viena, a los 27 años presentó su objeción de conciencia e hizo uso de su derecho a realizar el “servicio austríaco de la memoria”, que se había creado tan sólo una década atrás.

Así, en 1998, comenzó a trabajar en el archivo histórico de Mauthausen, uno de los grupos de campos de concentración más grandes del nazismo. Se estima que allí fueron deportadas unas 190.000 víctimas, de más de cuarenta nacionalidades.

Luego de aquel año de servicio social, continuó colaborando con el memorial; primero con proyectos sueltos, y más tarde como parte del equipo. Hoy es el director del Archivo Histórico de Mauthausen, que tiene su sede en Viena, aunque se están elaborando proyectos para que parte de los fondos documentales se trasladen al Memorial.

Cuando comenzó a trabajar, el archivo era muy reducido y estaba formado con materiales que se habían recolectado para la investigación que sirvió de base de la primera exposición que se inauguró en Mauthausen en la década de 1970. Los pasos iniciales, entonces, pasaron por identificar los fondos documentales existentes, que estaban dispersos en todo el mundo, y tratar de llevar copias de esos materiales al Archivo.

“En su mayor parte, son documentos de la administración del campo de concentración, como listas con fichas de los detenidos. A diferencia de lo que sucede en la Argentina pero también con otros campos -como Auschwitz-, donde queda muy poca documentación de las SS, en el caso de Mauthausen se logró rescatar mucho. Existió la misma orden de destruir todas las pruebas, pero los prisioneros que estaban obligados a trabajar en la administración escondieron esos papeles, arriesgando sus propias vidas”, explica. De esa forma, se salvaron documentos tan importantes como el registro de defunciones, que está completamente conservado; o el registro de nuevos ingresos, que también da un panorama muy amplio de las víctimas que pasaron por el campo.

Ahora Dürr va más atrás en su memoria: había visitado Mauthausen con la escuela secundaria. A los 14 años. Fue una experiencia muy rara, porque a esa edad no estaba preparado para eso, no había recibido la suficiente educación histórica sobre el Holocausto. “Recuerdo algo que simplemente no entendí, las fotografías de la gente desnuda, de las pilas de cadáveres, esas son las imágenes que se grabaron en mi mente”.

La pregunta es qué interpretación podía hacer aquel niño de un pequeño pueblo del norte de Austria, situado a tan sólo 80 kilómetros de Mauthausen, de aquella visita al Memorial. Dürr dice que, en realidad, no tuvo posibilidades de analizar aquello. “En esa época el concepto era la pedagogía del shock. Pero ni siquiera quedé muy shockeado. Simplemente fue una experiencia rara, que no entendí muy bien”, responde. ¿Estos 18 años de trabajo con el archivo histórico de Mauthausen son, entonces, una búsqueda por intentar comprender aquella experiencia que vivió de niño? Matiza la posible respuesta. Y se dispone a dialogar, en una oficina de la Casa por la Identidad de la ex ESMA, sobre los criterios de conservación y preservación que llevan adelante en Mauthausen, sobre qué debe ofrecer (y qué no) un sitio de memoria a sus visitantes, la repercusión que tienen los cambios gubernamentales en las políticas de memoria y las investigaciones que han desarrollado acerca del vínculo entre el campo de concentración y la sociedad austríaca.

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El Memorial de Mathausen, 2008. Foto de Ralf Lechner//www.mauthausen-memorial.org

¿Qué rol debe cumplir un sitio de memoria para con la historia que recuerda y preserva pero también para con sus visitantes?

No creo que haya consenso sobre esos temas, pero entiendo que lugares como Mauthausen o la ESMA son eventos traumáticos de la historia, que sacudieron a una sociedad de una manera que lo que quedó después de estos acontecimientos es muy distinto a lo que había antes. Estos lugares son los vestigios visibles de estos acontecimientos traumáticos. Y eso hay que conmemorarlo, porque estos sitios trazan un vínculo entre ese pasado y este presente, como si por medio de ellos entrara una parte del pasado en el presente. Pero esto no funciona de forma automática, sino que depende de la actuación de los actores políticos y sociales. Aparte de ser vestigios arquitectónicos del evento traumático, los sitios también son lugares de discurso, de debate público, de escucha, de educación sobre la historia. Y que atraen todas esas diversas memorias, que pueden ser individuales pero también sociales. Las memorias se inscriben en esos lugares. Nuestra tarea como cuidadores de esos espacios es generar las instancias para que se inscriban esas memorias. Entonces, las memorias se concentran en estos sitios pero luego, desde ahí, se difunde, ya sea por medio de los visitantes, los estudiantes; y así se generan discursos sobre el pasado desde un punto de vista del presente.

¿Cómo se piensa en Mauthausen esa tensión que tiene todo sitio de memoria entre la preservación edilicia -que requiere de intervenciones- y la conservación histórica?

En primer lugar, es importante aclararle a la gente que el lugar que visita no es el campo de concentración: en todos estos años pasaron cosas allí, se inscribieron simbolizaciones, hubo muchas intervenciones. Es importante enfatizar eso: lo que ven es parecido a cómo era el campo de concentración, pero no lo es. Y partiendo de esa idea, la política de preservación y conservación actual es interferir lo menos posible, sólo por métodos de conservación y no de reconstrucción. Es decir, preservar el lugar de la mejor manera posible y, en casos en los que sea necesaria una intervención que reconstruya, por ejemplo, un muro que se está cayendo, hacerlo de una forma en que queden claras esas acciones que se llevaron adelante. Hace un tiempo, por un fuerte viento, se cayó una de las barracas de madera: y se reconstruyó con las mismas maderas, pero hubo que reforzarlo con otras partes, que decidimos dejar visibles a primera vista.

¿Qué debe hacerse con lo que se perdió antes de que se pudiera comenzar con estas políticas de preservación?

El paradigma que aplicamos hoy es muy distinto al de hace treinta o cuarenta años y determina que no realizamos reconstrucciones. Lo que tratamos de realizar son apoyaturas para quienes visitan el lugar, a través de señalizaciones o fotos históricas. Un ejemplo emblemático en Mauthausen es el del antiguo campo sanitario, que fue un lugar de exterminio masivo en los últimos dos años en los que funcionó el campo, donde se estima que murieron más de 10 mil personas. Hoy es una zona verde, con algunos árboles. Pero durante mucho tiempo fue utilizado como estacionamiento para autos cuando se realizaban las conmemoraciones. Durante los últimos quince años, se fueron reintroduciendo al conjunto del campo, poco a poco, todas esas partes que quedaban fuera del foco de preservación. Pero, en este caso, tenemos el problema de que no quedó nada, sólo una pradera. Así que proyectamos la instalación de una serie de carteles informativos que marcan el lugar; la idea es brindar una imagen de cómo era esa zona por medio de fotografías, textos y citas de testimonios de sobrevivientes. Esa información se sumará a las visitas guiadas y el sistema de audioguías que funcionan en el sitio. Todos esos son diferentes métodos para reinsertar en cierta forma la herida al lugar, sin tener que reconstruirla.

"Trabajamos mucho con historias de vida concretas de quienes pasaron por ese lugar, por medio de entrevistas, de testimonios, pero también de objetos personales, de documentos, de fotografías. Esas son dos formas de acercamiento a algo que, en realidad, queda siempre vacío… Hay que aceptar eso: siempre queda un vacío. Y está bien que sea así, porque el vacío de por sí después atrae las memorias".

En ese sentido, otra tensión que atraviesa a los sitios de memoria es el riesgo de la pedagogía del shock. ¿Cuáles son los criterios para evitar esa espectacularización?

Hay que apartarse del concepto de que el visitante pueda revivir lo que sucedió allí, o de que hagan “la experiencia” de quienes estuvieron prisioneros allí. Eso, simplemente, no es posible; y tampoco lo queremos. -Tampoco lo queremos-, repite. Puedo contar lo que hacemos, aunque no sé si lleva a los resultados que buscamos... Por un lado, tratamos de brindar mucha información histórica cognitiva, para ofrecer el contexto en el que hay que situar esa experiencia. Por otro, trabajamos mucho con historias de vida concretas de quienes pasaron por ese lugar, por medio de entrevistas, de testimonios, pero también de objetos personales, de documentos, de fotografías. Esas son dos formas de acercamiento a algo que, en realidad, queda siempre vacío… Hay que aceptar eso: siempre queda un vacío. Y está bien que sea así, porque el vacío de por sí después atrae las memorias, los intentos de los diferentes sectores de la sociedad de darle nombre a eso que sucedió. Mientras ese proceso continúe abierto, seguirá vivo el lugar.

¿Por qué usted reivindica ese paradójico “lugar del vacío”?

Por un lado, si pienso en los testimonios de los sobrevivientes, muchos de ellos tratan durante toda la vida de darle nombre a lo que les sucedió: y no lo logran. Así que me parecería descabellado que nosotros -como historiadores, educadores, científicos- le diéramos nombre, cuando ellos, que lo vivieron en carne propia, no lo pueden hacer. Es una imposibilidad epistemológica. Por otro lado, el vacío está ubicado en un nivel social. El acontecimiento traumático que sucedió allí cambió a la sociedad y no quedó nada igual a como era antes. Yo soy parte de lo que hay hoy, de lo que quedó. Entonces, esos lugares deberían servir para pensarnos a nosotros mismos: nos obligan directamente a repensarnos. Y eso es algo muy complejo, muy difícil. Por eso utilizo esa metáfora (tal vez hay mejores), porque en cierto modo siempre queda un vacío, porque no te podés cuestionar todo fundamentalmente. Es, al mismo tiempo, una necesidad y una imposibilidad.

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Los campos de concentración suelen ser pensados como cápsulas, como lugares aislados del resto de la sociedad. ¿Qué investigaciones pudieron llevar adelante sobre esos vínculos entre Mauthausen y los pobladores más cercanos?

En el nivel pedagógico, cada vez abordamos más ese vínculo en las visitas guiadas y en el trabajo con los grupos que nos visitan. Antes quedaba fuera del enfoque. Hace seis años iniciamos un proyecto de testimonios orales con personas que vivían cerca del campo, y que hablan sobre su experiencia. Fueron unas veinte entrevistas, porque pasó demasiado tiempo hasta que se inició un proyecto de este tipo. Y ellos contaban que tenían diferentes tipos de contacto con el campo, con las SS y hasta con los presos. Por ejemplo, había niños que para llegar a la escuela debían atravesar la cantera donde trabajaban los detenidos, donde morían asesinados. Hay que tener en cuenta que las canteras de Mauthausen no sólo era un lugar de asesinato masivo, sino también un complejo industrial y económico, donde había gente del pueblo que trabajaba como empleada civil. Había empresarios que tenían sus vínculos con las SS. Había mujeres del pueblo que se casaban con integrantes de las SS, porque tenían “tan lindos uniformes”, y los casamientos se hacían en el registro civil del mismo campo… Hay múltiples relaciones entre la sociedad civil y el campo, que quiebran esa imagen de algo aislado y encapsulado.

¿Eso obliga a repensar el rol de Austria en la II Guerra Mundial?

Absolutamente.

En los años posteriores al fin del conflicto, Austria se presentaba como la “primera víctima del nazismo”. ¿Qué replanteos se hicieron en las últimas décadas?

Esa percepción tiene sus raíces en la Declaración de Moscú de 1943, en la que las fuerzas aliadas discutieron cómo se iban a administrar los territorios luego de la victoria. Y allí nombraron a Austria como la “primera víctima del nacionalsocialismo”, ya que fue el primer país ocupado; pero el objetivo era que el país demostrara que había sido víctima ejerciendo -a partir de ese momento- una resistencia frente al nazismo. Austria implementó muy bien esa definición, y la victimización fue la doctrina estatal hasta mediados de los años 80. En muchos documentos oficiales, pero también en aquella primera exposición que se inauguró en Mauthausen en la década de 1970, se transmitía esa idea. De todos modos, a mediados de los años 80 se abrió un debate muy fuerte cuando durante la campaña que llevó a Kurt Waldheim a la presidencia, quedó claro que había formado parte de las SS en Yugoslavia. Así comenzó a cambiar esa noción de Austria como víctima; hasta que, cinco años más tarde, el canciller Franz Vranitzky asumió, por primera vez en la historia, que ciudadanos austríacos habían sido corresponsables en los crímenes del nacionalsocialismo.

¿Cómo fue modificándose ese paradigma a nivel social?

Ese cambio en el discurso oficial era algo que ya se iba gestando desde varios años antes en la sociedad civil. A partir de principios de la década de 1980, surgió una generación que se empezó a interesar de otro modo sobre ese período, a diferentes niveles, y comenzó a indagar sobre sus historias familiares, de los lugares donde habían nacido y crecido, y poco a poco fueron desenterrando historias prohibidas u ocultadas. Fueron surgiendo distintas iniciativas locales, que trataban de recuperar no sólo los lugares sino también la historia de esos campos y subcampos de concentración. Organizaban actividades el Día de la Liberación, invitaban a sobrevivientes que estaban en el extranjero.

¿Cómo repercuten las oscilaciones políticas en un sitio de memoria?

La respuesta no es tan fácil. Con respecto a la cuestión financiera, siempre hay que luchar para obtener el presupuesto para el año posterior; y en épocas de crisis financiera y económica, es algo que se vuelve muy difícil, pero no está ligado a la coyuntura política, porque en Austria nunca hubo mucha coyuntura política favorable para estas cuestiones… Lo paradójico es que la primera inversión grande que se hizo en Mauthausen, luego de la inauguración de aquella primera exposición en los años 70, fue justo durante un gobierno de derecha, en el año 2000. Hubo elecciones en 1999 y se formó un gobierno de coalición entre un partidor conservador y otro de extrema derecha (el Partido de la Libertad de Austria liderado por Jörg Haider). Pero fue bajo ese gobierno conservador cuando se invirtió en la creación de un nuevo centro de visitantes, que es un edificio moderno, donde se alberga la administración, hay un auditorio, salas de reuniones y el lugar donde se hace la charla de introducción para quienes visitan el lugar. También se llevó adelante un muy importante proyecto de recolección de testimonios audiovisuales con casi 850 sobrevivientes en todo el mundo, que es un fondo importantísimo para todos los trabajos que estamos haciendo, sea para las exposiciones como para los proyectos educativos.

¿Por qué sucedió esto?

Seguramente tiene que ver con el hecho de que la llegada al poder de este partido de extrema derecha generó mucha resistencia en la Comunidad Europea, y hubo sanciones contra Austria. Para el gobierno, esas inversiones en Mauthausen eran una señal hacia el resto de Europa. Son lugares altamente simbólicos que pueden servir para justificar y llevar adelante políticas de Estado que no todos compartimos…

¿Esas acciones en el exterior pueden ser clave para preservar los sitios de memoria?

En primer lugar, hay que decir que el lugar no existiría hoy si no hubiese sido por una intervención exterior. Después de la guerra, la zona donde está Mauthausen estaba ocupada por la Unión Soviética y ellos la traspasaron a la República, para que la mantuviera como lugar de memoria. Hubo una obligación política del Estado austríaco para preservarlo. Si no hubiera sido por esa decisión, hubiera terminado de otro modo, porque a solo cuatro kilómetros estaba ubicado Gusen, que era el campo gemelo de Mauthausen, y era gigantesco, pero fue desapareciendo de a poco, y si no hubiese sido por la iniciativa de los sobrevivientes no habrían quedado restos visibles del campo. Entonces, la preservación de Mauthausen tiene que ver con aquel acuerdo entre la URSS y Austria. Y supongo que sigue siendo así, y la política como tal está dispuesta a dar presupuesto a esos lugares también porque no se puede permitir otra cosa en función de su imagen internacional. De todas formas, hay que decir que hubo un cambio de conciencia de la población civil en todo el país; y hoy habría una resistencia muy alta entre los austriacos contra posibles planes de deshacerse de este sitio de memoria.

En ese sentido, usted habla del pasaje de una memoria comunicacional –ligada a la transmisión directa del testimonio de los sobrevivientes- a una memoria cultural. ¿Cómo se trabaja hoy en Mauthausen previendo ese cambio, pensando también a futuro en la relación con las nuevas generaciones?

Como señalan Jan y Aleida Assmann, el vínculo ya no es tan personal, tan vivo, tan directo, como solía ser –y sigue siendo- con los sobrevivientes que aún quedan. Entonces, se transforma en una memoria menos individual y, en cierto modo, más social. Lo que queda del trauma individual en los sobrevivientes directos pasa a ser un trauma a nivel colectivo para la segunda o tercera generación. Ese trauma no les afecta tanto en su personalidad individual, pero sí en su ser como parte de un colectivo. Por ejemplo, por parte de la tercera generación de los sobrevivientes españoles hay una fuerte reivindicación de la historia de sus abuelos, que fueron en su mayoría deportados a Mauthausen. Esta generación recién ahora empieza a tratar de indagar qué pasó con sus abuelos. Muchos de ellos ahora, por ejemplo, son franceses. Entonces se preguntan: ¿Cómo yo pasé a ser francés si mi abuelo era español? Pero es un proceso que recién comienza. Y sucede lo mismo con otros grupos, como la segunda o tercera generación judía, que luego emigraron a distintos países. O de grupos que siguieron siendo marginalizados por la misma comunidad austríaca, como los gitanos u homosexuales. Hay, entonces, un tipo de memoria que reivindica demandas sociales y políticas. Y hay que darle lugar a eso, obviamente partiendo de lo que realmente pasó allí. Así que los testimonios de los sobrevivientes siguen siendo el núcleo con el que trabajamos, pero a partir de ahí hay que establecer estos vínculos a temas políticos y sociales del presente.

¿Existe el riesgo de una brecha entre ese repudio a los crímenes del nazismo y la justificación o la indiferencia ante problemáticas actuales, como la marginación de migrantes o de jóvenes pobres? ¿Cómo se trabaja esa vinculación?

Ese es el gran tema de la educación sobre la temática. Y no creo que se haya llegado a un consenso. Lo que notamos es que hay mucha necesidad, especialmente de la gente joven que visita el lugar, de discutir esos temas, y de debatirlos en conexión con la historia del lugar. Ellos están trazando todo el tiempo esos vínculos. Y son los mismos expertos, los pedagogos o historiadores, quienes frenan eso, para evitar una banalización o una comparación demasiado facilista de las experiencias. Es un debate que todavía no está desarrollado. Pero hay que darle lugar. Y es absolutamente clave que los sitios de memoria no sólo miren hacia atrás, en el sentido de una concientización histórica; sino también hacia delante, en el sentido de una concientización política. Por lo difícil que sea, debemos tratar de encontrar estos vínculos entre lo que está pasando en el presente y lo que sucedió en el pasado.

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