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Revista Haroldo

Diálogo con el pasado y el presente

21 de marzo de 2016

Mi 24 de marzo de 1976

Sentir el dolor y el orgullo que no tuve

"Me acuerdo que en la juguetería de Jean Jaurés y Viamonte un día mataron a unos guerrilleros, y que Claudio, un chico grande que vivía en el departamento de enfrente al nuestro al que yo visitaba seguido, un día bajó el poster de un militar a caballo que ahora sé que era Perón. Me acuerdo también de una vez que una tarde me recontra enojé porque cortaron los dibujitos para pasar el pedido de captura de una chica que le había puesto una bomba a un comisario". 

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Mi único recuerdo del 24 de marzo de 1976 es que no tuve clases. Empezaba primer grado, tengo presentes un portafolio marrón y el guardapolvo blanco. Pero la escuela “Juan Martín de Pueyrredón” permaneció cerrada, o nos mandaron de regreso, eso se me escapa. No recuerdo más nada, o casi nada, de todos esos años. No tengo los recuerdos típicos de los “afectados”, o de las familias “militantes” que conforman los círculos a veces excesivamente endogámicos en los que nos movemos los que trabajamos los “temas de la memoria” (ese concepto comodín).

Mi familia fue, supongo, una más de las millares que transitaron esos años sin angustias ni temores, como no fueran aquellos vinculados a la inflación o al trabajo (mi papá perdió el suyo en 1977). Pasábamos por otras cosas, que no entran en la escala de la memorabilia honorable del 24 de marzo. Esa misma ausencia de recuerdos es, en realidad, una evidencia de lo que quiso construir la dictadura: un inmenso borrón y cuenta nueva en todos nosotros. Por ejemplo: me acuerdo del nombre de Cristina, mi primera maestra, porque un día me dio un cachetazo, y nada más. Y en cambio no me acuerdo del nombre de mi maestra de segundo, que parecía siempre nerviosa, nos dio un libro de lectura que estaba buenísimo y se llamaba Aire libre, y al día siguiente la vice nos explicó que la señorita no vendría más, y nos cambiaron de maestra y de libro. Décadas después supe, claro, que ese libro estaba prohibido. Me acuerdo que en la juguetería de Jean Jaurés y Viamonte un día “mataron a unos guerrilleros”, y que Claudio, un chico grande que vivía en el departamento de enfrente al nuestro al que yo visitaba seguido, un día bajó el poster de un militar a caballo que ahora sé que era Perón. Me acuerdo también de una vez que una tarde me recontra enojé porque cortaron los dibujitos para pasar el pedido de captura de una chica que le había puesto una bomba a un comisario.

Y también me acuerdo de que tenía unos primos, Ana y Luis, a los que veía una o dos veces al año, cuando iban a pasar unos días a lo de sus abuelos Publio y Delmira, en general para las vacaciones de invierno. Nos llevábamos bien, pero eran muy callados; más que nosotros incluso. Encontré hace poco un par de diapositivas de uno de mis cumpleaños, al que de pura casualidad vinieron. Alrededor de una torta con la Momia y el Hombre Araña estamos ellos, mi hermano y yo, junto a un montón de chicos que ya no sé ni quiénes son. Debe ser de 1978, porque son de la escuela vieja. En segundo grado tuve que cambiarme de escuela por mala conducta.

Una sola vez, creo, preguntamos por qué mis primos Ana y Luis nunca venían con sus papás. Alguien nos contestó que porque no los tenían. Que los habían dejado en una canasta en Plaza Once, o algo así, y los abuelos los habían recogido y se ocupaban de ellos. Para ser franco, no me parece que esa explicación nos haya llamado especialmente la atención; para nosotros también eran años duros, aunque no por los motivos que nos convocan a escribir estas líneas. Que te encontraran en una canasta, de repente, era hasta emocionante. Eras como Moisés, qué se yo.

La cuestión es que no recuerdo cuándo es que los dejamos de ver. A sus abuelos, en cambio, una o dos veces al año me los encontraba. Pero venían poco, porque por algún motivo que desconocíamos se habían peleado con el resto de mi familia materna.

"Recuerdo también que ese día, medio en chiste, medio en serio, cuando hablé de ese descubrimiento en la historia de mi familia alguien del trabajo me dijo: “Ahora ya sos uno de los nuestros”. Yo aún hoy me pregunto por la parte “medio en serio”: ¿por qué hasta entonces no lo era?" 

Tardé muchos, muchos años, en dejar de vivir en paralelo mi historia personal y la que estudiaba como investigador. Fue un día, calculo que en 2002, que me encontré uno de los recordatorios de Página /12 con alguien que tenía el apellido de mi mamá, la nariz inconfundible de los Onofri, y una fecha, 20 de octubre de 1976: Hugo Luis Onofri. A los tres días, ya me había armado un mapa completo de esa ausencia, contactado a algunos de sus antiguos compañeros y reconstruido parte de su recorrido. Mis primos ya eran grandes. La mamá, Rosita, era una sobreviviente de la ESMA, compañera de cautiverio con alguien con quien yo trabajaba por entonces. Recuerdo también que ese día, medio en chiste, medio en serio, cuando hablé de ese descubrimiento en la historia de mi familia alguien del trabajo me dijo: “Ahora ya sos uno de los nuestros”. Yo aún hoy me pregunto por la parte “medio en serio”: ¿por qué hasta entonces no lo era? También entendí entonces el porqué de la brecha entre mi abuelo y su hermano, el padre de Hugo: era el círculo sanitario alrededor de los apestados, el miedo y la incomprensión, la contracara de esas mismas pertenencias e identificaciones desde las que se construyó la lucha por encontrar a los desaparecidos.

El 24 de marzo de 2004 llevé la foto del Loro, Hugo Onofri, el primo de mi mamá, caído el día de las citas nacionales, al acto en la ESMA. Era la primera vez que su rostro iba a estar en un acto, y lo llevé yo con mucho orgullo. La foto me la hicieron mis amigas de Memoria Abierta, donde entonces trabajaba. No alcanzamos a incluirlo en la larga bandera. Pero me trepé a la reja y lo pegué con cinta a una de las columnas de ese lugar que ese día se abrió para nosotros, o lo abrimos nosotros, lo que tengo claro es que nadie lo abrió para nosotros.

Íbamos a encontrarnos con mis primos ese día, pero no se dio. Me dijeron, eso sí, que habían visto la foto de su padre.

Ese, en realidad, es el primer 24 de marzo que recuerdo, aunque haya vivido muchos otros.

*Historiador y director del Museo Malvinas.

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