Saltar a contenido principal

Revista Haroldo

Diálogo con el pasado y el presente

15 de septiembre de 2016

ENSAYO FOTOGRÁFICO

Imágenes en la Memoria

"Patricia, mi hermana desaparecida. En las fotos que le hizo mi padre. En las que yo hice a su hija. En sus pinturas, dibujos y grabados. En el relato guardado durante años por un testigo."

Pasado

Alfonso, mi padre, ya era fotógrafo cuando se casó, así que todos los hijos tenemos un minucioso registro de nuestra infancia, que mis padres ordenaron y clasificaron durante tardes enteras en los años ochenta.
En mi familia guardamos, más o menos archivados o exhibidos, cuadros, dibujos, carpetas, cuadernos que Patricia, mi hermana mayor, hizo mientras estudiaba Bellas Artes.

Esas fotos, esos dibujos, esas pinturas son la mayor parte de la memoria que tengo de Patricia.

Patricia tenía veinte años cuando se casó con Ambrosio. Un año después tuvieron una hija, Mariana.

La foto de ella acunándola no existe en los álbumes familiares; seguramente estaba sin revelar, en la Rollei que también se llevaron quienes los secuestraron.

Mariana

Conoció por fotos a sus padres; tenía veinticinco días cuando los desaparecen.

Sus abuelos la educaron mientras buscaban a sus padres.

Fue armando su historia con pedazos sueltos y se hizo preguntas que no podían ser respondidas:

“¿Era más importante cambiar el mundo que criar un hijo?”

En los que miran las fotos y recuerdan, y en los que imaginan.
En los que tratan de que las voces no se esfumen,
y en los que  nunca los vivieron con palabras.
En los que caminaron de su mano,
y en los que buscan sus pisadas.
En todos están.
En todos viven. 

Mariana De Marco, recordatorio en Página/12, 5 de noviembre de 2002

Cuando fotografié los árboles, lo hice intuitivamente.

Era 1999 y las circunstancias de la desaparición de mi hermana y mi cuñado fueron tratadas en los Juicios por la Verdad de La Plata.

Ese fue el marco emocional.

No imaginaba que, siete años después, la declaración de mi padre ante los jueces le pondría palabras a esas sensaciones.

“...puedo dividir estos treinta años en cinco momentos que están relacionados unos con otros; el primer momento es antes de la apropiación, la vida de mi hija, después unida a la de mi yerno, una vida que podría calificar de compromisos e ideales, sin armas, sin ninguna violencia, una vida de estudio, de trabajo y familiar, hasta que el 5 de noviembre a la 1 y 20 de la mañana se produce la apropiación de ellos y, pensando en la vida de Patricia, me pregunto ¿Por qué? ¿Cuál fue la causa? ¿Por qué esa detención? ¿Qué ley habían alterado? ¿Cuál era el delito? ¿Cuál era la acusación?

Nunca me lo dijeron, pero a mí me daba la sensación de la rotura de una lógica, porque si la ley defiende a las personas y condena a los que cometen delitos, allí no hubo acusaciones.

A partir de ese momento empieza un período de veintitrés años. En esta carpeta están los detalles de todas las búsquedas que hice: destacamentos militares, departamento de policía, comisarías, embajadas, obispados, notas, entrevistas, habeas corpus, la visita de la OEA; y en todos los casos la respuesta fue ‘no tenemos ninguna noticia, no están detenidos, no’.

Y en el medio de eso, picos de desazón, como cuando Balbín dice: ‘todos los desaparecidos están muertos’ o de optimismo, como cuando me citan de Casa Rosada, y un coronel San Román me pregunta a mí, que no sabía nada, y me dice ‘quédese tranquilo, era una juventud brillante y equivocada, están en campos de reeducación, para reconquistar toda esa riqueza que tenían’.

Hasta que en el año 1999 tengo la certeza de que los mataron en Arana, yo no tenía ni idea de que habían estado ahí ni de que eso existía. Sé que los mataron en el primer mes de detenidos. Quiere decir que durante veintitrés años fui engañado, fui burlado, fui mentido con todas esas respuestas que me mantuvieron vivo, con momentos de esperanza a veces y de desazón otros, pero sin la certeza que después tuve. De estos primeros cuatro momentos estoy dispuesto a contestar. Pero ahora hay un quiebre, donde ya no estoy dispuesto a contestar sino que estoy dispuesto a preguntar. Y preguntar es ¿dónde están los restos? Porque ellos se llevaron la vida y los cuerpos, pero los restos me pertenecen a mí, a mi esposa, a mis hijos, a mis nietos y también a mi bisnieta, que tiene todo el derecho del mundo a tener un lugar para llevarle flores a su abuela.

Ese derecho es lo que yo pido. Puedo contestar todo lo anterior, pero a partir de ahora, en esa última etapa de estos 30 años, creo que tengo el derecho de preguntar y saber qué paso con esos restos.”

 

Testimonio de Alfonso Dell’Orto ante el Tribunal Oral Federal de La Plata, julio de 2006

Casete

Una cinta regrabada, que alguna vez fue de los Chalchaleros reproduce una escena doméstica: Patricia y Ambrosio escuchan música en el tocadiscos, desde Julio Sosa a Vox Dei, las canciones casi nunca terminan, la púa pasa a otro tema; en uno de esos silencios, cuando se acaba la voz de Serrat, Patricia sigue cantando el final del poema de Miguel Hernández:

con tres heridas yo:
la de la vida,
la de la muerte,
la del amor.

Mi memoria está hecha con recuerdos ajenos, relatos familiares con los que conviví y otros que salí a buscar: uno de ellos nombraba a un sobreviviente, el último que los vio vivos.
¿Por qué escucharlo?
Durante veinticinco años no fueron ni vivos ni muertos.
Terminar con esa indeterminación era razón suficiente.
Así me encontré con Jorge Julio López. Con él habían compartido primero la militancia en el barrio, luego el cautiverio en el pozo de Arana.
López había sobrevivido y por él supe el día exacto de su muerte, las últimas palabras de mi hermana y a quién estaban dedicados sus sentimientos en ese momento. Me habló del amor de Patricia por su hija, esa imagen que yo nunca había visto en fotos.

López vivió, recordó, contó. Fue testigo, declaró, acusó.
Vio cautivos, vio torturados, vio asesinatos y vio a los verdugos.
Construyó memoria, al principio en papel, escribiendo y dibujando sus recuerdos; después dando testimonio y como querellante.

“...el día 5, serían las 11 o 12 de la mañana, aparece Patricia Dell’Orto con el marido, toda torturada. La torturan un día, dos, junto con nosotros. Nos hacían preguntas: ¿Qué hacían ustedes en la unidad básica? Y Patricia no respondía. El marido estaba tirado, todo lastimado, y a ella hasta un mechón de acá a la rastra le sacaron con pelo y todo, sangraba por acá, todos deshechos los dos. Después la ataron así en un palenque, y la tienen atada enfrente a donde estábamos nosotros y el marido estaba tirado en el suelo e iba este Gómez y le decía ‘levantate, ¿no ves que ahí están tus muchachos, tus montoneros, y les va a dar vergüenza que un jefe sea tan flojito y esté tirado?’. Y le hacía así en las patas y Patricia gritaba; entonces la agarran y le tapan la boca y le pegan, y a la noche los vuelven a torturar. Era noche y día. Los torturaban porque ellos dos no declaraban. Yo por la puerta que estaba rota abajo me tiraba en el suelo o miraba por una mirillita que había arriba, pero arriba no quería porque me podían ver. Abajo me disimulaba. Así pasa el día 7, el 8, entre torturas y golpes hasta que llega el día 9. Fue el día que tiraron la bomba en el Departamento de Policía. A la noche llega toda la patota y llegó un tipo gangoso que les hablaba así a los gritos; primero nos agarran y nos tiran a todos en una celda, juntos, y ahí Patricia me dice:‘¿Quién sos vos, López? Si vas a mi casa acordate de decirle a mi nena y a mis padres, avisales dónde estuve’…”

 

 “…Y como a la media hora lo sacan a Rodas y el gangoso ese le dice: ‘hijo de puta, así que estuviste en Quilmes poniendo letreros’. Y por ahí siento como un martillazo y un tiro. Siento un tiro y un grito y no habló nada más.

Después la sacan a Patricia que gritaba: ‘no me maten, no me maten, llévenme a una cárcel pero no me maten, quiero criar a mi hija’. Y van a ver ustedes si algún día encuentran el cadáver, en la cabeza tiene un tiro metido de acá y le sale por acá.

Pum, otro tiro.

Después sacaron al marido, Ambrosio De Marco. Lo agarran entre dos o tres y lo sacan a la rastra. Lo llevaron y otro más, otro tiro…”

 

Testimonio de Jorge Julio López ante el Tribunal Oral Federal de La Plata, julio de 2006ópez vivió, recordó, contó. Fue testigo, declaró, acusó.

En 2006 se condenó al ex comisario Etchecolatz por privación ilegal de la libertad y torturas a Nilda Eloy y Jorge López, por el asesinato de Diana Teruggi y por privación ilegal de la libertad, torturas y homicidio de Elena Arce, Nora Formiga, Margarita Delgado, Patricia Dell’Orto y Ambrosio De Marco.

Hace quince años que conozco a Julio López, aunque jamás lo haya mirado a los ojos. Las ganas de no cruzarnos fueron mutuas; le habían dicho que me parecía mucho a mi mamá y no quiso verme. Y yo no quise enfrentarlo. Hoy siento que las piezas de la historia se unen gracias a él; que todo tiene un sentido, que fue él el mensajero de un deseo y de un recuerdo; el mensajero de tanto amor dentro del horror más enorme. Particularmente, mi historia empieza a tomar forma después de haberlo escuchado. Le debo, le debemos, mucho. La justicia que comienza a asomar, para López, para mis papás, para los treinta mil que no están, mucho le debe. No puedo evitar sentirme en deuda; dan ganas de salir corriendo a buscar hasta abajo de las piedras hasta encontrar a Julio López.

 

Mariana De Marco, 2006

 

 

El 18 de septiembre de 2006, un día antes que se sentencie a reclusión perpetua al genocida Etchecolatz, Jorge Julio López fue secuestrado. Continúa desaparecido.

Compartir