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Revista Haroldo

Diálogo con el pasado y el presente

30 de octubre de 2015

A propósito de lo perdido y lo ganado

Horizontes (esquivos) de la memoria

La investigadora del Instituto Gino Germani pone en interrogante los futuros de la memoria, porque nada puede darse por conquistado. "La concepción de los derechos humanos que es su sustento, más allá de partidos y elecciones, es, como un significante vacío que debe ser investido de contenido particular en virtud de una lucha hegemónica", escribe. Acaso el legado esté en los hijos de los hijos, pero -como todo lo por venir- se trata de un territorio impredecible. 

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Foto: Paula Ribas/ Gentileza Télam 

¿Y acaso ayer no asoma algunas veces como marzo en

 septiembre  y canta en la enramada?

Todo es posible cuando se desborda y rehace un recuento la

memoria:

imprevistas alquimias, peldaños que chirrían, cajones

clausurados y carruajes en marcha.

Sorprendente inventario en el que testimonian hasta las

puertas sin abrir. 

Olga Orozco, Andante en tres tiempos

El título del panel “Los futuros de la memoria” nos confronta una vez más con la tensión temporal que encierra la célebre aporía aristotélica de la memoria, el “hacer presente lo que está ausente”,  -y  entonces, con la evidencia de que toda memoria es presente-  y le suma un desafío inquietante: el de pensar la memoria en futuro. Pasado, presente y futuro –esos tres tiempos de la memoria- se articulan así en torno de un devenir incierto, a la vez subjetivo y social, un andar sin punto de llegada, desfiladeros –tomando la metáfora de Ricoeur (2004)-  donde acecha tenazmente el olvido.

¿Cómo pensar hoy los futuros de la memoria cuando ya en el presente se disputan las voces y el pasar de las décadas no trae aquietamiento? ¿Estaremos llegando, a casi cuarenta años, en el caso argentino,  un tiempo ya cumplido en el caso chileno,  a delinear lo que el filósofo francés  llamó “la representación historiadora” como paso previo a la configuración histórica? ¿O la memoria –un singular emblemático que encubre su pluralidad constitutiva- será por siempre un terreno de conflicto? Innúmeros casos en la historia parecen confirmarlo.

Si aceptamos que hay temporalidades de la memoria, instancias diversas en que las trazas del pasado pueden salir a la luz –en voces, imágenes, narrativas, gestos-, que parece incluso haber lógicas que gobiernan su emergencia –cosas que sólo pueden ser dichas y escuchadas en la posteridad de lo más acuciante de la rememoración- podrían aventurarse, en el caso argentino, distintas etapas o momentos en que las  memorias de la última dictadura cívico-militar se constituyeron en el espacio público.   

La intensa investigación académica y periodística,  junto a cantidad de debates y eventos públicos –conmemoraciones, congresos, seminarios, jornadas- aportó un enorme caudal de conocimiento y de opinión. En esta recuperación de memorias traumáticas afloró también, como era esperable, la de la guerra de Malvinas.

Lo primero fue por cierto el Nunca Más, ese aterrador relato de los crímenes en boca de sus víctimas, instancia penosa que se transformó luego en testimonios ante la justicia, tanto en el primer Juicio histórico a los exjefes militares en 1985 como en los que siguieron y los que continúan abiertos, involucrando a diversos niveles de responsabilidad en la represión. Fue sin duda el momento de las víctimas, donde el atributo “inocentes” se agregaba de suyo, casi sin advertir su redundancia. Más tarde, con cautela, fueron apareciendo otros relatos, que traían al ruedo la militancia, la prisión, la resistencia o el exilio y alejaban la imagen de seres del común, sin un fuerte compromiso político y  existencial. Una característica destacable de estos relatos fue su impronta auto/biográfica y testimonial: relatos de vida, memorias, correspondencias, entrevistas, diarios de cárcel, recuerdos, confesiones, conversaciones…Con el tiempo, y sin perder el tono testimonial, fueron apareciendo formas diversas de autoficción, tanto en la escritura como en la imagen, un género híbrido que juega con anclajes biográficos pero sin ataduras con una “verdad” referencial. Vino también la ficción lisa y llana, en la novela, el cine, el teatro, la televisión,  así como una interesante experimentación en las artes visuales y performáticas. Por su parte, la intensa investigación académica y periodística,  junto a cantidad de debates y eventos públicos –conmemoraciones, congresos, seminarios, jornadas- aportó un enorme caudal de conocimiento y de opinión. En esta recuperación de memorias traumáticas afloró también, como era esperable, la de la guerra de Malvinas.

Esta apretada síntesis apenas delinea un territorio inabarcable, cuyo potencial ético, estético y político es difícil de soslayar. Fenómeno que se despliega en una larga temporalidad, donde los organismos de derechos humanos, emblemáticos y muy reconocidos, tuvieron un rol  protagónico, desafiando los distintos avatares de la vida política y las diferencias cualitativas de los gobiernos respecto de esos derechos  y de la constitución de la memoria pública. El caso argentino, que muchos consideran ejemplar, se destaca quizá por esa perseverancia sin desmayo en una lucha que, pese a sus logros, nunca se ha dado por ganada. ¿Será tal vez por el peso que asumieron los lazos de filiación, por esa trama de las genealogías que se expresa en los nombres?  Madres, Abuelas, Hijos, Hermanos, Nietos, Familiares… Es una hipótesis, pero creo que no es azarosa esa nominación, que ha tenido ecos insospechados en el mundo.

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Foto: Alejandro Santa Cruz/ Gentileza Télam

En los ‘90, la etapa del neoliberalismo salvaje acompañó el desguace económico con el indulto a los ex militares condenados y obturó en cierto modo el trabajo de la memoria pública, pese a la fuerte actividad de los organismos, otorgando, quizá para un silenciamiento que jamás llegó, una polémica “Ley de reparación” monetaria a quienes habían sufrido bajo la dictadura pérdidas de familiares, prisión o exilio. Como era de esperar, no hubo en ese período ningún aquietamiento, ni de los relatos ni de las  demandas de justicia, ni de la investigación académica.

Vino luego el gobierno de Néstor Kirchner, que en el primer 24 de marzo de su mandato mandó descolgar los retratos de Videla y de Bignone de la galería de jefes de ejército del Colegio Militar. Un gesto al que se sumó la expropiación para el Estado del predio de la ESMA (Escuela de Mecánica de la Armada), que fuera el principal campo de concentración y exterminio, con el propósito de destinar esas 17 hectáreas a albergar distintas instituciones y organismos de derechos humanos en torno de un Museo de la Memoria. El gesto de reparación se acompaña, desde la investidura presidencial, de un pedido de perdón por parte del Estado –con olvido del histórico Juicio de 1985, que le fue reclamado-  y, lo más importante, de la anulación de los indultos, convalidada por ley, que permitió el retorno a prisión común de los ya condenados y la apertura de nuevos juicios, que incluyen a los responsables de los centros clandestinos de detención, con cientos ya condenados y  varias  “Mega-causas” en proceso.

¿Pero podría pensarse, por otra parte, en una hipotética neutralidad de los organismos, que funcionarían al margen de la pugna ideológica? No es irrelevante la cuestión, que pone de manifiesto la imposibilidad de la “justa distancia” -así como algunos hablan de la “justa memoria”-, cuando lo que está en juego es la tensión constitutiva entre las diversas instancias en las que se tramita la relación de una sociedad con su pasado.

Estos avances en cuanto a la construcción de la memoria pública enfrentaron –y enfrentan-  sin embargo duras críticas, en una curiosa coincidencia entre sectores políticos conservadores y académicos  que se ubicarían en el propio campo intelectual. Las críticas apuntaban al uso –y supuesto abuso- que el gobierno kirchnerista hacía de las banderas de los derechos humanos en su propio beneficio, es decir, como garantes del carácter progresista de su gestión, que encubriría otros intereses. Se lo acusaba también de una especie de “domesticación” de los organismos más emblemáticos –Madres, Abuelas-, que habrían resignado la independencia frente al poder central que había sido hasta entonces su condición  intrínseca. Una situación paradójica, donde el gobierno que más se había ocupado de impulsar la justicia y apoyar la batalla cultural que supone el reconocimiento unánime de los crímenes de lesa humanidad y de sus responsables, haciendo de los derechos humanos una política de Estado, se veía jaqueado precisamente por su “exceso”.  Pero toda institucionalización conlleva ciertos riesgos y es difícil la prescindencia ante el afianzamiento de políticas públicas que, pese a responder a demandas de amplio espectro, no se ven desligadas de un color partidario y suscitan, casi obligadamente, identificaciones y rechazos. ¿Pero podría pensarse, por otra parte, en una hipotética neutralidad de los organismos, que funcionarían al margen de la pugna ideológica? No es irrelevante la cuestión, que pone de manifiesto la imposibilidad de la “justa distancia” –así como algunos hablan de la “justa memoria”-, cuando lo que está en juego es la tensión constitutiva entre las diversas instancias en las que se tramita la relación de una sociedad con su pasado.

En este devenir sin pausa de las memorias hubo asimismo, y desde muy temprano, un serio cuestionamiento, teórico, ideológico y político en algunos sectores de la izquierda, a la lucha armada y a las arbitrarias decisiones que tomaron sus cúpulas, especialmente la de Montoneros. Ya desde el exilio en México, y a través de la Revista  Controversia, editada entre 1979 y 1981, una plana mayor de intelectuales militantes, entre ellos Héctor Schmucler y Sergio Caletti, condenaban sin tapujos esas prácticas y las víctimas que producían, amén de las muertes de combatientes en acciones aisladas, sin verdadero apoyo popular. En esa línea se inscribe el debate intelectual más importante sobre esa violencia, enfilada también contra las propias filas,  que tuvo lugar entre 2004 y 2006, y que tomó la forma epistolar en varias revistas especializadas  y sitios de Internet, a partir de una encendida carta que el filósofo Oscar del Barco publicara en una revista virtual de Córdoba, La Intemperie, con el título “No Matarás”, donde expresaba su arrepentimiento por haber dado apoyo intelectual a  una aventura guerrillera en los tempranos  años '60 y su condena irrestricta a todo atentado contra la vida humana, cualquiera sea su signo o su razón. La carta respondía a una entrevista realizada por la misma revista a Héctor Jouvé,  uno de los protagonistas y sobrevivientes de la guerrilla guevarista,  donde este evocaba, y no por primera vez, su rechazo y su conmoción –sin sosiego, después de tantos años-, ante la ejecución de dos de sus compañeros de ruta por sospechas de inminente traición o quiebre del ánimo combatiente. A partir de esa carta –que su autor definió como un grito estremecido más que como un planteo de argumentos-  se desencadenó una profusa correspondencia entre intelectuales, escritores, psicoanalistas,  pensadores,  reunida luego  en un primer volumen de casi 500 páginas bajo el título No Matar. Sobre la responsabilidad (2007), al que se agregó más tarde un  segundo volumen con cartas y ensayos.  

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Foto: Alejandro Santa Cruz/ Gentileza Télam 

Ese largo debate por cierto no fue saldado. Se anudaban en él demasiadas cuestiones, todas urticantes. La relación entre política y violencia, la concepción misma de “violencia” y su posible distinción entre “buena” y “mala” –o bien, entre la de los oprimidos y la de los opresores-; el cuestionamiento del accionar de la guerrilla  y también su justificación por  la coyuntura histórica –la “coartada de la historia”-; su carácter elitista y divorciado de las masas –en la experiencia argentina- y también la recuperación de sus ideales;  la difícil distinción entre medios y fines; la vigencia de la idea misma de “revolución” y del ideario que conlleva, y, fundamentalmente, la responsabilidad de antaño y de hoy respecto de un accionar donde la muerte –de un lado y del otro, es decir, matar o morir- estaba siempre en juego.(1)

Otras publicaciones académicas aparecidas por esos años venían asimismo a cuestionar  algunos aspectos de la orientación general que había tomado el trabajo de la memoria, tanto de parte de los organismos como de ex militantes  reacios a ampliar la pregunta por la responsabilidad, críticas que no suponían sin embargo una equiparación de ambas violencias. Se insinuaba allí también cierta inquietud por la temporalidad,  si no habría un tiempo  suficiente  para la reconciliación con el pasado, aunque esto no implicara necesariamente el perdón. Paralelamente aparece la demanda de “memoria completa”, sostenida por familiares  y sectores militares  -que se expresa  claramente en sus publicaciones  (Salvi, 2012)-  y que tiende a equiparar las víctimas de ambos “bandos” con iguales derechos.

Esta equiparación, en su punto límite, vino, casi una década después, de parte de  Héctor Leis, un académico argentino radicado en Brasil, ex guerrillero de Montoneros,  que decide escribir un enfático Testamento de los años 70 (2013) donde, sin arrepentimiento, condena las acciones de la guerrilla y propone un panteón igualitario para todas las víctimas, de un lado y de otro,  cuestionando  tanto  la caracterización de “terrorismo de Estado” como la de  “crímenes de lesa humanidad”.  A distancia abismal de la carta de del Barco y en cercanía del pensamiento de los sectores más retrógrados, la sorpresa que provoca esta postura no es tanto la del  célebre “colmo”  barthesiano,  ni su obvio impacto mediático  antigubernamental –los derechos humanos se han tornado un tema constante de disputa-  sino, una vez más,  que surja de sectores intelectuales  que hasta hace poco hubiéramos considerado afines. Planteo esto, con preocupación, como un serio problema de la crítica, que como tal tiene que ponerse a distancia de la adhesión fácil o la simple identificación emocional con las “buenas causas”, que tiene que atreverse a cuestionar sentidos instituidos, memorias oficiales, simplificaciones  y estereotipos –como lo hizo Nelly Richard, por ejemplo, que se atrevió, en su Crítica de la Memoria (2010), a enfrentarse a un significante sacralizado- pero la pérdida del rumbo ideológico me parece realmente inaceptable.

Pese a sus diferencias, en estos espacios críticos ronda sin embargo la idea de “reconciliación”, ligada o no a la de perdón, ya sea como culminación del tiempo de los juicios o como atenuación de antagonismos que trazarían líneas divisorias en la sociedad respecto del pasado.

En la misma línea de indagación crítica sobre los ’70 pero dejando en claro que el horror del terrorismo de Estado no es equiparable a la violencia guerrillera, Claudia Hilb, en su libro ¿Qué hacemos hoy con los setenta? (2013)  plantea, además de la condena sobre medios y fines, una disyuntiva bastante cuestionable en cuanto al camino elegido para el juzgamiento de los represores, apoyado en la comparación entre Argentina y Sudáfrica. En su opinión, en nuestro país se privilegió la justicia antes que la verdad –datos que supuestamente podrían obtenerse de los militares respecto de desapariciones y niños apropiados ofreciéndoles reducción de condenas- mientras que, inversamente, en el país sudafricano se antepuso la verdad –en tanto confesión producida en el encuentro entre perpetradores y víctimas o ante comisiones ad-hoc- a la justicia. Argumentación objetable en ambos casos, no sólo por la disimetría de los respectivos contextos históricos, sociopolíticos y culturales sino por la suposición, en el caso argentino, de una hipotética voluntad de verdad en quienes jamás se arrepintieron  -y de lo innoble que resulta un “trueque” de esas características-  y, en el caso sudafricano, de una estimación idealizada en cuanto a los verdaderos alcances de la “reconciliación” a la que se pretendía llegar con esos procedimientos. (2)

Pese a sus diferencias, en estos espacios críticos ronda sin embargo la idea de “reconciliación”, ligada o no a la de perdón, ya sea como culminación del tiempo de los juicios o como atenuación de antagonismos que trazarían líneas divisorias en la sociedad respecto del pasado. Por cierto, ambos significantes –reconciliación y perdón- son difíciles de asimilar, tanto por parte de los organismos y sectores directamente concernidos como de un cierto consenso ético y político, logrado a través de los años. Aquí podríamos poner un primer interrogante acerca de los futuros de la memoria, cuáles serían los giros que el correr del tiempo y el acontecer imprimirían en el devenir histórico y qué lugar tendría en ello la reflexión académica.

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El presidente Néstor Kirchner ordena bajar los cuadros del Colegio Militar (24 de marzo de 2004)

Foto: argentina.ar/

El otro punto conflictivo en el debate académico, que acaba de tener una expresión pública en el Foro Virtual Memorias sobre la violencia en Perú, que convocó en el mes de junio el Núcleo Memoria del IDES, es el del cuestionamiento del lugar de la víctima, o más bien, de su merecimiento a portar ese significante, y por ende, de llevar el atributo, en verdad redundante, de “inocente”. El documento central para el debate fue  una larga selección de partes del libro de José Carlos Agüero Solórzano (IPRODES-Perú), Los Rendidos. Sobre el don de perdonar,(3)  donde el autor, hijo de un jefe guerrillero senderista que fuera fusilado sin juicio en la cárcel, analiza crítica y dolorosamente, a partir de su experiencia autobiográfica,  la terrible condición que impone la violencia a quien la ejercita, bajo uno u otro signo –casi indistinguible, en el caso peruano- y el conflictivo pasaje, en su historia,  de un significante a otro: ancestros/cómplices/víctimas/rendidos.

Sin entrar en detalle, el texto concitó, como era de esperar,  comentarios de participantes diversamente involucrados en la problemática de los derechos humanos y volvió a perfilarse allí la conflictividad inherente del tema y los límites éticos y políticos que aparecen como intolerables. Podemos estar de  acuerdo con la crítica a la “victimología” –creo que la expresión es de Andreas Huyssen- en tanto cristalización identitaria que entrañaría per se una atribución irrefutable de autoridad; o como exaltación compasiva de la condición, ya sea en lo memorial o en políticas públicas; o bien como una asunción pasiva que deja de lado los otros componentes de la subjetividad,  o incluso en relación a los “abusos de la memoria”, según la conocida expresión de Todorov.  Pero no es aceptable la negación de la condición de víctimas a quienes “han sido objeto de un poder absoluto y arbitrario de disciplinamiento” en la  acertada definición de Mariana Wikinski, una de las participantes del Foro, porque se pone en duda su “inocencia” al haber estado a su vez involucradas en acciones violentas –se trata aquí, obviamente, de la experiencia guerrillera, con toda la diferencia que existe entre la peruana y la argentina.  Pero, como afirma Mariana, el riesgo que entraña la disputa por el adjetivo es, en definitiva, el de poner en cuestión el sustantivo.(4) Y efectivamente, motivos hay de preocupación, cuando en ese mismo foro intelectual aparece alguien que, muy lejos también del “grito” de Del Barco, pone en equivalencia tres significantes: “terrorista, perpetrador y torturador” –a partir de la idea de que no hubo sólo  “terrorismo de Estado”-  con lo cual se eliminarían, de plano,  varios miles de víctimas de la dictadura. (5) En curiosa sintonía, aparece un buen día en el diario La Nación el aviso de un libro de un tal José D’Angelo, de una incierta editorial Tatú, con una fotocomposición en la tapa, donde están Néstor Kirchner, Cristina,  Hebe de Bonafini y Estela de Carlotto, con el sintomático título de “Mentirás tus muertos. Falsedades y millones detrás del mito de los 30.000 desaparecidos”, un libro que, según el aviso “Ya está en las mejores librerías”.

En ese devenir de la subjetividad apareció en un momento dado el tiempo de los hijos: los de los desaparecidos,  inquisidores, buscadores de indicios, de huellas a menudo arqueológicas –algunos, orgullosos de esos padres que conocieron poco o que no alcanzaron a conocer, otros dolidos, hasta acusadores, por la vida ofrendada a una causa antepuesta a su rol familiar.

Aquí, de nuevo, pongo un interrogante sobre los futuros de la memoria –al menos en mi país- donde, pese a un sólido consenso respecto de los crímenes de lesa humanidad, nada puede darse por conquistado: la memoria, como la democracia misma, está siempre en jaque, y la concepción de los derechos humanos que es su sustento,  más allá de partidos y elecciones, es, como diría Laclau (1996), un “significante vacío” que debe ser investido de contenido particular en virtud de una lucha hegemónica.

Y como no soy pesimista al respecto quisiera volver sobre el principio, a esa dimensión narrativa y simbólica de las memorias, tal como se expresa en innúmeras manifestaciones testimoniales, autobiográficas,  literarias y artísticas,  para poner allí la nota de esperanza. En ese devenir de la subjetividad apareció en un momento dado el tiempo de los hijos: los de los desaparecidos,  inquisidores, buscadores de indicios, de huellas a menudo arqueológicas –algunos, orgullosos de esos padres que conocieron poco o que no alcanzaron a conocer, otros dolidos, hasta acusadores, por la vida ofrendada a una causa antepuesta a su rol familiar. Entre ellos, algunos alcanzaron notoriedad como artistas y dejaron obras ya clásicas.(6) A este primer momento, de indagación sobre los padres, le sucedió otro, actualísimo, que es el de la vuelta sobre la propia infancia en dictadura, donde autobiografía y autoficción se entretejen dejándonos imágenes desoladoras y entrañables. En un recorte, como todos, arbitrario, La casa de los conejos, de Laura Alcoba  (2008), una “novela autobiográfica”, comparte con  el filme Infancia clandestina,  de Benjamín Ávila (2011) la referencia a la vida en casa de militantes y sus peligros;  El premio, filme de Paula Markovitch  (2011) pone en escena la desazón y el vacío del “exilio interior”; Raquel Robles escribe otra novela autobiográfica, Pequeños combatientes (2013), un significante no azaroso que invierte el signo de la víctima;   Mariana Eva Pérez, publica  Diario de una princesa montonera (2012), un libro heterodoxo, producto de un blog, que cruza y transgrede géneros discursivos con ironía mordaz y humor y Angela Urondo Raboy, reúne relatos, testimonios y documentos en ¿Quién te creés que sos? (2012), otro libro que fue primariamente un blog. En ese devenir hay también voces hasta ahora no escuchadas, como la del hijo de un represor, obligado por su padre a tomar parte de las prácticas represivas, que decide aportar en un juicio abierto en Córdoba el testimonio de lo que falta.(7)

Pensar el futuro – los horizontes de la memoria a venir, tomando libremente la expresión de Derrida- nos lleva entonces, más allá del balance de lo ganado y lo perdido, a imaginar el legado generacional, los hijos de los hijos, memorias que trazarán sus propios surcos en un territorio impredecible por más que ciertas voluntades o los mecanismos complejos de la vida política pretendan desactivar en algún caso esa perseverancia del pasado.

*Investigadora. Instituto Gino Germani, Facultad de Ciencias Sociales, UBA.

*Este trabajo, en versión más extensa, fue presentado en el Panel plenario “Los futuros de la memoria”, en el Primer Simposio de LASA Cono Sur, Santiago de Chile, 4-7 agosto de 2015.

Notas

  • 1. Abordé este debate en Arfuch (2013) Memoria y autobiografía. Exploraciones en los límites.
  • 2. Un análisis pormenorizado sobre las Comisiones de Verdad en el mundo puede encontrarse en Hayner, P. (2008). 
  • 3. http://memoria.ides.org.ar/archivos/4061.
  • 4. Mariana Wikinski, psicoanalista del equipo de Salud Mental del CELS, señala que estos debates  en el campo académico  a veces están, en su experiencia clínica, bastante distantes de lo que acontece en el plano concretoafectivo y memorial de la gran mayoría de las víctimas, que jamás disocian verdad y justicia y tampoco expresan voluntad de perdón o reconciliación. Ver Wikinski, M. (2009). 
  • 5. La puesta en cuestión de la víctima también aparece en el contexto colombiano actual, donde la ley “Justicia y paz” (2005) ofrece la reducción de penas en el proceso de búsqueda de  verdad y reparación, a costa de renunciar a un verdadero trabajo de elaboración histórica. Ver Delphine Lecombe « Entre douleur et raison : sociologie de la production de figures de victimes en contexte colombien » en Nuevo Mundo/Mundos Nuevos, http://nuevomundo.revues.org, Marzo 2015.
  • 6. En cine Papá Iván, de María Inés Roqué (2000); Los rubios, de Albertina Carri (2003); M, de Nicolás Prividera (2007), para aludir sólo a los más emblemáticos
  • 7. Luis Alberto Quijano, hijo de un torturador ya fallecido de dos centros clandestinos de detención de Córdoba, declaró ayer como testigo en la megacausa La Perla, por delitos de lesa humanidad en esa provincia. El hombre de 54 años contó que desde que tenía quince, en 1976, fue obligado a trabajar de forma permanente en el Destacamento de Inteligencia 141 del Ejército, donde estaba destinado su padre y donde se decidía sobre secuestros, asesinatos y desapariciones” Diario Página/12, 2/7/2015.  Es la primera vez, de lo que se conoce, que el hijo de un represor decide prestar testimonio en una causa. Se abre aquí otro horizonte de estudio y análisis en el devenir de las memorias.

Referencias bibliográficas

AAVV 2007  No Matar. Sobre la responsabilidad, Córdoba, Universidad Nacional de Córdoba.

Arfuch, L.  2008  Crítica cultural entre política y poética, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica.

---------- 2013  Memoria y autobiografía. Exploraciones en los límites, Buenos Aires, Fondo de cultura Económica.

Hayner, P.  2008 Verdades innombrables, México, FCE.

Hilb, C.  2013  ¿Qué hacemos hoy con los setenta? Buenos Aires, Siglo XXI.

Lecombe, D. 2015  «Entre douleur et raison : sociologie de la production de victimes en contexte colombien » en Nuevo Mundo/Mundos Nuevos http://nuevomundo.revues.org.

Laclau, E.  1996 Emancipación y diferencia, Buenos Aires, Ariel.

Leis, H:  2013 Testamento de los años 70, Buenos Aires, Katz.

Richard, N. 2010 Crítica de la Memoria, Santiago de Chile, Ed. Diego Portales.

Ricoeur, P. 2004 La memoria, la historia, el olvido, Buenos Aires, FCE.

Salvi, V. 2012 “Sobre memorias parciales y memoria completa. Prácticas conmemorativas y narrativa cívico-militar sobre el pasado reciente en Argentina”, en Huffschmidt, A.A, y Durán, V. (Eds.)  Topografías conflictivas, Buenos Aires, Trilce,  pp. 265-281.

Wikinski, M. 2009  “La alteridad de la experiencia traumática”. En Revista AAPPG: “Excesos  vinculares”.  Buenos Aires, Vol. XXXII, Nro.1,  pp. 67-86.

 

 

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