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Revista Haroldo

Diálogo con el pasado y el presente

20 de octubre de 2015

Reemergencia de una conciencia descolonizadora

La batalla por la soberanía intelectual

La lucha por la soberanía cultural tiene una rica tradición nacional y continental, pero que solo reemerge cuando los movimientos políticos y sociales vuelven a desocultarla y promueven sus avances. En esta nota, la autora analiza qué implica el proceso de descolonización y el desgarramiento que provoca a quienes fueron formados desde la lupa del dominador.

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Alvaro García Linera en el Foro Internacional por la Emancipación y la Igualdad, que se realizó en Buenos Aires en marzo de 2015. 

“Quiero convocarlos a nuevas gestas, no va a ser necesario emplazar cadenas en el río ni cañones, será necesario despojar nuestras cabezas de las cadenas culturales que durante tanto tiempo nos han metido. Son más fuertes, más invisibles, más dañinas, más profundas que los cañonazos…” Es un pasaje del discurso que pronunció la presidenta Cristina Fernández de Kirchner en el 165 aniversario de la Vuelta de Obligado, el 20 de noviembre de 2010. Aludía a las cadenas que constituyen el monumento histórico de la Vuelta de Obligado, evocando las que por orden del brigadier Juan Manuel de Rosas el general Lucio Mansilla y sus tropas cruzaron en el río para que la flota anglofrancesa no pudiera pasar.

“En este mundo que parece derrumbarse y desde el cual nos daban lecciones de cómo hacer las cosas, nosotros, los argentinos, no ya con cadenas, no ya con buques, no ya con un concepto militar sino con un concepto económico, político, social y cultural, debemos dar también esa batalla de ideas, esa batalla por la soberanía intelectual…”, insistió en la misma fecha del año siguiente, el 2011.

El sentido de la historia, y con él el de los procesos de colonización y descolonización resultan eclipsados en la era de la globalización económica y cultural. La entelequia de un mundo homogeneizado, que ha roto con su pasado y por consiguiente con todas sus tradiciones, que prescinde de la historia, relega a la insignificancia la empresa de conquista y colonización del actual mundo desarrollado y todas las reacciones que ha suscitado en los conquistados/colonizados -desde la conformidad admirativa a la insurgencia y la batalla-. Los conceptos mismos de colonización y descolonización aparecen como carentes de sentido, como caducados, tanto como las clasificaciones políticas en torno del eje derecha/centro/izquierda.

Esta desestimación de la historia está lúcidamente descripta por el ensayista estadounidense Frederic Jameson, quien tiene la tesis de que la posmodernidad es la lógica que corresponde a la tercera fase del capitalismo, la del capitalismo especulativo. “Solo podré mostrarlo, escribe, en el caso de un gran tema: la desaparición del sentido de la historia, el modo en que todo nuestro sistema social contemporáneo empezó a perder poco a poco su capacidad de retener su propio pasado y a vivir en un presente perpetuo que anula las tradiciones…” “la desmitificación tiene su propia ‘astucia de la historia’, su propia función interior y su misión oculta en la historia universal: destruir las sociedades tradicionales y dejar el globo bien barrido para las manipulaciones de las grandes corporaciones…” 1

El sentido de la historia, y con él el de los procesos de colonización y descolonización resultan eclipsados en la era de la globalización económica y cultural.

El pensador del poscolonialismo latinoamericano Walter Mignolo ubica por su parte el proyecto de una sociedad política global “en los bordes de los estados y corporaciones”. “La crisis de la modernidad, escribe, está en que Occidente [encarnado en Estados Unidos y la Unión Europea] ya no controla la matriz colonial del poder. Pero la disputa por el dominio económico de la matriz [que se traduce en el ascenso político y económico de los estados BRICS] reproduce la colonialidad al mismo tiempo que disputa su control. Entre los esfuerzos de reoccidentalización por un lado y la imparable desoccidentalización en la esfera de los estados y corporaciones por el otro, se extiende la emergente fuerza política, ética y epistémica de la sociedad política global con proyectos en los bordes de los estados y corporaciones…”. 2

La recurrente alusión de la presidenta a la necesidad de una soberanía cultural es indisociable de su reivindicación de la historia, una reivindicación con que polemizó con el presidente de Estados Unidos Barack Obama en la VII Cumbre de las Américas, el 10 y 11 de abril pasados, y que es una de sus maneras de nadar contra la corriente, como el salmón, una metáfora a la que le gusta recurrir. Desde el fondo del mar de la negación de la historia y sus peripecias, vuelve a emerger la conciencia de una situación neocolonial que se manifiesta en todas las áreas de la vida y que es posible y necesario revertir.

Pese a su fecha ya remota y a su preponderante referencia a la situación del continente africano en los años 50 y 60 del siglo XX, vuelve a sorprender la vigencia de algunos conceptos desarrollados por Frantz Fanon en Los condenados de la tierra a propósito de lo que se entiende por soberanía cultural, que Fanon formula como “cultura nacional”: “no hay un combate cultural, escribe, que se desarrolle paralelamente a la cultura popular”. No se trata, advierte, “del folklore donde un populismo abstracto creyó descubrir la verdad del pueblo…” sino “del conjunto de esfuerzos realizados por el pueblo en el plano del pensamiento para describir, justificar y cantar la acción a través de la cual el pueblo se ha constituido y mantenido…”. No se trata solamente de “rastrear en el pasado para encontrar allí los elementos de coherencia que enfrentar a las empresas falsificadoras y peyorativas del colonialismo” “La lucha organizada y conciente emprendida por un pueblo colonizado para restablecer la soberanía de la nación constituye la manifestación más plenamente cultural que existe… La forma más elaborada de la cultura es la conciencia nacional…” 

Traigo esos conceptos porque sirven para hacer ver el carácter dinámico y cambiante de toda cultura, y para concebir una noción de cultura nacional que atraviesa el tiempo y se proyecta hacia el futuro, como resultado no siempre previsible de las acciones y acontecimientos del presente. Está pues descartada de movida toda concepción de una soberanía cultural asimilada al aislamiento nacional, a un nacionalismo declamatorio, a la confección de manuales conclusos que sustituyan a otros manuales conclusos ya elaborados desde premisas antagónicas, a un monumento en forma de monolito sumado a otros múltiples monolitos ya levantados en nombre de otros principios. 

He escuchado esos y otros discursos de la presidenta con la sensación de que ella hablaba sola, como quien arroja una botella al mar con la expectativa de que alguien recoja su mensaje. Pero el desarrollo del Foro Internacional Emancipación e Igualdad los días 12, 13 y 14 de marzo pasado en la ciudad de Buenos Aires me transmitió la evidencia de que la lucha por una soberanía cultural, que tiene ya una rica tradición nacional y continental, sigue concretándose en múltiples acciones y proyectos, estrechamente vinculada con la lucha por la integración regional.

Está pues descartada de movida toda concepción de una soberanía cultural asimilada al aislamiento nacional, a un nacionalismo declamatorio, a la confección de manuales conclusos que sustituyan a otros manuales conclusos ya elaborados desde premisas antagónicas. 

La batalla por la soberanía intelectual- Revista Haroldo

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Monumento a la Soberanía Nacional, inaugurado el 20 de noviembre de 2010 en la ciudad de San Pedro. La obra es del escultor Rogelio Polesello. 

La obra es el del artista plástico Rogelio Polesello (1939-2014)

Adiós a las imitaciones

La presencia en ese Foro, entre destacados visitantes, de representantes de movimientos críticos europeos, como Podemos y SYRIZA, hizo más explícita aún la cuestión de un cambio en curso en las recíprocas relaciones entre Europa y América Latina: “Qué pasa en América Latina para transmitir, para informar a Europa, y qué pasa en Europa que podamos recoger en América Latina”, planteó el vicepresidente de Bolivia Álvaro Gracia Linera: “No se trata de imitar moldes, ningún pueblo es parecido a otro, ninguna experiencia histórica es igual a otra, no hay una ruta, no hay una fórmula a imitar, hay experiencias compartidas, situaciones que enriquecen la experiencia del otro, que mejoran la comprensión de nuestra propia experiencia…” Su exposición confluía con la inmediatamente anterior del secretario de comunicación del movimiento español Podemos, Iñigo Errejón Galván, quien había dicho: “Cuando decimos ‘América Latina y Europa en espejo’ [el título del panel donde participaban] no estamos diciendo calco ni copia, ni exposición de modelos importados, estamos diciendo de la posibilidad de diálogo, de discusión. Podemos no hubiera sido posible sin el arsenal de conceptos, análisis y coraje que América Latina lleva 15 años mostrando…”

¿Qué es eso nuevo que América Latina puede transmitirle a Europa, según Garcia Linera? Lo que denominó “dualidad institucional”; el clivaje democracias fósiles/democracias plebeyas es un nuevo nombre para el clivaje democracias representativas/participativas, que recorrió las asambleas en la Argentina del 2001, los Foros sociales mundiales, y se encarnó en el proceso bolivariano en Venezuela; la novedad está en que Garcia Linera las concibe como necesarias una a otra, no como excluyentes: “la formación de una mayoría electoral que legitima una voluntad política se sostiene contra los embates de la derecha gracias a una democracia plebeya, la que se ejerce en las plazas, las calles, las asambleas, las comunidades, los sindicatos, dando lugar a una nueva forma de gobernabilidad…”

Y en esta dualidad, y en su diatriba contra “las democracias fósiles”, donde una ciudadanía apática encerrada en su privacidad no toma decisión ninguna, volvía a confluir con el discurso de Errejón contra “el secuestro de la soberanía popular” por parte de élites, contra lo que denominó “la utopía de la hegemonía conservadora europea de cancelar la política”, de “haber llegado a un punto de maduración tan alto que no nos emocionamos con la política; la pasión, los afectos, están fuera de la política, ustedes [los latinoamericanos] se emocionan con la política porque todavía no están suficientemente maduros. La política es administrar, no se discuten diferentes posicionamientos sino matices, pero para nosotros la democracia es la posibilidad de discutir las cuestiones”. E insistió: “El cinismo político es un arma de destrucción masiva en Europa desde hace décadas”, haciendo eco de lo sostenido por el ciudadano consejero de Podemos Germán Cano: “El cinismo político español de las últimas décadas es visto como un toque de distinción… Preguntarse por la dimensión afectiva de los movimientos populares es todo un riesgo…”

“No se trata de imitar moldes, ningún pueblo es parecido a otro, ninguna experiencia histórica es igual a otra, no hay una ruta, no hay una fórmula a imitar, hay experiencias compartidas, situaciones que enriquecen la experiencia del otro, que mejoran la comprensión de nuestra propia experiencia". (Alvaro García Linera)

La reivindicación de la política cobró nuevo acentos en la exposición del economista ecuatoriano René Ramírez: “No hay mano invisible. Se necesita la mano visible de una voluntad política para combatir la desigualdad…”, en polémica contra la noción neoliberal de una natural evolución capitalista hacia el crecimiento de la riqueza y por consiguiente una reducción de la desigualdad, pero también contra interpretaciones del marxismo que hacen pensar en un también natural proceso de destrucción del capitalismo surgido de sus propias entrañas.

Otro leit motiv que recorrió el Foro fue la necesaria transformación de las relaciones entre la academia y la acción política, entre la reflexión y la pasión: “La teoría y la academia se han quedado atrás de la política, no alcanzaron a procesarla. Es hora de hacerlo”, urgió la senadora del Frente amplio uruguayo Constanza Moreira. “Hay que poner en el mismo nivel la formación académica y la praxis política”, dijo la joven presidenta de la Asamblea Nacional de Ecuador Gabriela Rivadeneyra. Iñigo Errejón sostuvo: “la hegemonía conservadora ha inoculado la idea de que la reflexión y el compromiso político son incompatibles, pero pensamos mejor cuando pensamos con la piel…” René Ramírez colocó su planteo en la perspectiva de una persona que “ha trabajado en la academia, pero ya no puede pensar nada que no sea viable en términos concretos de una acción que permita la transformación social…”

El “buen vivir” frente al confort occidental

Lo que el Foro trajo como alternativa radical que América Latina puede  ofrecer al mundo es la noción del “buen vivir” de culturas americanas anteriores a la conquista y colonización europeas. Fue el teólogo brasileño Leonardo Boff quien evocó las Constituciones políticas de Ecuador (2008) y Bolivia (2009) como “Constituciones ecológicas”: “Decidimos construir una nueva forma de convivencia ciudadana, en diversidad y armonía con la naturaleza, para alcanzar el buen vivir, el sumak kawsay”, dice el Preámbulo de la Constitución de Montecristi, y el Artículo 8, I de la Constitución del Estado Plurinacional de Bolivia: “El estado asume y promueve como principios ético-morales de la sociedad plural suma qamaña (buen vivir), ñandereko (vida armoniosa), teko kavi (vida buena), ivi maraei (tierra sin mal), qhapaj ñan (vida noble)…”

Ese “buen vivir”, dijo Boff, es una alternativa civilizatoria, que tiene capacidad para proyectarse a la humanidad cuando sobrevenga el cruce entre el calentamiento global y la escasez de agua potable, previsible catástrofe que en la ponencia de Noam Chomsky se sumaba a la amenaza nuclear. No es el vivir bien occidental, que implica el vivir bien de unos a costa del mal vivir de una mayoría en el planeta, en lugar de una economía de acumulación implica una economía de “compartir comunitariamente las bondades – que no los recursos – de la naturaleza, un consumo reciclable, frugal y compartido”. Las culturas originarias “elaboraron una sintonía fina con la naturaleza, una escucha atenta a los movimientos de la tierra y el universo y saben entender cada signo que viene de la naturaleza; el indígena no se siente un extraño en la naturaleza, sino parte de ella…”

En la exposición del economista ecuatoriano René Ramírez ese “buen vivir” que se propone como objetivo la Constitución política de Ecuador se diferenció del “vivir mejor” occidental, que implica una insatisfacción ad infinitum, un siempre queremos más. Ilustró este carácter insaciable de la economía capitalista con la diferencia entre lo que denominó “ingreso subjetivo” e “ingreso objetivo”. Al comienzo de la revolución ciudadana en Ecuador el ingreso promedio per capita era de 520 dólares, y lo que la gente decía necesitar eran 540 dólares. Después de ocho años de “revolución ciudadana” el ingreso objetivo es de 760 dólares y el supuestamente necesario es de 1000 dólares. Ramírez, que había descripto la transformación en curso de la matriz productiva y de la matriz cognitiva de la sociedad ecuatoriana, sumó a ella la necesidad de generar un nuevo patrón de consumo, diferente del capitalista, “para no ser víctimas de nuestros propios éxitos”. Un sayo que bien le cabe a la Argentina kirchnerista.

Una de las ovaciones más unánimes del público reunido en el Teatro Cervantes fue a la belleza de algunos párrafos de la exposición de Boff: “Intuitivamente [esas culturas] atinaron con la vocación fundamental de nuestro efímero pasaje por este mundo: captar la majestad del universo, vibrar con la belleza de la madre tierra. Todo existe para irradiar, el ser humano existe para danzar, y celebrar la alegría de la vida”.

La “soberanía cultural” atravesó también la VII Cumbre de las Américas que se desarrolló en Panamá el pasado mes de abril, donde se reiteró la reivindicación del gobierno de Venezuela, calificada por un decreto del presidente Obama como “amenaza a la seguridad de EEUU”. “América Latina juega su destino en Venezuela”, había dicho Garcia Linera en el Foro, y tanto en el Foro como en la Cumbre las diferentes intervenciones reiteraron variantes del mismo concepto: el presidente Hugo Chávez inició ese camino de transformaciones y ahora toca la solidaridad del continente con Venezuela amenazada.

El proceso de descolonización implica, tanto como un enfrentamiento con poderes internacionales, un conflicto de intereses dentro de cada sociedad, y lo que es más complejo, todo un desgarramiento dentro de nosotros mismos, formados para mirarnos con la mirada del dominador. En la VII Cumbre el gesto primordial de descolonización le cupo al presidente de Bolivia Evo Morales, al impugnar “la mirada imperial/colonial de desprecio y subestimación”, “la mirada del águila sobre su presa”: “Nos llaman talibanes, narcotraficantes, subversivos, terroristas, dictadores y populistas…”, enumeró. Darnos nuestros nombres nosotros mismos, inventarnos, es la consigna.

*Licenciada en Letras, periodista, traductora.

La batalla por la soberanía intelectual - Revista Haroldo
  • 1. F. Jameson,  El giro cultural, Buenos Aires, Manantial, 2002.
  • 2. Género y descolonialidad, Buenos Aires, Ediciones del Signo, Colección El Desprendimiento, 2014

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