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Revista Haroldo

Diálogo con el pasado y el presente

05 de diciembre de 2018

Escuchar otras voces

Marisa Bertone participó en la Visita de las cinco, que se hace los últimos sábados de cada mes con invitados especiales en el Museo Sitio de la Memoria (ex Esma). En esa ocasión participaron Facundo y María Maggio, hijos de Nariz Maggio, y Miguel Bonasso. En base a esa experiencia, la autora reflexiona en torno a los roles de sobrevivientes y testigos y la construcción de memorias.

María y Facundo Maggio con personal del Museo y amigues

I
Escuché hablar por primera vez del Nariz (Horacio Domingo) Maggio en febrero de 1979, en Venezuela, por relatos de sobrevivientes de la Esma: mi cuñada Rosario Quiroga (Lula), Raúl Cubas, Rolando Pisarello, María Milessi y Munú Actis. Me hablaron de capucha, capuchita, la pecera, los verdes, los jorges, el pentonaval, el pañol, los traslados. Empecé a “entender” (si ello es posible) a qué infierno aludían esas palabras. Me contaron que en marzo de 1978 el Nariz había logrado fugarse en un descuido de sus captores, pero que siete meses después había sido asesinado por el Ejército. El Tigre Acosta, uno de los amos de la Esma, los había obligado a desfilar frente a su cadáver, aleccionándolos sobre cómo terminaría todo aquel que intentara fugarse.

A finales de los ochenta leí el libro Recuerdo de la Muerte de Miguel Bonasso. Sentí en ese momento que Bonasso había logrado poner palabras a aquel horror que me habían narrado años antes. El contenido del libro era estremecedor; la forma de su escritura, atrapante. Sin embargo, recogí también opiniones negativas de algunos sobrevivientes. El libro les disgustaba. Si bien reconocían el valor de denuncia, consideraban que su forma novelada sobre la base de un único testimonio, el de Jaime Dri, también fugado de la Esma, deformaba hechos reales, exponía innecesariamente a personas y familias, y –lo que consideraban más grave– el autor se erigía en juez de quienes habían pasado por esa experiencia límite, definiendo quiénes eran héroes y quiénes traidores. Los sobrevivientes insistían: allí adentro todos fuimos víctimas. En el libro Traiciones. La figura del traidor en los relatos acerca de los sobrevivientes de la represión, de Ana Longoni, la autora reflexiona de qué manera la literatura contribuyó a estigmatizar socialmente a los sobrevivientes como traidores. Lo hace analizando tres novelas: Recuerdo de la Muerte de Miguel Bonasso, El Fin de la historia de Liliana Heker y Los Compañeros de Rolo Diez. Recordé mi propia experiencia en Venezuela: la aparición con vida de sobrevivientes de la Esma en el mundo de los exiliados argentinos había sido recibida con recelo, con sospechas, con rechazo. Se pedía Aparición con Vida, pero cuando algunos aparecían, se los trataba como antes a los leprosos, aislándolos. Sobrevolaba otra versión del por algo será.

A partir de 2006, luego de la anulación de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, comenzaron los juicios de lesa humanidad. En todos ellos, los testimonios de las víctimas sobrevivientes fueron determinantes para esclarecer el Plan Sistemático de Exterminio, el modus operandi en los centros clandestinos, y para condenar a los genocidas. Estuve presente en varios tramos de la mega causa Esma y volví a escuchar, ahora frente a un estrado judicial, los horrores a los que habían sido sometidos. Por ejemplo, le oí decir a Munú Actis:

El cuerpo que se arquea … un temblor que no se detiene ni aún después de la picana y el cuerpo que no obedece, orinarse, el límite de la degradación, retornar no es fácil … echada en un camastro, meada, envuelta en una manta inmunda, los ojos vendados, no sé cuándo es de día, no sé cuándo es de noche …

II
Entrar a ese espacio donde han “vivido” seres queridos, y otros han sido exterminados, no es ni será nunca fácil. A pesar de ello, decidí acompañar a Facundo y a María Maggio, los hijos del Nariz al homenaje que se le rendía a su padre a los cuarenta años de su asesinato, en la Visita de las Cinco, que se hace los últimos sábados de cada mes con invitados especiales en el Museo Sitio de la Memoria (ex Esma).

Conocí a Facundo y a María en febrero de 1998 en Santa Fe. Cuando pequeños, junto a su madre Norma Valentinuzzi, también desparecida, habían compartido la clandestinidad con mis tres sobrinas, hijas de Lula, que se llaman María Paula, María Elvira y María Virginia. Cuando a María Maggio le preguntaban: ¿y vos cómo te llamás? Ella respondía: María cholita. Desde entonces la llamo así.

Acompañaban a Facundo y a María en el recorrido Miguel Bonasso, la directora del Museo y la guía que conduciría la visita.
Entramos al Museo por la parte trasera, desde el patio del ex Casino de Oficiales, por el mismo lugar donde ingresaban a los secuestrados a partir de marzo de 1976. Durante el recorrido procuré estar lo más cerca posible de Facundo y de María, pero no siempre pude. Había mucha gente. La guía iba más adelante. A veces lograba escucharla, otras no. En un momento del recorrido se produjo un alto. Escuché que María hablaba de la carta que su padre había publicado después de la fuga en la que contaba los actos despiadados y salvajes a la que eran sometidos los prisioneros, y también la existencia de los vuelos de la muerte.
–Dibujó el croquis del lugar, un amplio listado de los militares y sus alias. La escribió a máquina, remontémonos en el tiempo, y la distribuyó ¬–dijo María. –Esa carta (que está exhibida en el Museo) fue muy importante en la mega causa del juicio –agregó.

Después habló Facundo. Con lenguaje coloquial y pleno de admiración hacia su padre, lo describió como un tipo que “siempre iba para delante”. Y contó, como una prueba del especial humor que tenía, que luego de la fuga había llamado por teléfono a la casa de su madre, para decirle tan solo tres palabras y luego cortar: El pájaro voló.

En la sala se produjo un murmullo de asombro colectivo. Luego se oyó una voz vibrante:
–Acá está presente alguien que puede contar más sobre esa llamada.
Facundo se sorprendió, pero no dudó en entregar el micrófono a la persona que se abría paso.
¬Esa llamada la hice yo –dijo un hombre que parecía no querer llamar la atención sobre su persona, sino tan solo (re) construir la historia del Nariz–. Para ese momento yo estaba casado con una prima hermana de tu papá, también de apellido Maggio. Recibimos una llamada telefónica de tu papá pidiéndonos que llamáramos a tu abuela y dijéramos tan solo El pájaro voló. Cruzamos la ciudad con mi esposa, llamamos desde un locutorio al número de tu abuela y cumplimos con el pedido. Eso es todo lo que puedo contar.

La sorpresa se hizo murmullo colectivo. Yo pensaba en esos gestos anónimos y solidarios, como el de esa llamada, que podía costar la vida en aquellos tiempos tenebrosos. Pensaba que la historia sigue construyéndose, mientras haya quien la cuente y quien la escuche.

Después, Facundo y María pidieron que se acercara Rubén Dorado. Reconocí en él al señor mayor de visera y audífonos que estaba delante de mí durante la espera previa a la visita. No era un visitante más. Rubén y su familia fueron quienes cuidaron de los chicos Maggio, cuando en 1979 secuestraron también a Norma Valentinuzzi, la madre de ambos. Eran vecinos en el barrio de Caseros, en Buenos Aires.
–Si pudimos criarnos junto a nuestras abuelas, fue gracias a la familia Dorado –dijo María¬–. Mi abuela salió a hacer trámites por mi mamá y nos dejó con esta familia.

Rubén tomó el micrófono y se le iluminó el rostro al hablar de Maggio:

–Yo trabajaba en el puerto, era estibador. Cada vez que podía hablaba con él. Era un ideólogo, quería mucho a la humanidad, el bienestar para todos. Los chicos jugaban juntos, en los cumpleaños, en todos lados… Cuando después se quedaron con nosotros teníamos la obligación de decir que no conocíamos a ningún Maggio. Un día se me presenta una señora y me dice que es la mamá de Horacio Maggio. Yo no conozco a ningún Maggio, le digo. Pero éste (y señaló a Facundo con sonrisa amorosa), se asomó por una rendija de la ventana, reconoció a su abuela y se largó a llorar. Después se fueron a Santa Fe, no había otra.

Dorado se abrazo con Facundo y después con María. La emoción se transformó en aplausos.

Intervino Bonasso para contar que Dri, el testigo sobre el que basó la escritura de su novela Recuerdo de la Muerte, le había contado que el Nariz le había trasmitido que “la tortura se aguanta”.

Creí que el recorrido continuaba, pero faltaba aún otro testimonio. Facundo dijo que pese a la tragedia siempre habían estado acompañados por amigos, muchos de los cuales, estaban presentes esa tarde. Y llamó a alguien:
– ¬Vení, Serafín, acercate.
Un hombre con grandes entradas en las sienes y cabello cano atado en una cola, tomó el micrófono y dijo que era un sobreviviente de la Esma que había conocido al querido Nariz. Habló de la angustia de la sobrevida y del trabajo esclavo, de no saber nunca si iban a salir vivos o no. Después rectificó:
– Sobreviviente no, testigo. La obligación de todo sobreviviente es ser testigo–concluyó. Un fuerte aplauso cerró la intervención.

El recorrido terminaba en la Planta Baja del Edificio, en el salón que los marinos llamaban “El Dorado”. Allí funcionaba ¨Servicio de Inteligencia” donde se realizaba la planificación de las operaciones clandestinas de terror. Las doscientas personas que participamos del recorrido vimos el audiovisual que, proyectado sobre las paredes del espacio, da idea de la cantidad de genocidas condenados. El audiovisual impacta porque dimensiona el número de condenados, pero también lo que todavía debe seguir juzgándose. Por eso el Museo tiene áreas preservadas que siguen siendo prueba judicial, había dicho la guía durante todo el recorrido.

“Escuchar otras voces” - Revista Haroldo | 1
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Miguel Bonasso, Facundo y María Maggio y Alejandra Naftal

III
Cuando terminó la proyección, la directora del Espacio, Alejandra Naftal, Facundo, María y Bonasso dijeron unas palabras que parecía, cerrarían la visita.
Sin embargo, se fue acercando Serafín. Naftal le preguntó si quería agregar algo y le dio el micrófono.
–Estoy feliz de poder compartir con los hijos del querido compañero Nariz. Fue un confidente, un apoyo, un ejemplo, un buen hombre –empezó.
Después anunció que quería contar dos cosas fuertes. Relató que cuando trasladaron a Ignacio Ojea Quintana, un compañero muy querido, el Tigre Acosta le ordenó a un guardia que lo llevara al pañol y le diera ropa digna. Allí Serafín encontró la ropa de Ojea Quintana. Era un jueves, y los traslados se hacían los miércoles. No tuvo dudas del destino de su compañero. Esta certeza lo descompuso. Entonces pidió ir a un baño. Cuando salió, se encontró con el Nariz, que al verlo en ese estado le preguntó qué le pasaba. Juntos ratificaron lo que ambos sabían: los traslados significaban la muerte. El otro momento terrible que contó fue cuando los obligaron a desfilar frente al cadáver acribillado de el Nariz.
–Por último –dijo– quiero leer un párrafo pequeño del libro de Bonasso Recuerdo de la Muerte. Tomó el libro y leyó:
“El Pelado [se refiere a Jaime Dri] quiso saber la historia de Serafín, el melancólico desdentado que le había dado el primer cigarrillo. Se enteró con pena que había hablado en la tortura y se sorprendió al descubrir que su ánimo se inclinaba al perdón. Es increíble, se decía, pero pese a todo siento que no es un mal tipo. Soslayando las prohibiciones del campo, Serafín había formado pareja con Rosita, un ser enfermizo e insignificante”.
Serafín dejó de leer y dijo:
– Hace unas semanas, en este mismo lugar Rosita fue homenajeada como un ejemplo de lucha. Rosita era compañera de un alto oficial de la orga. Trabajaba conmigo en el sótano, y cada vez que el Tigre Acosta la hostigaba y le decía “vos sos Rosa, de sur”, ella respondía: “No, yo soy Rosita de Norte”. Esto pasó durante el año y medio que Rosita estuvo secuestrada.
Después Serafín se dirigió a Bonasso y le pidió una disculpa pública por los agravios que habían recibido Rosita y a otros compañeros tratados de forma despectiva en el libro.

Hubo un aplauso de gran parte de los presentes y varios ¡Bravo!

Me tensé esperando la respuesta de Bonasso. Fue tajante:

–Mirá, no me voy a disculpar. ¿Sabés por qué? Porque desde el comienzo te vi venir con el libro para una provocación…
Se produjo un intercambio ríspido entre ambos.
– ¿Vos estuviste acá dentro? –lo interpeló Serafín
– Yo reproduje el testimonio que Jaime Dri ratificó ante tribunales argentinos en todas las causas referidas a la Esma. Todo lo que está ahí ni es inventado, ni yo tendría motivos de odio o de diferencias políticas con vos para decirlo, si no que todo, absolutamente todo, fue hablado y chequeado con él.
Se oyó desde el público:
– ¿Chequeado? ¿chequeado? ¡No! ¡No es lo mismo víctima que victimario!
El diálogo parecía desbordarse. Entonces intervino la directora del Museo. Tomó el micrófono y dijo:

–Por respeto a los hijos de Maggio y a todas las víctimas (el aplauso del público fue cerrado y masivo) sigamos construyendo el espacio para dialogar y hablar sobre estos temas, pero no en El Dorado. En este lugar los represores decidían quiénes vivían y quiénes morían. No eran las víctimas las que decidían. No podemos confundirnos en eso.

La música llegó como un bálsamo. En el lugar donde alguna vez los marinos jugaron a ser dios (“Aquí yo decido quién se va para arriba”, solía decir el Tigre Acosta), Facundo y sus amigos cantaban.


Minuto de una vida entre otras vidas/un hombre viejo mira un funeral/una muchacha ríe en la placita/una familia aguanta un temporal.


IV

Cuando salí de la ex Esma ya era de noche. Atravesé esos patios solitarios pensando en las infinitas gamas que se interponen entre el blanco y el negro, en lo inútil de la soberbia de una voz única.
Cierro este texto con palabras de Pilar Calveiro, sobreviviente de tres campos de concentración, uno de ellos la Esma: “Habrá relatos discordantes, pero es parte de este debate colectivo. Reconocer los vacíos del propio relato, con distintas perspectivas. Nunca una memoria es absolutamente individual. El análisis político de una experiencia vivida no se hace en solitario. Se hace en diálogo con otros. Ser capaz de callar para escuchar otras voces”.

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