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Revista Haroldo

Diálogo con el pasado y el presente

01 de septiembre de 2018

Sin juicio ni castigo

Elvira Viera tiene 82 años, 10 hijos y tantos nietos que no los puede contar. Es de Florencia Varela, un municipio que tiene el triste registro de 90 desaparecidos. Jorge, uno de sus chicos, es uno de ellos. Sabe que lo asesinaron en 1975 en Tucumán pero se animó a denunciar la ausencia recién en 2008. Desde entonces es muy poco lo que pudo reconstruir. Entrevista a una mujer de vida sacrificada e ideas muy claras.

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Para llegar a Florencia Varela desde la ciudad de Buenos Aires se bordea una avenida que va paralela a la autopista; es una zona donde hubo fábricas y frigoríficos y ahora queda apenas un vestigio de todo aquello. Se ven pibes y pibas cartoneando y autos con caños de escape a reventar. Hay también mucho movimiento: un hormigueo de personas que van y vienen.

En el centro de Varela, en una casa con techo a dos aguas modesta, está la Dirección de Derechos Humanos. Son dos piecitas con un estar y una cocina pequeña con fondito. Guillermo Ñañez y Cuca Giammarino son el alma y la vida de esta oficina que ofrece asesoría penal, foros de diversidad sexual y también funciona como Espacio para la Memoria. Cuando puede y cuenta con un remis o alguien que la lleve, visita la oficina Elvira Viera, una mujer que fue modista, trabajadora en casas particulares y actualmente escribe poesía y pinta. Elvira tiene 82 años, pero parece menos.

Llegó a Buenos Aires desde Misiones el 6 de enero de 1970, esas fechas que no se olvidan. Allá vivía en el campo: tenía ovejas, cabras, vacas y caballos. En Varela pasó a vivir en una “casa prestada” hasta que, con su marido, Siverio Sanchez Cardoso, pudieron ahorrar y comprar un terreno en el que construyeron. Elvira es madre de 10 hijos: seis chicas y cuatro varones. Uno de ellos, Ramón Jorge, está desaparecido desde abril de 1975.

“Soy una mamá que crió 10 hijos y luchó toda la vida porque mi marido no tenía trabajo fijo. Si él no conseguía emplearse, yo salía. Trabajé en la limpieza en casas de familia; en una época llegué a emplearme en cuatro casas. Salía a las cuatro de la madrugada, caminaba 20 cuadras, tomaba el colectivo y a las siete estaba en Caballito. Veía a mis hijos dormidos cuando me iba y también cuando volvía. Tenía una nena chica a la que le daba el pecho solo de noche. Era muy sacrificado”, recuerda de esos primeros años en Buenos Aires.

Algunos años después su marido logró que lo efectivizaran en la cervecería Quilmes y ella empezó a quedarse en la casa, donde criaba gallinas y otros animales. “Con mi marido éramos muy compañeros”, resalta.

Dice que perdió la cuenta de los nietos que tiene. Entre risas, cuenta que viven en distintas provincias: tiene algunos en Buenos Aires, otros en El Chaco, también en Misiones. A Elvira rara vez se le borra la sonrisa de la cara.

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En la zona sur del conurbano bonaerense la dictadura adoptó una configuración particular: entre fines de 1975 y principios de 1976 interventores reemplazaron a los intendentes y fueron los responsables de la persecución política a militantes y organizaciones barriales, a todo activismo que fuera contrario a los objetivos del autodenomidado "Proceso de Reorganización Nacional". El sector de la salud fue uno de los más perseguidos. Así sucedió en Quilmes, Berazategui y Varela. Solo en La Plata, ciudad universitaria por antonomasia, se calcula que hubo alrededor de 3.000 desaparecidos.

“Dijeron que en Florencio Varela no había desaparecidos y después de las investigaciones se supo que eran más de 90. Pasa que la gente no se animaba a denunciar. Hace poco un hombre contó que estuvo en un sótano y que lo sacaban a la mañana con frío a correr. Varela era un lugar de militancia muy fuerte, entre Capital y La Plata”, señala Elvira en diálogo con Haroldo.

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Elvira junto a Guillermo Ñañez y Cuca Giammarino

Ramón Jorge Correa Viera está desaparecido desde el 12 de abril de 1975. Tenía 22 años. Según datos de la Dirección de Derechos Humanos de la Municipalidad de Florencio Varela fue secuestrado en la localidad de Santa Ana, en Tucumán. A través de sobrevivientes y militantes políticos, Elvira pudo saber que su hijo se había unido a la Compañía del Monte del ERP. En la provincia más pequeña del país regía desde principios de ese año el Operativo Independencia, primero al mando de Acdel Vilas y luego de Antonio Domingo Bussi. Elvira reconstruyó la historia del secuestro de su hijo: un compañero suyo se enfermó y pidieron permiso para bajar a la ciudad a buscar atención médica. Allí fueron emboscados y secuestrados.

Elvira se enteró de la desaparición por una carta que le llegó a una de sus hijas. En el momento no hizo la denuncia por temor: tenía otro hijo que estaba haciendo el Servicio Militar y ella misma sufría permanentes allanamientos en su casa. No fue hasta el año 2008 que, con la intermediación de la Dirección de Derechos Humanos del municipio, radicó la denuncia.

¿Cómo recuerda a Jorge?

Si yo tengo que hablar de él, hablo como de todos los hijos, los que estudiaban, los que no conseguían trabajo y protestaban, los que deambulaban por la calle. Cuando uno es joven es muy difícil pedir o mendigar. Y no había trabajo. Mi marido, mi hijo Jorge y el hermanito más chiquito salían a la mañana y volvían a la tarde. Y no conseguían ni para juntar un clavo de la calle.

¿Cómo llegó a Tucumán?

Jorge había estado trabajando en el hipódromo, se recibió de jockey en La Plata a los 18 años y después lo llamaron para que hiciera el Servicio Militar, que era obligatorio. Eso fue en la tercera presidencia de Perón. Y era muy muy duro. Lo tenían meses adentro, no lo largaban ni nada. No podían salir ni con permiso. Aumentó 10 kilos; cuando salió no quería ir más al hipódromo. Con 10 kilos arriba, ¿qué monta me van a dar?, se preguntaba. Y de ahí a buscar trabajo. A mí me indignó mucho esa persecución y lo que se desencadena cuando desde el Estado, desde el poder, presionan al pueblo. (En el servicio militar) lo prepararon para matar. Mi hijo nunca en su vida había usado ni siquiera un cuchillo, era un tipo pasivo, le gustaban los animales. ¿Viste vos? Y cuando salió de ahí sabía manejar todo tipo de armas. Y él me decía: ¿Mamá, qué te parece? Estuve casi dos años practicando tiro y salgo y, ¿qué voy a hacer? Tengo que ganar plata para comprarme una ametralladora y salir a matar una vaca ajena, ¿en qué me quieren convertir? ¿En cuatrero?. Me da vergüenza comer del plato de mis hermanitos cuando yo me puedo ganar mi comida, esto no puede ser, me decía. Ahí me avisó que se iba a Santa Fe, que tenía amigos. Habrá llegado a Tucumán desde Santa Fe.

¿Qué supo después?

Él no era de escribir y menos de hablar por teléfono, en ese momento no había. Pasó un tiempo y yo no supe nada de él hasta que un día llegó una carta para mi hija que decía que se había perdido en Tucumán. Yo pensé: un hijo no le iba a decir a la madre ‘Me voy a una agrupación’. En ese momento me enteré que él había desaparecido. No salió nada en los diarios. Y yo me acordaba de lo que él decía: Me prepararon para matar. Pienso que él tenía mucho dolor, mucho rencor y un sentimiento de abandono. Porque el presidente abandonó a su juventud, si vos no tenes trabajo estás abandonado. No justifico un hecho así [la lucha armada], pero pienso que fueron las circunstancias las que obligaron a tomar decisiones de defensa, de libertad. A nosotros nos castigaba el hecho de no tener trabajo. El pobre quiere trabajar y comer. Quiere tener su plato digno de comida, si vos no tenés un plato de comida podes llegar a hacer cualquier cosa.

¿Además de la carta, qué otros elementos pudo reconstruir?

Cuando conocí a Cuca y Guillermo empecé a armar y reconstruir la historia. Yo lo único que tenía era la carta que leímos y quemamos. Estaba sin firma. Decía que ellos estaban en el monte y que un compañero se enfermó y tenía que bajar al pueblo para ir al hospital. Jorge se ofreció a acompañarlos y ahí desaparecieron. Lo llamaban “El negrito”. Al otro día apareció la noticia en el diario que había habido un enfrentamiento, una cosa así. Por esos años tuve allanamientos en mi casa, los sufrimos mucho. Entraban ilegalmente en la casa de la gente después de que los pibes atacaban camiones de comida porque tenían hambre. Había muy pocos que tenían trabajo fijo. Para la época en que mataron a Jorge tenía otro hijo haciendo la conscripción. Vos te podes imaginar...Me daba cosa exponer a mi hijo conscripto. Mi hijo que seguía a Jorge zafó de la colimba por número bajo pero el otro hizo el servicio militar en 1980, cuando todavía estábamos pisando brasas. Mientras estaba conscripto quiso que fuera a visitarlo un domingo del día de la madre. Y yo no quería ir ahí con los milicos porque estaban acuartelados. Con lo de Jorge yo dije: algún día se va a saber qué ocurrió.

¿Qué siente cuando escucha decir que hay que pasar la página, cuando hablan del curro de los Derechos Humanos, cuando salen funcionarios a decir que no fueron 30.000 los desaparecidos?

Piensan que el pueblo es ignorante…me duele el desconocimiento que tienen de la realidad.

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Para mediados de los ’70 Elvira era tesorera de la sociedad de fomento del barrio Chacabuco, de Varela. Recuerda que cuando asumió Raúl Muñoz como interventor les robaron todo lo que tenían, entre esos pocos elementos, los bancos y libros que usaban para alfabetización. “Nos quedamos solo con la pared y el piso”. Con la Juventud Peronista, la sociedad de fomento se transformó en una posta sanitaria; hicieron varias campañas, entre ellas una contra la tuberculosis. Para 1989 abrieron un comedor que ofrecía desayuno y almuerzo. A las 5 de la madrugada ya estaban encendiendo los fuegos.

Elvira disfruta al narrar que participó en la comisión del barrio durante tres períodos consecutivos. “Era democrático, todo el barrio votaba. Nada de elegirse con el dedo”, cuenta. En ese período compraron mesas, sillas y un freezer. Se financiaban con rifas de dos pesos y campeonatos de truco. Hacían bailes, choripaneadas y churrascos. “Les exigíamos que vengan, que no falten”, rememora.

“Yo siempre estuve metida en la política, pero me gustaba más lo social. Cuando venían los jóvenes a hablarme para salir al barrio a hablar de política, yo decía: No voy a hablar de política si no tiene un jarro de mate cocido. Si me traes una solución yo voy”, afirma.

Durante las campañas contra la tuberculosis conoció a Cuca Giammarino, militante política y asistente social que trabajaba en el barrio. Y a través de ella a Guillermo Ñañez, militante político y hoy Director de Derechos Humanos de Varela. 

Recuerda bien el Rodrigazo y después, ya en democracia, la presidencia de Raúl Alfonsín, en particular el levantamiento carapintada de Semana Santa. Elvira cuenta que no fue a la Plaza de Mayo porque se quedó cuidando chicos de mamás más jóvenes que querían ir a manifestarse. “Me acuerdo de ese día: se armaba la revolución o mataban a Alfonsín. Para mí fue muy valiente, él hizo lo que le dictó su conciencia…¿Para qué iba a servir la muerte de él si también el pueblo iba a morir? Él cedió a la presión. La gente estaba cansada, no quería otro golpe de Estado, ya nadie quería más a los militares”. Sobre los indultos de Menem a los militares afirma que el ex presidente “estaba muy presionado”. Para 2001 participó en el espacio de la CTA y se acuerda bien del trueque, de los vales, los Patacones y Lecop.

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¿Qué pensó cuando el año pasado salió el fallo de la Corte del 2X1 a los militares?

Hay que hacer un balance de poderes. Esto es como el agua, cuando la tierra lo permite, el agua avanza. Cuando la tierra crece, el agua se va. Hay un sube y baja. Cuando los pueblos dejan de luchar o se acobardan, ellos avanzan pero cuando el pueblo se levanta ellos buscan apaciguar porque tienen grandes intereses en el país.

Elvira no tiene ningún indicio de los restos de su hijo. Por la desaparición de Jorge no hubo juicio ni castigo.

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