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Revista Haroldo

Diálogo con el pasado y el presente

13 de junio de 2017

Piazzolla en Caracas

 Julia, el personaje de este relato, se vio obligada a dejar la Argentina cuando el país se volvió una tragedia. Llegó a Venezuela un 25 de mayo de 1977 en calidad de refugiada, con los miedos y la angustia a flor de piel. Un papelito que decía laissez-passer sellado por la Acnur era todo su patrimonio. Una historia contada en clave ficcional pero tan real como aquello que dejó el Terrorismo de Estado. 

Las imágenes pertenecen al archivo personal de la autora, durante su exilio en Venezuela. 

Julia viaja desde Río de Janeiro a Caracas en un jet de Panam, el primero que aborda en sus veintiocho años de edad. Se acuerda de otro viaje, seis años antes. Era 1971 y la llevaban esposada en un Pucará de la fuerza aérea desde Córdoba hasta Neuquén. Mejor dicho, hasta la U9, la cárcel de máxima seguridad. “Asociación ilícita, portación de armas, interrupción de las comunicaciones y asalto a la comisaría”, decía la carátula de una carpeta que llevaba el custodio.

–¿Así que todo eso? ¡Mirá vos, con esta carita de ángel!, se burló el milico aquella vez. Ella iba sentada en un largo banco lateral, sin divisiones, junto a otros presos, todos varones. Aunque no había podido detener el temblor de sus rodillas, los motores arrancando y la vibración que produjeron, ocultaron su miedo.

Este viaje es distinto. ¿Es distinto? No hay custodios ni esposas. No está sola, viaja con Rubén, y con Eva, que con sus 3 años mira y pregunta, pregunta y mira. Y Julia y Rubén le contestan. Y se ríen. Sí, se ríen. A Julia le parece que hacía un siglo que no se reían. Hoy se ríen.

– ¿Qué desean tomar la señora y la niñita?, pregunta la azafata.

Julia se afloja el cinturón de seguridad. La panza de siete meses choca contra la cinta y se siente prisionera otra vez. No importa que Rubén levante el pulgar y le haga un guiño desde el tercer asiento; ni que Eva, en medio de los dos, le acerque el vaso y pida más jugo. Julia se soba la panza. No sabe si es nena o es varón. No se ha hecho ningún control desde que supo de su embarazo y ahora sólo sabe que nacerá en Venezuela. Pero siente que falta todavía una eternidad. Hace cuentas. No, no es una eternidad, faltan sólo dos meses.

Rubén le pide que llene los formularios de inmigración que les entregaron hace un rato. Julia abre la cartera y saca los documentos. Pero las manos comienzan a sudar y el pulso se acelera. Le falta el aire. Mira hacia los costados y le parece que los ojos de todos los pasajeros están posados sobre esa cartulina amarillenta que sacó de su cartera. Es su documento y no es un pasaporte, es un salvoconducto que le otorgó la Cruz Roja en Brasil. Se llama laissez-passer, dejar pasar. Intenta ocultarlo con su brazo mientras busca dónde está el número.

-¿Escribo este número donde dice pasaporte?, le pregunta angustiada a Rubén. No atina a escribirlo. Laissez-passer, dejar pasar. ¿La dejarán pasar cuando lleguen a Caracas? O le dirán ¿Qué es esto? ¿Por qué la Cruz Roja? ¡Esto no es un pasaporte¡ ¿Quién es usted? ¿Qué ha hecho? ¿Por qué está acá?

Pero el oficial de inmigración venezolano no pregunta nada.

— Son 20 bolívares, para ponerles la visa, es todo lo que dice.

Rubén los paga, en dólares, el funcionario sella y les devuelve los documentos con una visa de “transeúnte” para cada uno.

— Ya está. Ya entramos, le dice Rubén a Julia, porque la conoce bien y sabe que sigue aterrada. Eva duerme profundamente y Rubén la carga sobre sus hombros. Con la otra mano toma la única valija. Julia lleva un bolso. Adentro hay dos muñecas: una Blanca, de goma, que viajó desde Buenos Aires, y otra Negra, de tela, que compraron en una feria de domingo en Copacabana, cuatro libros de cuentos y un estuche con lápices de colores.

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Cuando salen del aeropuerto los abraza un vaho húmedo y caliente. No se parece al zonda de San Juan, seco y terroso. Ni a los días pesados del verano santafesino. No es la brisa de Río ni el vapor de las Cataratas. Es una madrugada en La Guaira. A unos metros está el Caribe y ellos están a salvo. Es el 25 de mayo de 1977. Pero en Caracas no es fecha patria.

El taxi que toman es inmenso. Eva se ha despertado y se entretiene con un San Cristóbal que cuelga del espejo retrovisor y que se mueve en cada curva, cada vez más frecuentes. Julia no sabe de marcas ni de motores, y se extraña cuando escucha a su marido.

— ¿Un 8 cilindros?

— Sí, es un 8 cilindros, un Malibú de la Chevrolet, acá todos los carros son de 8 cilindros. Le meto chola y ni chista cuando tiene que subir. ¿Les prendo el aire?

— No, así está bien, responden ambos.

— Ya van a ver dentro de un rato, acá el sol pega, y bien duro. Sin aire no se puede.

 ...

A Julia no le gusta esa tela roja que decora el interior del auto. Piensa que es para el invierno. Después aprenderá que se llama peluche y la encontrará en otras decoraciones. Por ahora cierra los ojos porque se marea. No ve los cerros, esos barrios construidos en la montaña cuyos habitantes ya están despiertos a esa hora y empiezan a bajar a sus trabajos. Mucho tiempo después leerá en un artículo que en esa ciudad los pobres contemplan como en un balcón la fiesta de “Los amos del valle” , que no llega arriba. Y mucho después aún bajarán de esos cerros para disputar las migajas de un banquete del que fueron excluidos. Por ahora Julia solo se acuerda que en geografía de segundo año había estudiado un río que se llamaba Orinoco.

Ya están en las avenidas de esa capital y el taxista pregunta.

— ¿Dónde fue que me dijo? ¿Al lado del Panteón?

Rubén saca otra vez la tarjetita y lee en voz alta. Servicio Social Internacional. Avenida Norte 1. Al lado del Panteón Nacional. Final Avenida Panteón. Parroquia Altagracia.

— ¿No hay ningún número?, debe faltar algo, dice Julia y siente que la angustia aparece otra vez. La dirección está incompleta, se van a perder.

—Si dice el Panteón, no hay pérdida, los tranquiliza el chofer. Yo los dejo aquí, ese edificio rosado es El Panteón. Eso sí, son recién las siete. Van a tener que esperar. Las oficinas no abren hasta las ocho. Que les vaya bien, dice el hombre y recién ahora Julia ve que es rechoncho, moreno y de pelo ensortijado.

—Me recuerda a los correntinos, le dice Rubén.

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La casa existe y tiene una placa que la identifica. No están perdidos. Solo falta esperar a que abra sus puertas. Buscan en los alrededores dónde sentarse. Eva descubre rápidamente las escalinatas del Panteón. No se preguntan por él, no les importa qué es, si iglesia, si templo masón, si mausoleo. Todo su interés se concentra en la entrevista que tendrán dentro de una hora. ¿Cómo los recibirán?

La ansiedad los empuja hacia la puerta de entrada de esa casa colonial con tejas, de las pocas que quedaron de aquella Caracas que alguna vez fue llamada la ciudad de los techos rojos. Julia mira las galerías con helechos abundantes, el patio central con aljibe, las baldosas lustradas y no siente la frialdad de las oficinas por las que deambuló desde hace meses. Eva se entretiene con un bebedero del que sale agua helada. Aprieta el botón de acero y se maravilla con lo que produce. Una y otra vez acerca su boca al chorrito, se moja, salta, corre por entre las macetas, hasta que Julia le dice ya, porque se acerca quien los recibirá.

Los saluda una señora alta que se presenta como la doctora Valverde. De tez blanca, con anteojos, vestida elegantemente con blazer azul y camisa de seda anaranjada. Julia necesita oír que todo irá bien, que encontrarán trabajo, que habrá un lugar donde nacerá el hijo y una escuela con amiguitos para Eva.

Con el alma en vilo y la pequeña en su falda escucha conozco su situación, Dr. Quesada, desde Brasil nos han informado, ACNUR no tiene sede en Venezuela, pero nosotros somos sus representantes, tienen tres días reservados y pagados por nuestra cuenta en un hotel y recibirán una ayuda monetaria durante tres quincenas, les servirá para lo elemental, un hotel barato y la comida, después todo dependerá de ustedes, pero ha llegado en buen momento, se acercan las elecciones en este país y el gobierno del Presidente Pérez necesita médicos en las zonas rurales, la mayoría de las medicaturas está abandonada porque a los venezolanos no les gusta trabajar fuera de las ciudades, en tiempos de elecciones hay que hacer obras, mañana mismo puede ir al ministerio, no tendrá problemas, pero escuche este consejo, al gobierno venezolano no le importa su situación en Argentina, los motivos por los que está acá, usted me entiende, pero tampoco ande proclamando sus problemas de allá, ¿comprende?, ahora un taxi los llevará hasta el Hotel Ausonia, dentro de quince días pueden volver para cobrar la ayuda …

La última frase … pero tampoco ande proclamando sus problemas da vueltas por la cabeza de Julia, vueltas como las que da el taxi, también grande y de motor rugiente por el centro de Caracas, en busca del hotel.

Uno más. ¿Cuántos van? ¿Cuántos faltan? Retiro. Puerto Iguazú. Sao Paulo. Río. Caracas. Grises. De colores chillones. Marrones. Viejos. Olorosos a humedad. Baratos. A cuadras del mar. En el corazón de la ciudad. A metros de la selva. Al lado de la estación. Frente al Palacio de gobierno. (Ahí está el Palacio de Miraflores, había dicho el taxista). Sin nombres que merezcan ser recordados. Sin nombres que deban ser recordados. Con porteros anónimos, saludos de cortesía, miradas de desconfianza, olores ajenos, terrores propios. Hoteles para salir huyendo, para no volver, hoteles para olvidar. Hoteles de la tristeza, sin teléfonos para que te llamen ni números a quién llamar.

Pero éste no, dice Julia. Este sí tiene nombre y es distinto. Mañana hay un mañana. Mañana buscarán trabajo y todo será distinto. Todo será distinto, ¡todo será distinto!

 ...

Eva se ha dormido después de una mamadera y Rubén se está dando una ducha. Julia se tira sobre la cama y ve la perilla del hilo musical. Sube el volumen y escucha. No lo puede creer. Piazzolla. La orquesta suena y en un segundo aparece su infancia. Julia en la falda de su papá escuchando por radio las gotitas del Glostora Tango Club. Julia en los estudios de Radio El Mundo, cuando la llevaron a conocer la gran capital y a escuchar a Rivero. Julia sintiendo unas cosquillas nuevas cuando el primo más grande le decía escuchá, escuchá qué lindo canta Julio Sosa, qué macana que se mató ayer en Buenos Aires…

Piazzolla sigue sonando en ese cuarto de hotel, no reconoce el tema pero es Piazzolla. Cómo quisiera tener al viejo cerca para seguir peleando, como cuando se llevaba al mundo por delante.

No seas anticuado, viejo, Piazzolla es tango donde lo pongas. Seré anticuado pero a mí dame D´ Arienzo, dame Di Sarli, dame De Ángelis. Yo a Piazzolla no lo entiendo. No tenés que entenderlo viejo, tenés que sentirlo.

Sentirlo como lo siente ella ahora en el hotel Ausonia de Caracas.

El bandoneón gime, pero Julia no. Pasarán muchos años hasta que pueda llorar.

...

* La autora militó en Córdoba en la Agrupación de Estudios Sociales (AES) de la Universidad Católica y en el Peronismo de Base. Estuvo detenida en las cárceles de Neuquén y Rawson desde marzo de 1971 hasta febrero de 1972. Junto a su familia, se exilió con su familia en Venezuela en calidad de refugiados con estatus otorgado por Acnur. Volvió a Argentina en julio de 1985.

 

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