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Revista Haroldo

Diálogo con el pasado y el presente

11 de mayo de 2016

A propósito de Kóblic, la película de Sebastián Borensztein

Los ojos del represor

Los vuelos de la muerte han tenido poca presencia en las producciones culturales en torno al Terrorismo de Estado. ¿Será la imposibilidad de representar ese momento doloroso e inasible? En ese corpus se inscribe la reciente Koblic, que parece asomarse a ese infierno -como algunos años atrás Garage Olimpo- con la difícil y polémica perspectiva del victimario. 

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Kóblic, 2016.

La última escena de Garage Olimpo, la película que dirigió Marco Bechis en 1999, era una visión del agua desde la perspectiva de las víctimas que iban a ser arrojadas al río en los vuelos de la muerte. La imagen es perturbadora porque se mostraba algo que sólo podía ser visto desde los ojos de los desaparecidos, esos ojos no recuperados. La cámara era esos ojos, como si después de esas imágenes se ahogara en silencio y sólo quedara una muy, muy pálida oscuridad. De fondo sonaba “Aurora” cantada por el tenor Darío Volonté. La patria estaba presente en ese momento con su canto más trepidante.

Los vuelos de la muerte, que la Marina usó como horrendo método para deshacerse de los cuerpos a los que ellos mismos habían condenado, han tenido poca presencia en las producciones culturales en torno al Terrorismo de Estado. Se podría pensar en dos razones para ello. Por un lado la imposibilidad de dar cuenta del horror no sólo de la ejecución de los vuelos sino de la imaginación represiva que llevó a crear esos terroríficos viajes a la muerte. ¿Cómo es posible figurarse una o varias mentes que coincidieran en elegir a las víctimas, subirlas con engaños a un avión, inyectarlas y arrojarlas al Río de la Plata aún con vida?

El Mal tiene ese aspecto inaccesible, el de sus imaginerías que propugnan una especie de alianza siniestra entre la crueldad y la búsqueda de eficiencia que busca una solución sin detenerse en consideraciones de ninguna clase y que vaya más allá de los resultados. Es eficaz y punto. Sirve para eso y lo demás no importa. La burocracia nunca es sensible. Habría que pensar si el mal es tan banal como se dice.

La otra razón es la casi imposibilidad de representarse ese momento, doloroso y a la vez un tanto inasible, dar alguna respuesta a la pregunta ¿cómo habrá sido? Sobre esa imposibilidad se desliza ese final de Garage Olimpo, bastante polémica en el momento de su estreno. Varios integrantes de HIJOS actuaron como extras, mientras Hebe de Bonafini se negó a ver la película.

El Mal tiene ese aspecto inaccesible, el de sus imaginerías que propugnan una especie de alianza siniestra entre la crueldad y la búsqueda de eficiencia que busca una solución sin detenerse en consideraciones de ninguna clase y que vaya más allá de los resultados. Es eficaz y punto. Sirve para eso y lo demás no importa. La burocracia nunca es sensible. Habría que pensar si el mal es tan banal como se dice.

Primero Adolfo Scilingo le contó a Horacio Verbitsky sobre los vuelos de la muerte, de los que nunca se mostró arrepentido. Luego escribió un libro –que anduvo como manuscrito por varias editoriales- con su firma y que reproduce de manera casi textual el anterior. No poder salir de allí. El mandato de la represión es hablar pero no informar, dejar el horror pendiente, que no cese de lastimar.

A ese infierno dice asomarse Kóblic, la última película de Sebastián Borensztein, que incorpora, aunque sin proponérselo ciertas cuestiones en la que se mezclan lo político con lo religioso o, para decirlo mejor: lo religioso pretende fagocitarse lo político.

Tomás Kóblic, aviador de la Armada es un ser en estado de fuga. Ha participado en un vuelo de la muerte y se ha negado a abrir la panza del avión para que cayeran los cuerpos allí llevados. Esa negativa lo ha obligado a tener que huir de sus jefes y a refugiarse en un pequeño pueblo de provincias, donde su pasado es inquirido por un comisario corrupto, quien finalmente descubre su verdadera identidad. Allí, como en una deformación a escala, trabaja manejando aviones fumigadores, propiedad de un amigo, quien, al tanto de todo, le brinda protección.

Los ojos del represor - Revista Haroldo
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Garage Olimpo, 1999.

La historia transcurre en dos líneas, los esfuerzos por ocultar su identidad y las posibilidades que se abren a partir de su renegación a la Marina, básicamente el amor, la construcción de una nueva y extraña familia junto a una chica abusada y un muchacho tan valiente como silencioso.

Para llegar a ese punto donde pueda ser posible vivir sin el pasado, el personaje que interpreta Ricardo Darín debe terminar con todo lo que lo ata a los vuelos de la muerte –que vuelven a su espíritu, cada vez con mayor claridad y detalle, como una recurrente pesadilla. Aquí aparece la pregunta a la que la película se enfrenta y que resuelve de una manera al menos polémica.

En ese silencio del personaje, en su no denuncia, en ese huir del pasado está la principal causa de la imposibilidad de contar la historia de los vuelos de la muerte, a la que apenas se lograba asomar Garage Olimpo.  Y que hace al núcleo de la dificultad para representar y representarnos esas terribles escenas. Que son y no son personales, que forman parte de una máquina que funcionó inscribiendo su marca en el cuerpo de las personas al mismo tiempo que lo borraba.

Tres de sus compañeros de aquel viaje descubren su paradero. Lo cercan. Kóblic los espera en  el hangar en el que se depositan los aviones fumigadores. Ha preparado una trampa. Los rocía con un gas adormecedor hasta que quedan desvanecidos y los sube a un avión, del cual se lanza en paracaídas en la mitad del trayecto. Los ex compañeros no ven que la nave viaja sin piloto y se estrellan contra un monte. Antes, el ex aviador le había encajado un balazo al comisario inquisidor, a quien culpa de la muerte de su amigo y de la delación de su paradero a sus ex compañeros de armas. Luego de aladoble ejecución reúne a su familia disfuncional pero esperanzada y deja atrás el pueblito.

Esta especie de ojo por ojo es el camino que, al menos desde la perspectiva de la película, lleva a Kóblic a la redención, es el camino que busca para alcanzarla o al menos el único que se le presenta como posible. Ha alcanzado a establecer, cree el ex aviador, un nuevo equilibrio, siempre precario y personal, en el reparto de la justicia en el mundo en que se mueve. Lo más importante, la gran apuesta de la película, es que sólo la violencia limpia el crimen, el que cometieron los otros y al que se asistió como observador bajo protesta. Darín interpretaría a una especie de vengador con apellido polaco.

Si la lectura que hizo Bechis de los vuelos de la muerte era política, la de Borensztein  reniega de esa lectura, la elude o la rechaza, no importa demasiado. Es un crimen, brutal e inhumano, pero cometido por seres –a los que ajusticia Kóblic en el film que lleva su nombre- y no por un Estado que hizo de esos vuelos, en particular y de las peores formas del terrorismo,  una política.

La sensación es que el tema le queda grande a la película, que hay algo de frívolo en esta operación de despolitización. En su filme anterior, Un cuento chino (también con Ricardo Darín como protagonista), el tema era la inmigración reciente de personas originarias, aunque esto sea un tanto impreciso, de la China. En una tradición de comedia costumbrista algo retro y con algunos buenos hallazgos de guion, se contaba allí la integración al país de gente proveniente de otras culturas. Aun con el tono liviano impreso a la historia, se trataba una cuestión del presente apelando a cierta buena voluntad y a eficaces toques de humor que a veces rozaban el absurdo. No es un film tenso aunque el tema pueda resultar conflictivo. Pero funcionaba, sobre todo por ese toque impreciso que a falta de mejor nombre podríamos llamar buena onda. Era un film sin prejuicios y sin demasiada pretensión de moralejas.

Era una lectura bienintencionada pero segura de sí misma. En Kóblic esa seguridad se estrella contra el tema elegido, aunque esto no desanime a su director. ¿Es posible contar los vuelos de la muerte desde la perspectiva de un represor, aunque reticente, como lo es Kóblic?

Acá aparecen los ojos del victimario, el personaje de Darín ve caer a los cuerpos desde el avión, lee la desesperación y la confusión de esos seres humanos condenados a una muerte que no adivinaron. La película elige fragmentar esa escena en varios tramos que van anticipando la escena final de la consumación de la brutal operación. Lo va haciendo por tramos, de a poco es que vamos viendo lo que sucede, el dolor del personaje al recordar se transmite a través de esa división de la escena. Lo cual aspira a un proceso de identificación, aunque la demasiada seca interpretación de Darín conspire un poco contra esta pretensión. Y pese que tanto director como actor hayan declarado que trabajaron para que eso no ocurriera. Esa identificación obliga a mirar con los ojos del represor, se acompaña su fuga, su arrepentimiento (aunque no sea demasiado explícito, pues Koblic nunca habla con nadie de lo ocurrido, simplemente le informa a un superior que ha llegado a un límite) y su posterior redención.

En ese silencio del personaje, en su no denuncia, en ese huir del pasado está la principal causa de la imposibilidad de contar la historia de los vuelos de la muerte, a la que apenas se lograba asomar Garage Olimpo.  Y que hace al núcleo de la dificultad para representar y representarnos esas terribles escenas. Que son y no son personales, que forman parte de una máquina que funcionó inscribiendo su marca en el cuerpo de las personas al mismo tiempo que lo borraba.

Demasiado para un costumbrismo satisfecho de sí mismo y que cree, a juzgar por las declaraciones, que es un gesto de coraje haber hablado de los vuelos. Pero que no se interna en la aventura, dolorosa por cierto pero que puede llevar a alguna forma la verdad, de pensar contra lo imposible. Que es lo que vienen haciendo, muchas veces como pueden, Madres y Abuelas. Ahí está el verdadero coraje, en el intento, agotador, doloroso y persistente, de ser los ojos de los que ya no están.

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